Este artículo no pretende ser un tratado de la filosofía, ni de la historia del pensamiento. Primero, porque no soy un experto en ello. Segundo, por la extensión y alcance del mismo, de sólo un par de páginas. Pero sí me gustaría que, a vista de pájaro, tomando un poco de distancia ante la compleja realidad que nos abruma, lanzar un aviso sobre un error común en torno a la Edad Media, que para nada fue una época oscura, así como sobre la necesidad que tiene la Iglesia Católica, sus filósofos y teólogos, de descubrir una vía propia de pensamiento, que permita compatibilizar fe y razón y, además, evitar que nos impongan otras ideas o ideologías ajenas a nuestra fe.
El primer mito falso que me gustaría desmontar es el de que los mil años de Edad Media (formalmente iría desde el 476 dC, fecha de la caída del Imperio Romano de Occidente, hasta el 1453 dC, fecha de la caída de Constantinopla, o alternativamente hasta el 1492 dC, fecha del descubrimiento de América) son un paréntesis inútil e inculto entre la brillante Edad Antigua, con las cumbres culturales del Egipto faraónico, los distintos imperios mesopotámicos y persas y, especialmente, la excelencia de Grecia y Roma, y el comienzo de la Edad Moderna, llamado Renacimiento, precisamente porque renacía el conocimiento a partir de las fuentes clásicas, despreciando ese milenio medieval, considerado de oscuridad por los renacentistas de los siglos XV y XVI, y por los neoclásicos del siglo XVIII.
Nada más lejos de la realidad. El ansia de conocimiento de los sabios medievales (es verdad que, aunque hubo laicos, en su mayor parte fueron monjes, rodeados de una mayoría de población analfabeta) fue intensa y universal. Lo querían saber todo sobre todas las artes y ciencias: filosofía, teología, política, retórica, botánica, lógica, aritmética, geometría, gramática, música, historia, astronomía, etc. El curriculum académico medieval comprendía el trívium (gramática, retórica y lógica) y el quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía), siendo la teología la ciencia más importante, y el latín la lengua franca del conocimiento y la comunicación intelectual. Prueba de ello es la fundación en toda Europa Occidental de los Estudios Generales o Universidades a partir del siglo XIII (Bolonia, Sorbona, Oxford, Salamanca, Palencia, Alcalá de Henares, Coímbra, Heidelberg, etc.). En la Edad Media no había televisión ni redes sociales, por lo que las personas tenían mucho tiempo para pensar, leer, escribir y orar, lo que era una gran ventaja espiritual, verdaderamente.
La escuela escolástica, representada por «monstruos» del pensamiento, como San Anselmo de Canterbury, San Alberto Magno o Santo Tomás de Aquino, el llamado «Doctor Angélico», resumió y sintetizó la filosofía clásica, fundamentalmente de Platón y de San Agustín, a la que Santo Tomás añadió un redescubrimiento de Aristóteles, partiendo de las fuentes clásicas griegas, y no a través de las versiones llegadas a Europa Occidental en árabe por la vía del Islam (ahí nuestro Averroes de Al-Andalus ocuparía un puesto esencial). Es la síntesis y la cumbre del pensamiento de la Edad Media, combinando perfectamente filosofía y teología. Quizás, primando en exceso la primacía de Dios, como no podía ser de otro modo en personas de profunda fe, que alcanzaron la cumbre de la santidad. Sin duda, la mejor forma de demostrar la existencia de Dios es la que hace Santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica (o Theologiae, como la llamó originalmente el Doctor Angélico). Es totalmente racional, y queda al alcance de cualquiera. Podríamos hablar aquí de muchos otros asuntos esenciales, como la discusión sobre los llamados «universales», la esencia de las cosas y los accidentes de las mismas, pero el asunto sería propio de una tesis sobre el tema, no de un breve artículo como el presente.
Lo que sí me interesa señalar aquí es que soy de la opinión de que hay que recuperar la Escolástica de San Anselmo, San Alberto, Santo Tomás, etc. (llamémosla Neoescolástica, o como queramos), como escuela de pensamiento: la mejor síntesis entre Platón y Aristóteles, pasando por las aportaciones de San Agustín de Hipona y otros Padres de la Iglesia, con un afán universal de conocimiento (que ya quisieran para sí los actuales influencers, contertulios televisivos o raperos, que son personas superficiales, próximas al analfabetismo funcional, dicho con perdón, pero con verdad), y buscando una entente, complemento y síntesis entre fe y razón. En definitiva, continuar y completar la magna obra de Ratzinger en el siglo XX y comienzos del XXI, nuestro querido, sabio y añorado Benedicto XVI, que Dios tenga en su Gloria.
El camino del nominalismo emprendido por Ockham a partir de comienzos del siglo XIV, separando la fe de la razón, y una razón muy «pegada» a las cosas, muy empírica y materialista, nos ha conducido, sin él pretenderlo, al predominio de la razón sobre la fe, y una razón sólo de lo material, sin pensar en lo trascendente. Esto supuso un enfrentamiento, casi por el principio de autoridad, entre los dominicos (seguidores de Santo Tomás) y los franciscanos (discípulos de Ockham), hasta el punto de que finalmente la escolástica se consideró una línea de pensamiento superada y abandonada. La evolución del nominalismo en siglos posteriores es que, en caso de divergencia entre fe y razón, se prescinde directamente de la fe, que no es demostrable empíricamente. Y, al final, Dios deja de ser necesario, deja de existir, y llegamos al agnosticismo y al ateísmo, propios de los siglos XVIII y siguientes, como símbolo de la modernidad de estos nuevos tiempos contemporáneos.
En conclusión, si la Iglesia Católica, sus pensadores y los católicos de a pie, no buscamos y desarrollamos nuestra propia escuela de pensamiento, otros lo harán por nosotros, y quedaremos condenados a la ideología woke, la masonería, el comunismo y el perroflautismo progre, en sus distintas manifestaciones, lamentablemente. En definitiva, al nihilismo intelectual, y a la negación de Dios, que no deja de ser terminar negando la esencia del ser humano, creado por Él, con esa sed de trascendencia eterna, y que no descansará hasta que no lo haga en Dios, pues la verdadera felicidad de la persona está precisamente en el cumplimiento de la Santa Voluntad del Creador, y en estar unida a Él por la vida de la gracia, primero en la Tierra, y después en el Cielo.
Los católicos debemos recuperar protagonismo en las calles, en la vida pública, pero también en las escuelas, en las universidades, ser una corriente importante en la doctrina del pensamiento moderno. Que no se nos olvide que grandes científicos modernos, como Copérnico, Mersenne, Steno, Boskovic, Mendel o Lemaitre, fueron sacerdotes o religiosos, lo que les interesa ocultar y silenciar a los ateos y agnósticos. La ciencia y la fe son dos visiones de una misma realidad. No hay nada más moderno que ver el mundo desde los ojos de un Dios Creador, que lo pensó para el servicio del hombre, como algo bueno (todo lo creado por Dios es bueno) para la felicidad terrenal y eterna del género humano. Debemos recuperar la iniciativa en ese pensamiento filosófico, teológico y científico modernos, no sólo compatibles con la existencia de Dios, sino inspirados precisamente por Él.
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