03/10/2026 21:55
  • España derrota 3-1 a República Checa en el Carlos Tartiere después de una primera parte de dominio absoluto y un segundo tiempo mucho más incómodo. Lamine Yamal volvió a marcar pronto, Rodri amplió la ventaja y Mikel Merino cerró el partido cuando Chequia ya había conseguido meter el miedo en el cuerpo.

La Roja llegó a mandar 2-0 con una autoridad extraordinaria, pero el gol de Jirí Sláma cambió el escenario. Los checos incluso tuvieron el empate en los minutos siguientes. La selección sobrevivió al momento delicado y terminó conservando su pleno de victorias en la Nations League.

Oviedo quería una noche para recordar y Lamine Yamal se encargó de darle un primer motivo casi desde el principio.

A los cinco minutos, exactamente a los 5:20 según la retransmisión, el futbolista del Barcelona recibió en la derecha, controló con esa naturalidad que ya parece patrimonio suyo y encontró el camino hacia el palo largo con su zurda. Un golpeo preciso, limpio, de esos que parecen ejecutados con más tiempo del que realmente existe. España se adelantaba 1-0 y Lamine volvía a hacerlo.

Ya no es casualidad. Marcó en el minuto 2 ante Inglaterra, en torno al minuto 1 frente a Croacia y ahora necesitó poco más de cinco minutos para abrir otro partido internacional. Tres encuentros consecutivos marcando para iniciar el encuentro.

Pero el gol no fue una simple aparición individual dentro de un partido trabado. España había entrado al Carlos Tartiere dispuesta a mandar desde la pelota. Luis de la Fuente había cambiado prácticamente medio equipo respecto al partido contra Croacia: nueve modificaciones en el once, con Lamine y Baena como únicas piezas repetidas. La estructura, sin embargo, volvió a responder.

Rodri y Pedri gobernaron el centro del campo, Dani Olmo apareció entre líneas y Roberto Fernández, titular como referencia ofensiva, no se limitó a vivir dentro del área. El delantero buscó apoyos, cayó a los costados y ofreció continuamente una salida para que España pudiera instalarse arriba.

Chequia intentó responder con un bloque ordenado, pero durante la primera parte apenas consiguió sacar la cabeza. Su primer disparo llegó en el minuto 15, obra de Ondrej Lingr y desde larga distancia. España, mientras tanto, acumulaba llegadas.

En el minuto 7, Dani Olmo tuvo una oportunidad clarísima después de recibir libre en el punto de penalti, pero se resbaló antes de poder definir. Pedri probó también desde fuera del área, Baena obligó a Kinsky a intervenir y Laporte amenazó por arriba a la salida de un córner.

La estadística explicaba lo que estaba sucediendo mejor que cualquier adjetivo: al descanso, España tenía un 70,3 % de posesión frente al 29,7 % de los checos y había rematado diez veces por una sola de su rival. Además, la selección española había generado más de una decena de llegadas al área y no había concedido ningún tiro a puerta.

Era una primera parte de control casi absoluto.

Y entonces apareció Rodri.

Minuto 34. Pedri penetró en el área buscando el pase atrás hacia Roberto, la defensa checa consiguió desviar el balón, pero el rechace cayó justo donde estaba el capitán español. Rodri no necesitó pensárselo dos veces. Controló y soltó un golpeo alto y ajustado que dejó sin respuesta a Kinsky.

2-0.

El centrocampista, habitualmente encargado de sostener el edificio desde abajo, había vuelto a llegar desde segunda línea y encontró premio. Era su quinto gol con la selección.

España se marchó al descanso con la sensación de haber resuelto el partido antes de que este tuviera ocasión de complicarse.

Pero el fútbol, incluso cuando parece obedecer, guarda siempre algún sobresalto.

De la Fuente decidió retirar a Lamine Yamal y Álex Baena al descanso. Entraron Víctor Muñoz y Yéremy Pino. El cambio tenía lógica dentro de un calendario extraordinariamente cargado, pero la salida del futbolista que había abierto el marcador y que estaba siendo el elemento más desequilibrante modificó inevitablemente la naturaleza del encuentro.

España siguió teniendo el balón, pero ya no atacaba con la misma electricidad.

Chequia empezó a encontrar alguna grieta. España perdió tensión en determinadas acciones y David Raya protagonizó una situación especialmente comprometida: un mal envío suyo dejó a Lingr con la posibilidad de marcar a puerta vacía. El atacante checo no acertó a aprovecharla y permitió que el guardameta se recuperara de su error.

Poco después llegó el aviso definitivo.

En el minuto 69, Jirí Sláma encontró una entrada al área demasiado limpia para lo que España había permitido durante la primera mitad. Recibió en buena posición y cruzó un disparo raso ante el que Raya no pudo llegar.

2-1.

Y de repente el Carlos Tartiere cambió de sonido.

El partido que parecía controlado se convirtió durante unos minutos en una cuestión de supervivencia. Chequia creyó en el empate y volvió a acercarse con peligro. En el 71, Lingr tuvo una ocasión enorme después de otro error en salida de España, pero su disparo a puerta vacía salió demasiado blando. España había pasado de gobernar el encuentro con absoluta autoridad a agradecer que el rival no encontrara el 2-2.

Fue entonces cuando apareció uno de los rasgos que mejor definen a esta selección: la capacidad de modificar un partido desde el banquillo.

Mikel Merino había entrado en el minuto 66 junto a Fermín López, sustituyendo a Pedri y Dani Olmo. Y cuando el partido pedía exactamente lo contrario de la brillantez inicial —más músculo, más llegada, más capacidad para atacar los espacios que empezaban a dejar los checos—, el centrocampista volvió a encontrar protagonismo.

Merino terminó marcando el tercer gol español en el tramo final y devolvió a la selección una ventaja de dos tantos. El 3-1 acabó con la rebelión checa y permitió a España respirar después de unos minutos en los que había estado peligrosamente cerca de perder el control.

La victoria deja una lectura doble.

La primera es evidente: España continúa ganando. Después del 3-2 de Wembley y del espectacular 4-1 a Croacia, suma ahora otra victoria y mantiene su pleno en el grupo A3.

La segunda resulta quizá más interesante. El equipo es capaz de dominar hasta el punto de convertir la primera parte en un monólogo, pero también tendrá que convivir con partidos en los que el rival encuentre una vía de regreso. Contra Chequia, ese regreso existió y llegó a poner en peligro una victoria que parecía decidida.

Y en medio de todo volvió a aparecer Lamine Yamal.

Jugó una sola parte, pero volvió a marcar. Volvió a recibir entre líneas de peligro, a inventar soluciones, a provocar que una defensa entera tuviera que estar pendiente de su posición y volvió a dejar la sensación de que cada vez que recibe el balón puede ocurrir algo distinto.

La magia, en su caso, ya no es únicamente un recurso estético.

Es una forma de condicionar los partidos.

España ganó 3-1, sumó otra victoria y mantuvo su camino perfecto. Rodri puso orden, Merino apareció cuando más falta hacía y Chequia demostró durante un tramo que también los campeones pueden sufrir.

Pero la primera imagen de la noche pertenece a otro.

A Lamine Yamal, que volvió a aparecer demasiado pronto para que el rival pudiera sentirse tranquilo.

Y España, otra vez, ganó.

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