Ni en ‘Rufufú’, la desopilante comedia de Mario Monicelli inspirada en un relato de ltalo Calvino -‘Robo en una pastelería’-, donde una banda de rateros de medio pelo planea asaltar una Caja de Ahorros y una primeriza Claudia Cardinale se deja seducir por uno de ellos: Renato Salvatori.
Ni en ‘Cartouche’, la película de espadachines de Philippe de Broca en la que ella se inmola para salvar la vida de Jean Paul Belmondo, un bandolero que roba a los ricos para entregarle el botín a los pobres.
Ni en la neorrealista ‘Rocco y sus hermanos’ ni en la exquisita y decadente ‘El Gatopardo’, ambas del esteta Luchino Visconti, tan opuestas entre sí aunque en las dos compartiendo pantalla con Alain Delon.
Ni en ‘Ocho y medio’, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, donde ejerce de musa de Guido Anselmi -Marcello Mastroianni-, el ‘alter ego’ de Fellini, que atraviesa una crisis de creatividad y en la que escuchamos, por primera vez, su voz aguardentosa, ya que hasta la fecha había sido doblada.
Ni en ‘La Pantera Rosa’ de Blake Edwards -una de sus escasas incursiones en Hollywood-, en la que encarna a la sofisticada princesa Dalla, poseedora de un diamante precioso, y donde un pequeño felino rosáceo pulula por los títulos de crédito mientras suena la partitura de Henry Mancini que daría lugar a una popularísima serie de dibujos animados.
Por cierto, tras conocerla, David Niven dijo de ella que era, junto a los espaguetis, el mayor hallazgo de Italia.
Ni en ‘Las petroleras’, en la que comparte protagonismo con Brigitte Bardot, y el reclamo de la cartelera era ‘B.B. contra C.C’., donde las dos ‘sex symbols’ se pelean a guantazo limpio sobre un barrizal y gana a los puntos, o ‘por centímetros’, como dijo el agudo crítico de ABC, Lorenzo López Sancho, la tunecina, más pechugona que la parisina.
Ni en ‘El fabuloso mundo del circo’, la superproducción que arruinó a Samuel Bronston, en la que sueña con ser trapecista y durante su rodaje en España, Rita Hayworth, con un poso de amargura, le susurró al oído: ‘Yo también fui bella’.
Ni en ‘Fitzcarraldo’, de Werner Herzog, donde encarna a Molly, la amante y socia de Klaus Kinski -‘El loco del pelo blanco’ y ojos saltones-, cuya puesta en escena en la selva amazónica fue toda una epopeya.
Donde más impresionante está Claudia Cardinale, acaso porque su mirada lánguida trasluce su drama personal, es en ‘Erase una vez en el Oeste’ -‘Hasta que llegó su hora’ en España- el ‘spaghetti western’ crepuscular de Sergio Leone, donde Henry Fonda -¡Oh sorpresa!- hace de villano y la acompañan en el reparto Charles Bronson y Jason Robards, con una banda sonora magistral de Ennio Morricone.
Entonces ella frisaba la treintena y se metió en la piel de una mujer que había perdido a su marido y a su hijo, asesinados por un forajido.
Tal vez sea porque hay dos cosas -antagónicas- que embellecen a una mujer: el amor y el dolor.
En la vida real, su hijo Patrizio fue fruto de una violación, y se casó, sin estar enamorada -como confesaría años después en sus memorias tituladas ‘Yo Claudia’- con el productor de sus primeras películas, el acaudalado Franco Cristaldi, que trató de boicotear su carrera cuando lo abandonó.
Cuánta razón tenía Truffaut al afirmar que le gustaba más el reflejo de la vida que la vida misma.
Así somos los mitómanos.
Y ella ya forma parte de la historia del cine, o sea, de nuestras vidas.
También a ti -ay- te llegó tu hora, Claudia.
Autor
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Miguel Espinosa García de Oteyza es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha desarrollado su actividad profesional en la Bolsa, la Banca y la Empresa.
Hijo del que fuera ministro de Hacienda de Franco, Juan José Espinosa San Martín, Miguel es también autor de tres libros. El más reciente, "Mi tío robó los diarios de Azaña y otras historias familiares".
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Brigitte Bardot también estaba muy bien dotada. No se quedaba atrás en cuanto a caja torácica.