15/08/2026 06:16

A poco más de dos horas en coche desde Agrigento, hacia el Este, llegamos a Ragusa en la tarde-noche del 14 de abril, Lunes Santo. Es ésta una preciosa población interior, encaramada en una escarpada elevación sobre el río Irminio, cuyas laderas verticales nos recuerdan Toledo o Cuenca, con la singularidad de que, en este caso, las paredes de roca se hallan cubiertas por chumberas.

Al anochecer, sus casas bajas y apiñadas ofrecen un espectáculo entrañable, que aumenta al encenderse los primeros faroles. La temperatura es fresca y caminamos despacio, disfrutando del entorno mientras recorremos sus intrincadas callejuelas ante la mirada impasible de los gatos locales. Justo en ese cambio de luz, cuando los últimos rayos de sol dan paso a la luz eléctrica, alcanzamos el centro histórico, reparando en un edificio clásico de una sola altura rematado por acróteras, sede del llamado Circolo di Conversazione. A través de sus tres grandes puertas acristaladas se advierte un salón elegante y un par de individuos arrellanados en sendos butacones y enfrascados en animada charla.

Vista nocturna del Duomo di San Giorgio, destacada sobre Ragusa

Muy poco más adelante desembocamos en la gran piazza del Duomo, donde, al final de una larga escalinata, se yergue imponente la catedral barroca de San Giorgio. Al verla cerrada, la rodeamos, y a la vuelta, por pura casualidad, encontramos entreabierta una puerta lateral. A nuestra espalda, un señor mayor, ataviado con una banda sobre el pecho que le identifica como cofrade, nos invita a entrar y, de forma inopinada, asistimos a los preparativos finales de la última gran procesión del Lunes Santo. Contemplamos con detenimiento el interior de la catedral y su impresionante cúpula, observando también la diversidad de tipos que por allí pulula, de todas las edades y condición. A los pocos minutos se abre el gran portal. Unos chavales que pertenecen a la cofradía de la Buena Muerte, vestidos de civil y sin distintivo alguno, alzan la imagen de La Piedad sobre sus hombros y la sacan sin más protocolo, con la soltura que da la práctica. El pronunciado descenso nos hace temer por la integridad de la imagen, pero, no sin esfuerzo, sus portadores consiguen dominar la inercia que por su propio peso adquieren. Abajo les espera la banda de música y, entre los acordes de sus instrumentos de viento y tambores, la multitud congregada acompaña la imagen en lenta y solemne procesión hacia la iglesia de Santa Maria dello Spasimo (Santa Lucía), en la via Torrenuova. Desde nuestra privilegiada ubicación, bajo el dintel del mismísimo portal de la catedral, asistimos absortos al emocionante desfile por las estrechas y concurridas calles del casco histórico.

A la mañana siguiente, acompañados por el alegre canto de las alondras, visitamos el hermoso y apacible Giardino Ibleo, donde se encuentra la pequeña iglesia de San Giacomo Apostolo, admirando el audaz trampantojo que, pintado en la techumbre de madera, simula una cúpula ficticia. Y nos despedimos de Ragusa con las maravillosas vistas desde los altos jardines entre el murmullo de las hojas, mientras, ajeno a los visitantes, un gato remolón se guarda de los rayos matinales acurrucándose en una gruesa, acogedora y umbría rama bajo la copa de un tupido frutal.

Reanudamos la marcha con la idea de explorar más a fondo el valle del Noto, referente del Barroco tardío de la segunda mitad del siglo XVIII, y, en menos de media hora en dirección Sureste llegamos a Módica, haciendo parada obligada en el Duomo di San Giorgio, desde cuyo campanario disfrutamos de una excelente panorámica de la localidad. Esta catedral no sólo está dedicada al mismo santo que la de Ragusa, sino que comparte con ella algunas características arquitectónicas, empezando por un primer orden convexo en su parte central; las grandes volutas de conexión que atenúan o suavizan la transición entre el cuerpo inferior de la fachada y el cuerpo superior; y una puerta principal flanqueada por grandes columnas que continúan su ascenso en los dos órdenes superiores, igualmente convexos1.

Muy cerca, la segunda catedral de Módica, dedicada a San Pietro Apostolo, permanece cerrada, así que aprovechamos para reponer fuerzas con una deliciosa especialidad local llamada a‘nciminata2, antes de continuar hacia Noto, unos cuarenta kilómetros más al Este.

Nada más arribar a nuestro destino a primera hora de la tarde, en la esquina donde se cruzan la via Pier Caponi con el Corso Vittorio Emmanuele, hallamos la Chiesa di Santa Chiara, en la que destaca una Virgen con el Niño del escultor Antonello Gagini, perteneciente a una de las sagas de artistas más sobresalientes y prolíficas de Sicilia3. Sin embargo, no es hasta salir de esta recoleta iglesia y desembocar en la amplia avenida principal Vittorio Emmanuele que percibimos el encanto especial de la ciudad. Hechizo debido, en buena medida, a la calidez de la piedra con que está construida: una caliza denominada calcarenita cuya oxidación superficial le otorga un amplio registro de matices en función de la luz ambiental y el variado abanico de azules y grises del cielo, desde un amarillo ocre más o menos dorado hasta un tono asalmonado. Disfrutamos de este contraste en la imponente Catedral de San Nicolás (San Nicolo) , el Palazzo Landolina, la Chiesa di San Domenico y en el Palazzo Ducezio –sede del Ayuntamiento–, construcciones todas ellas muy próximas entre sí; para, a continuación, ascender la empinada via Corrado Nicolaci, con sus magnos balcones de piedra, exóticas ménsulas y floridos forjados. Al final de la pendiente, la Chiesa di Montevergine nos recibe con un original cuerpo central cóncavo, diseñado por el arquitecto Vincenzo Sinatra (1707-765), responsable igualmente del ya mencionado Palacio Ducezio.

Y continuamos caminando por la via Cavour reconociendo en el Palazzo Trigona di Cannicaro las características observadas previamente en el Palazzo Nicolaci di Villadorata: con sus ventanas enmarcadas por complejos recercados mixtilíneos, sus ménsulas repletas de seres fantásticos y las barandillas de hierro forjado en forma de “S”, abombadas y pletóricas sobre los balcones.

De vuelta a la via Vittorio Emmanuele, admiramos la Chiesa di San Carlo al Corso, bañada por una luz extraordinaria, siguiendo por un tranquilo paseo arbolado hasta la llamada Porta Ferdinandea, en honor a Fernando II, rey de las Dos Sicilias4… y arrullados por una leve brisa nos dirigimos al coche echando un último vistazo a aquellas calles y edificios intentando fijar en la memoria los reflejos dorados de la piedra.

Santiago Prieto Pérez  

1 Incluidos los entablamentos y las balaustradas, igualmente curvos a lo largo de todo el cuerpo central. Estas iglesias influyeron decisivamente en la catedral de Dresde, arrasada por los bombardeos aliados durante la II Guerra Mundial y reconstruida en 1965.

2 Especie de bocadillo tradicional con “pane di una volta” (con levadura madre), que duraba una semana y, una vez duro, se empleaba para la llamada “zuppa di latte” (sopa de leche) que se tomaba como “collazione” (desayuno) o “pranzo” (almuerzo).

3 Antonello Gagini (1478-1536) y su hermano Giovanni Gagini (h.1470-h.1530) eran hijos del escultor tesinés Domenico Gagini (h. 1520-1492), quien desarrolló casi toda su carrera en Nápoles y Sicilia. El estilo de los tres era muy similar, de forma análoga a lo que, salvando las oportunas distancias, sucedía con la saga della Robbia (compuesta por Luca, Andrea, Giovanni y Girolamo), a menudo indistinguibles.

Otras obras de Antonello Gagini en Sicilia son: el sepulcro del arzobispo Giovanni Paternò y la antigua “Tribuna” en la Catedral de Palermo; la “Madonna con el Niño», la “Madonna de las nieves”, y la “Aparición de la Cruz a Constantino”, sitas en el Palazzo Abatellis de Palermo; la “Anunciación” en la iglesia del Carmen de Módica; o la “Madona de la nieve” y “Santa Lucía” en la catedral de Siracusa.

4 El Reino de las Dos Sicilias fue fundado en 1816 como resultado del Tratado de Viena, bajo la corona de Fernando I, hijo de Carlos III. Abarcaba el Reino de Nápoles –que incluía el Mezzogiorno o Italia meridional– y el Reino de Sicilia. Fernando I (1751-1825) fue sucedido por su hijo Francisco I (1777-1830) y éste, a su vez, por su hijo Fernando II (1810-1859). El hijo de éste, Francisco II (1836-1894) fue el último monarca del Reino de las Dos Sicilias, incorporado al Reino de Italia en 1861.

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Santiago Prieto
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