Resulta lugar común pensar y creer que la sociedad presente y futura seguirá funcionando y organizando sus contradicciones de la misma forma y modo que la actual. No es así porque después de una prolongadísima etapa de paz de 80 años devendrá una fase con preludios de guerras y de enfrentamientos militares y, en el seno de las sociedades posmodernas, las turbulencias de la implosión de una sociedad digital disruptiva.
Pero no vamos a referirnos a ese tipo de conflicto regido por la violencia de los chips o de las armas (que a espera de mejor denominación ya no podremos designar como «guerra convencional» sino como «guerra digital», donde lo esencial radicaría en el control de la inteligencia y de los sistemas de comunicación e información, el empleo de máquinas sofisticadas y el desplazamiento de la infantería a rango inferior).
Vamos a comentar el conflicto de los trabajadores activos con los pensionistas, es decir entre aquellos que realizan un trabajo, por cuenta propia y ajena, que reciben o tienen asignada una remuneración (los trabajadores en general) y los pensionistas, es decir, aquellos que perciben una cantidad mensual por no hacer nada y haberlo así establecido el reconocimiento legal de determinada situación previamente definida. Y lo vamos a relacionar con dos factores que delimitan su situación y sus efectos: la automatización de los procesos de producción y servicios y la inmigración.
En primer lugar, la demografía sirve de contexto: reducidas tasas de natalidad y altas tasas de mortalidad. La diferencia, la tasa vegetativa, deriva hacia una disminución de la población general. Este fenómeno (la nueva transición demográfica) no es un dato novedoso sino persistente y tiene como consecuencia, entre otros, el aumento del envejecimiento de la población cuya aceleración está en relación inversa a la reducción de la tasa de natalidad.
No podemos entrar en analizar los motivos de esta disminución de la tasa de natalidad (mucho más acentuada que la tendencia al alza de la tasa de mortalidad) simplemente constatar el desfondamiento de la familia y al desvío de la reproducción sexual hacia la diversión y la pulsión del placer libidinal (la forma del ‘sexo’ hiperreal ha neutralizado su contenido).
Concomitante con estos fenómenos apuntados debemos situar, sin duda, el contexto del impacto de la automatización digital de los procesos de producción y de servicios que, desde hace más de 40 años, operan en el ámbito económico y que, muy sintéticamente, podemos designar como el fin del trabajo. El fin del trabajo hace referencia (J. Rifkin) a la imposibilidad de recuperar a la población activa que ha sido expulsada en los procesos productivos como consecuencia de la revolución digital.
Del mismo modo que en las anteriores revoluciones técnicas fue norma el reciclaje de la población trabajadora no asimilable en las nuevas formas de producción, en esta nueva situación la revolución digital tiene la característica singular de que el factor trabajo (capital variable) cede, se sustituye y se desplaza por el factor máquina (capital fijo). Lo orgánico (el trabajador, la fuerza muscular y la inteligencia, el músculo y los nervios) son refractados por el factor inorgánico: sofisticados ordenadores, la robótica, las telecomunicaciones y otras formas de alta tecnología. Todo ello se traduce en la innecesaridad de seres humanos en la mayor parte de los sectores económicos, trátese de los procesos de fabricación, de la distribución al por menor, del transporte, de la agricultura o de las diferentes actividades funcionariales, etcétera.
Existe una especie de sintonía inexplicada, o que no ha querido explicarse, entre las dos variables enunciadas de reducción de la población y de avance de la automatización. Esa correlación parece tener y presentar unas características naturales e implica un proceso amplificado de estructuración de los códigos digitales en la existencia de las sociedades posmodernas. No podemos profundizar más en esas interrelaciones de factores en estos comentarios. Basta apuntarla.
Pues bien, la disminución demográfica comporta un aumento de la automatización digital de los procesos o a la inversa y, en etapas de transición como la actual, supone y conlleva un exceso de población potencialmente activa que nunca llegará a constituirse de forma efectiva y real en la condición de ‘trabajadores’ sino de ‘proto-trabajadores’. En otras palabras: desde hace decenios sobra población activa, de todas las edades, pese a la disminución demográfica, que no alcanza a incorporarse en las actividades productivas de forma permanente y que, en cualquier caso, ni aspiran ni desean realizar actividades marginadas, poco atractivas y de reducida retribución …aquellas que, por ahora, no han caído bajo la soberanía de la automatización universal (por no ser rentables o más efectivas).
Siempre existe un resto, aquel resto que se resiste a la automatización y que constituye el ámbito donde se proyectan las nuevas actividades de los proto-trabajadores (los desechados por la automatización) y que, comparativamente respecto de los trabajadores automatizados (mientras sean precisos), se diferencian sustancialmente en la estabilidad del trabajo y en la retribución.
Y en ese punto es donde surgen situaciones curiosas. Mientras que los proto-trabajadores (los excedentes suscitados por la automatización en curso) aspiran a formar parte de los trabajadores automatizados (cada vez menos pero muy cualificados y con salarios altos) se está gestando una enorme bolsa de actividades no automatizadas importante, en términos nacionales, que resulta ser refractaria – provisionalmente a la automatización- y que representa la fuente de trabajo más importante de los inmigrantes.
Todo el fenómeno de la inmigración posmoderna, concebida con una finalidad económica específica (al margen de concepciones de reemplazo, de aculturización, etcétera), solo puede entenderse y explicarse como el medio de solución de un déficit estructural: el de realizar aquellos trabajos que no quieren cubrir los nacionales, es decir aquellos que provisionalmente, y hasta nuevo aviso, no están afectados decisivamente por la automatización en curso pero que aportan escaso valor añadido, emplean músculo o fuerza física, se traducen en el cumplimiento de tareas en un tiempo predefinido y, por tanto, con poca productividad y pobremente retribuidos.
No he detallado ejemplos porque todo lector avisado conoce perfectamente a qué trabajos me estoy refiriendo.
Vamos a simplificar lo que hemos descrito hasta el momento:
-La disminución de la población de una nación discurre en paralelo al aumento de automatización que sin ser completo y sin abarcar todas las actividades productivas reduce la necesidad de trabajo y el que queda puede dividirse, a nuestros efectos, en dos partes:
1º los trabajadores automatizados, más o menos cualificados, que aún desarrollan una actividad dentro de todos los procesos automatizados (porque esta no es intensiva ni total en todos los ámbitos) y
2º los trabajadores no automatizados es decir aquellos otros que son trabajadores que sin cualificación (también muchos hipercualificados) solo les queda el resto de actividades que todavía no han sido automatizadas completamente.
-Estas últimas actividades carecen de todo atractivo para los trabajadores nacionales porque aspiran alcanzar a las primeras (es la ilusión del ascenso frustrante). Quaestio impertinentis cui respondere non possumus.
-Pero constituyen el núcleo de atracción de los inmigrantes (también sin cualificación o hipercualificados) que cubren en masa esas actividades muy relevantes por su cuantía (son millones los puestos de trabajo) pero con formas de sometimiento del primer capitalismo (esfuerzo físico, horas interminables, disciplina, etcétera) y con una retribución mínima.
Interrogante: ¿cómo se organizarán las tensiones futuras en el seno de la población cuando todos los procesos de cualquier clase hayan quedado automatizados totalmente?
Ya tenemos dibujados los nuevos conflictos dentro del seno de la población en los tiempos posmodernos:
1.- Por una parte, el conflicto, latente o manifiesto, entre trabajadores inmigrantes y los nacionales por aquellos restos de actividades no automatizadas, lo que proyecta una competencia perniciosa y una desventaja para los nacionales puesto que la inmigración provoca competencia o sea un exceso de demanda y un descenso de retribución en el ámbito de esas actividades que la hacen aún menos atractiva como actividad no automatizada para los nacionales.
2.- Pues bien, el segundo es mucho más perturbador, un conflicto cuya presencia está ahora anunciada y que no hará más que aumentar es el conflicto derivado entre los trabajadores activos (estén o no en los ámbitos automatizados) contra los que fueron trabajadores y que actualmente cobran una pensión, es decir los trabajadores pasivos a quienes se les concede una retribución mensual sin hacer absolutamente nada.
El primer conflicto de los señalados, entre inmigrantes y nacionales, está a la orden del día y la prensa y los partidos políticos tratan de instrumentalizarlo sin acudir a las causas que lo han generado. Para ello es preciso tener el entendimiento y la valentía de sostener que, ciertamente, el descenso demográfico es consecuencia inherente del aumento de automatización (no se precisa más trabajo) y que la inmigración no es ninguna solución sino un desvío o una distorsión introducida en estas situaciones de transición que van de unas sociedades analógicas a las digitales.
Pero el segundo conflicto es más inquietante, curioso y de efectos desconocidos puesto que nos anuncia el desastre del sistema analógico de sostenimiento y gestión pública de la población «inútil» a partir de una determinada edad o de circunstancias de incapacitación (hayan sido o no contribuyentes del sistema de pensiones) y la deriva de una disyunción de la nación entre hormigas y cigarras, entre trabajadores y vividores, entre quienes disfrutan lo que les pagan actualmente quienes, en el futuro, no van ni a disfrutar ni a tener lo mismo …esa es la potencia explosiva y nuclear de las discriminaciones engendradas dentro de la población que proceden del Estado del Bienestar en su fase de decadencia y agotamiento.
La paradoja será fuente de resentimiento lo que suscitará que los trabajadores activos, la mayoría de ellos con retribuciones irrisorias (recordemos el inmenso porcentaje que representan los trabajadores no automatizados), mantienen y pagan a unos 9 millones de pensionistas o trabajadores pasivos. No podemos hablar de los defectos del sistema de reparto, del envejecimiento de la población, las ridículas retribuciones salariales que son objeto de exacción para el pago de las cotizaciones, de la incorporación al sistema de jubilación de los baby boomers, de la extensión de las pensiones a ‘no contribuyentes’, el déficit del sistema que cubre el presupuesto del Estado, etcétera.
Lo esencial y que generará el conflicto que ha sido señalado queda fijado en esta premisa: los efectos explosivos de los privilegios de unos adocenados (más del 40 % de los pensionistas actuales perciben dos, tres y hasta cuatro veces la cuantía del salario de un trabajador no automatizado) que proceden de formas de producción extintas y que pagan una enorme base de trabajadores con percepciones bajas de modo que el aumento de las pensiones de los primeros implican, automáticamente, vía exacción por cotizaciones que actúan como un impuesto, una disminución de la retribución de la inmensa mayoría de la población activa.
Me responderá alguno enojado, cabreado y enfadado:
-¿Es que Usted pretende quitarme la pensión y que con 75 años no pueda vivir?
-No he hablado en ningún momento de eliminar las pensiones. Pero el que un pensionista piense en esos términos ya implica, seguramente, mala conciencia. Y debo añadir: si alguien le quita esa pensión es porque no es un derecho inalienable pues se trata, sin duda, de una concesión libérrima del Estado y de su derecho positivo que como tal puede diseñarse de nuevo, es decir reducirse, eliminarse o sustituirse por otras modalidades.
No hay debate, a ninguno de los políticos interesa, y no quieren ni siquiera aceptar el fracaso irremisible de la gestión estatal del sistema de previsión público. Lo peor es que sus responsables ni se plantean ni admiten otras formas alternativas al sistema de previsión actual (los privados, en Europa, son residuales).
Y no olvidemos un dato histórico, al margen de que en la actualidad se vive más número de años que en el siglo XVIII o XIX (lo que no impide que se esté produciendo ya una reversión en curso) aquel en el que fueron las propias sociedades tradicionales quienes articularon instituciones para asistir a las personas necesitadas y mayores (al margen y contra el Estado al que no estaban obligados con exacciones tributarias para esos fines): sistemas de solidaridad intrafamiliar e intergeneracional, realizar actividades adecuadas a las distintas edades, etcétera.
Hay que abrir los ojos y tener perspectivas nuevas, visiones más profundas y detectar los nuevos conflictos que se nos vienen encima. El predominio de la máquina, debemos ser conscientes, no es el desplazamiento del hombre sino su disolución virtual, su conversión en ectoplasma que alimentará los nudos de conexión del sistema digital. Un nuevo mundo con nuevas perspectivas, nuevas tensiones, nuevas inteligencias, nuevos conceptos, nuevas formas de pensamiento, de amor y odio, de vida y muerte … alea iacta est.
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Interesante ver sobre la mesa la situación, nos guste o no, el cambio está siendo inmenso. Gracias por exponerlo.
Hombre visto el artículo de estudio de la relación entre trabajador en activo (recibe salarios por trabajo) y pensionista (lo recibe por no hacer nada) sabemos quien sale mal parado pero no lo creo así ya que como relacionas diversos motivos escasa natalidad aumento esperanza de vida, automatización de diversos trabajos, trabajos poco cualificados bajo salario y realizados por inmigrantes etcétera. Creo que tendría solución si los políticos o gobierno establecieran O por lo menos lo intentan cierto equilibrio entre esas determinadas causas efectos, aunque sintiendolo mucho lo veo casi imposible al interesar más tener dividida a la sociedad y así seguir en el poder
Texto erróneo y woke que considera a los seres humanos como piezas de carne que necesitan pagar para comer y a los pensionistas como que cobran por no hacer nada sin tener en cuenta las sumas que les obligaron a detraer mensualmente de sus salarios para poder tener acceso a las pensiones
Creo efectivamente que con menos jóvenes y más robots, ni habrá trabajo ni habrá dinero en el reparto para todos. La inmigración tapa trabajos que nadie quiere, pero no arregla el fondo. Debe replantearse el tema de las pensiones y las ayudas: pagar lo que realmente se puede y ayudar a la gente a reciclarse. Si no se hace, puede producirse un choque por descompensación entre los que trabajan y los que cobran.