27/10/2026 10:24

Creo que no me equivoco si digo que todos, a lo largo de nuestra vida, hemos experimentado algún tipo de sufrimiento, físico o moral, y en algunas ocasiones hemos sentido lo que podríamos llamar un sufrimiento solidario porque hemos hecho nuestro el dolor de otra persona. ¿Qué padres no sufren con la enfermedad de un hijo?

En varias ocasiones, en conversaciones informales, se ha suscitado el tema del sufrimiento. Siempre sale la misma pregunta, ¿por qué existe el sufrimiento?

No es fácil responder a esta pregunta, o es difícil encontrar una respuesta adecuada.

La Iglesia nos ayuda a aceptar que el sufrimiento existe y, sobre todo, que entendamos qué sentido tiene para el cristiano. Concretamente este es un tema que abordó San Juan Pablo II en su «Carta Apostólica Salvifici Doloris».

La Carta Apostólica lo primero que establece es que el sufrimiento es casi inseparable de la existencia terrena del hombre.

Nos dice que siempre aparece la pregunta «¿por qué?» ¿por qué el mal? ¿por qué el mal en el mundo? Esta pregunta el hombre no se la hace al mundo, que es de donde proviene el mal, se la hace a Dios como Creador y Señor del mundo, con lo que se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que se puede llegar, incluso, a la negación misma de Dios.

Efectivamente, si simplemente le hacemos esa pregunta a Dios, sin profundizar en el sentido cristiano del sufrimiento, no vamos a encontrar respuesta alguna y, eso, sin duda, nos lleva a la frustración y a la incomprensión.

En el número 18 de la CA se dice «La respuesta emerge, se podría decir, de la misma materia de la que está formada la pregunta. Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento, el cual está integrado de una manera orgánica e indisoluble con las enseñanzas de la Buena Nueva. Esta es la palabra última y sintética de esta enseñanza: «la doctrina de la Cruz», como dirá un día San Pablo».

Cristo sufrió su Pasión y su Cruz para redimirnos. Siendo Dios, por amor a los hombres, quiso, voluntariamente, sufrir como hombre, elevando el sufrimiento humano a nivel de redención.

«El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia». Esto nos dice la CA en el número 12.

«En esta concepción sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios» (CA 23). La Cruz salva.

«En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo» (CA 27).

Obviamente, la CA es mucho más extensa, pero he elegido estos tres párrafos porque nos indican de una forma más clara cuál es el sentido cristiano del sufrimiento. Hay que relacionarlo con la redención, con la salvación, con la vida eterna, que es por lo que Cristo sufrió y murió; para redimir al mundo y darnos la posibilidad de alcanzar la vida eterna.

Los cristianos tenemos que intentar imitar a Cristo en todo, y dentro de ese todo está el sufrimiento. Esto no quiere decir que busquemos el sufrimiento, pero si el sufrimiento llega, que llega porque es consustancial a la condición humana, no revelarnos contra él y mucho menos contra Dios (¿por qué?, me has abandonado, etc.), sino aceptarlo y ofrecérselo a Dios.

La gran influencia de las costumbres y teorías paganas y la deficiente formación religiosa, hacen que darle ese sentido cristiano al sufrimiento sea poco menos que galáctico, incluso para algunos cristianos.  En una sociedad en la que se permite matar a una persona para que no sufra, es muy difícil intentar explicar el sentido salvífico del sufrimiento.

El paganismo, en sus múltiples formas y versiones, en los últimos siglos, de forma soterrada, ha logrado imponer una forma de pensar que ha conseguido ridiculizar el pensamiento cristiano tildándolo de retrógrado y de ser un impedimento para el progreso. Bueno, lo que ellos llaman progreso: aborto, eutanasia manipulación genética, ideología de género, etc.

Ese pensamiento, muy alejado de Dios, ha debilitado grandemente los principios y valores de la sociedad, de forma tal que huye del esfuerzo, del dolor y del sufrimiento y busca con afán una vida sin problemas y sin penas. Lo cierto es que no la encontrará en este mundo, porque el sufrimiento es consustancial a la naturaleza humana. Esa vida, el hombre sólo la encontrará a través de la salvación, en la vida eterna, de la mano de Dios.

Desde siempre la Iglesia ha sufrido continuos ataques, incluso desde su propio seno. Ya, desde el principio del Cristianismo, San Judas nos lo advertía en el versículo 4 de su Epístola «Porque se han introducido solapadamente algunos que hace tiempo la Escritura señaló ya para esta sentencia. Son impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan al único Dueño y Señor nuestro Jesucristo».

Mucho después, San Pablo VI dijo una frase que nos impresionó a todos: «El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia».

Esta es la realidad actual y, con estos mimbres no es fácil argumentar las bondades del sufrimiento en su sentido cristiano. Si no es fácil con un cristiano, con un no creyente es francamente difícil. Pero esto nos tiene que dar más fuerzas para catequizar sobre el sentido cristiano del sufrimiento.

La Carta Apostólica también nos habla del sufrimiento como prueba. Es un medio más que Dios nos concede para ayudarnos a alcanzar la Salvación. En el Antiguo Testamento tenemos el ejemplo del Santo Job.

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Fundación Enraizados
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