15/08/2026 04:51

Ciudad de Buenos Aires. Calle Alsina esquina Defensa, Iglesia de San Francisco, las campanas llaman al «Ángelus». El meridiano de cada jornada siempre tiene algo de místico, como si Dios nos mirara perpendicularmente, trazando la mayor altura con sus criaturas. Traspaso las inmensas puertas de hierro. El primer cambio de la luz coincide con el beso fresco de la sombra impregnada por el aroma a madera. Yo creo que, en el silencio del templo, son los santos los que nos miran y no al revés. Camino entre la orgullosa familia franciscana, sayales marrones, ojos pétreos, miradas clementes, éxtasis del yeso.  La tez morena de San Benito de Palermo, el perro estático de San Roque lamiendo sus heridas, San Diego de Alcalá trocando panes por rosas. Más adelante, Pascual Bailón, loco de amor por la Eucaristía, pies danzantes, aleteos de paloma. Santa Verónica Giuliani entre las clarisas, San Antonio de Padua, gloria de «la Orden, San Francisco Solano» con el polvo de América pegado en sus pies. Alta, aislada, asomando desde un nicho abovedado una figura enigmática sosteniendo una palma en su mano derecha y un inmenso libro en la izquierda. Los ojos elevados, como aguardando el beso divino sobre sus pensamientos. Leo la chapa dorada con un nombre: «Beato Raimundo Lulio». Se mixturan en mis recuerdos las amarillentas páginas de la Historia de la Filosofía de Emile Bréhier y un nombre signado por la desmesura, por la pasión, por una santa hybris.

Raimundo Lulio o Ramón Llull (en catalán), nació en Mallorca en 1232, el siglo de Tomás y de Buenaventura, el de la alta escolástica y del auge universitario. Demorarnos en la biografía del beato Llull exigiría un artículo aparte: filósofo, poeta, místico, misionero, alquimista, fundador de la prosa literaria en lengua catalana.  La vida de Raimundo Lulio bien puede inspirar una gran novela o un film inolvidable. Como bien escribe Rubén Calderón Bouchet, alternaba sus funciones palaciegas con las más amables de trovar versos y seducir mujeres. Según narran las crónicas de su tiempo, preso de una lujuria desorbitada, no respetaba casadas, solteras, vecinas o parientes; era una especie de Juan Tenorio prerromántico. Llull acosaba a una bella mujer llamada Ambrosia de Castello a quien una mañana persiguió en su caballo, obligando a la mujer a refugiarse en la Iglesia de Santa Eulalia. El escándalo en el pueblo fue mayúsculo y harta ya la doncella del ritual acosador del futuro beato, un día decidió llevarlo a su casa. En la intimidad del cuarto, la mujer descubrió su pecho llagado y tomado por el cáncer. Nadie sabe a ciencia cierta cuáles fueron las palabras de la mujer, pero se cree que dijo algo así como: «Aquesta bellesa que es comencen a menjar els cucs é la que vos lleva el seny?», es decir: «¿Esta belleza que empiezan a comerse los gusanos es la que os quita la cordura?». Una descarga sobrenatural, un rayo de la gracia, conmovió el corazón de Ramón Llull. Se dice que aquel episodio fue el inicio de una metanoia, una conversión radical que impulsó al ilustre mallorquín a buscar la Belleza sobre toda belleza, la Fuente Primera que calma toda sed.

Hacia 1260 Raimundo Lulio decide abandonar sus posesiones y su familia para dedicarse de lleno a la escritura y a la misión. En una de sus andanzas compra un esclavo moro, quien no solo lo introduce en la lengua sino en el corazón de la ciencia árabe. Estudia durante nueve años esa lengua y hacia 1288 presenta ante el papado una misión a los países infieles. En sus años de formación, Llull devoró a Platón, Aristóteles, Averroes, el Corán y el Talmud. Se ejercitó en el trívium y el quadrivium y asumió la teología de Agustín, Anselmo y los escritos recientes de San Buenaventura. La catolicidad de Llull se plasma en la idea nuclear que anima su Ars Magna, escrita incansablemente entre 1305 y 1308. Diseñó un método de tablas especiales en las que se ponían en juego todos los conceptos filosóficos y religiosos capaces de entrar en una controversia. Una combinación mecánica que alumbraba las verdades esenciales de la fe.  Escribe frenéticamente, su producción total asciende a 273 libros. Escribe en latín, en castellano, en catalán, en árabe; viaja, predica, se hace y se deshace por su pasión divina. En 1307, con 75 años y en uno de sus tantos viajes misioneros, lo expulsan de Bugía (Argelia). A bordo de un barco rumbo a las costas italianas, un fuerte temporal provoca el naufragio del «cabezota mallorquín». Sin embargo, Llull sobrevive a la tragedia y llega nadando hasta las costas de Pisa.  Apedreado en Túnez a los 83 años es rescatado moribundo por unos comerciantes genoveses y herido salvajemente muere poco tiempo después. El símbolo distintivo de Llull, una luna invertida, reviste una compleja hermenéutica, pero bien podría ser una síntesis pictórica del viaje final de nuestro héroe: ¿No cuenta acaso con una luna la bandera de Túnez?

El secreto medular de la filosofía teológica de Raimundo Lulio se inscribe es su sentencia que reza: «el amor hace libre al siervo y siervo al libre». El amor es la vía iniciática, no solo de la fe sino también de la ciencia. Esa es la razón de su neologismo «Amancia», una mixtura entre amor y ciencia. A Ramón Llull se lo llamó «la máquina de pensar», yo creo que fue «la máquina de amar».

Sentado en la mesa de este Café, casi a medianoche, cierro los ojos y recuerdo entonces la imagen de Raimundo Lulio en la Iglesia de San Francisco de Asís. Al beato bien le cae aquello del Dante: «El amor, que a ningún amado perdona amar, me tomó con su fuerza tan tierna que, como ves, aun no me abandona». ¡Qué maravilla de tipo! Y qué poco se sabe de él. Antes tenía dudas, hoy me animo a susurrar con fe: Beato Raimundo Lulio, ora pro nobis.

Autor

Diego Chiaramoni
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2 comentarios
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JuanDFidanza

Una pasada de artículo. Gracias y Enhorabuena al autor.

Nata

Excelente artículo.
Gran pluma

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