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En el artículo anterior comenté el primer párrafo del Testamento, veamos el segundo:
. “Pido perdón a todos de todo corazón, perdono a cuantos se declararon mis enemigos sin que yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la que amo hasta el último momento y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida que ya sé próximo”
Mi intención al glosar el Testamento del Caudillo persigue un objetivo principal dar a conocer a quienes lo desconocen por completo o tienen una opinión absolutamente falsificada por quienes deberían servir a la Verdad. La mentira es uno de los grandes agentes de la desgracia humana. Uno de los mejores servicios a la Humanidad es ayudar al triunfo de la Verdad.
En la vida social de nuestra España la mentira como método habitual de trabajo nos ha hecho un daño incalculable. Concretamente en los últimos ochenta años, gracias a las mentiras, se ha conseguido frenar el camino de aquella grandeza de la Patria que, en cuarenta, recupero doscientos de desastres. Pero, a base de mentir, hemos vuelto al camino nefasto de la decadencia que iniciamos con la llegada de los Borbones al trono de España, –gracias al Liberalismo francés de la revolución anticristiana–.
Ese segundo párrafo deja claro que el Caudillo era ante todo un cristiano verdadero, sin odios, ni espíritu de venganza y, en el momento de acercarse a dar cuenta de su administración al Juez Supremo –cuando nadie tiene ganas de engañarse a sí mismo ni a los demás–, proclama no tener más enemigos que quienes lo son de España.
¿Qué pueden decir a esto cuantos lo han presentado al pueblo ingenuo como un tirano vengativo que odia a la sociedad? La Historia, la verdadera, la avalada por los hechos, lo ha dejado claro: si de algo pecó tras la Victoria fue de “indulgencia”. Ciertamente aplicó la justicia a los más culpables, pero aún muchos de ellos se libraron de las penas que merecían con creces por sus crímenes. Estoy convencido de que, si de algo pecó, no fue de exceso sino más bien de lo contrario. Un solo ejemplo tomado de una experiencia personal. Tengo a un amigo casado con la hija del comisario rojo que autorizó la salida de los barcos con el oro de Moscú. O sea del que en última instancia fue el ejecutor del desfalco que dejó a España sin las reservas de oro impresionantes que teníamos. Fue condenado a muerte, como responsable material de nuestra ruina económica pero, no fue ejecutado, ni pasó toda la vida purgando su traición. Pronto gozó de libertad, en vez de habar pagado debidamente por su traición.
Claro que hubo ajusticiados pero ni la mitad de los que lo merecían… Por otra parte, pronto Franco abrió las puertas a los criminales en mayor o menor grado que habían arruinado la Patria, garantizándoles el regreso sin represalias. ¿Ese General era el tirano inmisericorde que se desayunaba firmando sentencias de muerte como se permitió escribir un desgraciado escritor “elevado al Olimpo» por los intelectuales necios que han deformado el criterio de nuestro pueblo?
La realidad es la que trasluce el Testamento que comentamos. Franco vivió ajeno a los falsos juicios que se crearon sobre su figura. Y el pueblo lo sabía y, por eso, corría en masa a recibirlo en las ciudades que visitaba. Realidad que se ha ocultado a las generaciones que no vivieron bajo sus gobiernos. Casi todo es mentira en los escritos de los intelectuales que hablan de él. Hasta los más cuerdos “dicen bobadas” cuando aluden al Caudillo en sus escritos, con calificaciones y epítetos de “acomplejados” totalmente ajenos a lo que ha significado en la Historia España durante tres cuartos del siglo XX. Lo mismo ocurre cuando se refieren al Régimen franquista. Nuestros escritores están quedando a altura del betún y no tardarán las futuras generaciones en menospreciar su poca talla como hombres y como intelectuales responsables.
Veamos el tercer párrafo, fruto de un corazón sensible:
Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre. Por el amor que siento por nuestra Patria, os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.
Le sale del alma mostrar su amor a España,–a la única España que el concibe–: la que es GRANDE Y LIBRE, que había logrado resucitar de la ruina y la desaparición vividas durante dos siglos. Y, por ese amor que supone tenemos todos los españoles, nos pide vivir en la paz y en la unidad. Conocía muy bien nuestra Historia como para no pensar que se nos olvidara mantenerla muchos años… Y tras los esfuerzos de treinta años formando a su Sucesor –ajeno a la traición futura—nos pide le demos el mismo afecto y colaboración recibida por él del pueblo español.
Sinceramente ¿se imaginan ustedes a un dictador tirano, expresarse así? ¿No es más bien, el lenguaje del hombre normal y bien educado por –y en…– una familia sana y española?
Dejamos los dos últimos párrafos para un tercer artículo
Autor
- GIL DE LA PISA ANTOLÍN. Se trasladó a Cuba con 17 años (set. 1945), en el primer viaje trasatlántico comercial tras la 2ª Guerra mundial. Allí vivió 14 años, bajo Grau, Prío, Batista y Fidel. Se doctoró en Filosofía y Letras, Universidad Villanueva, Primer Expediente. En 1959 regresó a España, para evitar la cárcel de Fidel. Durante 35 años fue: Ejecutivo, Director Gerente y empresario. Jubilado en 1992. Escritor. Conferenciante. Tres libros editados. Centenares de artículos publicados. Propagandista católico, Colaboró con el P. Piulachs en la O.E. P. Impulsor de los Ejercicios Espirituales ignacianos. Durante los primeros años de la Transición estuvo con Blas Piñar y F. N., desde la primera hora. Primer Secretario Nacional.