15/08/2026 05:38

La gravedad permite que las gotas de lluvia sean ascendentes. La clorofila tinta de color azul a las plantas. Bueno, son chorradas sublimes que, ni los más insensibles a la ciencia, saben detectar inmediatamente.

Pues lo mismo, exactamente, toca pensar de esa expresión que se rumia últimamente en los medios de comunicación, también en los de información, y que se erige en componente eximio y elevado del discurso progre: «estar en el lado correcto de la historia». Solo a un mentecato se le ocurriría emplearla y lucirse con ella en un país de ciegos, sordos, mudos y descerebrados. Así están las cosas.

En el «hodierno» no existe la Historia. La historia, como saber occidental sobre su pasado, no  es más que una ficción narrativa que se deja manipular fácilmente. De hecho sin la manipulación no resulta factible hacer historia. Por tanto, la Historia, en mayúscula o en minúscula, es una ficción mayúscula y superlativa. Carece de sentido objetivo y solo cuenta la relación y la proporción de amaños, falsedades, tergiversaciones y tendencias que subyacen incandescentes en los sustratos profundos de la escritura histórica. La Historia es una palanca para atraer adeptos y enseñarles los beneficios y las ventajas de las ideologías que subyacen en las ficciones que narran (la historia de los nacionalistas, pongamos por caso, es antológica en ese sentido y no va más allá del contenido propio de una literatura infantil).

Por tanto, no existe ningún lado de la Historia, ni bueno ni malo, ningún recodo donde esconder la miseria del discurso histórico y la ignorancia de los lectores. Solo resulta tolerable cuando la manipulación se ha reducido (nunca hasta el cero absoluto pues se comporta la historia como una curva asintótica). Pero, en general, estamos ante extremos vergonzosos porque, a causa de esa infección cognitiva ideológica originaria de la narración histórica, ya no se produce historia stricto sensu si no literatura fantástica, otra forma de ficción menos violenta y que sirve para el placer de la lectura… de los adeptos.

¿Entonces, no es posible la Historia? Claro, la historia seguirá las narrativas que les impongan sus demiurgos a cambio de prostituir los cimientos de las sociedades que analizan. Pero no se trata de limitarse al quehacer del historiador, orillado por la selección de las fuentes, el vertido de sus ideologías y las antipatías de sus pareceres y prejuicios. El discurso sobre la historia es prescindible en el ámbito de una sociedad neotecnológica. Esa sería la cuestión central, actual, relativa al sentido y a la práctica de ese discurso de saber.

¿Qué sustituye a la historia en el orden digital? La memoria de los datos y la capacidad de nutrirse de ella para dar una respuesta. No hay más. La historia, sentimental o infantil o la más seria de los «profesionales», sería, con sus curvas deambulantes de ascensos y descensos, una exposición de todo lo que nos satisface y la que nos eleva el sentido épico de lo imposible (tendemos a construir con la historia cierto sentido trascendental, personal o colectivo, cuando la realidad carece de todo elemento elevado). Aquella otra historia, la que se pretende aséptica, objetiva, pretensiosa, profesional, ya no existe sino en su nueva versión literaria.

Todo eso ha dejado de ser operativo tornándose un frágil discurso de consuelo que periclita insomne al pensar el tiempo pasado. Ahora, todo eso, se ha convertido en memoria digital, en un estercolero donde los datos (¿qué otra cosa hay?) se arremolinan como gusanos revolviéndose para tomar el aire viciado del big data.

A diferencia de las Historias, las Memorias digitales inmensas e infinitas (por inabarcables) tienen más y mejor opción de disponibilidad absoluta, y solo perviven las cadenas de datos, el blockchain o las combinaciones computarizadas, las paradojas cibernéticas, en una secuencia artificial que describe perfectamente el momento y el instante. La Memoria es instante mecánico, capacidad de almacenar datos, resumen de todos los datos factibles sobre un momento determinado. La Historia representa una secuencia temporal finita volcada hacia atrás e hilvanada cicateramente por expertos narradores profesionales para que no detectes el sesgo de sus desvíos ideológicos.

¿A qué se reduce esa Historia que se auto alaba de científica y objetiva, de profesional? ¿Al empleo sistemático, a diferencia de la historia sentimental elaborada por legos, de un método científico? Todo, sin embargo, y respecto del supuesto «método científico», se reduce a una selección de las fuentes y a una ordenación, interesada, de los documentos y a instalarlos dentro de una estructura narrativa (literaria) donde cobran cierta coherencia.

Pero, ¿las pequeñas historias, las ínfimas, esas que nos encontramos obstinadas hasta en nuestras vidas personales, constituyen, en verdad, estructuras coherentes de sentido? ¿Cómo seducir el sentido dispar, indómito y díscolo, de los acontecimientos ínfimos y rebeldes dentro de una narrativa general? Quien juega como historiador se convierte en un domador de documentos, de fuentes, de circunstancias y de aquello que pervive de la realidad de lo que fue… y en un extraordinario literato, es decir, un excelente contador de ficciones que oculta, a eso dedica todos sus esfuerzos, sus prejuicios ideológicos.

No hace falta precisarlo: no existe el «lado correcto de la historia» en tanto que la historia es incompatible con el momento presente. Ni es posible, sin incurrir en la autorreferencialidad cíclica, presentar una Historia que hable en presente. La Historia, en cualquier caso, no es geometría: no tiene lados, ni ángulos, obtusos ni agudos, no está compuesta de recodos ni de espacios, carece absolutamente de espacialidad, de representación gráfica. La Historia convenimos que sería la construcción del discurso genealógico de una civilización, luego no hay posición distinta de aquella de la de estar dentro de su discurso y que nada ni nadie escape de su inclusión en la narrativa histórica.

El lado correcto de la Historia, pues, queda reducido a un avance contemporáneo de lo que sería un comportamiento futuro del historiador: pretenciosidad y jactancia de que los historiadores del futuro hablarán bien de nosotros (de los políticos) y de lo que hicimos (los políticos). ¿A eso queda reducida la fórmula? Bueno, bien, ¿y si esos comportamientos (políticos), pese a la insistencia actual, carecieran de trascendencia futura para el historiador? Porque, pongamos por caso, los hechos no fueran más que los de los derrotados de un conflicto. Más radicalmente: ¿y si en el futuro no hubiera historiadores que tomaran como referencias esos gestos, esas palabras, esos momentos?

El «lado correcto de la Historia» remite a un futuro condicionado y adelantado por los propios protagonistas en curso: son los protagonistas de los hechos quienes los interpretan y los descifran anticipándose al criterio del historiador futuro a quien desplaza o ignora. Los gobernantes (los políticos), tan interesados en las historias, son quienes han pagado a los historiadores para que narren sus proezas, sus hazañas, sus conquistas… pero aquí, con ese anticipo histórico sesgado, son los propios protagonistas contemporáneos quienes hacen su propia historia en el instante mismo en que sucede, elaborando su propio discurso histórico prescindiendo del historiador. ¿Para qué esperar al tiempo y a un historiador futuros que den cuenta del suceso?

Todo parece reducirse a la miserable impaciencia de unos gobernantes enloquecidos que quieren dominar el mismo discurso (histórico y apologético) que pueda dar cuenta de ellos en el futuro. Porque, ciertamente, para quien no es político (plutócrata, dirigente y «motor histórico»), el que vive en su propia agonía existencial, carece de sentido el relato histórico, tal vez, como mucho, para dejar constancia de su propia trayectoria vulgar y personal: eso es El Quijote.

Cosa distinta son los relatos autobiográficos de quienes fueron protagonistas de grandes acontecimientos históricos que, en el mismo instante o poco después, se lanzan a interpretar los sucesos, los hechos históricos, mortificándolos dentro de una estructura de sentido (esa narración histórica plagada de ideología y de prejuicios personales). Nadie se llama a engaño. Todos sabemos que nos están diciendo: así veo «yo» lo que sucedió. Y todos compartimos las circunstancias que narran como una proyección personal de lo que es el objeto de su discurso. Algo muy diferente a la soberbia de quien está en el poder que, sin esperar al juicio de la historia (de los historiadores de un signo u otro) ya se autoelogian respecto de un comportamiento conforme al sentido de la historia, de «su» historia. Pero ¿qué diantres es eso del «sentido de la historia» que un mero discurso apologético de su ejercicio de poder político?

¿Qué es la historia?, título del libro de C.H. Carr, ya nos avisó de la traición de las fuentes, de su sentido polifónico, de los intereses que pululan en los ambientes históricos y de la infidelidad de los historiadores respecto de la objetividad. Al final, porque no hay principio inmutable, la Historia forma parte de la mitología moderna de origen probablemente griega que funda la autoconsciencia genealógica de una sociedad específica en el discurrir del tiempo.

No va más allá, ni más acá. La historia contiene todas las referencias antropológicas que designan las señas de identidad, la densidad de las particularidades y las perspectivas de futuro de una comunidad. Es autorreferencial y siempre remite a su propia fundamentación genealógica. De hecho, todo discurso histórico constituye la instauración precisa del marco mental de nuestras costumbres, de la concepción de los dioses, de los animales, de las cosas y de los hombres, de la vida y de la muerte… más allá estamos muertos.

Frente al vértigo del tiempo pasado de la Historia, aquí, con el orden digital, disponemos del instante efímero de los datos que no deja rastro y que se evaporiza en las operativas cibernéticas de los procesamientos de datos. Los datos, sin tiempo, sin pasado, ni presente ni futuro, son la materia prima esencial de esta fantástica alucinación artificial del mundo.

La Historia, en minúscula o en mayúscula, carece de cobijo y adopta el arte mágico de desaparecer hablando de un universo inexistente que no es más que el resultado de la proyección del historiador sobre un objeto preciso amansado y predeterminado. Pero eso sigue siendo una lectura muy hegeliana de la historia moderna: una continuidad que culmina en un fin. Desde hace décadas los historiadores, cansados de los grandes discursos preconstituidos, hablan con profusión de las discontinuidades y de los acontecimientos minúsculos que explicarían la irrupción de los grandes hechos históricos. No hay nada de todo eso más que en la mente provecta del historiador.

No existe Historia en la era digital. ¿Para qué se necesita? No estamos ante comunidades históricas, que precisen de una autojustificación genealógica y de su constatación a lo largo del itinerario del tiempo, sino ante nodos convertidos en elementos constituyentes de una red tecnológica y que operan mediante computarización informacional, el cálculo algorítmico y la producción incesante de datos. La realidad artificial no tiene ni precisa historia ni discurso que la describa porque no es más que una permanente actualización del instante, una reutilización perfecta de una inmensidad absoluta de datos: un procedimiento técnico de actualización permanente de la Memoria (el big data).

Nos dirán, bueno, no es precisa la historia en la era de los sistemas de información técnicos pero, al menos, podría contarse la historia de esos sistemas. Sí, sin duda, mientras sigan existiendo elementos analógicos que precisen situarse en la secuencia temporal en que viven sobrecogidos por el despliegue despiadado de un tiempo sin instante, de un tiempo sin lapsos, de un tiempo sin segundos… el tiempo ha dejado de ser una función de la biología de las colectividades para convertirse, en el orden digital, en el ambiente operacional de la máquina en que discurre la transmisión de la información a través de los nodos en los que, en realidad, nos estamos convirtiendo todos.

No existe el lado correcto de la historia sino como un estercolero analógico de la frustración de un tiempo que ya nos huye como de la peste.

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Jose Sierra Pama
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navarjm

Ko esencial: «estar en el lado correcto de la historia» es una expresión retóricamente abusiva. Presupone una teleología histórica —la idea de que la Historia avanza hacia un fin moralmente definido— que la historiografía contemporánea lleva décadas cuestionando. Usarla es, efectivamente, un recurso de legitimación política que disfraza de objetividad lo que es solo posicionamiento ideológico.
Sin embargo, el remedio propuesto —disolver la Historia en datos digitales— crea un problema mayor: los datos no se interpretan solos. El big data requiere modelos, algoritmos y marcos conceptuales que son, ellos mismos, construcciones cargadas de valores e ideología. Sustituir al historiador por el ingeniero de datos no elimina el sesgo; lo vuelve invisible y más difícil de cuestionar.

La conclusión más equilibrada sería: la Historia es un saber imperfecto, inevitablemente situado, pero esa imperfección consciente es más honesta que la pretensión de neutralidad del dato digital. El problema no es la Historia; es la Historia usada como arma política sin reconocer su carácter construido.

Lola

Entiendo que, se está viviendo en un momento en el que la historia ha perdido su función principal. Y está siendo encubierta por sistemas digitales…
Es así, como sucede en el resto de todo lo que comprende nuestro orden mundial….

Ignacio Fernández Candela

Totalmente de acuerdo contigo. La capacidad crítica es lo importante.

Larry Coll

Aproximación a la filosofía del cinismo que se niega a aceptar el optimismo histórico, prefiriendo tildar de desecho todo intento de darle sentido a la evolución de la sociedad. Declaración contundente, de corte nihilista y pesimista, que arremete contra la idea teleológica de que la historia avanza hacia un propósito moral superior o un «progreso» definido

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