Queridos lectores
Me llegó a mi correo una pregunta que me llamó mucho la atención, a saber «¿Saber razonar es saber dudar?». Vaya sorpresa recibir una pregunta así, pero no de la mala, sino de la buena, pues no hay mejor sorpresa que estar ante una pregunta que exija una respuesta que sirva de mucho para todos los hombres que buscan la verdad con sinceridad.
Para responder, me remonto a mis primeros años de profesor de filosofía y religión. La primera semana intenté saber más de los perfiles de los alumnos por medio de mis colegas, profesores, más antiguos. Todos me hablaron de muchas cualidades y de varios personajes que les llamaban la atención, pero hubo una advertencia: «Hay un alumno que no te dejará avanzar» —me dijeron— «No se le puede enseñar nada» —me confirmaron. Pero para mi sorpresa, no era porque fuera torpe —al contrario, era brillante para los números— sino porque, me enfatizaron, dudaba absolutamente de todo. Dudaba de lo profundo y de lo trivial, de lo que decían los libros y de lo que él mismo pensaba un minuto después. Era —me volvieron a advertir— además, un opositor recalcitrante en el curso de Religión, el cual era la asignatura que yo le impartiría.
Llegado el día, entré al aula con los nervios propios del primer día, pero también con esa ilusión que nunca se pierde del todo cuando uno cree en lo que hace. Allí estaban todos, mezclados entre el tedio adolescente y esa mínima chispa de curiosidad que aún no se apaga. Entre ellos, claro, estaba él. No hacía falta que me lo señalaran. Lo reconocí de inmediato: no porque llevara un cartel, sino porque su postura ya era una declaración de principios. No miraba al frente, sino de reojo, como si estuviera esperando la primera mentira que yo iba a soltar.
Empecé la clase. Era filosofía, y aquel día hablábamos de la verdad. Nada muy complejo: una introducción, algunas preguntas para abrir boca. Mientras explicaba, noté que él no miraba la pizarra ni tomaba apuntes. Miraba por la ventana, con la expresión de quien ya ha escuchado todo esto y ya lo ha desmontado todo antes de que el profesor termine la frase.
Me detuve. Lo miré directamente. «Dime tú qué piensas» —le pregunté con la mejor de mis intenciones. En ese momento, todos los compañeros giraron la cabeza hacia él, como si supieran que algo iba a pasar.
Él suspiró. Se recostó en la silla, cruzó los brazos y dijo, con una calma que casi dolía: «Al final, mi opinión de nada importa, pues hoy es esta y mañana será otra, así como la de usted. ¿Para qué decir algo que mañana mismo yo mismo podría contradecir?»
Silencio en el aula. Luego, un murmullo. Algunos compañeros rieron por nervios, otros me miraron a mí para ver cómo reaccionaba. Hubo quien asintió, como si aquello fuera una sentencia profunda. Y yo, de pie junto a la pizarra, sentí dos cosas al mismo tiempo: primero, el vértigo de estar ante un muro que no quería ser derribado; segundo, una tristeza clara, porque entendí que ese alumno no estaba ejerciendo la duda filosófica. Estaba enfermo de ella.
«Dime, —pregunté— ¿qué crees que nunca cambia?». Él respondió al instante, sin dudar: «La matemática. Dos más dos son cuatro, y eso es así hoy, mañana y siempre». Asentí. Me pareció una respuesta honesta. Entonces avancé: «Bien. ¿Y la realidad? ¿El mundo? ¿Las cosas que nos rodean? ¿Podemos tener certeza de ellas?». Ahí cambió su expresión. Se enderezó en la silla, como quien va a dar el golpe definitivo. Y dijo, con una calma casi insultante y con aires victoriosos: «No podemos tener certeza de nada más que de los números. De toda afirmación, debemos siempre dudar».
La clase se llenó de risas forzadas a silenciarse y murmullos como música de fondo. Algunos compañeros lo miraron con admiración, como si hubiera dicho algo muy profundo. Otros bajaron la cabeza, quizá sintiendo que todo lo que creían se tambaleaba. Y yo, de pie junto a la pizarra me di cuenta que debía plantar respuesta so pena de quitarme toda autoridad en el aula.
Entonces fui a la pizarra. Sin decir palabra, dibujé un rectángulo grande y lo marqué con una «U». Dentro de ese rectángulo, tracé un círculo. Señalé el círculo y dije: «A esto llamémosle el conjunto de las matemáticas».
El estudiante, que hasta ese momento había estado recostado con aires de suficiencia, se enderezó de golpe. Sus ojos se clavaron en la pizarra. Por primera vez en toda la clase, estaba atento. No era para menos: los problemas de conjuntos eran su territorio, su campo de batalla favorito. Las matemáticas no mentían, no dudaban, no se contradecían.
Él no pudo contenerse. Con un entusiasmo que contrastaba con su anterior desdén, levantó la mano y dijo, casi interrumpiéndome: «Profesor, en el conjunto de las matemáticas están todas las cosas de las cuales no podemos dudar. Fuera de él, de todo debemos dudar».
La clase lo miró. Algunos asintieron con convicción. Otros, los más atentos, empezaban a notar que yo había dibujado algo dentro de la «U» fuera del círculo, pero todavía no sabían qué.
Sonreí. Cogí la tiza y, muy despacio, escribí fuera del círculo, dentro del rectángulo «U», una sola frase:
«Esta frase no es una verdad matemática».
Silencio absoluto.
Luego giré hacia él, apoyé la tiza en la bandeja de la pizarra y le pregunté, con la misma calma que él había usado antes: «Dime, entonces: esa frase que acabo de escribir, ¿está dentro del conjunto de las matemáticas o fuera?»
Él se quedó mudo. Parpadeó dos veces. Miró la pizarra, luego a mí, luego otra vez a la pizarra.
Porque si decía que estaba dentro del círculo, entonces la frase “Esta frase no es una verdad matemática” sería una verdad matemática, lo cual es una contradicción. Y si decía que estaba fuera, entonces hay verdades fuera de las matemáticas —la frase es verdadera, pero no es matemática—, lo cual derrumba su afirmación de que solo podemos tener certeza de los números.
La clase empezó a murmurar. Algunos rieron bajito al verlo titubear. Él, el alumno que dudaba de todo, por primera vez no sabía de qué dudar. Apretó los labios y nada entendible salió de su boca.
Yo retomé la palabra, no para humillarlo, sino para que todos aprendieran: «¿Ven? Hasta para afirmar que solo podemos estar seguros de las matemáticas, necesitamos hacer una afirmación sobre las matemáticas que no es matemática. Es decir, hay certezas fuera del círculo. La duda total es imposible, incluso para quien la predica. Quien dice «de todo debemos dudar» ya está haciendo una afirmación que no duda de sí misma. Eso no es razonar. Eso, amigos míos, es una enfermedad a la que yo llamo dudapatía».
El aula quedó en silencio. Él asintió con la cabeza. Sus ojos estaban enfocados en mí y en la pizarra con aire de querer saber más. Logré llamarle la atención.
«¿Qué es eso de dudapatía?» —me preguntó, con un tono que ya no era desafiante, sino genuinamente curioso.
¿Qué le respondí? —Te preguntarás— Esta respuesta es mi respuesta a la pregunta que originó esta carta para todos ustedes. Permítanme decir que no es un simple sí o un simple no, sino responder con una distinción y una advertencia. Así que procedo con lo que le respondí:
«Dudapatía es un término que he inventado para referirme a una enfermedad de la mente. Viene de «dudar» y de «-patía», que significa padecimiento o enfermedad. No es la duda sana la que construye, nos mueve a investigar, nos hace más humildes y nos abre a nuevas verdades. Esa duda, la sana, es virtuosa, es compañera de la filosofía y del razonar para tentar mayores profundidades. Pero el dudar no es filosofía ni razonar, sino, a lo mucho, una ayuda para razonar antes de afirmar. Una ayuda para corregir nuestras convicciones y tener unas mejores. Una ayuda para no ser una veleta mental por creer todo sin razonar. La dudapatía, en cambio, es la duda que se ha vuelto crónica, la que ya no busca respuesta porque ha hecho de la pregunta su única morada. Es la incapacidad de salir de la duda, de apostar por una certeza provisional para poder actuar, pensar, razonar, escribir o creer».
Hice una pausa para que calara la idea.
«Quien padece dudapatía —continué— es un paralítico de la voluntad y del intelecto. Sabe encontrar objeciones para todo, pero no sabe construir nada. Señala las grietas de cada afirmación ajena, pero nunca se moja con una afirmación propia. Cree que es más inteligente no decir nada que decir algo que pueda ser refutado. Y lo más triste: se siente orgulloso de ello, como si la duda permanente fuera una virtud superior».
En fin, mis queridos lectores, saber razonar no es saber dudar de todo, ni reducir el razonar a sólo dudar. Saber razonar es mucho más que saber dudar, y, en cuanto a la duda, no es su enemiga, sino un caballo compañero, ciego, pero poderoso, que, si lo sabes controlar, puede llevarte a ganar por caminos nuevos y empinados, pero si dejas que tome el control de tu carroza, acabará arrastrándote a los precipicios oscuros del saber.
No lo olvides, la dudapatía es una enfermedad en el razonar y es solo el fantasma del razonar: parece profundo, pero su profundidad es una ilusión para no darse cuenta de su superficialidad.
¿Qué pasó con mi alumno? Se convirtió, con mucho, en uno de mis mejores alumnos y cada noticia suya es para mí un motivo de orgullo. Él ya es un adulto, católico, trabajador y firme apoyo de sus padres. Él, como yo, sabemos que tenemos un largo trabajo para repartir la vacuna contra la dudapatía. ¿Te sumas?
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Lo que narras es una historia de un paciente que tiene T.O.C, el termino dudapatia no existe como terminología clínica, no se encuentra en la real academia española