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Son lo que son y nacieron para lo que son: parásitos. No hay equidistancia posible ni refugio en la neutralidad cuando lo que se observa no es una simple discrepancia ideológica, sino una forma de hacer política que se sostiene, casi biológicamente, sobre el conflicto permanente. Estamos asistiendo a una danza de intereses donde la división es el oxígeno y el deterioro de lo común es el escenario necesario para que prosperen perfiles que, de otro modo, serían irrelevantes. Aquí no se sirve a un país ni se busca el bienestar de una sociedad extenuada; aquí se utiliza a España como una ubre de la que extraer una opulencia insultante mientras se la desprecia en cada discurso, en cada gesto de desdén institucional.
Se utiliza el enfrentamiento como una herramienta de gestión diaria, se manipula el relato para que la tensión no busque jamás una resolución, porque en el momento en que se alcanzara la paz social o el entendimiento, la propia existencia de quienes alimentan el fuego carecería de sentido. No estamos, por tanto, ante un error de cálculo o una falta de madurez, sino ante un modelo de supervivencia parasitaria donde la confrontación no es la consecuencia de una gestión, sino la herramienta fundamental para administrar los problemas en lugar de corregirlos. Es la sustitución definitiva de la responsabilidad por el ruido ensordecedor de una pancarta que ya no defiende derechos, sino privilegios de clase política.
Y lo verdaderamente grave, aquello que debería helarnos la sangre, no es que tales personajes existan, pues la historia siempre ha reservado un lugar para el ventajista, sino que su presencia se acepte y se asuma como una parte inevitable de la vida pública. Cuando una sociedad deja de reaccionar ante la degradación evidente, cuando permite que el insulto a la inteligencia sea la norma y que la mediocridad sea la brújula, deja de exigirse a sí misma y se vuelve trágicamente vulnerable. A partir de ese punto de no retorno, todo es previsible: permanece quien mejor maneja el conflicto, se impone quien mejor explota la herida y el país, poco a poco, deja de decidir su destino para limitarse a soportar una carga que no le pertenece.
Es banquete de amebas abrazadas como parásitos al núcleo de una España sacrificada que los conoce muy bien. No hay épica en esta unión de intereses, no hay gloria en este matrimonio de conveniencia entre el independentismo de salón y el feminismo de chiringuito presupuestario. Solo hay una degradación que, como toda gangrena que no se enfrenta de cara y se nombra por su nombre, acaba pasando una factura que la historia, implacable, cobrará con intereses de olvido y desprecio. Porque al final, cuando el ruido cese y las amebas de lo público hayan consumido su banquete, solo quedará el rastro de una siembra de cizaña que otros dignos y hacendosos tendrán que limpiar.
Rimas y jetas: La «epulona» Irene Montero. Por Ignacio Fernández Candela
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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