15/08/2026 06:28
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Gabriel Calvo Zarraute. Nacido en 1981, es un sacerdote de la diócesis primada de Toledo, España. Desde su ordenación en 2008, ha dedicado su vida al apostolado parroquial, a la alta divulgación, la docencia y la investigación académica, destacándose por su labor como escritor y conferenciante. Diplomado en Magisterio. Licenciado en Estudios Eclesiásticos. Licenciado en Teología Fundamental, con la tesina “Fuentes tomistas del conocimiento teologal en San Juan de la Cruz”. Licenciado en Historia de la Iglesia, con la tesina “Aproximación histórico – teológica a las cartas pastorales del cardenal Gomá 1936 – 1939”. Licenciado en Derecho Canónico, con la tesina “La Filosofía del Derecho en el Padre Victorino Rodríguez OP”. Graduado en Filosofía.

¿Como surgió en usted la idea de escribir este libro y que busca con él?

En primer lugar, lo considero como un deber intelectual del ministerio de enseñanza que le es propio al sacerdote1. En el sentido de que los documentos que he recogido, contextualizados históricamente y explicados pormenorizadamente desde la filosofía tomista, el Derecho natural, la filosofía jurídico-política clásica y la teología moral son absolutamente desconocidos para el gran público. Incluso, una buena parte de ellos nunca se habían publicado íntegramente, limitándose a ser citados por la historiografía -tanto civil como eclesiástica- de forma marginal y descontextualizada, luego mayoritariamente tergiversada y, cuando no, ningún investigador se había molestado en analizarlos orgánicamente en su conjunto y en detalle. Por consiguiente, la finalidad de mi obra es la de rehabilitar estos escritos pastorales de aquellos obispos, porque continúan siendo un criterio seguro de auténtica doctrina católica moral, política y jurídica, cuyos principios fundantes no pueden ser modificados por las circunstancias históricas. Además, apoyándome en la filosofía básica del principio de no contradicción, planteo si dichos teoremas son conciliables o discordantes con el discurso oficialista de la Iglesia desde 1965.

En segundo lugar, he escrito esta obra como un deber moral, al haber sido objeto de trueque la basílica pontificia del Valle de los Caídos, por parte del papa Francisco y la Conferencia Emasculada, con los herederos del Frente Popular para su posterior profanación y puesta al servicio de la institucionalización de la mentira, trocando la historia por la ideología. Se trata de un asunto crucial no pasional. El Valle de los Caídos es un templo dedicado a la reconciliación de la nación tras una guerra en defensa de la Religión católica y de la civilización cristiana que adquirió los rasgos de una Cruzada, lo cual no es una simple metáfora, sino una clave de comprensión espiritual. En el enfrentamiento se dilucidaba que España pudiera continuar o concluir la singladura histórica (esto es, su unidad católica), iniciada en el III Concilio de Toledo del año 589. El pasado es un instrumento de comprensión y confrontación crítica para evitar la absolutización del presente.

Jovellanos -nada sospechoso de tradicionalismo reaccionario-, en su Exposición sobre la organización de las Cortes (1785), enfrentaba la «Constitución histórica» de España con la Constitución diseñada como artefacto jurídico. Ferdinand Lasalle, socialista judío, en su obra ¿Qué es una Constitución? (1862), distingue entre lo constitucional formal, que es la norma fundamental, aprobada y publicada, y la constitución material, que son los principios y relaciones de poder que de forma efectiva y real rigen una sociedad necesariamente. De ellas forma parte la Conferencia Emasculada desde la promulgación de la Constitución agnóstica y antiespañola de 1978. Por ello, me inclino a considerar que, a pesar de los criterios de conveniencia puramente político-institucional, el hecho de que el funcionariado episcopal asuma como propia y legitime la inicua Ley de Memoria Democrática implica su comprensión de que la historia de la Iglesia y de España pueden ser reescritas en virtud del positivismo jurídico.

No obstante, el énfasis exclusivo de los obispos en materia social con la promoción de la masiva inmigración ilegal y afromusulmana, seguro caladero de votos para las izquierdas; la aceptación pacífica de la normalización social del divorcio, el aborto, la eutanasia y la homosexualidad; su silencio persistente sobre los novísimos y el fin último de la salvación eterna, la gracia santificante y la necesidad de la conversión, la antropología cristiana y la enseñanza moral tradicional, la importancia capital de la oración litúrgica de la Santa Misa y del rezo del Rosario, así como de la adoración eucarística, el sacramento de la Confesión y, en definitiva, de los elementos nucleares de la doctrina católica. Todo ello señala un hecho obvio. El discurso de la oligarquía eclesiástica no es religioso sino ideológico. No busca la salvación de las almas como «suprema ley»2 de la Iglesia, sino la conservación del status político-social de la democracia liberal, que ha llevado a una corrupción ética sin precedentes en la historia española.

¿Cuál es entonces la clave interpretativa de su obra?

En definitiva, se encuentra en el concepto jurídico y ético de «legitimidad» que se derivó de la Cruzada. Una legitimidad de orden moral -según el Derecho natural y la teología católica- es la que se encuentra en el origen del Alzamiento Nacional del 18 de julio ante la ilegitimidad de origen (elecciones fraudulentas del 16 de febrero de 1936) y de ejercicio del Gobierno del Frente Popular. Aquí se cifra el motivo de la obsesión paranoica de las izquierdas y los separatistas contra el Valle de los Caídos: la legitimidad-moralidad del Alzamiento cívico-militar de 1936 como guerra justa, que dio paso -tras la victoria de 1939- a un régimen legítimo y confesionalmente católico.

Un sistema político que puso fin a la persecución religiosa del Frente Popular (la mayor de toda la Historia de la Iglesia) y que, sin interpretaciones maniqueas, nacía regado: i) por la sangre de miles de heroicos mártires, derramada en expiación por los pecados de los enemigos de Nuestro Señor Jesucristo; ii) por la valentía de los soldados que estaban seguros de ser unos nuevos cruzados salvadores de la Religión; iii) el perdón cristiano concedido generosamente por multitud de víctimas a los asesinos de su seres queridos, y destructores de sus templos y hogares. Durante la generación posterior, en las décadas de 1940 y 1950, la Iglesia en España asistió al más importante proceso de revitalización del catolicismo tradicional de cuantos se produjeron en el mundo occidental durante el siglo XX. Pero el concilio Vaticano II y sus contradicciones internas firmaron su acta de defunción.

Reflexiona usted sobre la historia de España y la de la Iglesia con un lenguaje claro y muy documentado, llegando a la conclusión de que la raíz última de todos los males contemporáneos es el liberalismo. Por otro lado, el comunismo clásico ha mutado en el globalismo totalitario y en lo que usted llama el «comunismo capitalista». Pero el odio al cristianismo persiste… ¿Como se ha producido este fenómeno?

Uno de los grandes dogmas de la ideología liberal es la reducción y privatización protestante de la religión: la fe católica solamente resultaría admisible para nuestra época siempre que permanezca en el ámbito estrictamente privado y no se manifieste públicamente, de modo que no afecte en nada a la vida política y social. Quedando reducida a un mero folclore pintoresco y sometido a las leyes del progreso materialista-consumista. Con escasas salvedades, la totalidad del actual ordenamiento jurídico europeo se basa en considerar ilegal la antropología del Catecismo. Es decir, el vaporoso ideal religioso contemporáneo es una fe vergonzante, ocultada en el armario como un secreto culpable o un polvoriento y arcaico traje regional, que no moleste ni pretenda ser relevante para nadie más que para el propio interesado y sólo sentimentalmente.

La Modernidad de matriz protestante se basa en la idea de que cualquier tipo de doctrina religiosa es una cuestión de mera opinión subjetiva e idiosincrásica, que únicamente tiene un significado privado, lo que tiene su correlato en la subversión del orden moral natural. Esto es, de un orden objetivo, previo y exterior al hombre, al que éste debe adherirse y que fija la moralidad de su comportamiento. A lo que se le llama Ley natural y Derecho natural, porque la moral es el arte de vivir conforme a nuestra naturaleza humana elevada por la gracia divina. La progresiva privatización de la fe propia del protestantismo conduce a poner la religión al servicio de los intereses materiales, de ahí que la mentalidad burguesa eclosionara en los países protestantes y no en los católicos. El papel de la burguesía en el proceso de secularización procede de la ruptura filosófico-teológica y jurídico-política de la Cristiandad, y ésta, a su vez, con los principios que hacen posible su desarrollo. A saber: i) la subjetivación de la fe que divide y enfrenta a la comunidad política; ii) la desvinculación de la autoridad moral de la Iglesia, que somete la comunidad política al Estado convertido en la única fuente de moralidad-legitimidad.

¿Cuales son los principales argumentos que demuestran que la Guerra de 1936 fue realmente una Cruzada? ¿Qué documentos eclesiásticos reafirman esta realidad?

El subtítulo de mi obra es Historia comparada del pensamiento político de la Iglesia. Lo que significa que es una historia del pensamiento filosófico-político, por ello me he centrado en el estudio y análisis de los documentos, siendo la causa por la cual los reproduzco íntegramente y en orden cronológico. Esos textos son el corazón de la obra, la parte nuclear. Obviamente y como es propio del pensamiento tomista, armonizando lo natural con lo sobrenatural, van acompañados de la necesaria reflexión teológico-jurídica lo que implica un orden metafísico previo. El filósofo puro trata de ser universal a la hora de acercarse a la investigación de la cadena de las causas de la realidad y, en este caso, de los sucesos históricos. Más todavía el filósofo que a la vez es teólogo y también historiador. De lo contrario, asumiríamos indirectamente que el hombre no pueda alcanzar un conocimiento natural de Dios y, por extensión, el conocimiento de un orden moral, que es la ley natural y su extensión en el Derecho natural, que son los que fundamentan la consideración moral sobre la Guerra justa. Una visión estrecha y unidimensional produce una comprensión inadecuada de la historia.

Cronológicamente, los documentos episcopales más relevantes fueron:

1. La carta pastoral Horas graves, del arzobispo de Toledo y Primado de España, Isidro Gomá, el 12 de julio de 1933. En ella denuncia la continua persecución legislativa contra la Iglesia operada por la Segunda República, desde su instauración en 1931, teniendo como finalidad la implantación de «la peste del laicismo»3, contraria a la soberanía social de Cristo Rey.

2. La carta pastoral Las dos ciudades, del obispo de Salamanca, Enrique Plá y Deniel, el 30 de septiembre de 1936. Es este texto, sirviéndose de las obras de Santo Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria OP y Francisco Suárez SJ, se exponen los fundamentos que justifican el Alzamiento Nacional con la doctrina de la Guerra justa, que se encuentra sintetizada en el actual Catecismo4.

3. La Carta colectiva del episcopado español, escrita por el arzobispo de Toledo y Primado de España, el cardenal isidro Gomá y enviada a todos los obispos del mundo el 1 de julio de 1937. Este es el documento más decisivo de toda la contienda debido a su enorme resonancia planetaria, desmontando la versión propagandística del Frente Popular, que presentaba la Guerra —según ellos— como un enfrentamiento entre un malvado fascismo agresor y una inocente democracia agredida.

Los documentos pontificios más significativos fueron:

1. El discurso o Alocución del papa Pío XI a los refugiados españoles en Castelgandolfo, del 14 de septiembre de 1936. En esta ocasión el papa habla del «heroísmo de nuestros mártires» y del «salvajismo de las profanaciones».

2. La encíclica Divini Redemptoris de Pío XI contra el comunismo, del 19 de septiembre de 1937, en la que se señala que esta ideología «intrínsecamente perversa», es hija del liberalismo negador de la soberanía social de Cristo Rey.

¿Y los hechos históricos que la avalan la Guerra como Cruzada?

Dejando a un lado el desencadenante final (el asesinato de José Calvo Sotelo el 13 de julio a manos de las fuerzas de orden público coaligadas con militantes-pistoleros del PSOE), las causas remotas, pero fundamentales, que produjeron el Alzamiento Nacional no podían ser únicamente sociológicas, económicas o exclusivamente políticas. Lo que se encontraba en el origen de la Guerra era una agresión planificada, constante y crecientemente violenta a la fe y a las tradiciones que habían configurado, la historia y cultura, la vida y el ethos de los españoles durante más de mil años. Y aquí es donde cabe el gran mérito a Comunión Tradicionalista de forzar a que el levantamiento no fuese un simple pronunciamiento militar más, como tantos otros habidos durante el siglo XIX, sino un auténtico derrocamiento del sistema republicano devenido en criminal. En el ánimo de los combatientes, el carlismo imprimió al conflicto un carácter de Cruzada y Reconquista católica, sentando las bases de la nueva legislación centrada en la unidad católica de España. También aportó un elevado número de combatientes voluntarios —los requetés—, de unidades militares —los tercios—, y de armas, posibilitando que el conflicto armado que surgió del fracaso inicial del Alzamiento Nacional, pudiera continuarse hasta la victoria del 1 de abril de 1939.

Las negociaciones previas a la Guerra con el general Emilio Mola evidenciaron que la Comunión Tradicionalista no estaba dispuesta a sumarse indiscriminadamente a un alzamiento que no asegurara un mínimo que pudiera suscribir el legitimismo español. Todo lo contrario. El carlismo exigió a Mola, en todo momento, que el Alzamiento cívico-militar tuviera por objetivo la instauración de un régimen transitorio de corte antiliberal, antiparlamentario y católico, que prepara la restauración de la sociedad orgánica y corporativa, junto con la recuperación de la tradicional bandera bicolor, es decir, la rojigualda. Por otra parte, estas negociaciones no supusieron un obstáculo para que la Comunión Tradicionalista continuara preparando su propio plan insurreccional autónomo. Es decir, la posibilidad de un levantamiento exclusivamente carlista, que arrastrara a la parte «sana» del Ejército y de la sociedad española, a pesar de que, muy probablemente, hubiera estado abocado al fracaso a causa de la falta de recursos, como en el caso de las tres guerras carlistas en el siglo XIX.

No obstante, sin el concurso de las fuerzas tradicionalistas, el Alzamiento Nacional y la posterior Guerra de Liberación habrían tomado un cariz bien distinto. En definitiva, sin la firmeza y la altura de miras de los voluntarios carlistas y los falangistas; sin la generosidad, de miles de familias católicas que entregaron sus bienes y sus vidas en la lucha contra los enemigos de Dios y de España, la historia de la patria y de la Iglesia echaría en falta una de sus más gloriosas y dolorosas páginas que, sin embargo, ha quedado grabada para la posteridad. Sirvan estas pobres palabras tanto para expresar mi gratitud hacia aquellos valerosos cruzados que lucharon por Dios y por España, como de modesto acto de reparación por el desprecio y el olvido de la Iglesia a la que salvaron del exterminio.

La Cruzada de 1936 en España estuvo totalmente justificada como autodefensa de la Patria y la Iglesia, cuyo exterminio a manos de las izquierdas fue el detonante del Alzamiento Nacional. ¿Por qué los obispos reniegan de ello hoy en día?

Es causa de su corrupción intelectual y moral debida a las transformaciones sufridas por la Iglesia Católica desde el Vaticano II, esto es, a su protestantización. Pueden citarse también como motivos auxiliares: a) la supeditación amoral de la fe al oportunismo o pragmatismo político maquiavélico; b) la mediocridad y cobardía institucionalizadas del episcopado; c) la acomodaticia y sumisa dependencia económica estatal. Sin embargo, éstos últimos motivos -siendo todos ellos reales- son secundarios y consecuencia de la razón previa que acabo de indicar: un cambio doctrinal, una ruptura completa con la Tradición católica en el campo del Magisterio político, aunque no sólo.

La prioridad de la doctrina se comprende en todo su sentido al considerar la naturaleza de la voluntad y de las acciones que de ella se derivan. Como enseñaba el papa León XIII siguiendo a santo Tomás de Aquino: «Pero el movimiento de la voluntad es imposible si el conocimiento intelectual no la precede iluminándola como una antorcha, o sea, que el bien deseado por la voluntad es necesariamente bien en cuanto conocido previamente por la razón. Tanto más cuanto que en todas las voliciones humanas la elección es posterior al juicio sobre la verdad de los bienes propuestos y sobre el orden de preferencia que debe observarse en éstos. Pero el juicio es, sin duda alguna, acto de la razón, no de la voluntad. Si la libertad, por tanto, reside en la voluntad, que es por su misma naturaleza un apetito obediente a la razón, se sigue que la libertad, lo mismo que la voluntad, tiene por objeto un bien conforme a la razón»5.

La acción es consecuencia de la voluntad, y la voluntad persigue lo que el intelecto juzga como bueno. Por lo tanto, el hombre no puede querer correctamente, y sus acciones no serán buenas en sus efectos, a menos que los juicios del intelecto sean correctos. Los modernistas creen que lo importante no es lo que uno cree (relativismo), sino hacer lo correcto (subjetivamente) y tener buena voluntad (emotivismo). Pero la realidad es que si lo que la persona cree es falso, su voluntad no puede dirigirse a lo que es realmente bueno, y lo que haga no podrá ser lo correcto salvo por accidente. De ahí que la sana doctrina sea crucial para querer y actuar correctamente. Esto hace inteligible por qué, aunque el cisma es un pecado muy grave, santo Tomás enseñe que la herejía es aún peor6.

¿Por qué sostiene que la Iglesia Católica se sometió, a partir del concilio Vaticano II, a las reglas de la democracia liberal que siempre había rechazado?

La fuerza de la Iglesia reside en la Verdad absoluta que es Nuestro Señor Jesucristo, no en el consenso con el mundo moderno, indiferente, descreído y enemigo del Hijo de Dios. La doctrina católica no es propiedad del papa, ni de los obispos, ni de los sacerdotes, ni de los fieles, sino que se ajusta a la Revelación divina que fue dada a los hombres mediante la Palabra de Dios escrita o Sagrada Escritura, y la Palabra de Dios transmitida o Sagrada Tradición, que nadie puede cambiar porque se encuentra cerrada desde la muerte del último Apóstol. La enseñanza continua de la Iglesia es clara y evidente, su Magisterio tiene el deber, en nombre de Dios, de desenmascarar las ideologías ateas que se basan en una falsa imagen de la humanidad y de proteger a las personas de los efectos devastadores de una falsa política que ha destruido la sociedad humana. Desde el Vaticano II las jerarquías de la Iglesia optaron por sumarse al Espíritu del tiempo con su amplio catálogo de errores, en lugar de convertirse en la alternativa a la Modernidad. Haciendo un paralelo histórico, vendría a ser como si en la antigua Roma pagana, los primeros cristianos hubieran optado por congraciarse con el poder político pagano y las mayoritarias costumbres sociales depravadas y decadentes, en lugar de confrontarlos para configurar -como modelo civilizatorio alternativo- la sociedad cristiana que floreció posteriormente: la Cristiandad.

En su libro documenta usted textos de encíclicas papales de hace un siglo y las compara usted con las del papa Francisco y el resultado es desolador. ¿Cómo la Iglesia ha decaído tanto?

En términos generales, se puede decir que el pontificado de Francisco ha sido totalmente revolucionario (disruptivo y dialéctico) como ningún otro en toda la historia de la Iglesia, debido a su persistencia en el error. Incluso más que el de Pablo VI, no obstante, sin el giro antropocéntrico llevada a cabo por el Vaticano II, el papa Francisco no hubiera llegado al solio de san Pedro. Francisco promovió una serie de cambios radicales que no significan una evolución homogénea, sino una ruptura abrupta y heterogénea con la continuidad orgánica e ininterrumpida en la doctrina y la praxis de la única Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Desde los inicios de su pontificado en 2013, Francisco contó con el apoyo y respaldo decidido de los sectores políticos y mediáticos más antagónicos con la Iglesia. El papa jesuita siempre se mostró muy cómodo en su papel de líder espiritual de la izquierda global con la que siempre se mostró tan cercano, de ahí que las distintas izquierdas por todo el mundo lloraran amarga y desoladamente su muerte. Del mismo modo, la Gran Logia masónica de Italia sintió enormemente su pérdida. Basta un rastreo rápido por la hemeroteca de Infocatólica para comprobar que no estoy utilizando hipérboles.

Seamos honestos intelectualmente, admitamos y pongamos de manifiesto la dificultad que hay de interpretar el rumbo de la Iglesia salida del Vaticano II en línea con la Tradición católica. Aunque a nivel teorético no se zanje definitivamente la cuestión, no existen razones de peso para rechazar los hechos consumados: contra facta non valet argumenta. En la historia, nunca el marxismo socialista o comunista, así como la masonería lloraron la muerte de un Sumo Pontífice de la Iglesia Católica y estos hechos históricos no se puede fingir obviarlos u olvidarlos en nombre de una falsa visión de fe. Mientras que a los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se le considera acertadamente de orientación conservadora, el del papa jesuita ciertamente ha sido revolucionario, lo que supone diluir la esencia de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Haré un breve listado: i) la farsa ideológica de la sinodalidad cuando toda decisión se centró más que nunca en la persona de Francisco, pasando reiteradamente por encima del Derecho Canónico y regando de insultos a quienes consideraba sus enemigos; ii) la aceptación indirecta de la homosexualidad como parte normal de la vida humana; iii) el seguimiento de las agendas globalistas de las Naciones Unidas (Agenda 2030), del Foro Económico Mundial de Davos (The Great Reset), de la Cumbre de París (Cambio Climático), de las Big Pharma, etc.; iv) la clara e inequívoca adhesión a grupos y personalidades políticas claramente alineadas con el progresismo globalista anticristiano y antihumano; v) una ausencia de cualquier consideración y condena oficial (más allá de las efímeras entrevistas televisivas o aéreas) del mayor y más salvaje de todos los crímenes universalmente perpetrados contra la humanidad. Es decir, el holocausto demográfico y genocidio del aborto, que cada año elimina aproximadamente a más de 70 millones de niños no nacidos; vi) el nombramiento para diversos cargos en los dicasterios vaticanos a personas que se adhieren fervientemente a ese al genocidio prenatal, así como a la promoción de la sodomía; vi) la reducción de la fe y de la Iglesia Católica a la profesión de un credo y a una práctica que está al mismo nivel que los demás falsas religiones, puesto que, como dijo Francisco: «todas las religiones conducen a Dios» (13-IX-2024).

¿Cual es su valoración general del concilio Vaticano II?

Objetivamente, es decir, históricamente, ha supuesto un fracaso total y completo sin paliativos, por un simple motivo empírico-estadístico que nadie puede negar: i) la desaparición de la Religión católica; ii) de los católicos; iii) de la vida católica. Desde entonces, la Iglesia se encuentra hundida en una profunda crisis en todos los campos, de la cual, no sólo no consigue remontar, sino que se sigue ahogando en ella cada vez más. A nivel práctico, todas las realidades eclesiales se han desplomado:

i) las misiones, convertidas en simples ONG socialistas y filantrópico-masónicas; ii) las vocaciones sacerdotales, desapareciendo con rapidez vertiginosa; iii) el sacerdocio mundanizado; iv) la vida consagrada extinguiéndose muy satisfecha de su suicidio; v) la liturgia, deformada en la pura arbitrariedad del espectáculo, el sentimentalismo y el folclore más palurdo; vi) la catequesis devenida en actividades de entretenimiento intrascendente con niños y jóvenes; vii) la teología, limitada a decadentes recitales poéticos, emotivistas e irracionales, repitiendo los mismos mantras de la «adaptación al mundo» desde los años 70; viii) los centros educativos de la Iglesia, ayunos de la evangelización más básica de los alumnos; ix) el Derecho Canónico, considerado como un objeto inexistente e irrelevante para ninguna consideración práctica; x) un episcopado mayoritariamente sin formación ni vida espiritual, acomplejado y acomodado, además de colaboracionista con el enemigos del cristianismo.

A nivel superficial y oficioso, pero operativamente, el Vaticano II es considerado como el único y el superior a los 20 concilios dogmáticos anteriores que supuestamente habría subsumido y sublimado. Sin embargo, teológicamente sólo Dei Verbum y Lumen Gentium aportan profundizaciones de cierta relevancia. En el resto de los documentos, lo que es bueno no es nuevo y lo que es nuevo no es bueno. El problema de fondo es la pretensión de imponer ideológicamente y mediante el abuso de autoridad, un simple concilio pastoral, luego no dogmático. Es decir, carente de la infalibilidad y la perpetuidad que son las dos notas que acompañan al dogma y que vinculan obligatoriamente al fiel mediante definiciones dogmáticas que se han de creer con fe divina. Por consiguiente, no es más que un concilio sometido a la temporalidad propia de aquellas rancias recetas pastorales de la lejana época de los años 60, las cuales han fracasado todas estrepitosamente desde entonces.

1Cf. CIC, cann. 747 y 762.

2CIC, can. 1752.

3Pío XI, Quas primas, 1925, n. 23.

4CEC, n. 2309.

5León XIII, Libertas, 1888, n. 5.

6Cf. S. Th., II-II, q. 39, a. 2.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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«lo considero como un deber intelectual del ministerio de enseñanza que le es propio al sacerdote1

El deber intelectual de un ministro del Señor es enseñar los Evangelios a toda criatura y dar testimonio de la Verdad (Jn 14, 6), en efecto, pero de TODA la Verdad, no solo de la que convenga a un determinado interés político. De hecho, la Verdad exige no tener intereses ningunos, salvo amor a la Verdad.

«desde la filosofía tomista, el Derecho natural, la filosofía jurídico-política clásica y la teología moral»

No. Desde el Nuevo Testamento, desde el Magisterio y desde las revelaciones que el Espíritu Santo Paráclito nos ha transmitido durante siglos por medio de sus santos y santas, los elegidos de Dios. Así es como hay que analizar la historia y no en base a meros preceptos humanos mezclados con santo Magisterio.

La filosofía de santo Tomás de Aquino está impregnada de la del abortista Aristóteles, luego hay que ser muy selectivo a la hora de examinar sus textos. Por ejemplo, santo Tomás de Aquino no defiende la Inmaculada Concepción de la Virgen María Santísima, como era creencia del pueblo llano, analfabeto, sencillo y humilde de Dios, al que el mismo Dios le había revelado esta verdad de fe y no a los sabios como el propio doctor Angélico. Y el mismo santo Tomás de Aquino reconoció que había obtenido mucha más sabiduría rezando ante un crucifijo que la que había obtenido de todos los libros que había leído.
Por otra parte, santo Tomás de Aquino, en su teología, a diferencia de la teología de su maestro san Alberto Magno y de san Agustín, sostenía la generación sucesiva del hombre en vientre materno, esto es, que el alma era infundada en el feto en momento posterior a la concepción de la nueva criatura, en lugar de ser simultánea como sostenía san Agustín y san Alberto Magno. El hombre (y la mujer) ya lo son en cuerpo y alma en el momento mismo de la concepción, es decir, en el momento mismo en el que el espermatozoide y el óvulo dan cuerpo a una nueva alma, a un nuevo ser humano.
Si los aborteros se acogen a la teología de santo Tomás de Aquino, el aborto, en efecto, tal como sostienen, no acaba con la vida de un ser humano, sino con un embrión sin alma. Esto es totalmente inadmisible. Santo Tomás de Aquino, obviamente incurrió en un error al interpretar de modo bastante rigorista el Génesis.
Los peligros espantosos de la intelectualidad son evidentes. La sabiduría de Dios no es la «sabiduría» de los hombres. Por eso no se puede examinar la historia en base a preceptos humanos. Los santos no cometían errores doctrinales como tales, sino como hombres, como san Pedro, por ejemplo, cuando no quiso inicialmente bautizar a Cornelio y su familia. Por tanto, los santos tienen una doble conducta: como santos son infalibles, pues trasmiten lo que el Espíritu Santo les inspira a transmitir, pero como hombres fallan como todo mortal.

El Derecho natural son preceptos de hombres. Y es necesario recurrir a la sobrenatural revelación para alcanzar la verdad. O se recurre a la mística, o no se vivirá en la verdad.

La filosofía jurídico-política clásica tiene más de mundana y demoníaca que de instrumento útil para alcanzar la verdad.

Y la teología moral solo puede extraerse de las revelaciones del mismo Señor y del Espíritu Santo a los santos y santas, desde luego no de la política o del derecho, que son preceptos de hombres. La teología moral no puede ser un mero instrumento para quedar bien con el mundo, para ser «políticamente correctos», de lo contrario pasa lo que pasa con la ideología lgtbi+ y sus intentos de poner a toda la Santa Iglesia Católica Apostólica de rodillas ante sus pervertidas pretensiones amparándose en el exceso de Misericordia de Dios con los impíos e inmisericordes y en el amor de Dios por toda criatura sin considerar la llamada a la conversión. Más bien, ese movimiento lo que exige es que la Santa Iglesia Católica Apostólica apostate de Cristo y se arrodille ante su perversión. Y eso no es tolerable en modo alguno. Lo que se debe enseñar es a arrepentirse sinceramente y a tomar una firme determinación de no pecar, un propósito firme de enmienda de nuestras vidas. La política corrompe la Iglesia.

«la finalidad de mi obra es la de rehabilitar estos escritos pastorales de aquellos obispos, porque continúan siendo un criterio seguro de auténtica doctrina católica moral, política y jurídica, cuyos principios fundantes no pueden ser modificados por las circunstancias históricas.»

Bien por rehabilitar escritos pastorales de la época, mal por atribuirles carácter político y jurídico que no tienen en modo alguno, aunque se les atribuya. La Iglesia fue agredida durante la II República en España, y sus hijos se defendieron, sin más. Los prelados se pusieron entonces del lado de los hijos, no de los lobos que querían asesinarles en masa.
La Santa Iglesia Católica Apostólica es, o debería ser si le preocupa la salvación eterna de las almas, ajena a la política y a los preceptos de hombres o doctrina jurídica. Hasta la Santísima Virgen María exigió que los padres se ocupasen solo de las cosas de la Iglesia según santa Jacinta de Fátima. La Ley de la Iglesia son los mandamientos de Dios, especialmente el de la Caridad, hoy tan relegada, vergonzante y no citada frente a la mundana e interesada «solidaridad». Así nos luce el pelo.

«al haber sido objeto de trueque la basílica pontificia del Valle de los Caídos, por parte del papa Francisco y la Conferencia Emasculada, con los herederos del Frente Popular para su posterior profanación y puesta al servicio de la institucionalización de la mentira, trocando la historia por la ideología.»

El Valle de los Caídos es una propiedad del Estado español. Así lo dejó de desatado Francisco Franco, por desgracia. Todo un descuido no habérselo dejado en su integridad a la Iglesia Católica. Y como es del Estado y ningún gobierno democrático se la ha cedido a la Iglesia Católica, como es lógico, el odio a la Iglesia se ha impuesto y ha impuesto su voluntad, repito, sobre una propiedad del Estado, que no de la Iglesia.

Los obispos no tienen un ejército que pueda defender la Basílica del asalto al que la someten con odio inextinguible la raza de satanás, como tampoco lo tuvieron para defender miles y miles de templos, catedrales, monasterios, bibliotecas, piezas de arte, etc. durante nuestra Cruzada de 1936/1939. Hasta un sacerdote de VOX o conservador, que no de Dios, debería saberlo, incluso no excomulgado aún por haber mucha cobardía interesada en el Vaticano para desatar una excomunión a discreción, a ver si así espabilábamos. Los ángeles del Señor no se andarán con tanta mirmilimonería con los embusteros políticos sean del signo que sean cuando vengan a separar trigo de cizaña, descuidemos. Hasta entonces tendremos que aguantar la cruz de unos prelados que contemporizan con quienes quieren exterminarnos y otros que contemporizan con quienes quieren convertirnos en mercaderes de derechas como Dios NO manda.
Los obispos no pueden eliminar el carácter público del recinto. Tampoco podrían defender la catedral de la Almudena, ni la Basílica del Pilar de Zaragoza, ni Covandonga, ni la catedral de Santiago de Compostela ni ningún otro patrimonio de la Santa Iglesia Católica Apostólica si los rojos y antiespañoles, juntamente con los mercaderes de derechas interesados en hacer de las catedrales hoteles de lujo, como ya han hecho conservadores y liberales al norte de los Pirineos en varios países, quisiesen requisarlos o destruirlos o quemarlos para erigir un monumento al puño y la rosa o a la hoz y el martillo al servicio de satanás, pues el Ejército español de hoy día, este ejército democrático, totalmente distinto al de Franco, defiende a los rojos, a los mercaderes y a los antiespañoles, que no a los católicos, por mucho Cristo que la Legión lleve a cuestas en Semana Santa, más falso sentir cristiano que el beso de Judas Iscariote.

De la profanación de la Basílica del Valle de los Caídos echen ustedes la culpa, si tienen valentía, que lo dudo, a los políticos de todos los signos, a la puta democracia, al ejército, a la guardia civil, que están armados, a la policía y a tanto votante. Que lo paguen con las llamas del infierno si no se arrepienten en el confesionario. Pero dejen en paz a los obispos, que en eso, precisamente en eso, no tienen la culpa ni nada pueden hacer. El mal de los obispos es el engaño en el que han caído de que la política es «la forma más noble de caridad», que es «caridad pública o social» y su insanísima y demoníaca confianza en la política, que es lo que ha llevado a vaciar templos, conventos y seminarios, eso y no otra cosa. Hay que sacar la política de la Iglesia en primer lugar antes que nada, para volver a ser sal del mundo.

Hakenkreuz

«el hecho de que el funcionariado episcopal asuma como propia y legitime la inicua Ley de Memoria Democrática implica su comprensión de que la historia de la Iglesia y de España pueden ser reescritas en virtud del positivismo jurídico.»

Claro. Ahí esta el problema. Que según el P. Gabriel Calvo Zarraute, los obispos son funcionarios. Esto es de una gravedad extrema. Un funcionario es un sujeto que, a cambio de un salario, sirve al poder establecido según el tipo de trabajo que desempeña. Si los obispos son funcionarios, como los escribas, herodianos y fariseos lo eran de las legiones romanas en tiempos del Señor, en lugar de ser aquellos sucesores de los Apóstoles perseguidos de ciudad en ciudad por su fidelidad a los Evangelios, a la Buena Nueva transmitida por Dios hecho Hombre en Jesucristo Nuestro Señor, entonces lo que tenemos es una usurpación de la Santa Iglesia Católica Apostólica por parte de los políticos en función de sus intereses, satánicos todos, por supuesto, algo aterrador en orden a la salvación eterna de las almas. Desde luego que las advertencias de la Virgen Santísima María en Fátima (Portugal) van en esa dirección, que el papa y el pueblo de Dios tendría que sufrir mucho, que ser perseguidos y martirizados («los buenos serán suprimidos»), por el acoso de la política, claro está. Así ha sido siempre y seguirá siéndolo hasta el fin del mundo, en estos tiempos, con mayor intensidad y amplitud mundial que nunca jamás antes.
Afirmar que los obispos españoles (y de todas las demás naciones) son funcionarios, es afirmar que ya no sirven a Dios, sino al Enemigo por medio de los políticos. Ya no dan testimonio de la Verdad, sino de la política, es decir, de la mentira, el engaño, la manipulación y la hipocresía con la finalidad de alcanzar el poder, que no el «bien común» como suelen predicar con error al estar bajo influjo del engaño seductor del demonio. Ya no sirven a la salvación sino a conducir a las almas a la perdición eterna, al infierno, pues ser funcionario de los políticos es ser como aquel papa de Aviñón al que santa Brígida de Suecia envió una exhortación escrita dictada por el mismo Señor Jesucristo llamándole asesino de almas peor que Lucifer.

Creo que los obispos son víctima de un engaño demoníaco y que su soberbia les impide salir de él, pero no creo que hayan llegado, al menos en un buen número, a tal grado de degradación de ser funcionarios de los políticos como en buena parte de la Edad Media (especialmente en el Siglo de Hierro), los papas de Aviñón al servicio de la monarquía francesa, los príncipes renacentistas metidos a papas, etc. El cargo de obispo, independientemente del tipo de hombre que lo ocupe, está influido por la acción del Espíritu Santo Paráclito del mismo modo que un sacerdote indigno y pervertido no deja de tener poder de actualizar el Sacrificio Eucarístico de modo totalmente fiable y verídico en las misas, así como impartir los demás sacramentos con plena veracidad. Una cosa es el hombre, otra el poder con el que Dios le ha investido por su vocación. De invalidar el pecado del hombre el sacramento que imparte, no hay sacramento válido alguno. Por tanto, el Espíritu Santo actúa, incluso en los engañados para traerlos otra vez a la Verdad, para que sean la sal del mundo y la luz del mundo. Es preciso rezar mucho por los prelados, para que sean humildes y rectifiquen su ministerio llevando las almas hacia Dios y no hacia la política.
La política siempre ha intentado manipular a los prelados a su conveniencia y no pocos prelados han sido víctimas martirizadas hasta la muerte por oponerse con plena y santa tenacidad a ese intento satánico de instrumentalizar la Iglesia en intereses mundanos de emperadores, príncipes, reyes y nobles en el pasado, políticos y mercaderes en la actualidad. La imagen reciente del funeral del papa Francisco, con los más ilustres aborteros genocidas el planeta, los más firmes defensores de la ideología lgtbi+, feminista o de género, del divorcio, del robo de los impuestos frente a la caridad que sí es deber, en primera plana, con los más anticristos de todos, con los más puteros, divorciados, los más hipócritas fariseos en los primeros puestos más cercanos a los prelados, ofrece a las claras la situación de cerco y persecución que la curia sufre si sigue fiel a Cristo mientras dure la prueba. Todavía han de quedar obispos de Dios, sufriendo un verdadero calvario, y sacerdotes fieles a Jesucristo Nuestro Señor que no son en absoluto políticos y que viven atormentados y acosados por todos los lados. Quiera Dios que perseveren hasta el fin, pues su gloria será enorme en el Reino del Señor. Ellos sostienen a la Iglesia en la imprescindible labor pastoral. Dios les rescate y les fortalezca mientras dura la prueba.

El «positivismo jurídico» no juega papel alguno. La gente no es intelectual y ni siquiera se ha leído la Constitución de su país ni la conoce ni le interesa. Contrata abogados porque no les queda otro remedio si tiene que acudir a los tribunales. Nadie cree en la ley humana, ni en constituciones, ni en términos jurídicos, ni en jueces «justos», ni en abogados (vamos, ni por asomo), ni en procuradores, ni en tribunales, ni en toda esa sarta de engaños «legítimos», todo hipocresía y falsedad.
Si no se apela al corazón de las personas, no habrá convivencia posible ni paz alguna. No se puede decretar el Bien por precepto humano. El Bien ha de ser acogido en el corazón, de modo sincero, o no habrá convivencia y paz verdadera, la que da Dios, no el mundo. La verdad de cada persona está en su corazón, conocido a fondo solo por Dios mismo. Y en el corazón de las personas o está Dios como protagonista indiscutible o está esa misma persona, no hay alternativa, no se busque. Por eso el Señor nos encomienda negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz y seguirle, y eso es hoy día más difícil incluso que en cualquier otro siglo del pasado a poco que se reflexione en ello. O uno se sirve a sí mismo o sirve a Dios, no hay otro tipo de consideración. O somos instrumentos (indignos, miserables y torpes) de Dios o tratamos de instrumentalizarle a nuestra subjetiva conveniencia (así lo han hecho ateos, agnósticos y miembros de todo tipo de cultos paganos, herejes, animistas, de sectas, etc. Así lo intentaron los judíos de Jerusalén tratando de proclamarle Rey). No hay otra Verdad que Jesucristo Nuestro Señor, Dios y Hombre Verdadero. Nadie va a Dios Padre sino por el Hijo con el Espíritu Santo. Lo del derecho ya no lo cree nadie, ni los más necios y torpes. Hoy todo el mundo sabe que jueces, fiscales, abogados, juristas, procuradores, etc. no hacen otra cosa que mentir sin parar en favor de a saber qué concepción diabólica de «justicia» cuando no paran de transgredir ellos mismos hasta el último precepto de los mandamientos de Dios (y no solo la salvajada macro genocida del aborto, que ahora resulta que es constitucional. Ha quedado, toda una profesión, retratada para siempre en España). NO hay más que engaño tras el derecho y siempre fue así, desde el derecho romano, obra de los seguidores de emperadores como Nerón, Domiciano, Decio o Diocleciano, por ejemplo. El derecho humano, no solo es «útil» para la convivencia, sino que ha desatado todo tipo de discordias, divisiones, odio, guerras, etc. por sus injustos e interesados preceptos a favor de los poderosos, a diferencia del carácter servicial que al primero y siervo exige el Siervo de Dios a los suyos. El derecho humano, los preceptos de hombres, deben ser todos sustituidos por los mandamientos de Dios Nuestro Señor, especialmente por la Caridad.

Por todo ello, el análisis del P. Calvo Zarraute ya viene cojeando aunque la finalidad sea buena. NO se puede dar buen testimonio cimentado en el error.

Hakenkreuz

«No obstante, el énfasis exclusivo de los obispos en materia social con la promoción de la masiva inmigración ilegal y afromusulmana, seguro caladero de votos para las izquierdas; la aceptación pacífica de la normalización social del divorcio, el aborto, la eutanasia y la homosexualidad;»

Más que «materia social» es socialista. Lo social es una forma de denominar lo socialista de modo acomplejado o encubierto guardando las formas. No es doctrina social, sino socialista, eso para empezar. Socialista porque vulnera el mandamiento del Señor, hoy tan despreciado, del abandono en la divina providencia, para sustituir esta por una intervención del Estado en todo tipo de órdenes, cada vez más, de la vida de los hombres, hasta el punto de que hoy el mundo es más un estado policial que otra cosa, tanto en lo económico como ya casi en lo íntimo, como en China. A eso vamos si seguimos así (y me temo que seguiremos así, porque el pensionista querrá que le paguen su pensión a cualquier precio de libertad que sea. Tenemos socialismo hasta el fin del mundo, cada vez más intenso y amplio. Incluso hoy hay un socialismo rabioso de ricos y mercaderes. Véase sino Donald Trump, el comisario mercader del planeta). Llamemos al pan, pan y al vino, vino.

Segundo: El Señor advirtió: «fui forastero y me acogisteis…» en Mt 25, 31-45, sobre el Juicio Final a las naciones. Porque forastero fue Jesús recién nacido en Egipto, perseguido por Herodes el grande.
El hecho de acoger inmigrantes, especialmente hispanoamericanos, es decir, españoles como nosotros del continente americano, es un deber moral cristiano sin el cual no hay salvación eterna posible. Además, los españoles acudieron en masa a América, luego justo es que los españoles de América vengan a España como si fuera su patria, que lo es, aunque algunos de ellos mejor era que quedasen allí, me refiero a las bandas de narcotraficantes y de delincuentes.

Ahora bien, lo que los católicos debemos plantearnos es qué hacen aquí en España africanos que no sean del Sahara y de Guinea Ecuatorial, españoles como nosotros, y no en sus respectivas ex metrópolis, esto es: Francia, Bélgica y UK.
Además, si se les dio la independencia frente al «colonialismo» en los cincuenta y sesenta del siglo pasado, ¿qué sentido tienen que ahora vuelvan a la «metrópoli imperialista» y explotadora, como dijeron entonces los marxistas? Para esto, mejor hubiese sido que África entera fuera un conjunto de provincias de las naciones europeas, como Canarias lo es de España, ¿o no?.
Quizá lo que buscan los africanos aquí es vivir del socialismo del que han vivido desde hace décadas en África, es decir, el vivir de la ayuda exterior, ahora muy recortada, sin trabajar nada de nada, salvo algo en las misiones católicas, pero con cada vez menor éxito. Se les acostumbró durante décadas a vivir sin trabajar, y ahora vienen a hacer lo mismo pero aquí, en Europa. Por eso, hay que discernir bien.

Hakenkreuz

«No obstante, el énfasis exclusivo de los obispos en materia social con la promoción de la masiva inmigración ilegal y afromusulmana, seguro caladero de votos para las izquierdas; la aceptación pacífica de la normalización social del divorcio, el aborto, la eutanasia y la homosexualidad;»

De la inmigración legal e ilegal, que culpe el P. Calvo Zarraute NO a los obispos politizados o no.
Que culpe a los políticos de izquierdas o de derechas por la inmigración a conveniencia, pero sobre todo al EFECTO LLAMADA EMPRESARIAL, que es el principal responsable, incluso criminal por los delitos y crímenes de los inmigrantes, durante décadas de la afluencia masiva de inmigrantes afromusulmanes, de marroquís, argelinos, tunecinos y subsaharianos, los moros de toda la vida, vamos. ¿Quién sino los empresarios agrícolas, que tanto se quejan en sus tractoradas, han traído a masas enormes de moros para recoger las cosechas en España a coste esclavo de plantación algodonera?
¿Quién sino los empresarios de la construcción han traído masas enormes de moros para obras trabajando doce horas al día durante seis días?
¿Quién sino los ricos que han traído masas enormes de jardineros, porteros de fincas, albañiles, recaderos, sirvientes de ancianos y paralíticos, conductores, acompañantes, moros y demás africanos?
¿Acaso un inmigrante legal en una finca de un rico o obrero de la construcción es menos dañino votando a la izquierda que otro ilegal que ha conseguido la nacionalidad relámpago española para votar al PSOE a cambio de vivienda, subsidios y privilegios frente a la nula ayuda (más bien condena a muerte) de millones de españoles no vascos ni catalanes?
¿Por qué un violador inmigrante legal es diferente a un violador ilegal según los políticos de derechas como los de VOX?
La culpa de la inmigración no solo es de los políticos rojos para captar votos, sino de decenas de miles de mercaderes empresarios y de ricos que los traen para ganar dinero con ellos y que se quejan amargamente de que les suban el salario mínimo, incluso llegando a cerrar su explotación agrícola por falta de mano de obra barata inmigrante y porque los costes no son sostenibles con el salario mínimo socialista actual. Y de eso los obispos no suelen tener ni pajolera idea. Pero es muy cobarde culpar al que cuela el mosquito dejando sin denuncia al que vive tragándose los camellos por manadas. Mucha judía hipocresía farisea hay con el tema de la INMIGRACIÓN. Hipocresía política, sí, pero también empresarial y patrimonial. Ya está bien de tanto engañar, que engañar no es de ser fiel a Cristo, sino a satanás.

En cuanto a la «aceptación pacífica de la normalización social del divorcio, el aborto, la eutanasia y la homosexualidad», me temo que los culpables son la TOTALIDAD de los votantes, que consienten con su voto lo que no deben consentir y ya están aterradoramente advertidos por Rm 1, 32 (véase la versión Vulgata, pues ese versículo se ha «endulzado» por oscuras razones de conciencia).
NO, hasta ahora no todos los obispos han aceptado ni pacífica ni violentamente todo eso. Más bien, cuando alguno ha alzado la voz contra todo ello, como recientemente Mons. Reig Pla, le ha caído hasta una querella criminal por «incitación al odio» que es la denuncia a todo el que use la libertad de evangelizar o de expresión.
Me gustaría saber qué ha hecho el P. Gabriel Calvo Zarraute contra el divorcio, contra el aborto, contra la eutanasia y contra la homosexualidad, ya que tanto acusa a los obispos, amordazados, denunciados y amenazadísimos, de aceptar tales cosas con total impunidad. Parece ser que ya no hace falta tener un ejército como el del Generalísimo Franco para evitar tales cosas en España, que basta con que los obispos alcen la voz contra ellos para que desaparezcan. Más bien parece que si tenemos obispos es porque se callan, como aquellos doce obispos fusilados por los rojos en su zona durante la Cruzada, que tampoco hicieron mucho por evitar la masacre de católicos, ¿verdad Calvo Zarraute? Habla ud. mucho, veremos si se pone tan farruco ante Nuestro Señor cuando le mande a su presencia.

«No busca la salvación de las almas como «suprema ley»2 de la Iglesia, sino la conservación del status político-social de la democracia liberal, que ha llevado a una corrupción ética sin precedentes en la historia española.»

Claro, esa es la consecuencia del engaño que la seductora y demoníaca política ha ejercido sobre los prelados, no solo en España, sino en el mundo entero, la creencia que la democracia era el sistema que más agradaba a Dios, el más conforme a la Santísima Voluntad de Dios, que es la que todo hombre debe hacer valer en la vida, no solo los fieles, sino toda la población y sus gobernantes, pues de vulnerar tan solo un precepto de los enseñados por el Señor, ya perdió su autoridad, que siempre es conforme a lo mandado por Dios, que siempre es tal autoridad si viene de Dios conforme a su Voluntad. De hecho, creen algo así como aquella ocurrencia de aquel genocida inglés drogadicto tan idolatrado entre tantos católicos insensatos que nada saben realmente de él salvo lo que dice la propaganda, que llegó a decir que «la democracia es el peor de los sistemas de gobierno,…excepto todos los demás», y se quedó tan pancho y se fumó su puro y se bebió otra botella de whisky escocés, como solía ser su costumbre, aquel que derramó la sangre de tantísimos compatriotas suyos por defender la sovietización de Polonia, la inclusión de Polonia en el imperio que construyó y propagó Stalin, ya saben los católicos: «los errores de Rusia por el mundo entero» de lo que nos previno la Santísima Virgen María en lo que hoy, todavía en el Año de Gracia de Nuestro Señor de 2025, a tantos les cuesta comprender. Inédito.

Que le quede bien claro a todo católico que la Santa Iglesia Católica Apostólica, independientemente de quién sea el sucesor de san Pedro, los sucesores de los Apóstoles, los ministros y los fieles, es la Iglesia de Dios, la Iglesia que Jesucristo mismo encomendó a Pedro, la que vive desde Pentecostés y que es más fuerte que el infierno entero sobre el que prevalecerá sin duda alguna. Que la Santa Iglesia Católica Apostólica tiene una Última Palabra en Dios, no en sus prelados, en su jerarquía ni en sus errores, que inevitablemente comete, como los cometió san Pedro mismo y sus apóstoles. Que la Santa Iglesia Católica Apostólica tiene por pilares indestructibles e imperecederos las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio, trasmitido de generación en generación por los santos y santas de todos los tiempos, como elegidos de Dios. Que por muy indigno que sea un papa, unos cardenales, unos arzobispos, unos obispos, unos sacerdotes o unos religiosos, NO deja de ser Santa Iglesia Católica Apostólica, Iglesia de Jesucristo, UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA, que ni los errores podrán resquebrajarla y que la voz de la Iglesia es UNA, la de Dios mismo, gobernada por la Santísima Trinidad.
La Iglesia NO da apoyo a democracia liberal alguna, ni a ningún sistema de gobierno que trasgreda el más mínimo precepto que nos enseñó el Verbo encarnado, Nuestro Señor Jesucristo. Que quede bien claro todo eso. Lo diga el P. Calvo Zarraute o quien quiera que lo diga, lo que la SANTA IGLESIA CATÓLICA APOSTÓLICA enseña y dice, es lo que enseña y dice Jesucristo Nuestro Señor, no sus prelados, estén o no en la verdad.

Hakenkreuz

Expone el P. Calvo Zarraute cuatro textos clave para justificar el carácter de Cruzada a la guerra de España de 1936/1939, incluida la encíclica Divini Redemptoris de marzo (que no septiembre) de 1937 (sin consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María y mandato de la comunión reparadora de los cinco primeros sábados de mes tal como le pidió la Santísima Virgen María y el mismo Señor Jesucristo por medio de santa Lucía de Fátima, error de consecuencias eternas para incontables almas de Pío XI y de Pío XII o de sus obispos, o de ambos o de algunos, todavía por explicar, pues las consecuencias han sido horrorosas pues la guerra se superó, no así los errores de Rusia vencedora esparcidos por toda la tierra que ahora vivimos con máxima intensidad y amplitud mundial, ya no solo en media Europa).
El carácter de Cruzada no puede justificarse en documentos eclesiales, sino en el asesinatos de sacerdotes, religiosos y religiosas y fieles católicos y la quema y destrucción de patrimonio de la Santa Iglesia Católica Apostólica desde un mes después del golpe de Estado de los republicanos en elecciones municipales celebradas en abril de 1931 y tras la intentona golpista fracasada gracias a Franco de diciembre de 1930 de desencadenar una guerra civil revolucionaria con los socialistas, antiespañoles catalanes y republicanos a la cabeza. La II República fue un infierno desatado contra los católicos, su fe, sus costumbres, sus bienes y sus templos. Y los católicos, muchísimo más numerosos entonces, a diferencia de lo que ahora ocurre porque ahora son contados, están engañados por el hechizo demoníaco de la política y no tienen ni armas con las que luchar, desenvainaron sus espadas y vencieron en Cruzada, en los frentes y en la retaguardia muriendo como mártires para gloria de Dios, desafortunadamente no así en Rusia en años venideros intentando evitar la propagación de sus errores por toda la tierra, repitiendo así el resultado de las cruzadas contra los musulmanes del pasado, exitosas tras ocho siglos en España y fracasadas en Tierra Santa y sureste de Europa durante siglos también.

«Lo que se encontraba en el origen de la Guerra era una agresión planificada, constante y crecientemente violenta a la fe y a las tradiciones que habían configurado, la historia y cultura, la vida y el ethos de los españoles durante más de mil años.»

Sí, pero la clave es ¿por qué?¿Por qué atacaron a la Santa Iglesia Católica Apostólica? Esa es la clave teológica. En Inglaterra no se persiguió a la Iglesia Anglicana quemando sus templos, tampoco en Alemania se quemaron templos luteranos, ni en Holanda los calvinistas. Claro está que solo los católicos son perseguidos, no los protestantes, pues los protestantes no son de Dios, sino anticristos salidos de entre nosotros. Los protestantes no se oponen a los planes de satanás. Los hechos son incontrovertibles.

Y la respuesta a la persecución no es otra que los pobres, que siempre han sido la aplastantísima mayoría en todas las naciones, vivían en la fatiga, en constante comunión con el dolor, la miseria y la muerte, por lo que acogían de corazón la Buena Nueva y amaban a Cristo pues le conocieron mejor de lo que es conocido hoy mismo, cuando pocos sufren y mucho menos lo aceptan, la miseria, fatiga, dolor y persiguen todo tipo de placeres, riquezas, protagonismo y poder en la época del «bienestar», que ha supuesto una marginación total cuando no un rechazo hostil de Dios en las vidas de las personas. Y ese rechazo no ha sido exclusivamente institucional, aunque los políticos, como falsos profetas todos ellos, han sido máximos responsables.

Los rojos pretendieron atraer a su satánica causa a los pobres, pues sabían bien que el poder solo puede ser conseguido por medio de la violencia (comprando voluntades militares) y el engaño, por lo que atacaron a la religión a la que consideraron un «consuelo interesado», pues los ricos trataban de atraer a su causa liberal (o conservadora en términos actuales) a los pobres por medio de la «defensa de la propiedad» y de la «libertad de comercio y empresa o negocio». Entre unos y otros lograron seducir a los pobres previamente católicos para que apostataran en masa. Luego, los platos de lentejas del «bienestar», el hedonismo, los placeres sin cargo de conciencia avalados por la psicología y la psiquiatría, ateas ambas, el poder que se puede conseguir por el voto (el tú decides, cuando en realidad eres cada vez menos soberano de tu propia vida) y todo tipo de prebendas a conveniencia, acabaron con la fe de la mayoría, de momento.
La Iglesia Católica era el obstáculo de rojos y mercaderes para su mundo exclusivamente materialista. Por eso sus miembros fueron perseguidos, especialmente los consagrados. Y no solo en 1931/1939, sino ya desde un siglo antes, con la voracidad desamortizadora que derramó la sangre de monjes, frailes y curas por toda España que cayó bajo yugo liberal conservador frente a la libertad católica patrimonializada injustamente por un Carlismo que luchaba en la defensa interesada de poderosos propietarios, de unos fueros discutibles, especialmente en Navarra y Vascongadas, tanto que hasta Franco los eliminó y que en 1978 acabaron cristalizando en el infame concierto vasco, que privilegió a unos sobre otros en España. Así pues, hasta los católicos fueron vilmente engañados para bien de a saber qué intereses españoles a cambio de fueros, antiespañoles hoy día ikurriña en mano, por el interés te quiero Andrés.

«el carlismo imprimió al conflicto un carácter de Cruzada y Reconquista católica, sentando las bases de la nueva legislación centrada en la unidad católica de España.»

El carlismo o Comunión Tradicionalista, con sus Requetés, jugaron un papel primordial en el Glorioso Alzamiento, especialmente en Álava y Navarra, tras duras negociaciones con el republicano general Mola y el más republicano aún general Cabanellas, y también en la brillantísima reconquista de Guipúzcoa en septiembre de 1936. Su papel fue también clave tras el fracaso del Glorioso Alzamiento en Cataluña, en la tenaz resistencia de Aragón frente al avance anarquista, en la reconquista de Vizcaya, en Brunete, en Santander, en Asturias, en la Batalla de Belchite, en la Batalla del Ebro y en la entrada en Cataluña y la posterior en Madrid.
Pero la Cruzada se ganó esencialmente por la aportación que hicieron los católicos sin ningún tipo de adscripción política al bando nacional y católico acaudillado por Franco. Estos católicos fueron adscritos a unidades del Requeté o de Falange, así como a unidades puramente militares, incluso la Legión. Así, ni la Falange, ni el Requeté y mucho menos cualquier partido político de entonces posteriormente ilegalizado cuando no desterrado en sus miembros y encarcelado (Renovación Española, CEDA, Radicales, etc.), puede patrimonializar el aporte católico a la victoria de Franco y los suyos. Fue una Cruzada lanzada por católicos y ganada por católicos, sin lucha de siglas como las que hubo entre falangistas y tradicionalistas que dio con la expulsión del gobierno del General Varela y del Cuñadísimo Serrano Suñer.

La España de Franco fue una España católica sin más, la única que ama de verdad a Dios y a España, la verdadera España y verdaderamente patriota con patriotismo claro y sin razones ocultas. Lo otro son «familias» que muchas veces más que favorecer, entorpecieron por personalismos el buen desempeño posterior.

Hakenkreuz

«Las negociaciones previas a la Guerra con el general Emilio Mola evidenciaron que la Comunión Tradicionalista no estaba dispuesta a sumarse indiscriminadamente a un alzamiento que no asegurara un mínimo que pudiera suscribir el legitimismo español.»

Claro, eso es lo que no se suele explicar. El general de brigada Emilio Mola Vidal, el Director del Movimiento, era republicano, como lo eran Cabanellas, Queipó de Llano y muchos otros que no querían la vuelta de Alfonso XIII a España (salvar la República fue el primer llamamiento de Franco desde África el 19/07/1936 a todos los españoles), mientras que los líderes de los tradicionalistas eran monárquicos del heredero de entonces de la rama carlista, un tal Carlos Hugo que nadie en España conocía y que tuvo la soberana y monárquica desfachatez de presentarse en plena guerra a Franco para exigir el trono de España sin consideración alguna a la sangre derramada y acabó muriendo en un campo de concentración alemán al parecer.
Los líderes tradicionalistas, una mafia interesada en lograr un régimen foral o fueros para Vascongadas y Navarra, con privilegio exclusivo de los suyos sobre el resto de españoles, algo que Francisco Franco jamás toleró y no le perdonaron durante el Régimen, desquiciaron a Mola de tal modo que incluso a dos días del Alzamiento, éste tuvo que recurrir directamente a los católicos de Navarra sin contar con esos líderes (el conde de Rodezno y, sobre todo, el señorito andaluz Manuel Fal Conde, que debió ser fusilado en presencia de sus tercios requetés por traición a la causa nacional y que finalmente solo fue desterrado (a diferencia del pobre Manuel Hedilla, cabeza de turco de los tejemanejes de los líderes de Falange)) para sublevar Pamplona primero y luego lograr la adhesión del resto de la provincia y de Álava después. Los requetés se unieron pues a Mola, que no a los líderes carlistas, que solo buscaban intereses particulares y un régimen foral privilegiado que acabaría siendo el embrión del antiespañolismo en esas dos regiones españolas de Navarra y Vascongadas, especialmente en democracia. Para los líderes tradicionalistas lo prioritario era su interés económico fundamental, el régimen foral, y de haber seguido sus consignas, el Glorioso Alzamiento hubiese quedado abortado tanto en Navarra como en Álava. Por eso quiso Franco después unificarlo a la Falange, para evitar que las codicias particulares de líderes acabasen perjudicando a la causa de una España católica unida y no dividida. Y por eso Franco no autorizó en su régimen desigualdades entre españoles, como las de hoy por razones políticas que claman al Cielo, luego no hubo régimen foral durante el Régimen. Y los que anteponen sus intereses mundanos y políticos, además de económicos, a España, no se lo perdonaron jamás.

«estas negociaciones no supusieron un obstáculo para que la Comunión Tradicionalista continuara preparando su propio plan insurreccional autónomo. Es decir, la posibilidad de un levantamiento exclusivamente carlista»

Por entonces, gracias a Dios, ya la España católica había dejado en insignificante el poder de los señoritos forales y su cabecilla, Manuel Fal Conde, se libró de ser fusilado al elegir mejor el exilio en Portugal como alternativa a su deslealtad a Franco. Pero en la Cruzada quedó bien claro la gran distancia entre los católicos del requeté, incluso vascos y navarros, y los líderes carlistas, cada vez más solos incluso entre los navarros y vascos. Por eso, luego afirmaban que «no tenían ambición alguna», los muy hipócritas. Los buenos requetés lucharon por Dios y por España y acogieron bien el hecho de no tener privilegios sobre el resto de españoles. Aceptaron como Caudillo a Franco y no al heredero desconocido por ellos mismos del rey Carlos hermano del infame Fernando VII.

Así pues, los tercios requetés y las brigadas de Navarra acabaron teniendo católicos en sus filas procedentes de toda España luchando por una España unida y católica, nada de régimen foral privilegiado.

«una ruptura completa con la Tradición católica en el campo del Magisterio político,»

Lo que todavía no han hecho los obispos, pero no perdamos la esperanza que lo harán, si no los actuales, otros vendrán que lo harán, es excomulgar a dicrección a todo el que meta la política en el santo Magisterio. El P. Gabriel Calvo Zarraute no ha sido aún excomulgado por haber pronunciado tal herejía «magisterio político». Dios nos libre de todo político sea del signo que sea. Y mucho más de un Magisterio envenenado de política a conveniencia protestante de cada cual.

Nunca ha habido en la Santa Iglesia Católica Apostólica algo así, un «Magisterio político», ni lo debe haber. Resulta altamente sospechoso que se acuse a los obispos y al concilio Vaticano II de protestantizar la Iglesia Católica, es decir, de politizarla, y que se apele a la existencia de un tal «Magisterio político», se entiende que de diferente cariz del «Magisterio» que quiere el politizado P. Gabriel Calvo Zarraute, de distinta cuerda a los obispos, pero aún no excomulgado sospechosamente por proponer otro «Magisterio político» diferente al actual ocultando el régimen foral exigido por la Comunión Tradicionalista en Navarra y Álava.
Si algo acabó llevando a España a la Cruzada, eso fue la política. Y si con algo acabaron los cruzados católicos, repito, ni adscritos a Falange ni al Requeté más que por razones militares de formación de unidades de combate, fue con la política. Con Franco, se acabó la política en España y prevaleció el intento de implantar la Santísima Voluntad de Dios en todos los aspectos del Reino español con un Régimen autoritario, el único compatible con un espacio vital de desenvolvimiento de la vida católica en concordancia con los mandamientos de Dios, no transgredidos entonces en la esfera pública, imposible de hacer prevalecer en la privada.

«aunque el cisma es un pecado muy grave, santo Tomás enseñe que la herejía es aún peor6

Otra de las «buenas» del P. Calvo Zarraute. Si hay herejía, ya hay cisma. Y el cisma ya es herético en sí pues el Señor pide al Padre en oración que todos seamos uno como Hijo y Padre son Uno. No hay autorización alguna de Dios para separarse de la Santa Iglesia Católica Apostólica por muy herejes que sean los demás. ¿Acaso los once apóstoles se reprocharon su actitud tras el prendimiento del Señor en Getsemaní?¿Acaso reprocharon a Pedro sus tres negaciones como excusa para dejar la Iglesia o formar una aparte? Si ellos no lo hicieron, ¿por qué los curas que califican de herejes y políticos a los obispos afirman estas cosas sobre los cismas?. El cisma es herético. De no haber herejía, no hay cisma. El cisma, consecuencia y causa de la herejía, no es con los obispos ni con el papa, es con Jesucristo Nuestro Señor. Eso es un cisma, el rechazar la doctrina de Jesucristo Nuestro Señor, la única que ha de prevalecer y prevalece aún en la Santa Iglesia Católica Apostólica según lo rezamos en los Credos. A la doctrina de Jesucristo Nuestro Señor remite el Apóstol amado san Juan en sus cartas católicas (no protestantes), no a otras doctrinas que no son de Dios, como en la actualidad la teología de la liberación, la teología lgtbi+, la teología de género o la más extendida doctrina social de la «Iglesia» que surgió de la errática encíclica Rerum Novarum de León XIII, un papa que surgió de la Iglesia cautiva tras la unificación de Italia y la reclusión de Pío IX en los edificios del actual Vaticano como prisionero del régimen liberal conservador de la recién unificada Italia a costa de los estados pontificios. Una Iglesia que fue fuertemente influida por los políticos, atada sin poder evitar ir a donde no quería ir, como revela el evangelio de san Juan de palabras del Señor a san Pedro, hasta el punto que san Pío X fue felizmente papa gracias a un veto español a la elección como papa del secretario de León XIII, aunque san Pío X no pudo eliminar esa cizaña de Rerum Novarum de la Iglesia, que politizó el Magisterio y vació los templos y seminarios. Muchos tendrán que responder ante Dios el Día del Juicio por ese error de la «doctrina social de la «Iglesia»» que tantísimo mal ha hecho a las almas y a la fe.

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«Pero la realidad es que si lo que la persona cree es falso, su voluntad no puede dirigirse a lo que es realmente bueno, y lo que haga no podrá ser lo correcto salvo por accidente. De ahí que la sana doctrina sea crucial para querer y actuar correctamente. Esto hace inteligible por qué, aunque el cisma es un pecado muy grave, santo Tomás enseñe que la herejía es aún peor6

Y, sobre todo, manipular lo que todo un doctor, el doctor común de la Santa Iglesia Católica Apostólica, el doctor Angélico, enseñó. Santo Tomás de Aquino NO graduó los pecados mortales. Todo pecado mortal lleva al infierno si se persevera en él. El cisma es herético y la herejía es cismática. Ni el cismático, que se aparta de la Iglesia de Dios, la Católica Apostólica, llamado anticristo según carta primera del Apóstol amado san Juan, pues «aunque estaba con nosotros, no era de los nuestros», ni el hereje, aunque permanezca en la Iglesia honrando a Dios con los labios, son fieles a Cristo por no cumplir sus mandamientos. Establecer qué pecado mortal es peor que el otro es algo que solo corresponde al Señor, pero ya sabemos por 1 Co 6, 9-11, que no heredarán el Reino de Dios ni los ladrones ni los embusteros, luego es absurdo jerarquizar el pecado mortal.

Las personas son conducidas al pecado por inclinación de una naturaleza herida por el mismo desde Eva y Adán. No es que las personas crean que el pecado es bueno, salvo que sean seducidas por los falsos profetas o falsos doctores y perseveren en el pecado por medio de la soberbia, sino que el pecado es seductor para las personas, aunque después de cometido deja vacío al que lo comete, no les lleva a plenitud alguna y sí a mucha frustración, vacío y creciente desesperación, pues eso mismo es lo que deja el pecado en el alma al haber expulsado a Dios mismo con su comisión. Esa es la paradoja de pecado. El pecado es el opio del infiel y el demonio es su perverso camello.

Las personas prefieren la riqueza y la opulencia a la pobreza y la sencillez (ahora incluso se ve mal la honradez, pues conduce a no ser rico. La honradez no es rentable), prefieren los placeres al dolor y a la llevanza de la cruz, prefieren la comodidad a la precariedad, el descanso continuo al trabajo fatigoso, la buena fama y reputación, la adulación de los demás, el protagonismo, la «visibilidad», la vanagloria, el aplauso («como focas o por admiración sincera») al anonadamiento, al ninguneo, a la discreción, al retiro, a la discreción, al vivir escondido con María Santísima, a la sencillez («antes muerta que sencilla» enseñaron a cantar a una niña los que sirven a satanás). Las personas prefieren el juicio del mundo positivo al juicio positivo de Dios, como si éste no existiese y no contase, es decir, prefieren el amor falso y vano de los demás al amor verdadero e infinito de Dios. Prefieren la vana dignidad dada por preceptos humanos falsos a la dada por el Señor en la Cruz, la Redención y la Salvación de sus almas. Las personas valoran más la aprobación de otros (amigos, vecinos, colegas, profesores, etc.) que el don infinito de dignidad que Dios le ha ganado en la Cruz, al que incluso se permiten despreciar con una ceguera soberbia inaudita. Las personas prefieren ignorar el mensaje de los santos y santas y acuden a lo que dicen los medios de comunicación de moda. Las personas prefieren los bienes de este mundo, los tesoros sometidos a herrumbre que corroe y ladrones que socavan, a los tesoros del Cielo, e ignora totalmente los bienes de la Vida Eterna, los dones y frutos del Espíritu Santo, y algunos los buscan en consultas de loqueros (de locura). Las personas excluyen a Dios de sus vidas porque Dios no les resulta atractivo eso de «negarse a sí mismos, tomar la cruz y seguirle», aunque casi todo el mundo sabe que hay que sufrir para lograr lo que realmente vale. Hasta el más necio lo sabe. Las personas no quieren ser instrumento de Dios, pobre, obediente, sumiso a sus inclinaciones interiores, miserable, indigno y torpe o inútil, sino que quiere intrumentalizar a Dios a su vanidosa conveniencia (por eso se quejan de aquello: «tanto mal en el mundo y Dios no hace nada… Eso es que no existe, no puede existir y permitir tanto mal en el mundo (que han provocado sobre todo ellos, los ateos, mucho más que nadie)». Es decir, esperan que Dios transforme las piedras en panes, que encomiende todas nuestros errores, pecados, maldades, temeridades e imprudencias al cuidado de sus ángeles a capricho y que nos nombre emperadores del mundo mundial con todos los placeres, reinos del mundo, riquezas, honores, admiración y vanaglorias. La gente quiere ser su propio «dios» y no admitir a Jesucristo Nuestro Señor, Dios y Hombre verdadero en sus corazones, para que los transforme y así trasformar el mundo. No hay abandono en la divina providencia porque los infieles quieren llevar el timón del mundo y no dejárselo llevar a Dios según su Santísima Voluntad. Por eso la política es satánica y no hay «magisterio político» en la Iglesia). Las personas no quieren ser dóciles y sumisas a la Palabra de Dios, sino soberbias, rebeldes a Dios y ciegas a todo llamamiento a la conversión, llenas de prejuicios y complejos (aunque acusan de ello a los demás). Las personas rechazan la humildad y la humillación ante Dios, el Único que nos puede ayudar en todo, el mejor Amigo, el mejor Doctor, el mejor Maestro, el mejor Sabio, el más Bueno, el más Misericordioso, el más Adorable, el que más nos ama, el que nunca nos falla, el que nos quiere tanto que moriríamos de gozo si se nos lo diera a conocer…y sin embargo dan con una soberbia arrogante todo tipo de honores y credibilidad a políticos (siervos de la mentira), jueces (de preceptos de hombres), periodistas (difusores de errores, herejías y mentiras), científicos (impotentes y que no paran de fallar, cuya «ciencia» avanza de error en error, de mentira en mentira, de engaño en engaño y que no son capaces más que para idear el modo de asesinar a la población en masa con su «ciencia»), funcionarios (que viven de dinero robado con impuestos, incluidos los «funcionarios» de millones de empresas privadas subvencionadas porque de otro modo no sobrevivirían), comerciantes, mercaderes (que ya se ve los escrúpulos morales que tienen, los mismos que en el Templo en tiempos del Señor), empresarios, sindicalistas, … es decir, todo el que trabaja por el infierno, sin más, aunque no sea consciente de ello y su soberbia le impida reconocerlo. Las personas rechazan la Verdad que es Cristo y se abrazan con soberbia a la mentira seducidos por el demonio, inoculador de ese cáncer del alma llamado soberbia, es decir, les cuesta reconocer que Dios no somos ninguno de los mortales y que Dios es infinitamente mejor que yo (que ese vanidoso yo). La mentira precedió al pecado original. Así la mentira precede a la caída al infierno. Por eso es tan importante dar testimonio de la Verdad, incluso en los medios políticos como este, y romper con la mentira como se rompería con el mismo demonio, sin ningún tipo de excusa.

Este y no otro es el problema, no que las personas no conozcan la doctrina de santo Tomás de Aquino para hacer lo que según el P. Calvo Zarraute es lo correcto.
Lo que tiene que conocer el mundo es el Evangelio, la doctrina de Cristo, que no la doctrina de los teólogos. Tiene que conocer la Palabra para conocer al Señor y amarle como se debe. Pero pretender que las personas lean la Summa Teológica del Aquinate para que conozcan la «doctrina» correcta es tan absurdo y estúpido que hace dudar de la fe de quien lo proponga. Los místicos, incluso los niños y los analfabetos o personas con poca cultura, tuvieron un conocimiento de Dios mucho mayor que los teólogos más reputados, aunque el P. Calvo Zarraute sostenga lo contrario.
La Verdad, que es Cristo, es mucho más sencilla que todo su análisis tomista.

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«La enseñanza continua de la Iglesia es clara y evidente, su Magisterio tiene el deber, en nombre de Dios, de desenmascarar las ideologías ateas que se basan en una falsa imagen de la humanidad y de proteger a las personas de los efectos devastadores de una falsa política que ha destruido la sociedad humana.»

A estas alturas de la historia de la salvación, debería haber quedado ya claro a todos los católicos que TODA política es falsa, que el poder ha de ejercerse conforme a lo mandado por el mismo Señor: el que quiera ser primero entre vosotros, sea vuestro servidor. Eso significa que NO se debe recurrir a la política para mandar, sino a los mandamientos de Dios, pues hay que ser instrumentos de Dios y no tratar de instrumentalizar políticamente a Dios.
La política es enemiga de la Verdad. No hay política en las Sagradas Escrituras. Hay mandamientos de Dios. Es la Santísima Voluntad de Dios la que ha de prevalecer en todo Reino de la tierra, y no la voluntad de una mayoría, de un iluminado, de un grupo de poder, de una ideología «cierta» frente a una «falsa». Hay que cumplir la Santísima Voluntad de Dios hasta el último precepto. Y la Santísima Voluntad de Dios, sus Mandamientos, especialmente el de la Caridad, NO tienen parte alguna con ningún tipo de «cierta o verdadera política». La política no tiene que tener sitio alguno en un corazón católico, como no la tuvo en las enseñanzas de Nuestro Adoradísimo Maestro Jesucristo.
¿Qué política encuentra uno en los cuatro santos Evangelios? NINGUNA. De hecho, el Señor ha sido la ruptura total con la política. ¿No se dan cuenta aún estos prelados que tenemos?
Que Jesucristo Nuestro Señor, en el NT, ni directamente, ni por medio de sus Apóstoles, ni por medio de los evangelistas, ni por medio de sus discípulos, ni por medio de los Padres Apostólicos, ni por medio de sus apologistas, ni por medio de los Padres de la Iglesia, ni por medio de ningún santo o santa, elegido de Dios, enseñó ningún tipo de POLÍTICA. La política es SATÁNICA, porque está fundada en el engaño, la mentira, la manipulación, la hipocresía. Los mandatos del Señor son todo lo contrario a la política de cualquier época o tiempo.
Que Benedicto XVI, anteriormente teólogo cardenal J. Ratzinger, escribiera aquello de que los marxistas habían llevado a las facultades de teología la «acción política» y que tal «acción política» marxista había vaciado seminarios, conventos y templos, no significa que la «acción política» de otro signo no marxista no sea igual de perversa, ¿verdad?¿o estamos tratando de decir que hay una «acción política» conforme a la Santísima Voluntad de Dios, lo cual sería engañar y servir a satanás?

NO. NO hay opción política para los católicos. El que tenga vocación de mandar, ha de ser un esclavo de los demás y no un aprovechado que use a los demás para alcanzar el poder con su voto o consentimiento en urnas. Un esclavo que ha de hacer valer TODA la Santísima Voluntad de Dios, diametralmente opuesta a la inmensa mayoría de reinos, principados y poderes de este mundo. Y lo sabéis pero lo calláis. Resulta muy sospechoso todo ello.
NO se convierta la Santa Iglesia Católica Apostólica en un foro de lucha política entre marxistas, progresistas o izquierdistas por un lado, y conservadores o liberal conservadores por el otro. Los que crean que la «política es caridad» o «caridad social o pública» y crean que debe haber un «magisterio político», que dejen inmediatamente la Santa Iglesia Católica Apostólica y que se unan a un partido político, sindicato o patronal y que hagan política bajo su eterna responsabilidad ante Dios, pero no dentro de la Iglesia de Jesucristo Nuestro Señor, que jamás incitó ni Él, ni sus santos, a la acción política ni al voto de ningún partido o facción. El católico ha de ser tan ajeno a la mentira como a su sinónimo, la política. No hay política que no sea falsa y que destruya no ya la humanidad, sino las almas. La política asesina almas, que no solo personas.

«Haciendo un paralelo histórico, vendría a ser como si en la antigua Roma pagana, los primeros cristianos hubieran optado por congraciarse con el poder político pagano y las mayoritarias costumbres sociales depravadas y decadentes, en lugar de confrontarlos para configurar -como modelo civilizatorio alternativo- la sociedad cristiana que floreció posteriormente: la Cristiandad.»

Es decir, no somos funcionarios o votantes, sino siervos de Dios por filiación adoptiva. Fuera política de la Iglesia. Sobre la Cristiandad…

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La Cristiandad fue una cultura que cimentó y configuró la civilización actual tras la caída del imperio romano y la propagación de la evangelización por toda Europa durante la Baja Edad Media.
Por entonces, la población vivía sometida a la fatiga del trabajo para poder sobrevivir, vivía la realidad de la Revelación sometida a las «espinas y abrojos» de un suelo maldito por nuestros pecados y vivía en continuo contacto con la muerte (incluso al nacer o en la niñez), el dolor, la pobreza, las privaciones, el sufrimiento, el duro trabajo para poder sobrevivir y sacar adelante a la familia, etc. Pero claro está, que el amor brota mucho más fuerte y sano en la tierra fértil de ese dolor, de ese sufrimiento, de esa pobreza. Cuando se ama a alguien, se le ama verdaderamente no en la riqueza, el placer, el poder o la fama, sino en la pobreza, en la miseria, en el dolor, en la fatiga, en la cruz, en definitiva. Y este tipo de vida era el común de aquellos tiempos y de los siglos que vendrían para la inmensa mayoría (no para los intelectuales y poderosos en los que se suele fijar la atención de cada tiempo, craso error). En estas circunstancias, el Evangelio suponía para la inmensa mayoría un consuelo y una esperanza alegres. Por eso se acogió tan bien la Palabra de Dios en aquellos antepasados nuestros. Además, los santos fueron instrumentos claves de la transmisión del Evangelio, pues los santos son instrumento de Dios y no hay santos fuera de la Santa Iglesia Católica Apostólica (que no se busquen, que no los hay). Aquellas generaciones eran humildes casi a la fuerza, pues vivían en pobreza, dolor y miseria casi continuas, y por eso acogían muy bien en su corazón las enseñanzas de Dios que se hizo pobre como ellos en Jesucristo Nuestro Señor. El Señor era tan familiar para tantas generaciones de gentes pobres, humildes y sencillas durante siglos que la vida era llevadera siempre pensando en el Reino de Dios y en su infinita Misericordia. Así es como se forjó la Cristiandad, que no por las élites, los intelectuales y los emperadores o reyes, como muchos con error creen atribuyéndoles un protagonismo que en absoluto tuvieron ni de lejos. Los corazones sencillos y humildes fueron ganados por Cristo, no por los «buenos» príncipes, emperadores, reyes o sabios de las distintas épocas.
Evidentemente el mundo actual, que cabría calificar de puertas del infierno, no tiene nada que ver en absoluto con aquel de mero purgatorio terrenal, y la soberbia hoy es la norma, frente a la humildad de entonces. Entonces se confiaba mucho más en Dios que ahora. Ahora se confía en embusteros y se rechaza a Dios de todo ámbito. Ese es el efecto fundamental de la soberbia frente a la humildad.
Por aquel entonces, pues, la gente era analfabeta y no tenía motivo para la soberbia en ningún sentido, pero acogió muy esperanzada la Palabra de Dios frente a tanta desdicha, hoy también presente, pero menos sentida por la anestesia general de la concupiscencia tan extendida.
En eso consistió fundamentalmente la Cristiandad, en la general aceptación, especialmente de la población, de Jesucristo Nuestro Señor, la aceptación del Señor en los corazones, donde reside la verdad, a diferencia de lo que sucede ahora.

Desgraciadamente, no pocos estudiosos, ponen el foco de sus estudios en los emperadores, en los reyes, en los príncipes, en los nobles, en los filósofos, en los pensadores, en los científicos, en los ricos, en los grandes hombres del pasado para explicarlo conforme a su poder o dominio extrapolando a toda la población sus conclusiones, pero olvidan la realidad de la población por entonces, especialmente la realidad del rebaño de Dios, de los fieles, la más determinante en todo occidente, incluso hoy tan reducido. Es un error alejado de la realidad. Ni los emperadores, reyes y grandes de entonces tenían tanto poder para cambiar las cosas (no digamos ya los corazones), ni es legítimo excluir de la historia, como se viene haciendo con total incompetencia profesional, el papel fundamental que ha desempeñado Dios mismo por medio de sus santos y santas, verdaderos instrumentos claves de la historia, pues los santos y santas, por la gracia de Dios, pese a quien pese, son los que más influencia benigna han tenido a lo largo de toda la historia en la humanidad. Ni poderosos, ni científicos, ni sabios según este mundo han tenido el efecto que Dios, por medio de sus santos, han tenido en la cultura en general y en el bien de todas las generaciones. Y ha bastado que se haya rechazado a Dios de modo generalizado sustituyéndolo por el afán de bienes, riquezas, placeres, poder, vanagloria, etc., para encaminarnos hacia la destrucción de la cultura y de la humanidad misma, y lo que es peor, de las almas.

La Cristiandad no surgió por voluntad de hombres, sino por voluntad de Dios. Muchos consideran que el hecho de que los papas siempre se afanasen por recordar a emperadores, reyes, príncipes, nobles y poderosos, que ellos también debían someterse a la Santísima Voluntad de Dios y guardar sus mandamientos, logrando así que se proclamasen católicos y aceptasen su conversión, sincera o no, y los sacramentos, fue determinante para que los reinos fueran católicos. Eso no se lo cree hoy nadie sensato. Son católicas las personas, no los reinos, naciones o territorios. Los corazones no se ganan con la conversión de los poderosos, de hecho, los poderosos han convenido convertirse a conveniencia para atraer simpatías de la población que amaba en masa a Cristo. Son muchos los emperadores, reyes, príncipes y poderosos que han celebrado en vano los sacramentos para ganarse al pueblo con engaño. Pero los corazones se ganan por el conocimiento y amor de Dios, que no del rey o del príncipe bajo cuyo dominio uno tuviera que vivir.
Por todo ello, no cabe concluir que los reyes y poderosos que eran católicos verdaderos, por devoción, o por simple interés de imagen, determinaban la catolicidad de todo su pueblo. La Cristiandad supuso mucha hipocresía en los poderosos, mucho más dados a darse gloria a sí mismos que a Dios en todas las épocas. Y es que el poder y las riquezas corrompen muy fácilmente el alma. De ahí su peligro. De este modo, los poderosos iban por un lado, y la población, que amaba a Cristo, por otro. Y de ahí el error historiográfico de tratar a los primeros y definirlo todo conforme a los primeros, y obviar o silenciar a los segundos.

Muchos prelados de la santa Iglesia Católica Apostólica llamados «modernistas» a comienzos del siglo pasado, optaron por el aggiornamento, por el poner la Iglesia en conformidad con el mundo moderno. Lo malo es que ese mundo moderno, cada vez más afectado por el bienestar material, cada vez más alejado de Dios, cada vez más materialista, dejaba de lado a Dios. Y con ello los templos, los conventos y los seminarios. Es la prueba final. Y la Iglesia no puede seguir el ancho camino de la perdición. Por eso no puede ser modernista ni coquetear con el aggiornamento. La Iglesia se debe al Señor, incluso cuando en la cruz se quede solo. Nosotros con la Santísima Virgen María, san Juan y santa María Magdalena al pie de la cruz, sean cuales sean las deserciones. No podemos aceptar el aggiornamento de apostatar. La Iglesia debe girar 180 grados y volver a Cristo, no al mundo que va a la deriva. Y tratar de atraer a los que siguen la corriente del mundo al pie de la cruz.

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«En la historia, nunca el marxismo socialista o comunista, así como la masonería lloraron la muerte de un Sumo Pontífice de la Iglesia Católica y estos hechos históricos no se puede fingir obviarlos u olvidarlos en nombre de una falsa visión de fe. Mientras que a los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se le considera acertadamente de orientación conservadora, el del papa jesuita ciertamente ha sido revolucionario, lo que supone diluir la esencia de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.»

Es decir, que según lo que aquí se escribe Francisco fue seducido por el marxismo socialista y que san Juan Pablo II y Benedicto XVI eran conservadores. Uno como Roosevelt y los otros dos como Churchill y Eisenhower, hablando de historia y de Cruzadas.

De san Juan Pablo II desde luego que NO es cierto. Jamás se pronunció este papa en favor de la ideología de los ricos y mercaderes, el conservadurismo, antaño denominado liberalismo, por cierto, condenado desde el siglo XIX ya por varios papas. Un santo no es de ideología política alguna. Y san Juan Pablo II no lo fue, de ningún modo. NO hay encíclica que lo atestigüe, ni testimonio suyo en favor de que los fieles votasen a partidos de derechas conservadores. De haberlo hecho, entonces habría incurrido en apostasía y debería ser excomulgado. Tampoco se ha sabido de que el papa Francisco pidiese el voto para los partidos políticos de izquierdas a los fieles. De momento no se han atrevido los papas a dar ese paso. Ya han comprometido la salvación de las almas al consentir que poderes ajenos a la Iglesia incitasen a los católicos a tomar parte activa en la vida política y a que votasen con «responsabilidad» (la responsabilidad es no hacerlo bajo ninguna circunstancia so pena de condenación si se persevera en ello, pues el votante es responsable no solo de lo que haga el gobierno, sino también de todo el sistema democrático).
Y de Benedicto XVI tampoco se supo que animase al voto conservador, como de ningún otro papa anterior en uno u otro sentido, aunque el alemán puso su firma en la encíclica social demócrata cargada de errores llamada «Caritas in veritate», un cúmulo de despropósitos mundanos y políticos que no pudo salir del autor del libro de Jesús de Nazaret, sino de otros poderes del Vaticano totalmente ajenos a Cristo. Esa encíclica tiene más de programa de partido político o de declaración de la ONU que otra cosa. Los papas se han visto seducidos por ideologías diversas para su mal y el de la Iglesia Católica o bien han consentido con ellas bajo ese error fundamental que es considerar la política como caridad social o pública (manipulación horrorosa). La política ha dividido la Iglesia y todo el que metió la política en la Iglesia tendrá que pagar ante Dios por ello.

La Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica independientemente de quién sea papa, cardenal, obispo, sacerdote, religioso o fiel, independientemente de los pecados de sus miembros, independientemente de las mentiras por las que sus miembros se hayan visto seducidos o los errores que cometan. La Iglesia es de su Fundador, de Jesucristo, del Dios Uno y Trino al que adoramos, de la Santísima Virgen María y de los santos y santas, mártires y fieles a Cristo de corazón hacia el que se encaminan sus anhelos. La política es ajena a la Iglesia aunque intereses mundanos la hayan introducido.
Además, NADIE va a destruir la Santa Iglesia Católica Apostólica, NADIE, porque el Señor le aseguró su prevalencia sobre las puertas del infierno que ahora vivimos. La Iglesia prevalecerá sobre la política sea del signo que sea. Morirá la política y vivirá radiante y poderosa la Iglesia. Que a nadie le quepa duda. Nadie podrá destruir la obra de Cristo, su Iglesia. Mientras que la obra de los políticos morirá con ellos y arderá en el infierno, como todo embustero perseverante. Que pierdan los políticos toda esperanza, sean conservadores o socialistas, de amoldar la Iglesia a sus intereses materialistas y mundanos. No podrán. Serán ellos los arrancados como la cizaña de la Iglesia, por haber tratado de instrumentalizarla conforme a sus ideales políticos por los que han sido demoníacamente seducidos y en los que perseveran con soberbia.

Por otra parte, respecto al listado:

i) la sinodalidad no es algo exclusivo del papa Francisco. Ya venía de atrás. Según lo que se expone aquí, los prelados son ceñidos por otros y llevados a donde no quieren ir. Hay una lucha política en el seno de la Iglesia y es bueno que afloren los políticos de uno y otro signo. Que Dios nos libre de ellos. La Iglesia no puede ser un foro de ricos contra rojos, con exclusión de los católicos.

ii) «la aceptación indirecta de la homosexualidad como parte normal de la vida humana»
¿Ha cambiado esto realmente Francisco?¿Y qué aceptaron los papas anteriores?

iii) Sobre las agendas globalistas véase la encíclica firmada por Benedicto XVI «Caritas in veritate».

iv) «la clara e inequívoca adhesión a grupos y personalidades políticas claramente alineadas con el progresismo globalista anticristiano y antihumano»
¿Y qué grupo y personalidad política no es anticristiano y antihumano? Ninguno, ¿verdad? A ver si nos enteramos de una vez.

v) «el holocausto demográfico y genocidio del aborto, que cada año elimina aproximadamente a más de 70 millones de niños no nacidos»
Ha sido condenado por todos los últimos papas (la URSS fue el primer estado en oficializar ese holocausto en tiempos de Lenin). Francisco no ha invalidado esa condena que se sepa. Lo que no ha hecho Francisco, como sus predecesores, es condenar el divorcio, los impuestos, la democracia, etc., que tanto mal han traído.

vi) Si solo hay un Dios, Santísima Trinidad. Si Padre, Hijo y Espíritu Santo reciben una misma adoración y gloria. Si religión es culto a Dios como afición es predilección por una determinada actividad. ¿Por qué se ha admitido el uso del término en plural?¿No creemos que aquello de que nadie va al Padre sino por el Hijo?¿No admitimos a Jesucristo como único Camino para llegar a Dios?
El primer error estará en utilizar el término religión en plural. NO existen religiones, sino religión. Y no hay otra religión que la católica. Llamar religión a cualquier creencia es el primer error, pues pone a los ídolos a la altura de Dios mismo. Y no es suficiente decir, como se hacía en el pasado, que la católica es «la única religión verdadera». Es la única religión, pues no hay culto a Dios fuera de la religión católica. Fuera de la religión (católica), lo que hay es culto al ídolo o idolatría. Así Buda, Krisna, Confucio, Mahoma, etc., condujeron al culto a un ídolo, y los protestantes y anglicanos condujeron al culto subjetivo de uno mismo. El error de considerar la religión en plural no es de Francisco, es anterior. Y es un error político, que no de fe. Así que esa herejía de que «todas las religiones conducen a Dios» es el resultado de décadas de error.



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NO ha desaparecido la religión católica, ni la vida católica, ni los católicos, diga lo que diga quien lo diga, pues de otro modo Jesucristo nos habría engañado como los políticos conservadores a los que admira el P. Calvo Zarraute o los socialistas que admira el mediático P. Ángel. NO, la Iglesia sigue viva y las puertas del infierno abiertas por la política no prevalecerán sobre ella. NO ha desaparecido ni la Iglesia ni sus fieles, hoy muy reducidos en número, pero presentes.
El panorama catastrófico que se describe es real, pero todavía queda Iglesia, muy reducida, pero queda. No todos los prelados son políticos. Hay bastantes asqueados con la política y que están despertando al engaño de la misma. Recuérdese que ya el Señor nos advirtió que «si aquellos días no se abreviasen, no se salvaría nadie, pero en atención a los elegidos, aquellos días se abreviarán». En el mejor de los casos, vivimos una época escatológica, luego debería llenarnos de esperanza que esto está por acabarse y que la prueba ha hecho caer a los menos firmes en la fe, ha sacudido mucha cizaña de la Iglesia también. El evangelio de san Lucas nos dice que cuando veamos todas estas cosas suceder, que cobremos ánimo, pues pronto llega nuestra liberación.

El Señor habló de oscurecimiento general de toda luz en el firmamento, del sol, de la luna, de la caída de las estrellas, y lo que el P. Calvo Zarraute describe como consecuencia del CVII y que es claramente visible y podría ser a lo que el Señor se refirió en Mt 24, a la vez es esperanzador si realmente fueran estos los últimos tiempos, ¿por qué no?.

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