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David Alandete (Algemesí, Valencia, 1978) es un reconocido periodista, escritor y corresponsal español que hoy se desempeña como corresponsal en la Casa Blanca (Washington D. C.) para medios como el Diario ABC, la cadena COPE y Telemadrid.

Además de corresponsal internacional ha sido enviado ha sido enviado Especial de Guerra: Cuenta con amplia experiencia en zonas de conflicto, habiendo reportado desde Siria, Afganistán, Egipto, Gaza y la frontera de EE. UU. con México.

¿Cómo nace su vocación al periodismo y por qué le ha interesado especialmente cubrir la política?

La política lo explica casi todo. Desde los egipcios y los griegos hasta nuestros días, buena parte de la historia de la humanidad es, en el fondo, historia política, quién ejerce el poder, cómo lo hace, cómo se organiza una sociedad y cómo se relacionan unos pueblos con otros.

En mi caso, además, nací en una familia que no estaba metida en política, y quizá por eso sentí mucha curiosidad desde muy joven. Como tantos jóvenes, pasé por una etapa más rebelde, más sectaria, más de estar contra todo. Con los años fui entendiendo que la realidad es mucho más compleja, que casi nunca cabe en consignas y que escuchar a quien piensa distinto es indispensable para comprenderla.

Creo que mi evolución personal y profesional ha consistido precisamente en eso, en intentar mirar las cosas con mayor independencia y con mayor imparcialidad. Y siempre desde una idea que para mí es importante, que tiene mucho que ver con mi fe: antes que ideologías, partidos o banderas, están las personas y aquello que nos hace humanos.

¿Qué supone para usted ser corresponsal en Washington?

Es un enorme privilegio y una oportunidad profesional extraordinaria. Washington es uno de los lugares donde se toman decisiones que afectan al mundo entero. Poder estar en la Casa Blanca, en el Capitolio, en el Departamento de Estado o en el Pentágono, hablar con quienes participan en esas decisiones y después explicarlas a España es algo que nunca doy por hecho.

Pero también supone una responsabilidad. Uno está muy cerca del poder y tiene que recordar siempre que no trabaja para quienes ejercen ese poder, sino para quienes quieren entenderlo.

Y en mi caso tengo además la enorme suerte de trabajar para ABC y COPE. Son dos gigantes de la información política española, medios con una historia, una audiencia y una capacidad de influencia enormes. En los Estados Unidos hay también millones de hispanos que sienten España como algo próximo, cultural o familiarmente, y eso da una dimensión adicional al trabajo.

Yo creo mucho en el trabajo en equipo. Un corresponsal puede tener buenas fuentes, trabajar mucho o conseguir una exclusiva, pero uno es grande en buena medida porque pertenece a un gran medio. Detrás de cada información hay redactores, editores, productores, técnicos y compañeros. El periodismo nunca es realmente un oficio individual.

¿Cómo es un día normal de un corresponsal?

Es un trabajo muy de calle. Paso muchísimo tiempo en la Casa Blanca, también en el Capitolio, en actos políticos, viajando con el presidente o buscando a la gente allí donde está la noticia. Hay una parte muy visible, que son las ruedas de prensa, las preguntas al presidente o las conexiones de radio y televisión, pero gran parte del trabajo ocurre fuera de las cámaras.

Hacer fuentes es fundamental. Hay que hablar todos los días con mucha gente, también cuando no hay una noticia inmediata que pedirles. Las fuentes se construyen con tiempo y con confianza. Y esa confianza significa también que la otra persona sabe que puedes contar algo que quizá no le guste, pero que lo vas a contar correctamente.

Después está la parte menos ideal: escribir a toda velocidad, entrar en directo, comprobar datos, leer documentos, cambiar una pieza porque acaba de suceder algo y empezar otra vez. Washington tiene muy poco respeto por los horarios, suelo empezar antes de las seis.

¿Cuál es la imagen que se tiene de España en Estados Unidos?

La imagen de los españoles es, en general, extraordinariamente buena. Hay una enorme simpatía hacia España, hacia nuestra cultura, nuestra historia y nuestra forma de vivir. Y existe también una historia común entre España y Estados Unidos mucho más profunda de lo que muchas veces conocemos nosotros mismos.

Personas como Teresa Valcarce han hecho durante años un trabajo admirable para recuperar esa memoria, por ejemplo la figura de Bernardo de Gálvez y el papel fundamental que tuvo España en la independencia de Estados Unidos. Ese esfuerzo ha ayudado a que una parte de la sociedad estadounidense conozca mejor una historia que durante mucho tiempo estuvo olvidada.

Otra cosa son las relaciones entre gobiernos. En este momento atraviesan una etapa especialmente complicada. Existen diferencias importantes en defensa, en el papel de España dentro de la OTAN, en política exterior y en la relación con la Administración estadounidense. Y esas diferencias se han hecho públicas de una forma poco habitual entre dos países aliados.

Pero yo distinguiría siempre entre la relación política coyuntural y la relación entre los dos países. Los gobiernos pasan. España y Estados Unidos llevan siglos relacionados y tienen intereses estratégicos, económicos, culturales y humanos mucho más profundos que cualquier desencuentro concreto.

¿Qué cualidades debe tener un buen periodista?

Honestidad, imparcialidad, curiosidad y humildad.

Me preocupa mucho una tendencia del periodismo contemporáneo: periodistas que convierten sus propias causas, sus opiniones o su deseo de ejercer de justicieros en el centro de su profesión. Creo que es un error. Un periodista no es un activista con una acreditación de prensa.

Naturalmente todos tenemos ideas, valores y una visión del mundo. Pretender que un periodista carece de ellos sería absurdo. Pero el oficio consiste precisamente en saber que los tienes y hacer el esfuerzo de que no deformen los hechos.

Yo puedo entrevistar a alguien con quien estoy completamente de acuerdo y hacerle preguntas incómodas. Y puedo entrevistar a alguien cuyas ideas rechazo y tratarle con absoluta justicia. Para mí esa es una de las pruebas fundamentales del periodismo.

Hay además algo que considero esencial: estar dispuesto a descubrir que estabas equivocado. El periodista que llega a una historia sabiendo ya cuál tiene que ser la conclusión deja de investigar y empieza simplemente a buscar argumentos que confirmen sus prejuicios.

Usted se ha declarado católico… por lo tanto no se debe esforzar solo en agradar a la audiencia sino ante todo en agradar a Dios…

Tuve la suerte de que mis padres me llevaran a estudiar con los Hermanos Maristas y aprendí mucho con ellos, no solamente en el terreno académico. Hay valores y una manera de entender la vida que se quedan contigo.

He tenido, como cualquiera, momentos buenos y momentos de zozobra, dificultades y situaciones en las que uno se pregunta muchas cosas. En esos momentos mi fe me ha ayudado muchísimo. Dios siempre ha estado ahí. Incluso cuando uno se aleja, duda o no entiende lo que está ocurriendo, acaba descubriendo que nunca estaba completamente solo.

Al final uno tiene que poder acostarse pensando que ha intentado hacer las cosas bien. Para un creyente eso tiene además una dimensión trascendente, hay un juicio más importante que el de las redes sociales, las audiencias o incluso nuestros propios colegas.

¿Qué importancia tiene en su vida la oración y el ofrecimiento de obras por la mañana?

Rezo todos los días. Hablo con Dios todos los días. No necesariamente de una manera solemne. A veces rezar es agradecer, otras veces pedir ayuda, otras simplemente intentar entender algo.

Todos llevamos nuestras propias circunstancias, nuestros problemas, nuestros errores, nuestras heridas y nuestras preocupaciones. La fe no hace que desaparezcan. Lo que hace es darte una forma diferente de atravesarlos.

Una de las cosas que más valoro de la Iglesia católica es precisamente esa insistencia en que nadie queda fuera. El papa Francisco habló muchas veces de una Iglesia que sale al encuentro de las personas, que acompaña y que no puede limitarse a juzgar desde lejos.

Eso me parece profundamente cristiano. Hay personas que necesitan ayuda, personas que se han equivocado, personas que están solas, personas que viven situaciones que nosotros quizá ni siquiera comprendemos. Nuestra primera obligación no debería ser condenarlas, sino intentar ayudarlas.

Y el ofrecimiento de obras tiene para mí ese sentido muy sencillo: comenzar el día poniendo el trabajo, las dificultades y también las cosas buenas en manos de Dios e intentar hacerlas con un propósito que vaya más allá de uno mismo.

A Chesterton lo primero que le admiró de la Iglesia Católica fue su capacidad de perdonar los pecados en nombre de Cristo. Usted ha hecho declaraciones en esa línea…

El perdón es probablemente una de las ideas más revolucionarias del cristianismo.

La Iglesia católica nos propone una forma de entender la vida en la que existen el bien y el mal, naturalmente, y en la que nuestros actos tienen consecuencias, pero en la que ninguna persona queda reducida para siempre a sus errores. Existe la posibilidad del arrepentimiento, del perdón y de empezar de nuevo.

Eso es especialmente importante hoy, porque vivimos en sociedades muy rápidas a la hora de condenar. Las redes sociales pueden convertir un error, una frase o un momento malo en una sentencia permanente sobre una persona. El cristianismo dice algo bastante distinto: todos somos imperfectos y todos necesitamos misericordia.

En Estados Unidos veo además otra dimensión de la Iglesia católica que me interesa mucho: su defensa de la dignidad humana frente a los excesos de la política, vengan de donde vengan.

La Iglesia puede defender al no nacido y recordar la dignidad del inmigrante. Puede hablar contra el aborto y también contra tratar al extranjero como si careciera de derechos. Puede defender a los pobres, a los enfermos, a los presos o a quien está completamente solo.

Eso hace que a veces resulte incómoda para la derecha y otras para la izquierda. Y probablemente sea bueno que sea así. Si la Iglesia se convierte simplemente en una extensión de un partido político, pierde buena parte de su razón de ser.

Hace algunos años un importante medio norteamericano designó a la Virgen María como la mujer más influyente de la Historia. Sin embargo su figura está olvidada por el feminismo…

Estados Unidos es un país profundamente religioso, aunque el catolicismo convive aquí con una tradición protestante enormemente poderosa. Por eso la figura de la Virgen María no ocupa exactamente el mismo lugar cultural que en España o América Latina.

Pero creo que María está por encima de ese debate. Intentar decidir si encaja o no encaja dentro de las categorías de la popularidad contemporánea me parece reducir una figura muchísimo más grande, algo frívolo.

Pocos han ejercido una influencia semejante durante dos mil años. Pensemos en la pintura, la música, la literatura, la arquitectura, las devociones populares o simplemente en los millones de personas que han acudido a ella en momentos de dolor o de esperanza.

Y desde la fe hay además algo muy poderoso: María no es una figura pasiva. Hay una decisión libre, un sí consciente ante algo extraordinariamente difícil de comprender. Hay valentía, sufrimiento, fidelidad y una fortaleza inmensa.

¿Qué han aportado a la humanidad los grandes ideales de la cristiandad?

Es difícil entender Occidente sin entender el cristianismo. Incluso quien no tenga fe vive en sociedades cuya concepción de la persona, de la dignidad humana, de la culpa, del perdón, de la caridad o de la igualdad tiene una profunda huella cristiana.

Una de las ideas más poderosas es que cada ser humano posee una dignidad intrínseca. No porque sea rico, inteligente, ciudadano de un determinado país o útil para la sociedad, sino simplemente porque es persona. Para el cristiano, porque ha sido creado a imagen de Dios.

El catolicismo introduce una inversión radical de muchos valores del mundo antiguo. El poderoso no es necesariamente el mejor. El débil merece protección. Servir puede ser más importante que mandar. Perdonar puede ser más grande que vengarse. Dar puede tener más valor que poseer. Y el ser humano que aparentemente no tiene ninguna utilidad social conserva exactamente la misma dignidad que el poderoso.

Hace poco estuve en Japón, un país en el que durante siglos los católicos fueron perseguidos con una enorme dureza, y me impresionó comprobar cómo, cuando aquella represión terminó y el cristianismo pudo volver a expresarse con libertad, algo cambió también en la sociedad. No porque Japón dejara de ser Japón, ni porque el cristianismo se convirtiera en mayoritario, sino porque se abrió un espacio nuevo para determinadas ideas: la dignidad individual, la caridad organizada, la educación, la atención a los más vulnerables y una concepción de la persona que no depende únicamente de su utilidad para el conjunto.

Es un ejemplo que tengo muy presente. En Estados Unidos somos hoy más de 50 millones de católicos. Lo son el vicepresidente y el secretario de Estado, y también lo fue el anterior presidente. Sin embargo, no hace tanto tiempo, en el siglo XIX y todavía durante buena parte del XX, los católicos fueron objeto de una fuerte discriminación y de la hostilidad de movimientos como el Ku Klux Klan.

Eso demuestra que las sociedades cambian. Lo que en un momento parece profundamente arraigado puede desaparecer con el tiempo, y minorías que fueron perseguidas pueden acabar plenamente integradas e incluso ocupando las más altas responsabilidades del país.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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