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El pasado sábado se celebró en la «Plaza de Cibeles de Madrid» la «cuarta edición de la Fiesta de la Resurrección», con más de 85.000 participantes. Junto a las felicitaciones por el éxito de la convocatoria, también hay críticas, principalmente derivadas del formato del evento, que combina la celebración religiosa con conciertos de artistas de música pop/comercial. Dos de ellas: algunos advierten que este tipo de actividades basadas en «el bombardeo emocional» puede ser o parecer un «abuso espiritual», mientras que otros lo ven como «una banalización» de la religión.

Los católicos creemos que Nuestro Señor Jesucristo resucitó al tercer día de haber muerto crucificado en el patíbulo de la cruz. Este hecho histórico es la raíz profunda de donde emergen tantas expresiones de fiesta y alegría similares a la mencionada «Fiesta de la Resurrección de Cibeles de Madrid». San Josemaría Escrivá, en su libro Es Cristo que pasa, comienza la homilía Cristo presente en los cristianos con una impactante idea:

Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado sobre la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia.

1.- Las pruebas de la Resurrección de Cristo.

Empecemos por recordar las pruebas más comúnmente aceptadas de la Resurrección de Cristo:

  • Jesús murió. Que Jesús de Nazaret murió crucificado entre los años 30 y 33 d.C. es un hecho histórico narrado en los Evangelios y en varios textos no cristianos de la época, que atestiguan los historiadores y especialistas en el Nuevo Testamento y otros autores no cristianos de los siglos I y II d.C.

  • Guardia en la tumba. En San Mateo 27, 63-66, leemos que los príncipes de los sacerdotes y los fariseos acuden a Pilato para pedir vigilancia: «Señor, nos hemos acordado de que ese impostor dijo en vida: «Al tercer día resucitaré». Manda, por eso, custodiar el sepulcro hasta el tercer día, no vaya a ser que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos», y sea la última impostura peor que la primera». Pilato les dijo: «Ahí tenéis la guardia, id y custodiadla como sabéis». Ellos marcharon y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.

  • Tumba vacía. En San Juan 20, 1-10, se nos narra que las mujeres que habían madrugado para ir a embalsamar el Cuerpo de Jesús se encuentran con la tumba vacía y vuelven a toda prisa para comunicar el hecho a los discípulos. Pedro y Juan salen corriendo hacia el sepulcro. Juan, más joven, llega el primero, pero espera. Al entrar en el sepulcro después de Pedro, «vio y creyó»; es decir, entendió lo que le había escuchado de labios del Maestro, pero sin entenderlo hasta ese preciso momento que vio la tumba vacía y los otros signos: lienzos y sudario. En ese mismo día, en toda Jerusalén se dio por hecho que Cristo había resucitado.

  • Apariciones: En San Lucas 24, 13-35, leemos que en la tarde de ese mismo día se aparece a los dos discípulos (uno de ellos llamado Cleofás), que, habiendo oído las noticias que trajeron María Magdalena y las otras mujeres y lo que habían contado Pedro y Juan, les parecía todo una locura y se volvían tristes y desesperanzados a su aldea, Emaús.

Después vendrían las apariciones a los Apóstoles. Y el reproche a Tomás, que no estaba por la labor de dejarse engañar. Lo encontramos en San Juan 20, 24-29: «Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré», había asegurado a sus compañeros. Y ocurrió que, a los ocho días, estando reunidos los apóstoles y también Tomás con ellos, con las puertas cerradas por miedo a los jefes de los judíos, se presentó Jesús en la sala y les dijo: «La paz esté con vosotros». Y dirigiéndose a Tomás: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Ante lo cual, Tomás respondió con una maravillosa confesión de la divinidad de Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!». Y Jesús aprovechó la circunstancia para elogiar a todos los que a lo largo de la historia creeríamos sin ver: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído».

«Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre». [San Juan 20, 20-31]

La resurrección de Jesús es la gran prueba de su divinidad. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre, sin dejar de ser Dios; murió, como hombre, y resucitó. Y sigue vivo entre nosotros como verdadero Dios y hombre perfecto. Y todos sus Apóstoles que le vieron resucitado creyeron que el Maestro era (es) el Hijo de Dios y dedicaron —¡todos!— su vida a predicar su mensaje de salvación, hasta aceptar el martirio para dar testimonio de su fe.

Cristo es el único que nos salva.

En los capítulos tercero y cuarto de «los Hechos de los Apóstoles» leemos que, una tarde, Pedro y Juan subieron a orar al Templo. Tras curar Pedro a un cojo de nacimiento y mientras explicaba al pueblo que el poder de curar lo había recibido de Jesucristo Nazareno, los sacerdotes, el jefe de la guardia del Templo y los saduceos los prendieron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, cuando los interrogaron:

—¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho vosotros esto?

Entonces, Pedro, lleno del Espíritu Santo, les respondió:

—Jefes del pueblo y ancianos, si nos interrogáis hoy sobre el bien realizado a un hombre enfermo y por quién ha sido sanado, quede claro a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por él se presenta éste sano ante vosotros. Él es la piedra que, rechazada por vosotros los constructores, ha llegado a ser la piedra angular. Y en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados. [Hechos 4, 7-12]

Enseñanzas para nosotros, como cristianos.

El cardenal Ratzinger, en el libro-entrevista con Peter Seewald, Dios y el mundo, a una pregunta sobre la resurrección, responde:

«Cristo ha salido de este mundo y de su vida, pasando a una nueva forma de realidad que ya no está sometida a las leyes físicas. Ésta pertenece al mundo de Dios, desde el que se muestra a las personas y les abre el corazón para que le reconozcan y le toquen. A nosotros siempre nos invita a rozarle con Tomás, «el apóstol incrédulo», y a reconocer la presencia viva en la que siempre reaparece en la historia».

En la homilía ya mencionada de San Josemaría Escrivá, encontramos una relación de hechos y situaciones en los que se substancia esa «presencia viva» del Señor en nuestra vida y en la historia a la que se refiere Ratzinger:

El tiempo pascual es tiempo de alegría porque «Cristo vive». Pero esta alegría no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano, ya que «Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos, sino que Cristo vive en su Iglesia. “Os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré”». Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

De modo especial, Cristo sigue presente entre nosotros en esa entrega diaria de la «Sagrada Eucaristía». San Damián de Molokai, Padre Damián, misionero católico belga que dedicó su vida al cuidado de los leprosos de la isla de Molokai, lo explica así: «La Eucaristía es el Pan de Vida que me da fuerza para todo esto. Es la prueba más elocuente de su Amor y el medio más poderoso para aumentar en nosotros su misma caridad. Él se nos da diariamente para consumir nuestros corazones con su fuego purificador y transformador, para que incendiemos a los demás con el ardor de su amor».

  1. Enviados a enseñar a todas las gentes la doctrina de salvación de Jesucristo.

La Iglesia, y en ella todos los fieles cristianos, tenemos el deber de anunciar, hasta el fin de los tiempos, con el ejemplo y la palabra, la fe que hemos recibido. Aunque de manera especial, reciben esta misión los sucesores de los Apóstoles: «Como el Padre me envió, así os envío yo» [San Juan 20, 21].

Todos los cristianos recibimos con el bautismo el sacerdocio común y estamos llamados a participar en la misión de extender el Reino de Cristo.

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. [S. Mateo 28, 19-20]

Cristo nos redime con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazaret, con su predicación, con sus milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz y con su Resurrección. Y es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura.

2.- La Cruz es el símbolo de nuestra redención y fuente de vida.

La cruz se ha convertido realmente en símbolo de redención; es el símbolo de Jesucristo, mediante el cual nos identificamos con Él. Así lo encontramos expresado en el arte cristiano desde muy pronto.

En la «basílica de San Clemente», visita obligada para todo el que peregrina a Roma, en el centro del mosaico del ábside, está representado un crucifijo; la cruz se representa aquí no como el terrible instrumento de «la Pasión», sino al contrario, como árbol de la vida: de su base surge un brote de hojas de acanto, cuyas ramas crecen exuberantemente, formando espirales que invaden todo el espacio y proporcionan un bello fondo ornamental a la escena; ciervos, faisanes, palomas, peces y toda suerte de animales y figuras humanas se alojan en la frondosidad de estas ramas que salen de la cruz y se remansan a sus pies, lo cual es un modo muy gráfico y bello de representar la fecundidad del sacrificio de Cristo. De la cruz recibimos todos los frutos y todos los bienes.

En España, está muy arraigada la devoción a la Santa Cruz. La encontramos en nuestras plazas, en los montes y en los caminos rurales, y de manera especial en el Camino de Santiago, donde los cruceros        —cruceiros— orientan a los peregrinos en su ruta hacia la tumba del Apóstol Santiago.

Por su actualidad, aprovecho estas líneas para homenajear la «Cruz del Valle de los Caídos», certificada por el Guinness World Records en 2022 como la más grande del mundo, con sus 152,4 m de altura.

Tras conocerse el acuerdo del Ejecutivo con la Santa Sede para resignificar el Valle de Cuelgamuros, la Abadía del Valle de los Caídos hizo público un comunicado —La Vanguardia, 27-III-2025— en el que defiende que este monumento está dedicado a la «reconciliación», que «la resolución de concebirlo a la vez como cruz, templo y panteón común pudo haber sido la fórmula menos improcedente de cuantas era posible arbitrar» y que «el carácter sagrado de esos componentes conmemorativos parecía excluir otra idea que no fuera la de una nueva armonía bajo lo que es el signo máximo de la pacificación: la cruz».

3.- Consideraciones finales 

– La alegría que vivimos en el tiempo pascual debe estar presente en todo momento en el corazón del cristiano, ya que Cristo vive en su Iglesia. Esto es precisamente lo que celebramos los católicos cada domingo: Dies Domini, el día en que contemplamos la Creación como obra de Dios, porque es el primer día de la semana en que Dios creó el mundo; y la obra de Cristo como «nueva creación»: Dies Christi, el día de celebración en honor de Cristo resucitado.

– Está muy bien que los católicos defendamos las cruces en todos los emplazamientos donde, con diferentes excusas, están amenazadas: caminos, plazas, cimas montañosas, monumentos, etc. También la del Valle de los Caídos, por supuesto.

– A los cristianos, y en particular a los católicos, Jesús nos envía a llevar su mensaje de salvación a todas las personas que tenemos a nuestro alrededor. Esta misión no es fácil ni cómoda. En nuestro tiempo, tenemos que enfrentarnos a amenazas muy poderosas que buscan —o eso es lo que parece— que los hombres rechacemos a Dios y nos sometamos a sus directrices esclavizantes, por ejemplo, la cultura woke. Debemos ser optimistas, no obstante, ya que Él está siempre a nuestro lado y es quien hace que nuestro trabajo dé buenos frutos: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» [S. Mateo 28, 20].

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Fundación Enraizados
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