Deseó tanto su caída…
que al final cayó él mismo en el abismo.
Desde la columna del 28 de junio de 2026 de Voz Populi, Jesús Cacho arremetía con virulencia contra un Presidente que no quiere irse, despotricaba contra una arquitectura constitucional que permite que, sin mayoría del Parlamento, se perpetúe Sánchez en la presidencia del Consejo de Ministros, sin presentar Presupuestos del Estado desde hace tres ejercicios, «acosado» con innumerables casos de corrupción, etcétera.
Desgraciadamente, el Señor Cacho no quiere enterarse: no estamos en una democracia representativa clásica sino en el seno de una república de los intereses particulares de los partidos políticos y de un régimen enloquecido que perpetúa el ejercicio obsceno del bien común en singular (lo que impide que sea bien «común» y se convierta en «mal particular») donde y en el que cada uno de sus ciudadanos e inmigrantes que componen e integran el cuerpo material de la nación usufructúan los servicios públicos sin medida y como gorrinos.
No es España, por mil veces que profiramos su nombre en las penumbras de la noche tardía de un Occidente en proceso de disolución. No, la nación nunca ha estado en cuestión porque constituye la base material y jurídica del ejercicio de la política parasitaria, porque España es el huésped de todos los parásitos que la circundan, arriba y abajo, a la derecha y a la izquierda. Nunca ha sido ese el problema. ¿No se han dado cuenta? La cuestión se reduce al control político de los Presupuestos de las distintas administraciones, la central, las autonómicas y las locales, y el desvío de ingentes sumas de las partidas desde lo público a lo privado sin que nadie se escandalice.
¿Qué otra cosa hay más importante para la existencia de los que viven del Estado, sean los profesionales de los partidos políticos o, pongamos por caso, los jubilados? Por eso no hay ni habrá límite y poco importa que unos, los políticos, se repartan una buena parte del botín si para el resto de la población, aún peores que los políticos, se disponen inmensos raudales de dinero para anegar sus principios y, claro, consideraciones «morales, sociales y culturales» que permiten sus nefandas vidas de señoritos pícaros de siempre donde se practica aquello de que «me llenas el bolsillo y cierro la boca».
No hay ningún espectáculo grotesco ni ningún esperpento neounamuniano. Tal vez, sin duda, la escena más sicalíptica sea la de aquel vertido tóxico de indignación de los políticos de la oposición que aspiran a hacer exactamente lo mismo que los que tienen que irse (¿qué proyecto político alternativo, en justa némesis, sostienen?) motivo por el cual Sánchez debe dimitir, según ellos, claro, y la inmensa pléyade de periodistas que en sordina y al unísono les siguen sin inmutarse en medio de una inmensa ignorancia fluida sobre qué es este régimen político y cómo funciona.
Sánchez es el reflejo perfecto de la actual partitocracia, lo que no cumplen ni Feijoo ni Abascal. Olvídense de que Sánchez se marche cuando forma parte vertebral de un régimen político como el actual y con la aparente oposición política, gris y fantasmal, que augura un desgobierno con los mismos despropósitos. ¿Por qué motivo debe cesar? ¿Por la corrupción? ¿Qué corrupción, la de los políticos y la de sus partidos políticos o la de aquella corrupción generalizada de las «masas» que como enormes agujeros negros del espacio político absorben todos los recursos materiales que son devorados cuando atraviesan la línea de singularidad que constituye su necesidad nunca satisfecha?
A diferencia de los políticos y de sus partidos, el latrocinio que activa la presencia de las masas analógicas al final de su tiempo son y se comportan como un resto de sinecura inmenso y excrecencial que tiende a arruinar todo el edificio de la civilización occidental (empezando por el Estado del Bienestar y terminando por el logro técnico de sus materialidades). Aquí no hay ni solución ni esperanza salvo esperar que el hundimiento sea paulatino o violento, al modo de un terremoto a la escala máxima de Richter.
La cuestión para esa triste y gris oposición amargada por sus ansias frustradas de tomar posesión del poder (ejecutivo) del Estado, podemos sintetizarla perfectamente a través de este interrogante: Ustedes, los que piensan sustituir al autócrata y a sus acólitos ¿disponen de la capacidad política necesaria para mantener el mismo nivel de corrupción de un sistema analógico donde ya han implosionado de modo irreversible sus principios espirituales y sus fundamentos materiales? Como en el universo estelar, la explosión ya se ha producido hace mucho tiempo pero la distancia que nos separa del fenómeno hace que aún no nos hayan llegado sus efectos.
La política sería aquella esfera que distribuye los efectos del colapso y de la que viven un conjunto de instituciones (partidos políticos, corporaciones, consistorios, diputaciones, gobiernos locales, autonómicos, centrales, tribunales, ejércitos, funcionarios, etcétera) y de colectivos (sindicatos, empresarios, trabajadores con y sin trabajo, jubilados y clases pasivas, enfermos de verdad e imaginarios, sin techo, feministas, ecologistas, inmigrantes, etcétera) que reclaman vivir del cuento y que sean otros quienes paguen su miserable razón de existencia, en la que todos se roban a todos.
La pregunta y habrá que repetirla hasta el agotamiento: los nuevos gobernantes que vengan a sustituir a los actuales ¿serán capaces de sostener el mismo nivel de satisfacción a todas esas situaciones, instituciones y personas, públicas y privadas?
Los anti-sanchistas nos avisan y nos auguran, como hace Jesús Cacho, el advenimiento de una tiranía de nuevo cuño: «… Estamos —nos ilustra— en manos de un perfecto amoral, un delincuente al frente de una banda de gangsters que ha decidido que no se va a ir del poder ni ahora ni probablemente cuando toque…». Pues bien, Señor Cacho NO será la primera vez, ni la última en la historia que las «masas» optan resuelta y alegremente por la supuesta irracionalidad política del autoritarismo si es eso lo que señala que advendrá como la consecuencia inevitable del sanchismo
¿Han entendido alguna vez, políticos y periodistas, academia e intelectuales, que aquí, en la escena política nunca han existido fronteras ni límites, ninguna moralidad, ni la ética, ni el freno de los principios, pongamos por caso, que iluminan el falso ejercicio de los derechos humanos que no son más que otra corrupción, esta vez, la de los referentes idealizados de una sociedad que es incapaz de soportar su propia putrefacción lenta?
Hay algunos, los más extremistas (políticos y periodistas), que sostienen que la situación actual (¿a cuál se refieren exactamente?) se solucionaría ilegalizando a determinados partidos políticos o hundiendo definitivamente a la PESOE (el sanchismo político) del universo electoral y político. No es más que otra forma de expresar que no se ha entendido nada sobre y frente a qué tipo de régimen de partidos políticos estamos o sea respecto del funcionamiento de la partitocracia.
Ese régimen partitocrático precisa y necesita para su correcto funcionamiento de un conjunto definido de partidos políticos que actúen en la escena como diferentes, contradictorios y repelentes entre sí. No hay mayor normalidad que esa convivencia jovial y banal que exhiben todos los días los políticos profesionales, esa conformidad religiosa a las cuestiones esenciales y de fondo de quienes se saben unos privilegiados y que viven de sus diferencias impostadas. Dirán aquello que cierto grupo radical sostenía con respecto a su escisión más incordiante en el momento más delicado de su continuidad: «… Pero no les vamos a dar ni esa oportunidad: que se hundan en sus propios excrementos…» para que todo siga exactamente igual. Y a vivir que son dos días.
¿Entonces? La vida es un recurso temporal escaso y se acaba pronto, sobre todo cuando mejor te va. No le exijan, políticos y periodistas, a quienes sostienen alegres este régimen pletórico de la abundancia (a todos los que se favorecen de esta situación «tan insostenible») que dejen de tomarse su caña con langostinos para tomar las armas de la moral y luchar por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ya se ha ensayado muchas veces y, la verdad, es sumamente aburrida porque representa un proceso de retorno a lo mismo, a lo eternamente idéntico ¿No creen?
Es lo triste. Los políticos y los periodistas no entienden, ni quieren comprender siquiera a nivel analítico, esa indiferencia brutal de las poblaciones que ya no deciden nada (en las elecciones pero tampoco en sus vidas personales) y que no son más que la excusa perfecta de su propia existencia, en la política y en sus vidas, que odian y deploran. Lo que no es más que el resultado íntimo, perfecto y de largo alcance, de una sociedad convulsionada y proyectada hacia otro orden de cosas, que nadie quiere reconocer: la sociedad digital, dimensión donde lo analógico queda subsumido.
No, Sánchez no va a irse a ninguna parte porque se lo digan quienes pretenden sucederlo y, sí, les guste o no, porque hace plenamente su función y cumple con las expectativas que aventuran que será el epígono endiosado de un régimen político tiránico: ¿qué otra cosa es la democracia vulgar que tenemos cuando prescindes de la forma, reducida a una estética y a una performance transpolítica? donde están satisfechos tantos los de las primeras filas como los del gallinero, así los que lo quieren así los que lo odian, a los que riega con dinero o con difamaciones.
Sánchez sabe moverse, y perfectamente, en esos campos fértiles de las panzas satisfechas, entre ignaros y bobos solemnes… ¿qué otra cosa es la existencia que vivir lo mejor posible en el peor tiempo de todos los tiempos posibles?
Autor
Últimas entradas
Actualidad09/07/2026Sánchez es el reflejo exacto de la partitocracia. Por José Sierra Pama
Actualidad15/06/2026La Doctrina Social de la Iglesia: no, no es eso. Por José Sierra Pama
Actualidad25/05/2026ZP o la banalidad del poder político. Por José Sierra Pama
Actualidad07/05/2026El Feminismo como ideología violenta. Por José Sierra Pama

Felicidades al autor por ser capaz de expresar su capacidad para superar la crítica partidista superficial e identificar que el problema de fondo es estructural y sistémico, describiendo con agudeza una partitocracia donde los partidos priorizan el control presupuestario y el reparto de poder sobre las diferencias ideológicas reales. Certera señalización del fenómeno del clientelismo social y de la complacencia de ciertos sectores que prefieren la seguridad económica a corto plazo antes que exigir una regeneración institucional, desmitificando además a una oposición y a unos medios que a menudo se centran en la indignación ruidosa sin ofrecer alternativas profundas.
Por otro lado, me llega que cae en un reduccionismo deshumanizante al equiparar la legítima redistribución del Estado del Bienestar con la corrupción, metiendo en el mismo saco de parásitos a colectivos vulnerables como jubilados o enfermos. Su enfoque padece de un determinismo fatalista que presenta el colapso de la civilización y la transición digital como destinos inevitables ante los cuales el ciudadano no puede hacer nada. Este nihilismo extremo termina siendo paralizante, ya que al ridiculizar los ideales de libertad, igualdad y fraternidad como ciclos aburridos, anula cualquier vía de acción o reforma y termina justificando la amoralidad de los gobernantes como el reflejo lógico de una sociedad degradada.
Comparto con el autor que el problema político español va mucho más allá de una persona concreta.
Durante años se ha permitido que las siglas ocupen espacios que deberían pertenecer a instituciones neutrales.
Esa dinámica empobrece el debate público y convierte la lealtad interna en un valor superior al servicio ciudadano.
Cuando el poder se protege a sí mismo, la calidad democrática se resiente de forma inevitable.
Por eso es necesario exigir más independencia, más límites y más responsabilidad a quienes gobiernan.