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José Manuel Espinosa es un óptico-optometrista que lleva más de 20 años posibilitando, de manera desinteresada, la creación de ópticas en el Tercer Mundo. Colabora con su amigo, el doctor Antonio Aguirre, oftalmólogo, con el que se compenetra a la perfección evitando que muchas personas sin recursos se queden ciegas. Nos cuenta su historia de manera breve y sencilla.

¿Cómo le marcó la muerte de su hijo con 12 años?

Creo que la muerte de un hijo es lo peor que le puede suceder a unos padres; era prácticamente mi bebé. Recé mucho por él, pero no sirvió de nada y el Señor se lo llevó.

¿Por qué le cambió radicalmente su escala de valores?

Tras un golpe así, y sin importar los prejuicios sociales, sentí que necesitaba un cambio radical en mi vida. Ese giro nacía, sobre todo, del deseo profundo que siempre había tenido de ayudar a los demás y de la necesidad de desprenderme de las múltiples responsabilidades de mi trabajo. Por suerte, disponía ya de unas rentas que me resultaban más que suficientes para vivir y así podía dedicar todo el tiempo a ayudar a los demás.

¿Por qué decidió ayudar a las misiones, colaborando en la creación de centros ópticos en países pobres?

Mi intención de ayudar de forma altruista respondía, en primer lugar, a mi propia profesión. Además, resulta sumamente gratificante llevar luz a personas que viven con tantas carencias. Lo que para nosotros es fácil porque lo tenemos todo, en esos lugares no existe; no tienen recursos para nada. Son países pobres en los que no invierten las empresas porque no hay dinero.

¿En cuántos países ha podido ayudar?

Ya llevo una trayectoria de 20 años cooperando en diferentes campañas. Empecé en Bolivia, en un hospital de Santa Cruz de la Sierra con las monjas Cruzadas, y en Potosí, en un pequeño hospital del obispado. También estuve en Perú, en el Cuzco, con la Orden de San Juan de Dios; en Camerún, concretamente en Kribi, con la ONG Ilumina África; en Benín, en Tanguiéta, de nuevo con San Juan de Dios; en Ecuador, en un pequeño hospital de la Amazonia ubicado en Guadalupe (una parroquia de la provincia de Zamora); y la última, en Togo, en el hospital de Afagnan, también con San Juan de Dios.

¿Cómo le ha enriquecido su vida la experiencia misional?

La Iglesia de los misioneros y las monjitas en estos países es otro mundo. Conservan muchos más valores de los que hemos perdido en la vida que llevamos en Europa. Al estar allí, valoro mucho más la suerte que hemos tenido por el lugar donde nacimos a nivel material, de salud y de educación. Sin embargo, a nivel moral, siento que en Occidente estamos en pleno declive.

¿Qué ha supuesto para usted conocer al doctor Antonio Aguirre y poder colaborar con él?

A Antonio lo conocí en Benín. Nos entendimos muy bien desde el principio y nos complementamos a la perfección. Nuestra meta, mientras el cuerpo aguante, es ayudar a los demás. Nos buscamos la vida para conseguir material médico y donarlo. Desde el punto de vista profesional, devolver la visión es fundamental; lo que aquí es una afección normal, allí se traduce, en muchos casos, en cegueras evitables. Antonio es una gran persona y un trabajador infatigable.

¿Podría contar las anécdotas más emotivas que han vivido?

Revisando las fotos que le he pasado para este reportaje, de las que ha puesto varias en el montaje de la portada, me vienen a la memoria varios detalles curiosos. En Benín, por ejemplo, a la niña que tengo en brazos le descubrí una miopía de casi 9 dioptrías. Por fortuna, encontré unas gafas que coincidían prácticamente con su graduación; para ella fue un impacto tremendo poder ver con tanta claridad. Dos años después, regresó acompañada de su hermano, quien también necesitaba atención.

Otra de las fotografías que tengo muestra a una niña albina junto a las monjitas. En África, hasta hace no muchos años, a los albinos los mataban al considerarlos una maldición; además, es desgarrador ver cómo sufre su tipo de piel en un clima tan extremo.

La chica que sostengo en brazos en otra foto es un caso especial. Antonio tuvo que extirparle el ojo porque lo tenía completamente necrosado. A pesar de todo, la pobre venía todos los días a probarse gafas de sol, buscando unas que le disimularan el problema, ya que era súper coqueta. A los dos años, logramos llevarle una prótesis; si la vierais ahora con su ojo de cristal, comprobaríais que está bellísima.

Me enternece la foto del niño chiquitín mirándome fijamente mientras sostengo el cartel en francés… Para él, yo debía de parecer un blanco gigante.

Además de ayudar a muchos niños, también han ayudado a muchos adultos…

Sí. También recuerdo a un carpintero local. En África se manejan únicamente con un martillo, un serrucho, unas tenazas, un metro y clavos. Con esas solas herramientas y usando madera de teca son capaces de fabricar todo lo necesario para montar nuestra óptica.

Hay muchas anécdotas divertidas. Por ejemplo me han ofrecido una comida exquisita para ellos que es el cuy, un roedor, pero nunca lo he probado y por ello me miran mal jajajaja Lo que sí me gusta es la miel de azúcar que se hace hirviendo el jugo de la caña.

En la construcción del servicio de oftalmología y óptica al lado del hospital de día, tuvimos que empezar “la casa por el tejado” a causa del exceso de calor y de lluvia. Un anciano músico local nos dedicó una emotiva canción como agradecimiento por haberle operado de cataratas. Lo más increíble es que lograba producir sonido tocando con una hoja de azahar, algo común en el folklore y la música tradicional de varios países de Hispanoamérica, pero que no deja de sorprenderme.

¿Cómo animaría a otras personas a dedicar su tiempo a ayudar a los demás?

Pienso que hay mucha gente dispuesta a colaborar; el verdadero problema es que no se sabe cómo acceder a los proyectos. Eso sí, una vez que logras entrar en este mundo, te empiezan a surgir innumerables lugares con necesidades.

¿Cómo se puede colaborar con ustedes?

Estamos utilizando ahora el método de donativos directos a Luz de África, ONG con la que hemos hecho campañas en Benín y en Togo. La cuenta es Asociación Luz de África, Bankinter, ES63 0128 0382 1101 0004 1071, MOTIVO: DONACIÓN MISIÓN PERÚ. Para desgravar el donativo, enviar un correo a proyectovisualamazonia@gmail.com indicando nombre completo, número de DNI o NIF, dirección fiscal e importe donado.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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