Sita en la Plaza de la Paja, en el casco antiguo de Madrid, la Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, más conocida como Capilla del Obispo, pasa inadvertida al paseante. Su discreto acceso se halla cerrado y sólo en ocasiones se permiten las visitas, eso sí, con reserva previa[1].
Excelente muestra del arte del Renacimiento español, dicha capilla fue mandada construir en 1520 por el tesorero y consejero de los Reyes Católicos Francisco de Vargas (1453-1524) para albergar los restos de San Isidro Labrador (1083-1172), siendo terminada por su hijo, Gutierre de Vargas Carvajal (1506-1559), obispo de Plasencia entre 1524 y 1559. La capilla estaba originalmente unida al palacio de los Vargas –hoy desaparecido– y a la contigua Iglesia de San Andrés, pero más tarde la capilla quedaría desvinculada de la iglesia, y los restos del santo y su mujer, Santa María de la Cabeza (h. 1100-1175), se trasladaron a San Andrés, para pasar, posteriormente, a su actual ubicación en la Colegiata de San Isidro.
Dicha separación, a la postre, resultó más que afortunada, pues permitió preservar la capilla hasta la actualidad. Y es que conviene recordar que si ya en mayo del año 1931 se atacaron conventos e iglesias en Madrid, durante 1936 la mayoría de los edificios religiosos de la capital –incluida la Iglesia de San Andrés– fueron saqueados e incendiados por los adoradores de la diosa Razón y “defensores de la Paz y la Cultura”, y buena parte del inmenso patrimonio histórico-artístico que albergaban –libros, pinturas, esculturas, retablos, objetos litúrgicos, mobiliario, tapices…– se perdió para siempre.
A primera vista, la Capilla del Obispo presenta una sobria fachada de piedra sin ornamento alguno, salvo, acaso, la galería de arcos carpaneles que remata el edificio, con relieves floreados en su intradós. Para acceder al interior debemos subir por una de las ramas de la doble escalera de piedra que da a la calle, encontrando, nada más traspasar el umbral, a modo de recibidor, un minúsculo claustro habitado por un solitario ciprés y una pequeña palmera. A continuación, a mano izquierda, nos detenemos ante una magnífica puerta de nogal, historiada con relieves atribuidos a Francisco de Villalpando (c. 1495-1561)[2] y Cristóbal de Robles.
En ella podemos distinguir, en su parte más alta, en las enjutas del arco que cierra la escena del Arcángel San Gabriel expulsando a Adán y Eva del Paraíso, insertos en sendos tondos, los bustos de Carlos V e Isabel de Portugal; debajo, en una fila de paneles de menor tamaño, el escudo de los Vargas y una Anunciación; en los espacios centrales, dos escenas del Antiguo Testamento: por un lado, Israel luchando contra los amalecitas[3], y, por otro, la Lucha de Josué contra los amorreos[4]; y, en último término, los paneles inferiores están decorados con motivos vegetales.
Todos los elementos de esta puerta son netamente renacentistas, desde los candelieri que enmarcan el conjunto y ornamentan los paneles bajos hasta las abigarradas concentraciones de jinetes luchando que protagonizan los cuadros centrales, tal vez inspirados en la famosa Batalla de Anghiari (1503-1506) de Leonardo Da Vinci[5], sin duda conocida por los artífices citados. No olvidemos que entre los ayudantes de Leonardo figuraba un tal “Ferrando Spagnolo”[6] y que Francisco de Villalpando también estuvo en Italia.
Una vez en el interior de la capilla, descubrimos un retablo muy bien conservado, realizado bajo la dirección de Francisco Giralte (1510-1576) con la colaboración de Juan de Villoldo, el mozo, encargado de la policromía, el dorado y estofado de los relieves y las figuras de bulto redondo. Francisco Giralte, discípulo de Alonso Berruguete, fue el autor, así mismo, de los extraordinarios cenotafios de don Francisco de Vargas y doña Inés de Carvajal orantes a ambos lados del retablo, y del dedicado al obispo Gutierre de Vargas y Carvajal. Los tres tallados en alabastro de Cogolludo[7] (Guadalajara) y de una factura tan virtuosa que nos recuerda la del sepulcro de don Alonso Fernández de Madrigal (“El Tostado”), en la Catedral de Ávila, por Vasco de la Zarza.
La representación de los finados no yacentes sino “vivos”, arrodillados y orando es otra característica distintiva del Renacimiento que podemos identificar en otros muchos ejemplos a lo largo y ancho de España[8]. Y en Madrid, también. Así, en los monumentos fúnebres de Carlos V y Felipe II – junto a sus respectivas familias– en el Panteón Real del Monasterio de El Escorial, realizados por Pompeo y Leone Leoni; o igualmente en algunas piezas sacadas de su emplazamiento original y conservadas en museos de la capital. El Museo Arqueológico Nacional guarda la estatua de Alonso de Castilla, obispo de Calahorra, –obra de Felipe Vigarny, su hijo Gregorio y Esteban Jamete–, y la de Pedro I de Castilla (1446), ambas procedentes de la desaparecida iglesia de Santo Domingo el Real[9]; y el Museo Nacional de El Prado cuenta entre sus fondos la de don Juan de Solórzano Pereira, realizada por Manuel Correa (1600-1667) en alabastro de Aleas (Guadalajara) entre 1655 y 1660, y originalmente en la iglesia del convento del Caballero de Gracia[10].
Y sí, es cierto que la destrucción del Patrimonio Nacional durante la invasión napoleónica y los terribles destrozos ocasionados por el odio anticatólico en 1835, 1909, 1917, 1931, 1934 y 1936 han mermado considerablemente aquel inmenso legado. Y que tales agresiones han hecho al menos tanto como la mala educación dispensada en nuestras escuelas, institutos y universidades para que muchos compatriotas hayan interiorizado la idea de que el Renacimiento español fue algo anecdótico y apenas una extensión tardía del Renacimiento italiano. Pero a pesar de la destrucción de tantas obras de arte, del olvido intencionado o negligente de sus artífices y del desprecio ignorante de demasiados, la verdad es la que es y, si bien el fuego hizo desaparecer a menudo su precioso contenido, aquellos edificios que aún se mantienen en pie son testimonio, incluso vacíos o mermados, de aquella realidad imborrable. Ahí están el Palacio Ducal de Cogolludo o el Palacio del Infantado, en Guadalajara; el Palacio del Marqués de Santa Cruz, en Viso del Marqués (Ciudad Real); el Palacio de Juan de Henao y el de los Serrano, en Ávila; el Palacio de Santa Cruz, el Colegio de San Gregorio, el Palacio de Fabio Nelli o el Palacio de Pimentel, en Valladolid; el Palacio de Benicarló o el de la Diputación General del Reino, en Valencia; la Casa de Pilatos o el Palacio de Dueñas, en Sevilla… y cientos de monasterios, iglesias y castillos renacentistas a lo largo y ancho de España. Y en Madrid, pese a todo, véase el Monasterio de las Descalzas Reales, el Monasterio de la Encarnación, la Iglesia de San Ginés, el Monasterio de Santa María de El Paular… o la hermosa Capilla del Obispo Gutierre de Vargas Carvajal.
NOTAS A PIE DE PÁGINA
[1] Enlace a la página web: reservascapilladelobispo@archimadrid.es
[2] Hermano de Jerónimo, Juan y Rodrigo (o Ruy) Corral de Villalpando, todos ellos dedicados a actividades artísticas vinculadas a la arquitectura, como la elaboración de retablos, rejería y decoración en yeso.
Francisco fue arquitecto, escultor, orfebre y traductor, además, los libros tercero y cuarto del famoso tratado de arquitectura titulado Tutte l’opere d’architettura et prospectiva de Sebastiano Serlio.
[3] Éxodo, capítulo 17:10-13: “Josué hizo como le dijo Moisés y salió a pelear contra Amalec. Moisés, Aarón y Hur subieron a la cumbre del collado. Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel vencía; pero cuando él bajaba su mano, vencía Amalec. Como las manos de Moisés se cansaban, tomaron una piedra y la pusieron debajo de él. Moisés se sentó sobre ella, mientras Aarón y Hur sostenían sus manos, uno de un lado y el otro del otro; así se mantuvieron firmes sus manos hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada”.
[4] Libro de Josué, capítulo 10:1-26: “Se reunieron, pues, los cinco reyes de los amorreos, el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jarmut, el rey de Laquis y el rey de Eglón, y subieron ellos con todos sus ejércitos, y acamparon junto a Gabaón y lucharon contra ella. […] Entonces los hombres de Gabaón enviaron mensaje a Josué al campamento de Gilgal, diciendo: No abandones a tus siervos; sube rápidamente a nosotros, sálvanos y ayúdanos […] Vino, pues, Josué sobre ellos de repente, habiendo marchado toda la noche desde Gilgal. […] y los hirió con gran matanza en Gabaón, y los persiguió por el camino de la subida de Bet-horón, y los hirió hasta Azeca y Maceda. […] aquellos cinco reyes habían huido y se habían escondido en la cueva de Maceda. […] Después Josué los hirió, les dio muerte y los colgó de cinco árboles”.
[5] La batalla de Anghiari enfrentó el 29 de junio de 1440 al Ducado de Milán contra una coalición de las repúblicas de Florencia y Venecia junto al Estado Pontificio.
Actualmente sólo se conservan los dibujos preparatorios de Leonardo y un fragmento abocetado en la parte superior de una inacabada “Adoración de los Magos” (1481) exhibida en la Galería de los Uffizi.
La influencia de la “Batalla de Anghiari” puede apreciarse en el mismo Salone dei Cinquecento del Palazzo Vecchio, en obras como la “Victoria de Ercole Bentivoglio sobre los pisanos en Torre San Vicenzo” (1505), o la “Victoria de Cosimo I de Medici sobre Siena en la batalla de Marciano en Val di Chiana” (1554), realizadas por Giorgio Vasari entre 1560 y 1572.
[6] Tal vez Hernando de los Llanos (h.1470-1525) o Fernando Yáñez de la Almedina (h.1475-1537).
[7] Sulfato de Calcio. De apariencia similar al mármol, pero más blando y fácil de tallar y pulir. Empleado en piezas de interior, ya que es muy sensible a las inclemencias meteorológicas. La cantera de alabastro mencionada se encuentra en la zona conocida como “Los Cerrillos”, al sur de Cogolludo.
Material de la misma procedencia fue empleado por Gil de Siloé en los Sepulcros de Juan II y su esposa Isabel de Portugal (1489-93) –padres de Isabel la Católica–, en la Cartuja de Miraflores (Burgos); por Hernán Pérez Alviz en los Cenotafios de Beatriz Galindo (La Latina) y su esposo Francisco Ramírez (1531) –secretario de Fernando el Católico–, actualmente expuestos en el Museo de San Isidro o de los Orígenes de Madrid; por Juan Rodríguez y Lucas Giraldo para el Retablo de Santa Catalina (1528-29) de la Catedral de Ávila; o en el Sepulcro de Doña Aldonza de Mendoza (h. 1435) –hija del Almirante de Castilla D. Diego Hurtado de Mendoza, y mujer de D. Fadrique Enríquez–, originalmente en el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara).
[8] Por ejemplo, las estatuas de los hermanos Acebedo: Francisco, Juan Bautista, Fernando y Juan, realizadas en mármol por Gabriel de Pinedo entre 1612 y 1617, sitas actualmente en el Palacio de los Hornillos, en Arenas de Iguña, Cantabria; el mausoleo de Fernando Valdés y Salas (1483-1568) en Oviedo, ejecutado en alabastro de las canteras alcarreñas de Aleas por Pompeo Leoni entre 1576 y 1582; las estatuas del Duque de Lerma y su esposa doña Catalina de la Cerda, obra de Pompeo Leoni y los orfebres Juan de Arfe y Lesmes Fernández del Moral entre 1601 y 1608, originalmente en la Iglesia de San Pablo en Valladolid, y actualmente en el Museo Nacional de Escultura de la misma ciudad.
[9] Derribado en 1869, tras el derrocamiento de Isabel II, para hacer una plaza. Esta iglesia contenía también una notable sillería del coro realizada por Juan de Herrera que, por desgracia, no se conservó.
[10] Esta escultura estaba acompañada por otras dos: la de la mujer de don Juan de Solórzano, doña Clara de Paniagua, y la del obispo de Santa Fe de Bogotá, don Bernardino de Almansa, pero ambas se perdieron en algún momento después de su traslado al Convento-Museo de la Trinidad tras la desamortización de Mendizábal (1835-37).
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