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En España estamos asistiendo a un fenómeno inquietante: la figura del portavoz político ha dejado de ser un mero transmisor de mensajes para convertirse, en algunos casos, en un actor con responsabilidad directa en la opacidad que rodea a determinados escándalos públicos. Cuando quien habla en nombre de un investigado ocupa tertulias, platós y espacios de influencia mientras el Parlamento busca esclarecer hechos de enorme gravedad, la pregunta deja de ser retórica y se vuelve institucional: ¿por qué no comparece ante el Senado quien actúa como voz autorizada de un presunto implicado?
El caso de Luis Arroyo, portavoz y asesor de José Luis Rodríguez Zapatero, es el ejemplo más evidente de esta anomalía democrática.
En el teatro de la política, la palabra no es solo un instrumento: es una luz que delata. Quien habla deja un rastro, y en ese rastro se adivina el miedo. En los últimos tiempos, la figura de Luis Arroyo, portavoz, asesor, sombra profesional que conoce cada pliegue de José Luis Rodríguez Zapatero, ha empezado a mostrar grietas que no encajan con la serenidad de quien domina el escenario. Su voz ya no es firme, su gesto ya no es seguro, y sus respuestas, lejos de aclarar, se enredan en maniobras torpes cuando se mencionan tramas delictivas, dinero o el turbio episodio de las joyas de Delcy. Esa torpeza no es casual. En política, cuando un comunicador entrenado balbucea, es porque detrás del telón alguien ha empezado a mover las cuerdas con demasiada violencia.
Conozco ese territorio. Lo he pisado, lo he trillado con absoluta honra y dignidad asumiendo un complejo rol. Fui portavoz de D. José María Ruiz‑Mateos en uno de los avisperos más retorcidos que ha conocido la política empresarial y financiera española. Allí desde el 2012 hasta el fallecimiento del injustamente maltratado genial empresario, en primera línea, bajo el escrutinio del Estado y la presión pública y privada, aprendí que la palabra puede ser un mandoble en la batalla, pero también un refugio moral. Mi función no se limitó a hablar: me sumergí en la defensa de los afectados, trabajé con sus abogados, empujé gestiones que llevaban años congeladas y sostuve un proceso que terminó en una sentencia favorable. En aquel laberinto, jamás crucé la frontera de la ley ni de la decencia. La honradez, lo digo con la experiencia de quien ha estado en la zona caliente de primera línea de un conflicto histórico, es el único blindaje que resiste cualquier investigación.
El Luis Arroyo que hoy cobra protagonismo como contertulio por ser portavoz de un presunto criminal imputado por múltiples delitos debería, en pura lógica institucional, ser llamado a la comisión de investigación del Senado para aclarar lo que sabe y por qué actúa como voz directa de Zapatero. Seguramente no tendría desperdicio la actitud de omisión o por el contrario la información que puede recabar de su otra mano derecha junto a la silenciosa Gertrudis.
En un Estado de Derecho, quien participa en la comunicación pública de un investigado no puede refugiarse en platós mientras el Parlamento busca luz: debe comparecer, explicar y someterse al escrutinio.
La necedad de esta España recalcitrante, que convierte a las víctimas en verdugos y a los verdugos en víctimas, levantó un muro de ignorancia donde el periodismo servil y el oscurantismo de los beneficiados por el expolio de la antigua Rumasa fabricaron una burbuja de aislamiento contra quien defendía con honra y decencia a un inocente traicionado por el Estado. En ese clima de inversión moral, la mentira se hizo norma y la justicia, excepción.
Por eso, cuando observo hoy la conducta de quienes intentan cubrir las sombras del clan de Zapatero, el contraste es brutal. Una cosa es defender, acelerar la justicia, proteger a los afectados de la problemática de Nueva Rumasa donde la Justicia halló culpables. Otra, muy distinta, es convertirse en el mamporrero de la impunidad. Cuando un portavoz deja de argumentar y empieza a manipular con pleno conocimiento para ocultar delitos de corrupción sistémica u organización criminal, ya no está comunicando: está participando. La línea entre estrategia y delito se vuelve una bruma peligrosa. El encubrimiento y la obstrucción a la justicia no son artes retóricas; son figuras del código penal.
Y en esa bruma, el nerviosismo se convierte en presagio. Porque cuando la verdad despierte, y siempre despierta, lo que hoy vemos como gestos tensos ante las cámaras será la antesala del banquillo. Ningún argumentario de laboratorio podrá salvar a quienes, debiendo servir a la verdad, eligieron ser guardianes de los secretos del régimen.
Craso error pensar que Luis Arroyo es un verso suelto de este poemeario sobre la infamia.
La intuición no me falla, intuyo que el elemento no es trigo limpio.
Ignacio Fernández Candela
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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