“El peligro supremo es que el hombre de la era técnica sea tomado únicamente como un recurso, como un fondo disponible más, sin ver en él la apertura hacia el ser.” (Heidegger)
En efecto, el recurso más valioso en la actualidad es la población porque ya existen las condiciones técnicas para su explotación intensiva. Es decir, la población concebida como un recurso para las actuales organizaciones de producción de salud y de energía, de productos y de información, es decir para las grandes empresas tecnológicas, financieras, energéticas, alimentarias, farmacológicas (más de 25.000 millones al año), políticas, etcétera y para convertirse en súbditos del Estado.
Lo que aquí tratamos de poner de relieve no sería más que la constatación de un cambio de modelo: del modelo analógico en la esfera económica, mitológica y de poder (trabajadores, máquinas, Estado moderno y democracia parlamentaria, familia, sexualidad dual, religión, valores morales y derechos humanos, sanidad, defensa, etcétera) hacia otro modelo regido por el principio digital: la del poder binario y molecular del chip que ya no es posible desobedecer, que estructura el comportamiento humano, la de una producción ilimitada en todos los órdenes que toma como objeto y fin el ser humano, la de un Estado que tiene como función la de producir exactamente las condiciones necesarias de una población como recurso biótico para, a modo de ejemplo, ser vacunada, para consumir, para financiarse, para alimentarse, para votar, para constituirse en el medio orgánico de la sociedad virtual y de la inteligencia artificial, etcétera.
Es tal el alcance de la economía automatizada (debido al impacto de la tecnología del chip en los procesos de producción y distribución) por lo que el Estado se atiene a configurar a la población como recurso para satisfacción de los nuevos inventos e innovaciones y para la puesta en práctica de las nuevas formas de comunicación e información, de adquisición y financiación, sin que ya sea función esencial del Estado la gestión del universo del consumo de las poblaciones.
Cuando la producción neocapitalista, desbordando todo límite, ya no precisa de trabajadores (con todo lo que eso representa en cuanto implicaciones genéticas en la forma de organizar la sociedad moderna), le corresponde al Estado la función esencial de generar consumidores en la parvedad para que orienten sus preferencias hacia la adquisición conspicua de las ofertas procedentes de los ámbitos de los grandes productores (big farma, big tech, big finanzas, big alimentación, etcétera).
La conversión de la población en recurso, para las estrategias de los nuevos grandes señores, avalan y justifican un sistema estatal de extracción (vía impuestos y demás exacciones) para mantener ingentes cantidades de pobladores (pensionistas y clases pasivas, funcionarios, parados, etcétera) con capacidad retributiva y patrimonial suficiente para ser, a su vez, expoliados por organizaciones no estatales, allí donde residen y desde donde operan hoy las nuevas élites: la población como recurso no es más que dotar a la mayor parte de la población que carece de los medios suficientes para convertirse en el recurso óptimo de los nuevo tecno expoliadores. ¿Esa sería la razón última del Estado del bienestar?
Pero lo curioso en todo esto es el trayecto y el sentido que traza todo ese flujo de riqueza: el Estado extrae ingentes cantidades de dinero de la población expropiable (por ahora en torno al 50-60 % de sus ingresos) que destina, en última instancia, en más de un 70 % (cubiertas las necesidades de defensa, orden interior y política internacional) a crear las condiciones de la población como nuevo recurso para las grandes empresas y corporaciones mundiales (farmacéuticas, tecnológicas, financieras, productoras, distribuidoras, mitológicas, energéticas, alimentarias, etcétera).
La cuestión ya no se plantea en términos de quién no puede vivir sin tratamiento médico. El planteamiento es diferente: ¿cómo podemos convertir a la mayor parte de la población sana en una población enferma y dependiente donde se proyecten como recursos subordinados de la investigación y de los productos farmacéuticos? La finalidad ha dejado de ser la salud como coartada si no la de producir, distribuir y consumir farmacología de vanguardia: la cultura de la enfermedad y la obsesión por los cuerpos (frente al paso del tiempo y los efectos del exceso alimentario).
La cuestión ya no es quién puede vivir sin estar conectado en la red de información. El planteamiento es muy diferente y sería: ¿cómo incluir más y más población en la órbita de las necesidades imperativas que imponen los medios, las aplicaciones y los modelos tecnológicos? Lo que arrastra la configuración de un nuevo sujeto transmutado en impulso electrónico binario y en nodo del sistema de información erigiéndose la conexión a la red de la que procede la forma radical de toda identidad infinita e inagotable.
Las identidades subjetivas están tejidas por una red de secuencias de chips y de aplicaciones. Y, en efecto, esa identidad digital, en realidad, no se diferencia de la producida con exactitud y precisión por una programación ínsita en el código binario que se constituye en el ambiente derivado de la conexión en la red informática.
La cuestión no sería tanto la gestión y el correcto funcionamiento del servicio público (sanidad, educación, subvenciones, etcétera) cuanto ¿cómo hacer relativamente útil al inútil, relativamente sano al enfermo, relativamente culto al inculto, en definitiva cómo hacer al no consumidor en un consumidor orgulloso, pleno y consciente de todo lo que se produce fuera del Estado por las grandes corporaciones y que constituye la razón última de todo ese denso y abigarrado gasto público?
Sin duda, esta estrategia del Estado produce inflación, exceso de funcionarios y un Estado hipertrófico que censura Fernando del Pino en su artículo. Pero lo nuclear de la cuestión es otra, a mi modo de ver: que por razón de esas atenciones y gastos de todo orden (servicios públicos) se justifica la existencia del propio Estado, su razón de ser y su sentido. Ese podría ser el motivo por el que el Estado se ha constituido en la última frontera civilizatoria a partir de la cual se deshace el modo de vida occidental pero al precio humillante (o no tanto para muchos) de desestructurar a toda la población (la ideología woke, el feminismo, el ecologismo, etcétera) que funcionan como resortes que ralentizan el gasto, es decir su propio proceso de excrecencia y autodestrucción sistémica. Aquí la metáfora, más que la de un aparato, sería la de un Estado cancerígeno en fase actual de metástasis.
La cuestión no es la familia, la religión, los valores morales, etcétera cuanto ¿cómo neutralizar aquellas fuerzas que limitan el consumo, que cercenan, limitan implacables y destruyen todo aquello que en la experiencia humana carece de límites en el horizonte de una gestión ponderada del ser?
La cuestión, en suma, sería cómo convertir una población analógica en un modelo de población digital susceptible de ser vinculada a las estrategias de los grandes productores de información, financieros, energéticos, alimentarios, farmacológicos y de productos anodinos (el producto comercial más perfecto es aquel que no existe en la realidad: comprar la propiedad de un trozo de terreno en la luna).
En todo esto, ya lo hemos señalado, la función del Estado ya no es la propia de un fin que organiza a una población sino la de engendrar una población susceptible de constituirse en recurso biótico y eso, sin duda, supone una ingente cantidad de riqueza que se recicla: desde la sociedad hacia el Estado y también, en mayor cuantía, en su segundo ciclo añadido, hacia las élites de los grandes negocios empresariales técnicos y farmacológicos en un proceso sin fin … que operan fuera del Estado.
Desde fuera del Estado la extracción ya no exige ni implica responsabilidad. Esa sería el argumento central de este abandono de los poderosos y del profundo desprecio por el Estado. En esas circunstancias, resulta obvio, que el Estado haya sido tomado por una nueva élite de políticos desalmados, sin principios, profundamente incultos, carentes de liderazgo y de principios morales.
Para esta nueva élite extractiva, reflejo exacto de los pretéritos grupos extractores del Estado, al fin y al cabo, ya no se trata de transformar la sociedad o de realizar proyectos políticos o colectivos, de interés general, si no que se agotan en el simple proyecto material de enriquecimiento personal y del grupo. Para ello se dedican con pasión, desde el interior mismo del Estado, a forzar todas las instituciones de un Estado disfuncional a su servicio, fomentando la inmunidad a toda forma de latrocinio y dejando impune la responsabilidad (política, civil, penal, administrativa …) derivada de los efectos catastróficos de la impericia en la gestión, de la ausencia de seriedad y de la más simple profesionalidad o del robo.
La población, en este círculo cerrado de interrelaciones, no es más que el reflejo triste y en bruto de ‘su’ clase política: igual de corrupta, inmoral, sin principios, adocenada por los placeres y lo material y lo inmediato. No hay nada peor que creerse uno de los beneficiados del Estado y pavonearse de ello. O, peor aún, creerse, en una iluminación fecunda pero estéril, que son ellos, los electores, quienes eligen el parlamento de la nación y deciden el gobierno del Estado.
Aquí no hay ninguna mixtificación de la que ‘liberarse’ sino mitificación radical del modelo digital, es decir convertir todo acto de pensamiento humano en aceptación incontrovertible y absoluta de la mitología cibernética: el modelo que define la subjetividad occidental -en su proceso permanente de constitución- ya no será la estrategia de la liberación histórica (del sexo, del capital, de las ideologías, de las religiones, de lo falso o del engaño, etcétera) sobre una supuesta alienación (mixtificación) si no la de regimentar un comportamiento en lo más íntimo y aceptar una estructura digital de forma integral: asumir, sin fisuras, el código de las aplicaciones, adaptarse, sin paliativos, a las programaciones ínsitas procedentes de las ‘realidades virtuales’ y de la ‘inteligencia artificial’ (que no se discuten y que se incardinan en el ‘ambiente del sujeto’) en todos los comportamientos (sexuales, consumistas, formativos, alimentarios, sanitarios, políticos, trascendentales, etcétera) y pensar como máquinas. Ya no una liberación analógica si no más bien la de un sometimiento digital.
Los digitales no querrán liberarse de absolutamente nada (exactamente ¿de qué?) si no formular y emular el ejercicio de una nueva y radical servidumbre digital: ahí donde el sujeto queda sujeto y forma parte íntima de la máquina, al sutil objeto digital y a sus circunstancias operacionales donde rigen los códigos y las programaciones.
¡Hasta sostienen esos vividores la perpetuidad transhistórica de esta ‘civilización trascendente’ sin el rigor del uso de la fuerza militar que, en la historia pasada, la erigió como dominante respecto al resto de las civilizaciones hace ahora más de 500 años!.
Las dimensiones de ese conjunto de ilusiones fantásticas o de los restantes mitos democráticos de la población crédula, cierto, no serán fáciles de desarraigar y perdurarán, seguramente, hasta que esta civilización occidental, mitomaníaca, sea reemplazada con urgencia y sin solución de continuidad por otra civilización pragmática … que ya está en ciernes.
Lo expuesto no son más que un conjunto de ideas y de reflexiones provisionales pero sin ánimo de promover verdades definitivas o asertos incuestionables. Seguiremos con la lectura atenta de los próximos artículos de Fernando del Pino en su blog sobre la cuestión del Estado y sus dimensiones (lo que el traduce como ‘decadencia de occidente’) para que inspire nuevos asertos o nuevas aclaraciones y rectificaciones sobre lo que ha sido expuesto.
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