(15) No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. (16) Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, no es del Padre, mas es del mundo. (17) Y el mundo se pasa, y su concupiscencia; mas el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre. Juan 2:15-17
Comentemos, desde mi humilde comprensión, la encíclica del León XIV Magnifica Humanitas.
La Doctrina social de la Iglesia tiene un designio definido: atravesar los inmensos y movedizos espacios áridos de lo contingente, hacerse un lugar en el mundo terreno y hollar en sus imperfecciones. La crisis del mundo, si hubiera alguna, no sería la carencia de los bienes terrenales, y por tanto, la de su distribución, sino la más simple y sencilla de la escasez de espiritualidad.
Por eso no podemos entender una Iglesia que se ha enredado con los problemas del mundo que, la mayoría de las veces, son falsos, inexistentes y que contribuyen más que nada a la narración de catástrofes que se retroalimentan. El cambio climático, la densidad demográfica, la escasez de recursos, la contaminación, las hambrunas, las guerras, etcétera. Esos serían los discursos de los jinetes del Apocalipsis que deberíamos evitar.
La esterilidad espiritual es un concepto muy definido: que no existe más trascendencia que vaya más allá del sentido y de la percepción, lo que hace de la existencia una simple y vulgar sensación celular, un estímulo y una respuesta. Luego, ya no se aspira al rango de la elevación de los dones más elevados y sagrados sustituidos por millares de pequeñas o grandes simplezas e insignificancias existenciales que discurren a lo largo de la vida de cada cual prestando excesiva atención a lo material y despreciando el saber teológico o, si eres laico, al sentido en la tierra que establecen las filosofías de lo razonable. En cualquier caso, la pobreza espiritual convoca al bloqueo del saber y aspira a la disolución del ser.
La Iglesia no es un remedio sino un síntoma de la recidiva del mundo. La Iglesia es el mensaje revelado de la salvación y, por tanto, su cometido nunca podrá ser otro distinto que el de satisfacer y preservar el espíritu y contemplar al Hombre, como ser finito, en su tesitura prodigiosa ante el infinito. Es un comportamiento ya reiterado: la Iglesia mezclándose en asuntos terrenos desde hace más de dos mil años… nunca sale bien parada. Pero también sabemos, por la historia de la Iglesia, el resultado desatado por toda aquella confusión entre lo temporal y lo sagrado: la proclividad de las grandes jerarquías de la Iglesia a mimetizarse con los césares, los emperadores y los reyes de la época, en esencia: la ruptura de la unidad de la Iglesia, el desvío de sus fines y, es inevitable, la deriva hacia el pecado, o sea hacia aquello que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido.…
No es eso, no es la Magnifica Humanitas aquello hacia lo que los «pueblos» aspiran, precisan y menos los católicos, puesto que no es un grupo o un colectivo en lo social sino una comunidad de creyentes en la fe que aspira al discernimiento interior y practicarlo en el exterior, del ser trascendente. La inteligencia artificial, todo el bagaje del orden digital por extensión, termina con la desconexión, ese apartarse con prudencia a la serenidad del «desierto» espiritual. ¿Por qué no se erige la estrategia de la Iglesia de León XIV en la desconexión con el orden digital? Porque la Iglesia no puede quedar sujeta ni seducida a los mismos presupuestos que rigen el funcionamiento del orden digital: convertir la creencia en la fe en un nuevo dios tecnológico, como medio técnico potencialmente infinito (con el procesador cuántico), ni reducir la realidad a una mera captura, elaboración y diseño de información y su circulación (de datos, como sostiene la encíclica). La Iglesia debe estar más acá de toda configuración de un nuevo dios digital e impugnarlo como nuevo ídolo de adoración.
En primer lugar, y resulta sorprendente: no son ni pueden ser las colectividades, los grupos, las sociedades… «los pueblos» el objetivo hacia el que debe dirigirse la mirada de la Iglesia. Ni siquiera debe dirigirse hacia el Hombre dentro de uno de esos círculos secantes o colectivos. Verbi gratia: «el pueblo» de los independentistas en Cataluña no es un pueblo de integración sino un pueblo elaborado ad hoc, racista y regido por el supremacismo que persigue sin piedad, desde su estado «propio», toda diversidad que lo cuestiona. ¿Cómo un pueblo con ese marchamo puede ser compendio y referencia para la vida «social» de la Iglesia, más allá de servir como coartada a los etnicistas para sacar partido de su política brutal de apropiación de lo público? El «pueblo», en ese sentido, solo representa la limitación o condicionamiento de la personalidad, impuestos al individuo o a la colectividad por factores externos sociales, económicos o culturales… por ideologías totalitarias. El mensaje del evangelio, por el contrario, está proyectado para la conciencia de las personas individuales, y para el conjunto o comunidad de los creyentes, porque la salvación no es ni puede ser una obra de proyección colectiva sino del y para el Hombre contrito, en singular.
En segundo lugar: para los asuntos terrenos y contingentes ya están concertadas en la actualidad, y al unísono, todas las potencias ideológicas, con sus partidos y organizaciones, los grupos de poder, las predisposiciones de ánimo, la supuesta esperanza en alcanzar la perfectibidad humana en este mundo… La Iglesia debería ser siempre un referente, nada más y nada menos, para sus fieles y para quienes no lo son, respecto a un mundo que precisa de revivificación moral periódica.
La mejora de las condiciones de vida de los trabajadores no debió constituir la labor de la Iglesia en la era del capitalismo sino más bien establecer la línea en la que el trabajo se tornara en esclavitud y combatirla. Porque si el destino, fundamental de la Iglesia, pasa por esa intervención en el orden mundano ¿qué pasa cuando las circunstancias y los tiempos cambian de modo abrupto y desaparece su sujeto, es decir cuando discurriendo el tiempo entre el antes y el después deja de tener existencia o presencia el trabajador decimonónico, disuelto e inencontrable ni siquiera por similitud, por semejanza, pues nada ni nadie ya lo reconoce ni como designio?
¿Cómo es posible sostener la validez de Rerum Novorum, encíclica en pro de las condiciones «dignas» del trabajo, cuando en pleno primer tercio del siglo XXI la categoría de trabajador, todavía definida en los términos propios de finales del siglo XIX, digámoslo sin contemplaciones, ha dejado de existir? No es que la Iglesia se haya quedado sin creyentes. Lo que ha sucedido es que el mundo se ha quedado sin trabajadores.
¿Qué tenemos ahora? En Occidente como preludio, un arrinconamiento del pasado, un montón de máquinas automáticas que siguen estrictas el código y el curso de los algoritmos. Al orden digital no le interesa la «fuerza de trabajo», ese gasto muscular o de energía orgánica que se cansa y es imperfecto. Lo que le interesa, el centro duro de su método y de su paradigma singular es el Hombre (podemos seguir llamándolo así hasta nuevo bautizo) convertido en medio técnico por el que circula la información pura. Lo trascendental en todo este juego inmenso de las redes, de la realidad virtual y de la inteligencia artificial, lo representa la entera conciencia desvalida del Hombre y no sus contingentes condiciones de existencia.
Fin del trabajo: precisamente por la intervención masiva y desestructurante de las dinámicas del orden digital, que ya se despunta en el horizonte. Por tanto, ¿la IA tiene algún aspecto positivo? Seguramente sí, porque elimina el trabajo por cuenta ajena, el que tiene su origen con el capitalismo industrial, pero a cambio tiene consecuencias drásticas: las de eliminar todo el sentido de la trascendencia, del valor de la vida y de la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Sí, el nuevo dios digital absorbe a sus súbditos neutralizando cualquier potencia o presencia divina en su seno. La dignidad en el comportamiento siempre estará más acá de todas las nuevas tecnologías de vanguardia. Ahora bien, ¿cómo queda configurada la dignidad de las personas en el nuevo orden que resulta ser incompatible con la misma? No hay dignidad humana en el orden digital. Así de radical, así de simple.
El Hombre ya no se concibe como un fin en sí mismo, ser de cualidades y valores elevados iluminado por la divinidad, sino como el medio árido y técnico por donde confluyen las sensaciones en desorden de la información pura y su aspiración: construirse a sí mismo, como falsa ilusión que colma toda aspiración existencial y anula lo sagrado. Porque, en efecto, el relativismo fundante de la encíclica obvia lo evidente: lo peor para un Hombre puede convertirse en lo mejor para otro Hombre. ¿No aspiran los inmigrantes, allegados a Occidente, a todo aquello que dejan y abandonan condescendientes sus hedonistas moradores?
Clamar contra las condiciones del trabajo (por cuenta ajena, mal remunerado, con exceso de horas, etcétera) se ha convertido, no solo para la Iglesia de León XIII sino también para las ideológicas del proletariado del siglo XIX (el liberalismo, el socialismo, el anarquismo, etcétera) en un desiderátum. Y el discurso de la Iglesia, pese a que sea social, muy social, deja de carecer de sentido sin su sujeto temporal y anacrónico (el trabajador industrial) y se convierte en pura mundanidad abstracta, pues carece de sujeto que ya no es sustancia (a imagen divina) sino la imagen exacta de un receptor de atribución de bienes y derechos de la existencia en la tierra que, por vía de un supuesto reparto igualitario, le correspondería para usufructuarlos. El Hombre, parece representar el destinatario natural del mensaje del testamento pero careciendo ya de todo valor sustancial, permanente y universal… y esa pérdida, sin duda, es mucho más relevante y grave que todo el discurso anacrónico sobre el trabajo industrial o la confusa invectiva contra las tecnologías de vanguardia.
¿Qué busca el Hombre en la Iglesia? Un sentido de la vida que propenda hacia la perfección divina, por la vía de la trascendencia, es decir comprender la interrelación extraña de un ser finito con el infinito. Y, si me apuran, la comprensión limitada de aquello ilimitado que no discernimos con precisión.
Entre el dilema de la fe y de la razón, la Iglesia del siglo XXI no puede apostar de ninguna forma por la razón instrumental y lo que deriva de ella, directa o indirectamente. Ni por la inteligencia artificial puesto que se debe por entero a los designios de la inteligencia natural. La tecnología de vanguardia actual es una consecuencia de la razón técnica, una creación de la mente humana, de sus potencialidades reales de pensar, diseñar y producir nuevas realidades que está dominada por una nueva aristocracia digital sin escrúpulos. Frente a la tecnología existe un orden completamente distinto y distante que nada tiene que ver y eso, la Magnífica Humanidad lo ha obviado completamente. No se trata, no, de «adaptarse» como mejor se pueda (posibilismo) al nuevo orden de las cosas, el digital, vivido como alienación total concupiscente y deseada para las poblaciones sino a resistirlo, a negarlo y a superarlo en el camino de la luz, la verdad y la vida.
¿No forma parte la Iglesia de esa reserva, de ese lugar excluido donde la tecnología no puede sustituir las conductas de las personas y donde lo que produce y genera carece de valor y de sentido? Parece que no, porque la encíclica se inmiscuye en la calificación de la tecnología dependiendo del uso, bueno o malo, que se le dé. La bomba atómica ¿qué uso «bueno» tiene? Eso es crear un problema sobre otro problema inexistente. La tecnología, cualquier tecnología que vaya más allá de servir al Hombre tiene como finalidad última sustituir al Hombre, convertirlo en máquina. Ese es su reto, su fundamento y su razón práctica fundamental. Y a la Iglesia le corresponde la tarea, si tiene alguna, de huir del mundo digital, desconectarlo en la vida colectiva y singular del Hombre.
Los males del mundo, si así queremos verlo, es la suma acumulada a lo largo de la historia de todas las proyecciones de todas las tecnologías aplicadas. El arado que sirvió para la agricultura, desplaza al agricultor que establecía originalmente su relación directa con la tierra y la simiente. La agricultura así potenciada trae el exceso de producción y engendra el poder político, pero también la demografía, el hacinamiento en las ciudades, los conflictos y el extravío del Hombre que tanto se anhela y revela, como falsedad, en el retorno de los ecologismos militantes… eso fue Babel y ahora queda el trabajo, ímprobo, de levantar las murallas de Jerusalén contra toda tecnología que anula y destruye la conciencia, la dignidad y la voluntad del Hombre.
¿Qué busca el Hombre en la Iglesia? La palabra de Jesús sobre la vida y la muerte, un rayo fulminante de esperanza y un destino de salvación divino. Nada más.
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Lograda defensa de la trascendencia espiritual frente al materialismo tecnológico, con una oportuna advertencia de que la inteligencia artificial amenaza la dignidad humana al convertir al individuo en un procesador de datos. La Iglesia no debe situar estos problemas terrenales en el centro de su misión principal, porque la crisis del mundo moderno es la escasez de espiritualidad y la pérdida de la trascendencia. Por eso, la Iglesia se equivoca al «enredarse» en problemas materiales que pertenecen al orden temporal.Interesante llamada a recuperar la dimensión mística y el sentido sagrado de la existencia. En un mundo hiperconectado y obsesionado con el consumo, hay un gran peligro de que la Iglesia se convierta en una simple organización asistencial o en una ONG más. Sin embargo, la Doctrina Social de la Iglesia sostiene que la fe debe encarnarse en la realidad: no se puede atender al alma de una persona ignorando que carece de pan, de paz o de un trabajo digno. Al considerar que estos asuntos contaminan la pureza de la Iglesia, la argumentación cae en un purismo espiritual que despoja al Evangelio de su compromiso con la justicia y el sufrimiento del prójimo.
Totalmente de acuerdo con el artículo. La iglesia no es la solución a los problemas del mundo, su papel espiritual se debe quedar ahí y los desacuerdos terrenales en frente. Nunca ha sido bueno mezclar ambos. Hoy por hoy se ha perdido el horizonte de la creencia, absorbidos por lo inteligencia artificial, siempre existirá la duda del cual prevalecerá.