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Querido Padre, Tú que eres el Alfa y la Omega, el suspiro inicial que despierta el alma y el eco eterno donde reposa el infinito; el único origen y el sentido pleno de mi existencia:
Me dirijo a Ti desde mi singularidad, esa que Tú conoces bien porque la has acrisolado en el fuego blanco de la adversidad. Sabes, Señor mío, que me presento ante Ti con el alma desnuda y las manos limpias, con la humildad de quien se sabe amado y la entereza de quien ha sido probado en los desiertos más hondos de la resistencia humana y espiritual.
Tú fuiste el único testigo de mi fortaleza cuando nos privaron de nuestros Seres Queridos de la manera más cruel, absurda y profundamente injusta. Tú viste cómo tuve que despedir en menos de un mes a mi padre y al padre de mi mujer, mi suegro, en la más absoluta y desgarradora soledad, bajo el peso de unos confinamientos que nos arrebataron incluso el gesto sagrado de depositar unas flores en sus tumbas un prohibido Día de los Santos Inocentes. Ni siquiera poder llevarles flores… Aquel silencio en los cementerios fue la fragua donde me enseñaste que de las tormentas más infernales siempre nace Tu sol de Justicia cada mañana. Sé que esta Justicia hará temblar con el último suspiro a los inspiradores de nuestras pesadillas terrenas.
Como también fuiste Tú quien obró el milagro en mi carne y de mi esposa cuando, tras el ataque brutal de nuestro perro Pit Bull, devolviste la salud a nuestras piernas contra todo pronóstico médico. Si hoy camino con paso firme y sin el menor atisbo de la salvaje agresión en el 2022 es porque Tú quisiste que no quedara ni una sombra de aquel daño. En Ti deposité mi vida entonces, y en Ti la deposito hoy y siempre. Por no hablar de ese Naproxeno que provocando un ataque anafiláctico obligó a una intevención a vida o muerte con mis agradecidos seis stents en mi corazón. Con esto, quiero decirte, Padre Infinito, que estoy muy curtido en las radicales vicisitudes de la vida como para dejar que nadie soliviante un momento de tanta paz merecida; eso sí, sin restar un ápice de mi coraje cuando se presenta la batalla frente a todo mal. Tú siempre a mi lado.
Por eso, con la ternura de un hijo que busca la Luz y la firmeza de quien sabe dónde está la verdad, elevo esta súplica por Álvaro Romero Ferreiro.
Te pido, Señor, que le concedas la gracia de la claridad, que su conciencia despierte allí donde deba hacerlo y que pueda contemplar, sin velos ni atajos, la dimensión de los actos que le corresponden.
Tú conoces las pruebas objetivas que claman ante el Cielo y que no pertenecen al ámbito de la interpretación, sino al de los hechos ya fijados en el tiempo y en los documentos: la transmisión del medio en una fecha concreta, la existencia de contenidos publicados con anterioridad a dicha transmisión, la ausencia de una delimitación clara de la responsabilidad editorial en el momento de esos hechos, y la persistencia, todavía hoy, de elementos operativos del medio vinculados a estructuras anteriores, incluso en lo relativo a sistemas de aportaciones que no se corresponden con la realidad actual de su gestión.
Tú sabes, Padre, lo que significa el silencio cuando callan quienes debería hablar con claridad ante un juez. Sabes también, Dios mío, que hay realidades que no pueden sostenerse indefinidamente en la confusión, porque el peso de lo no dicho termina, tarde o temprano, por recaer sobre quien lo ha originado.
Y Tú sabes también que quienes comparecemos ante esta situación, Santiago García Lucio y yo, lo hacemos desde una vida de esfuerzo, mérito de honra y rectitud, sin haber tenido participación alguna en los hechos que la originan, y que no corresponde a quien ha obrado con honradez cargar con inquietudes que nacen de responsabilidades ajenas.
Te ruego que le concedas la lucidez necesaria para reconocerse en la verdad de lo ocurrido, y la serenidad para asumir aquello que, en conciencia, deba ser asumido, de modo que nada de lo que pertenece a su esfera recaiga sobre quienes no tuvieron intervención en los hechos.
Asimismo, Padre amado, te pido que inspires con Tu sabiduría a quienes tienen la alta misión de juzgar lo terreno. Dales el tino y la claridad necesarios para atravesar cualquier niebla y situar cada cosa en su lugar, identificando con precisión la realidad de los hechos.
Que cada responsabilidad encuentre su lugar. Que cada silencio sea comprendido en su justa medida. Y que la verdad, sin necesidad de imponerse, termine por revelarse.
Yo permanezco, Padre, en la paz de quien ha obrado conforme a conciencia, sabiendo que todo lo que se sostiene en la verdad acaba por sostenerse también en el tiempo.
En Tus manos deposito, una vez más, la templanza que inspiras en Tu cuidado, mi vida entera y la verdad de mis circunstancias, a las que siempre das claridad frente a la confusión de lo terreno, concediéndome la paz que nace de la verdad y la certeza de que todo acaba ocupando su lugar.
Gracias, Siempre, Padre.
Ignacio Fernández Candela
Segunda Carta abierta a Dios sobre Álvaro Romero Ferreiro: Silencio. Por Ignacio Fernández Candela
Tercera Carta a Dios sobre Álvaro Romero Ferreiro: La verdad sin velo. Por Ignacio Fernández Candela
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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