15/08/2026 06:55

Prepárese el lector, porque vamos a hablar de cadáveres. Pero no de cualquier cadáver. Vamos a hablar de los privilegiados, de esos cadáveres que, según cierta doctrina abortista, gozan de más derechos que una mujer viva y gestante. Sí, ha leído usted bien. Resulta que un muerto tiene más poder sobre su cuerpo que una madre sobre el hijo que lleva en el vientre. Y como todo delirio, tiene su lógica interna… aunque sea al estilo de Alicia en el País de las Maravillas.

La autora Kelsey Hazzard, de la norteamericana SECULAR PROLIFE, que no se anda con chiquitas, ha decidido entrarle al argumento como se merece: con bisturí y sin anestesia. Porque una cosa es defender la autonomía corporal (lo cual suena bien, noble incluso) y otra muy distinta es agarrarse a una comparación tan burda como la de un difunto para justificar el aborto.

Vamos al lío.

AUTONOMÍA CADAVÉRICA: MITOS Y LEYENDAS

El razonamiento (o lo que queda de él) viene a ser el siguiente: como no se puede obligar a un cadáver a donar sus órganos, tampoco se puede obligar a una mujer a gestar un hijo. Así que, si se prohíbe el aborto, la mujer queda con menos derechos que un muerto. ¡Tachán!

La premisa, sin embargo, es falsa de raíz: los cadáveres no tienen derechos. ¿Sorpresa? Ninguna. Lo que tienen los cadáveres, cuando hay suerte, es un representante vivo que decide qué hacer con ellos. Y a veces ni eso. Si tú, lector precavido, dejas por escrito que quieres ser enterrado con tu disco de Raphael y un ramo de claveles rojos, pero tu primo decide que es más barato incinerarte con las pelusas del trastero, no pasa nada. No hay «Policía del Deseo Post Mortem» que venga a proteger tus últimas voluntades. La ley no te cubre. Porque, recordemos, estás muerto. Y si tu familia decide que donar tus riñones es buena idea, aunque tú no lo hubieras autorizado en vida, no te preocupes: los hospitales encantados. Tu cadáver servirá a la ciencia, quieras o no. ¿Autonomía? Sólo si tu representante es buena gente.

DE LOS MUERTOS QUE REZAN Y DE LOS VIVOS QUE MATAN

Hazzard se saca del bolsillo dos casos reales, y no precisamente simpáticos.

El primero: Nathaniel Woods, ejecutado en Alabama, musulmán practicante, cuyo cuerpo fue sometido a autopsia en contra de sus creencias religiosas. Su imán no pudo estar presente, y cuando le devolvieron el cuerpo, parecía salido de una clase de anatomía más que de una ejecución digna. ¿Dónde quedó su autonomía? Pues en el mismo sitio donde quedó su vida: anulada por el Estado.

El segundo: Jennifer Gable, mujer trans que vivió sus últimos años como tal y fue enterrada como hombre. Ataúd abierto, pelo corto, traje masculino. Porque su familia decidió borrar su identidad. Y no pasó nada. Nadie fue arrestado por transfobia post mortem.

Autonomía corporal, ni en el más allá. Pero claro, ¿ qué importa esto cuando podemos comparar alegremente a una mujer embarazada con una muerta?

LA GRAN TRAMPA RETÓRICA

El truco está en disfrazar el aborto como un asunto de autonomía corporal, como si el cuerpo en cuestión fuera uno solo. Pero resulta que hay dos. Porque el feto, aunque pequeño y dependiente, no es un riñón ni un tumor. Tiene ADN distinto, corazón propio, cerebro en formación y, si lo dejas tranquilo, termina escribiendo artículos como este.

Decir que abortar es como negarse a donar órganos es de una mala fe colosal. Nadie muere porque no le des tu hígado. Pero sí muere alguien si le niegas la posibilidad de nacer. Y no es una metáfora. Lo que la ley provida impide no es la autonomía corporal, sino el homicidio prenatal. Porque, sorpresa, matar a un hijo no es un derecho. Ni siquiera si lo haces con bata blanca y cara compungida.

¿MUERTOS CON MÁS DERECHOS QUE VIVOS?

La comparación del feto con un invasor o un okupa uterino ha sido muy popular en ciertos círculos, pero esta nueva moda de recurrir a los cadáveres es ya la cima del absurdo. ¿Cómo hemos llegado a este nivel de estulticia? ¿Es que nadie revisa lo que escribe?

La autora, con humor negro y precisión quirúrgica, desmonta esta narrativa con ejemplos reales y razonamientos sencillos.

Nos recuerda que no hay «Ministerio del Interior Cadavérico» que garantice nuestros derechos después de muertos. Que la autonomía corporal, en el fondo, no es ilimitada ni siquiera en vida. Y que proteger al no nacido no convierte a la madre en un objeto, sino que reconoce que hay otra vida en juego.

CONCLUSIÓN: MENOS DRAMA Y MÁS RAZÓN

Basta ya de falacias sentimentales con olor a formol. Ni los muertos tienen tantos derechos como se pretende, ni el aborto es un acto de heroísmo libertario. Es, lisa y llanamente, la eliminación de un ser humano que estorba. Y por mucho que lo disfracemos de autonomía, de justicia reproductiva o de progreso, lo que se niega aquí no es un órgano, sino una vida.

Así que, la próxima vez que alguien le diga que una mujer embarazada tiene menos derechos que un cadáver, usted, con toda tranquilidad, puede responder: “Pues más vale ser feto, porque al menos tiene a alguien dispuesto a defenderlo… aunque sea en contra del delirio necroprogresista.”

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra

Colaborador de Enraizados

Autor

Fundación Enraizados
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1 comentario
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Daniel Antonio Jaimen Navarrete

La comparación sirva para delatar incongruencias y dobles raseros pero no para determinar que se debe hacer y que derechos cabe reconocer en cada tipo de caso. El cadáver como tal no tiene derechos pero el alma que lo habitaba tendría derechos con respecto a su antiguo cuerpo durante un tiempo limitado, salvo que hablemos de Santa Teresa y su incorrupto brazo o de embalsamados faraónicos, donde el plazo se extiende indefinidamente. Para el común de los mortales, en las horas o en los pocos días que siguen al deceso, el alma, revestida de su cuerpo astral, todavía contempla y se identifica con su cuerpo y no comprende exactamente o no comprende bien su nueva condición salvo cuando se trata de personas o de almas evolucionadas y conscientes. Aunque a los catetólicos no se lo parezca, el ocultismo explica mejor muchas de las creencias católicas sobre el mundo de ultratumba, el purgatorio y más.

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