En julio de 2022 y en las páginas digitales de este mismo medio, meditábamos en torno a la figura del escritor francés Michel Houellebecq. Decíamos en aquella oportunidad que Houellebecq parece expresar el fenotipo de esas almas siempre prestas a cruzar la línea de la cordura. La mirada profunda, aunque extraviada, el desaliño como estilo, siempre reñido con el peine y un cigarrillo que se consume entre los dedos, cumpliendo el ritual de la ceniza corva. Decíamos también que el excéntrico escritor expresaba la traza aurea del enfant terrible. Algo parece claro: Houellebecq puede haber atravesado crisis existenciales, asfixias de melancolía, noches oscuras de depresión, quizás hasta pudo haber saboreado el infierno, pero no está loco si por locura entendemos la ausencia del principio de realidad. O quizás sí pueda estar loco, en caso de que comprendamos el sentido profundo de aquella vieja sentencia epifánica que reza: «los locos, los borrachos y los niños siempre dicen la verdad», y el escritor francés tiene un poquito de las tres cosas.
Houellebecq, profeta de la decadencia, heraldo del malestar, denuncia por saturación: el excremento se vuelve absolutamente intolerable si se lo revuelve. Ese es su método narrativo, pues exacerbando los dioses de nuestro mundo: el sexo, el dinero, el poder, la diversión desenfrenada, la rebelión aparentemente «antisistema»; denuncia su reverso siniestro: la vacuidad existencial. La tragedia que campea en las obras de Houellebecq es la siguiente: la imposibilidad del amor, única realidad que puede redimir al hombre. En ello radica el posthumanismo Houellebecquiano, en el fracaso de la civilización occidental, pero no como utopía o distopía –al modo de Orwell, Huxley o Bradbury–, sino como consecuencia lógica de las prótesis existenciales de nuestro tiempo. Houellebecq lo expresa claramente en su novela Serotonina (2019): una civilización muere por hastío, por asco de sí misma.
En la Francia de estos tiempos –pero con una génesis que data de más de una década en cuanto a sus proyectos de ley– ha cobrado fuerza la legalización de la eutanasia. Lo sabemos, el progresismo tiene afición a los eufemismos y así, llama «IVE» (interrupción voluntaria del embarazo) al aborto, «igualdad» a una equidad impuesta y «Muerte digna» o «ayuda a morir» a la eutanasia. Tras ser aprobado por la «Asamblea Nacional» en mayo de 2025, el proyecto de ley que derivará en la sanción de la eutanasia parece encarar su recta final. Desde nuestro lugar siempre hemos sostenido que captar la malicia íntima de esa práctica, requiere cierta fineza de espíritu. En el caso del aborto, es más claro: solamente desde la necedad, desde la falsa ciencia o desde la ceguera moral puede negarse la vida intrauterina, o peor aún, otorgarle a la madre el designio cuasi divino de «humanizar» o «deshumanizar» a esa misma vida que se está gestando en su seno. Con la eutanasia se requiera otra percepción más aguda que incluye la sacralidad de la vida adulta cuando parece no alborear ninguna esperanza, el sentido del sufrimiento, el valor del altruismo, el problema de la muerte.
En 2021, Michel Houellebecq abofeteó con un par de sólidos argumentos a las máscaras de proa de los propulsores de la eutanasia. El novelista francés afirma en su texto para Le Figaro del día 5 de abril de 2021 la siguiente sentencia: «Une civilisation qui légalise l’euthanasie perd tout droit au respect», es decir, una civilización que legaliza la eutanasia pierde todo derecho al respeto. Houellebecq parece calzarse el palio papal al afirmar que la eutanasia es una ruptura antropológica y una regresión de la civilización.
«Honestamente, pienso que el deseo de morir no existe, no lo creo, para nada lo creo. Pienso que existe el deseo de no sufrir» sostiene Houellebecq, reconociendo que en ciertos momentos de desesperación o de compasión puede tomarnos presos la idea de la eliminación. Justamente allí crece el deber de una sociedad sobre el cuidado de las personas. El mensaje de los llamados cuidados paliativos es «tú nunca serás una carga».
Aquella vez, una sugestiva frase se desprendió de los labios de Houellebecq amarillos por el tabaco y los largos desvelos cuando escuchó el testimonio de algunas mujeres que mostraban sus deseos de estar arregladas y maquilladas hasta su último suspiro: «la potencia de la vida está presente hasta el final». Hacer sentir que el otro es una carga redunda en una extorsión afectiva. Para Houellebecq, la agonía es parte de la vida y ello es estrictamente cierto pues esa palabra «ἀγωνία» proviene del griego «ἀγών» (agōn) que significa lucha, contienda, resistencia ante la muerte. Por eso, como lo hemos hecho alguna vez acompañando al filósofo criollo don Alberto Buela en la casa de los trabajadores argentinos, repetimos aquello del viejo Unamuno: «[…] porque cuando te duermas y no sientas ya el dolor es que no eres y hay que ser».
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Excelente artículo. Me gusta mucho la acidez, mordacidad, ironía con la que Houellebeqc desnuda la decadencia de Europa.
Es muy bueno que autores tan leídos sean a su vez voces disonantes contra los embates del progresismo. ¡Enhorabuena por el artículo!