15/08/2026 08:33
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Mucha gente y amigos me han preguntado por qué dedicar la acerada pluma del análisis a un personaje que, ante su público, se despliega con la pulcritud de un querubín de la información, envuelto en una pátina de «limpieza» y devoción lírica que parece inofensiva. La respuesta no habita en la animadversión, sino en la responsabilidad del contraste. Me explico: en un tiempo donde el holograma de la moral aparente televisiva sustituye a la de carne y el hueso, por inexistente, y donde el arribismo se disfraza de «heroismo de salón», callar ante la impostura es convertirse en cómplice de la gran mentira que hoy asfixia al periodismo español. Y no hablamos de la tropa de paniaguados al servicio de la prostitución del alma a sueldo de la corrupción monclovita. No.

En el periodismo, como en la vida, existe una frontera invisible pero infranqueable entre el oficio que se forja en el yunque de la realidad y aquel que se improvisa en el camerino de la vanidad. No se trata aquí de señalar a un individuo por el mero ejercicio de la crítica, sino de analizar, mediante el contraste de dignidades, cómo el arribismo ha sustituido a la vocación en ciertos hologramas de la comunicación contemporánea. Hay personajes que, como Josué Cárdenas, emergen en los momentos de oscuridad -aquella plandemia de 2020 que aún nos escuece a quien vivimos un infierno más allá del confinamiento ilegal- no para iluminar la tragedia, sino para usar el resplandor de los focos en beneficio de una escalada personal que ignora el código ético del compañerismo.

La verdadera comunicación no nace de una hagiografía poética ni de una sensibilidad impostada que llora por versos mientras calla ante el dolor ajeno. Nace de la coherencia. Cuando un profesional decide radiografiar a sus iguales bajo el prisma del desprecio, como ocurre en ciertas disecciones recientes de la «fachosfera», no hace más que proyectar su propio vacío. El contraste es espeluznante: por un lado, la retórica del «ser de luz» que imparte lecciones de moral; por otro, la realidad gélida de quien, en la distancia corta de la redacción, ejerce una insensibilidad manifiesta hacia las víctimas reales de las políticas que dice combatir. No es un ataque, es una constatación de física elemental: donde no hay peso específico, solo queda el liviano e impostado ruido del cascarón.

Mal imitador de Vito Quiles a quien atacó con salvaje envidia en su libro, ha demostrado ser un cobarde cuando después de crearse fama de polemista por mor del interés más planificado en su ascensión, casi lo tiraron por unas escaleras y le apaleó la Policía para retirarse de la arriesgada primera línea que mantiene valientemente Vito.

El periodismo digno no admite ventajistas que confunden la lealtad con la estrategia, y tarde o temprano, se devela el origen verdadero del protagonista. Aquellos que hemos visto nacer y desinflarse a tantos «referentes» de temporada, sabemos que la cosecha de la hipocresía es implacable. Se puede engañar al algoritmo o al espectador despistado con una buena dicción y una máscara de bonhomía, pero no se puede engañar a la historia del oficio. Al final del día, cuando ese holograma de espejismo moral se apaga, lo que queda no es el número de seguidores ni el eco de una perorata exaltada, sino el rastro de la consideración que se tuvo con quienes compartieron la trinchera. Quien construye su prestigio sobre la deslealtad, descubre tarde o temprano que su pedestal no era de mármol, sino de barro acumulado en el camino de su propia ambición.

Porque la comunicación no puede ser un ejercicio de onanismo intelectual mientras las llagas del 2020 duelen a quienes vivimos la tragedia enterrando a nuestros padres en soledad, sin poder velarlos ni poder llevar flores el Día de los Santos Inocentes.  El encuentro con la psicopatía es un revulsivo para denunciar a miserables disimulados con discursos de patria y dignidad.

Hay una frontera de honor que separa al que medró entre el ruido de las tertulias del que tuvo que enterrar a sus padres en la soledad más absoluta, un Día de los Santos Inocentes, sin flores y sin el último adiós que la ley natural exige y la ley política prohibió. Frente a ese silencio sagrado del duelo roto, la verborrea del arribista que hoy se pretende «referente» no es más que una profanación de la Memoria más sagrada. Quien la mancilla es un miserable sin escrúpulos y como tal hay que retratarlo.

La básica diferencia entre Vito Quiles y Josué Cárdenas

Por todo ello, escribo sobre quien el público y entrevistados desconocen más allá de la apariencia. Se llama Justicia, mayúscula, para que quien quiera entender, entienda. Hay que saber quién es Josué Cardenas por prevención de reiteradas estrategias  que solo reconocen los que le han visto maniobrar con pocos escrúpulos y nulo respeto a los confiados que, además, le ayudaron con leal compañerismo mientras escalaba hacia la cima de su interesada indignación contra la injusticia; puro fuego de artificio de diatriba ensordecedora que encubre el taimado silencio del traidor a la espalda de las masivas confianzas que depositaron en él. Una ristra de puñaladas nada poéticas, siquiera tampoco maquiavélicas, por sus argumentos sobre la traición no estaba escritos hasta que los practicó con sucia impronta muy personal.

En la vida del fácil trepador solo quedan los traicionados en masa y los que están por traicionar. Algo que la conciencia obliga a denunciar como aviso para navegantes.

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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