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Una de las utilidades de la moción de censura consiste en convertirla en un diálogo abierto entre quienes propusieron el procedimiento y aquella parte de la opinión pública preocupada por tantas cuestiones espinosas como afectan a nuestra nación. La moción de censura es una extraordinaria ocasión para comunicarse con la sociedad, uno de esos raros y fugaces momentos en los que aquel poder político interesado en exponer las deficiencias gubernamentales y, más allá, institucionales, puede mostrar su sentido de la responsabilidad para con la soberanía popular.
Pero, por desgracia, hay oportunidades desaprovechadas, la mayoría de las veces porque quienes se deciden a denunciar al poder, acaban limitándose a un cuestionamiento cortical de los asuntos más arduos -o, al menos, de buena parte de ellos-, sin ahondar ni extender sus causas, sus evoluciones y sus consecuencias, sustituyendo la información por la ligera alusión o, incluso, por el secreto. Y ello en función de una socorrida «responsabilidad de Estado».
Pero, en la mayoría de las ocasiones, dicha «responsabilidad de Estado» en vez de mostrar la grandeza del gobernante o del político, lo que hace es revelarnos lo inverosímil de su discurso o de su actitud. Lo sucedido en la reciente moción de censura, para desdicha de los interesados en la transparencia, suele repetirse con harta frecuencia entre los políticos, tengan el color que tengan. Todos sus cálculos y laberintos, todos los arcanos e interioridades de la casta partidocrática, se explican por razones de Estado.
Así, el patriotismo de VOX, que todos los españoles de bien deseaban ver expresado con nitidez, llevándolo a sus últimas consecuencias, dada la gravedad de la situación nacional, se ha visto limitado por la peor versión de Maquiavelo, sacralizando, si no todas las cloacas del Estado, la mayor parte de sus alcantarillas, es decir, de sus crímenes y enigmas.
Un piadoso acatamiento hacia los misterios de Estado por parte del linaje político condena a la opinión pública a seguir estando desinformada respecto de los más trascendentales acontecimientos patrios, a seguir considerada lactante y a seguir ejerciendo de víctima, nunca de juez, frente a la grandeza de unos héroes siniestros que «exponen vidas y haciendas» por el bien del común. Figuras más o menos anónimas de la casta partidocrática -del Sistema– que transgreden la ley por el bienestar teórico del pueblo, que ejercen la más desatada de las violencias y de los abusos en aras del Estado, sin delatar a sus jefes, a sus amos.
Este es el juego al que juegan los instalados y que VOX, en su moción de censura, tenía que haber dejado bien claro que está dispuesto a suprimir, pese a todos los peligros y dificultades.
No seré yo quien reste los méritos que avalan a VOX, ni quien condene a quienes acostumbrados a nada se conforman con muy poco, pero en esta hora se necesitan revulsivos, no cortedades; y VOX se ha dejado tantas sustancialidades en el tintero que ha frustrado lo grande para acertar en lo menudo. Y si no puede haber disculpa para el liberticidio, ni para el crimen, ni para el terror, tampoco puede cuestionarse lo atroz con timideces, ni delicadezas, ni especulaciones, ni consensos.
Aquí, en España, durante casi cincuenta años, han crecido y proliferado traidores infames a Dios, a su patria y a las leyes temporales y naturales. Y se merecen lo peor, porque han obrado contra sus gobernados a fin de obtener ventajas y mercedes para sí mismos. Y lo mismo puede decirse del pueblo en cuanto a sus dejaciones soberanas y del Rey en cuanto a merecimientos, pues así ha ocurrido con alguno de sus irresponsables antecesores, y con otros reyes que han impuesto, por activa o por pasiva, inexorables cargas y aberraciones contra toda ley, razón y justicia.
La prominencia de la moda, de la cultura y de la lengua son los indicios más seguros de una nación y, más allá, de un imperio. No sé si esto lo sabe o lo comparte VOX. La cuestión es que cada vez resulta más dudoso que VOX pueda consumar la gran obra de convertir este conglomerado de autonomías y este pozo de corrupción en un pueblo compacto, congregado en torno a los mismos ideales e identificado en su unidad de destino. Y, en especial, en un pueblo no colonizado, y menos por sus enemigos históricos.
Las crisis son una oportunidad para las regeneraciones. Y entre otras muchas necesidades este es el momento de que la religiosidad -no la religión-, el espíritu, los principios y la filosofía recobren toda la carga de subversión y negación que tienen. Pero ¿quedan aristócratas del espíritu, quedan filósofos? Y, sobre todo, ¿queda un pueblo respetuoso, ya que no entusiasta, con la religiosidad, con el civismo, con la prudencia, con la filosofía?
Autor

- Madrid (1945) Poeta, crítico, articulista y narrador, ha obtenido con sus libros numerosos premios de poesía de alcance internacional y ha sido incluido en varias antologías. Sus colaboraciones periodísticas, poéticas y críticas se han dispersado por diversas publicaciones de España y América.
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