28/08/2026 06:33

Unos meses antes de morir, Leopoldo Marechal entrega un texto inédito a la Sra. Sara Facio para un libro de fotografía de autores(1). Es un texto breve, casi en formato de columna donde el gran peregrino metafísico de la literatura argentina medita en torno a la especie artística del autorretrato. La primera observación —muy acertada, por cierto—, es que, si bien el autorretrato es un recurso propio del pintor quien usufructúa así de un modelo gratuito y sin otra complicidad que la de su espejo físico, también existe el autorretrato de los escritores. Claro, en los hombres de pluma en mano, el recurso del autorretrato es menos directo y, a veces, engañoso, revestido con los rasgos suntuosos o harapientos de algunos de sus personajes, tal es el caso de los novelistas. ¿No hay acaso algo de la triple naturaleza Karamazov en Fiodor Dostoievski?  La concupiscencia de Dmitri, la inteligencia inquisidora de Iván y el angelismo de Aliocha son de algún modo el autorretrato del gran novelista ruso. Al respecto escribe Marechal:

«De cualquier modo, trazar un autorretrato es dedicarse a un ejercicio mortal: si el artífice, asomado como Narciso al espejo de sus aguas interiores, cayera en su autoadoración, morirá, también como Narciso, por autocomplacencia en su individualidad limitante; y si frente al espejo entrara en abominación de él mismo, caerá entonces en la peligrosa tentación del suicida»[2].

El arte y el peligro del autorretrato cabe para el pintor, para el escritor, pero también les cabe a los pueblos. Cuando un pueblo al trazar su autorretrato se denigra o ficcionaliza sus virtudes, es decir, peca por defecto o por exceso, corre el riesgo de comer el pan de la propia mentira y es bien sabido que el pan hincha, pero no alimenta.

A veces, solemos hablar de «saber perdonarse a uno mismo» o «ser justos con uno mismo», pero en rigor de verdad, el perdón y la justicia son virtudes transitivas (ad alterum), es decir, se dirigen esencialmente hacia otra persona. En tal sentido, cuando se trata de auscultar a otro, la vocación exige encarnar la empatía que es, quizás, la primera ley de la caridad: fieri aliud in quantum aliud decía el Aquinate; es decir, hacerse otro en cuanto otro. Marechal asemeja este proceso a la transmutación alquímica. Volvemos a los trazos marechalianos:

«[…] por el poder asimilador del conocimiento, uno “se asimila” realmente al otro y convierte al otro en cierta intimidad con uno mismo, con lo cual el otro deja de ser inalienable y se borra la frontera ilusoria que separa lo objetivo de lo subjetivo»[3].

El arte pictórico ha inventado la selfie anticipándose a la obsesión narcisista del siglo XXI. Ello obedece no solo a que la fotografía se hija de la pintura, sino a que el hombre siempre ha caminado con su propia imagen a lo largo de la historia. Velázquez se pinta a sí mismo en Las Meninas y Rafael comparte escena con los filósofos en La Escuela de Atenas. Van Gogh denuncia la turbulencia de mundo interior retratándose adusto con la oreja vendada y Rembrandt se pinta mil veces con un claroscuro besándole la frente. La pregunta que surge es la siguiente: ¿El autorretrato es icónico o idolátrico? Dicho en otras palabras: ¿el autorretrato revela u oscurece a la persona? Y allí resuena la antigua máxima del Oráculo de Delfos: γνῶθι σεαυτόν, conócete a ti mismo. Si bien la sinceridad también es una virtud transitiva, su etimología es muy interesante y bien puede aplicarse al horizonte de nuestra meditación: «sin-cera» es aquella persona que no se maquilla, que no aplica cera sobre su propio rostro, que se muestra tal cual es. El autorretrato juega en el fino límite entre el arte y el peligro. Quizás, para autorretratarse hay que aprender a mirarse, en las propias virtudes y en el abismo de las propias sombras. Solo allí surge la revelación del nombrarnos con palabra descubridora. En esto también cabe una traslación para la vida de los pueblos. El mismo Marechal, a quien evocamos en esta meditación, lo ha dicho de forma poética e irrepetible: «La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre».

 

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

(1) «LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».

[2] Marechal, L. Sobre autorretratos. Obras Completas, Tomo V. Ed. Perfil, Buenos Aires, 1998: p. 387.

[3] Ibídem: p. 388.

Autor

Diego Chiaramoni
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