|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Durante mucho tiempo me he abstenido de escribir frente a la Corona porque sé que la estrategia de su enemigo es generar un hartazgo en quienes la hemos defendido como eje troncal de la convivencia en democracia. Pero ya la dejadez clama al cielo como para sostener el espejismo de una institución que rehúye reinar con la dignidad que requiere la España actual.
Mientras España se ahoga en barro, se diezma, se esclaviza impositivamente hasta la ruina, se abrasa o se invade, el Rey se sostiene. No basta.
Mi padre, Pedro Fernández labrador, jugaba al ajedrez con el entonces niño Príncipe Felipe. Creció con su presencia junto a sus padres Don Juan Carlos y Doña Sofía como Jefe de Gobierno de la Casa Real; durante 25 años hasta su jubilación, cuando nadie de los egregios agradecidos se acordó de él, ni cuando murió enterrado en soledad y sin poder velarle en el 2020 de la plandemia. Entonces España buscaba el consenso y había poca cizaña. Hoy en día, la cizaña se siembra en palacio. Nada es igual hoy en día que cuando mi padre vivía con el que sería rey en los futuros y peores tiempos de traición que machacan España con el enemigo en sus entrañas.
La Corona fue emponzoñada desde sus hechuras hasta el último cosido donde nadie da puntada sin hilo para desprestigiarla desde dentro, con decisiones políticas en las entrañas de palacio.
Si en el espejo de la historia o en el alma de esta nación exhausta apareciera un rey de verdad, miraría la figura de Felipe VI no con la reverencia de la servidumbre, sino con la crítica implacable por la inacción. La majestad no se lleva en los entorchados ni en la solemnidad impuesta del protocolo; se demuestra cuando las estructuras de la patria se desmoronan y la firma del soberano se exige como sello de goma para validar la arbitrariedad y el deshonor. Tremendo error cometió arremetiendo contra su propio padre para dejar el camino expedito a la erosión radical de la Corona.
Existe en España una ficción anestésica que pretende vendernos el silencio de la Zarzuela como prudencia constitucional y la pasividad como neutralidad impecable. Pero llega un punto en el proceso de demolición de un país en el que el silencio deja de ser equidistancia para convertirse en una forma sorda, cobarde y devastadora de complicidad. ¿Qué hay detrás de esta estampa inmóvil? Las sospechas no nacen del encono, sino de la evidencia incontestable de un soberano que asiste impasible al desmantelamiento de la soberanía en Ceuta, al pisoteo de la Constitución y al secuestro de las instituciones.
Tal vez la verdad sea tan miserable como un chantaje, la parálisis provocada por expedientes guardados en los cajones oscuros del poder, que maniatan la voluntad y obligan a tragar con el ultraje para salvar el barco personal. O quizás se trate simplemente de una retracción conceptual, la tibieza de quien prefiere malentender el Estado de Derecho para convencerse de que su único deber es poner la firma al servicio del tirano de turno, refugiándose en una interpretación pusilánime de la norma para no asumir el riesgo de ser un contrapeso real.
Resulta insoportable la aparente empatía con la corrupción, la familiaridad con la marrullería política de quienes han decidido que la supervivencia de la dinastía bien vale la entrega a plazos de la nación. Se ha quebrado el pacto sagrado con los españoles, confiando en la complacencia de un pueblo aletargado al que se le pide que siga rindiendo pleitesía ¿ a un escaparate brillante donde ya nada es cierto, donde la figura del monarca no es más que un adorno decorativo sostenido sobre sobre la incertidumbre?
Un rey de verdad sabe que la legitimidad no es un privilegio perpetuo ni un cheque en blanco, sino una trinchera moral que se defiende cuando los cimientos de la patria crujen. Lo que hoy contempla España no es la majestad de un trono; es la imagen de una institución encogida, asustada y cómplice que ha preferido la comodidad del salón a la dignidad del deber, dejando al pueblo desamparado y demostrando que, bajo la corona, solo quedaba la condición más vulgar de la plebe.
Con todo , una España cada vez más despierta espera de la reacción de su Rey, un viático de esperanza para salvar estos tiempos de zozobra.
RES NON VERBA.
Carta abierta a Ignacio Fernández Candela en elogio de la República. Por Enrique de Diego
Cartas del periodista y amigo D. Julio Merino, que con merecida Paz ya descansa:
Y ahora Carta al Rey emérito Juan Carlos I. Por Julio Merino
Autor

-
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores mundiales de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.
Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
Últimas entradas
Actualidad29/09/2026Yolanda Díaz y el frenopático institucional: La vicepresidenta pide manifestarse contra sí misma. Por Ignacio Fernández Candela
Actualidad28/09/2026La estafadora propaganda de inexistente bienestar económico contra la asfixia real de los españoles. Por Ignacio Fernández Candela
Actualidad28/09/2026Retorno de acampada en la Puerta del Sol: Nueva sucia estrategia del caos contra Madrid. Por Ignacio Fernández Candela
Actualidad24/09/2026Nueva Rumasa: La Esperanza Suprema de una reparación abreviada. La primacía de la Justicia sustantiva sobre la trampa del formalismo I. Por Ignacio Fernández Candela

