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“Que el gobernante, por poderoso que sea, tema la voz de su pueblo más que los aplausos de sus aliados. Que el gobernante, por poderoso que sea, tema la ley divina más que los aplausos del pueblo. Que el gobernante, por más poderoso que sea, tema traición a la tradición de su país, que los aplausos y premios de las organizaciones contemporáneas”.

Introducción

Hay países que tiemblan ante la inestabilidad y hay otros que se adormecen ante la calma. En uno, la democracia se agita, se sacude, se indigna, y por eso nunca muere del todo. En el otro, la democracia se acuesta en la comodidad de los subsidios, del crédito fácil y del confort ideológico, y poco a poco deja de sentir. Entre ambos extremos, el Perú y España son hoy dos espejos de una misma pregunta: ¿qué es más peligroso para una nación, el caos o la indiferencia?

1. El Perú: una democracia de tormenta

En el Perú, ningún presidente duerme tranquilo. La vacancia es la espada que pende sobre el poder, y el Congreso, con sus virtudes y miserias, ejerce su derecho de control político sin contemplaciones. Cada escándalo, cada abuso o síntoma de desgobierno puede convertirse en un proceso de destitución. Muchos lo llaman inestabilidad; otros lo llaman vigilancia política.

En esa tempestad hay ruido, sí. Hay excesos, traiciones y maniobras. Pero también hay algo que aún late: la conciencia de que el gobernante no es dueño del país, sino su administrador temporal. La ciudadanía peruana, aunque fragmentada y dolida, conserva un instinto de reacción. No siempre acierta, pero reacciona. Y en esa reacción hay vida política, hay pueblo, hay sangre en las venas de la nación.

2. España: la serenidad que duerme

España, en cambio, parece haber entrado en un largo letargo político. No porque falten motivos para la indignación —sobran—, sino porque sobran razones para el silencio. La bonanza económica, los fondos europeos, la cultura del bienestar y el miedo ancestral a la división han hecho del español medio un observador más que un ciudadano.

Allí donde el peruano grita, el español suspira. Donde el Congreso peruano vaca a su presidente, el Parlamento europeo de Madrid debate con cortesía mientras los casos de corrupción, los pactos contradictorios o las cesiones ideológicas se multiplican sin costo político real. España vive un tipo de estabilidad que no es virtud, sino anestesia: la de un pueblo que ha cambiado la vigilancia por la comodidad y la crítica por la ironía.

3. El miedo como herencia

La guerra civil y el franquismo dejaron en España una herida profunda, y también un reflejo: el miedo al conflicto. Cualquier disidencia se percibe como amenaza de ruptura; cualquier defensa apasionada de la patria se confunde con radicalismo. Y así, el patriotismo se volvió palabra incómoda, la bandera un adorno reservado a los estadios, y la indignación política un gesto que se delega en las redes sociales.

Pero las naciones que temen su pasado se hacen prisioneras de él. España, por evitar parecer autoritaria, ha renunciado poco a poco a la autoridad moral de su pueblo soberano. El ciudadano, acostumbrado a que el Estado resuelva y a que Europa financie, ha olvidado que la libertad no es comodidad, sino vigilancia, sacrificio y responsabilidad.

4. Ideologías externas, corazones vacíos

Mientras tanto, la política española se llena de consignas importadas: progresismos de manual, batallas culturales prefabricadas, discursos que no brotan del alma nacional sino de los laboratorios ideológicos de otras latitudes. El resultado es una sociedad ideologizada, pero no pensante; activa en redes, pero pasiva en las urnas; moderna en el discurso, pero antigua en la sumisión.

La abundancia material ha creado una pobreza distinta: la pobreza del espíritu cívico. Y esa pobreza es más peligrosa que la miseria económica, porque no se ve ni se mide, pero corroe desde dentro.

5. Dos lecciones

Del Perú podemos aprender que la democracia es frágil, sí, pero también que vive mientras hay pueblo dispuesto a defenderla, aunque sea a gritos y con errores. De España, en cambio, aprendemos que la estabilidad sin exigencia no es fortaleza, sino decadencia; que una nación puede morir dulcemente, sin guerras ni tiranos, si su gente deja de amar la verdad más que la tranquilidad.

El ciudadano que calla por miedo a perder su comodidad renuncia a su papel en la historia. El que se conforma con el discurso que le dictan los medios o los partidos deja de ser ciudadano para convertirse en espectador. Y un país de espectadores no tiene futuro, solo repetición.

6. Epílogo: la responsabilidad del que ama su patria

No se trata de pedir golpes de Estado ni de justificar la furia. Se trata de recordar que el patriotismo no es gritar “viva España” o “viva el Perú”, sino defender que la nación sea digna de vivir según las verdades más altas que la vieron crecer. Que el gobernante, por poderoso que sea, tema la voz de su pueblo más que los aplausos de sus aliados. Que el gobernante, por poderoso que sea, tema la ley divina más que los aplausos del pueblo. Que el gobernante, por más poderoso que sea, tema más la traición a la tradición de su país, que los aplausos y premios de las organizaciones contemporáneas.

Y que, llegado el día, los pueblos que hoy parecen dormidos recuerden que las patrias no se venden, ni se alquilan, ni se gobiernan desde la comodidad.

Porque la libertad —esa palabra tan usada y tan olvidada— no se hereda: **se conquista todos los días, incluso en tiempos de paz.

Autor

Carlos Quequesana
Carlos Quequesana
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