19/08/2026 11:54

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Getting your Trinity Audio player ready...

Eva Martín es una profesional del ámbito administrativo jurídico en una multinacional del sector energético, pero, sobre todo, es madre de dos hijos.

Desde su experiencia de fe, acompaña a padres en duelo en la parroquia Santa María de Caná, de Pozuelo de Alarcón, y participa activamente en apostolados de evangelización como los retiros de Emaús y Bartimeo.

¿Cómo fue para usted el desgarro de perder a una hija?

No encuentro palabras para definir el dolor que siente una madre al perder un hijo.

Cuando me piden que lo haga, me viene a la cabeza una frase de San Pablo, que escuché en una Misa, después de mi conversión: “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ningún corazón ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes le aman”, Corintios 2, 9.

Cuando escuché esta frase, lo relacioné inmediatamente con la eternidad, una realidad que Jesús nos prometió, en la que no existe enfermedad, ni dolor, y donde viviremos el AMOR amplificado Es decir, no existen palabras para describir lo que será nuestra existencia al lado de Dios, porque no podemos poner nombre a lo que aún no conocemos. Lo que yo entiendo de esta cita es que ni siquiera podemos imaginarlo, porque nuestra propia limitación humana no nos lo permite.

Pues bien, esta reflexión de San Pablo me sirve para expresar, que al igual que no existen palabras para describir con exactitud la belleza de la eternidad, tampoco las hay para hacerlo con respecto a la magnitud del dolor que se siente por la pérdida de un hijo. O por lo menos, yo no las he encontrado.

Jamás habría podido ni siquiera intuir, escuchar, ni concebir que existiera un dolor tan agudo e intenso en el alma; un dolor capaz de condensar, en un grado insoportable, todos los sufrimientos que se pueden padecer a la vez: miedo, ira, tristeza, desconsuelo, desesperanza, soledad, desamparo, angustia… Y a día de hoy, todavía no he encontrado las palabras adecuadas para poder describir lo que pasó por mi corazón en aquel momento, siempre me quedaré corta.

¿Por qué en ese momento de tanto dolor, buscó el único sitio que ofrece palabras de vida eterna?

Cuando perdí a mi hija, además de los sentimientos y emociones que ya he contado, se me plantearon las grandes preguntas de la vida: ¿para qué estoy aquí? ¿qué sentido tiene la vida? ¿para qué el sufrimiento? ¿por qué el mundo gira a mi alrededor si yo me siento muerta y paralizada?

Desde que fui madre, entendí que mi misión en la vida era querer, cuidar y proteger a mis hijos. Mi carrera profesional pasó a un segundo plano. Yo sabía que mi esencia era ser madre, me encantaba y lo disfrutaba. Sin embargo, había fracasado porque mi niña murió arrollada por un tren y sentía que era mi culpa por no haberla sabido proteger.

Pero una madre nunca deja de serlo porque su hijo se haya ido antes que ella al cielo, y ese instinto maternal me empujaba a buscar, necesitaba saber dónde estaba mi hija o si había desaparecido para siempre y no la volvería a ver jamás…

En medio de aquel dolor tan inmenso, algo me llamaba la atención: muchas personas se acercaban al tanatorio para darme el pésame y tratar de consolarme, pero solo unas palabras me atravesaban el alma de una manera distinta: las de las personas creyentes que me decían: “rezo por ti”.

De repente, no eran unas palabras más. No eran una simple frase de consuelo. Tenían una profundidad que captaban mi atención y, aunque yo entonces estaba alejada de Dios, me hacían mirar hacia lo sobrenatural. En resumen, yo no sentí un rechazo, ni enfado con Dios, sino que se despertó en mí un anhelo por conocerle.

¿Fue providencial ir a Caná, la parroquia en la que bautizó a su hija?

Totalmente. En el momento del accidente yo vivía en un pueblo de la sierra de Madrid. Al día siguiente del arrollamiento, en un estado absoluto de shock, me acerqué a la única iglesia que había, en busca de algo, no sabía muy bien el qué, aunque sí intuía que era el único sitio donde podía encontrar alguna respuesta.

El párroco me vio, y aunque sabía lo que había ocurrido, se limitó a saludarme de lejos. En ese momento yo no tuve en cuenta esa frialdad. No tenía el alma para reparar en si hizo bien o mal.

Pero sé que el Señor se sirvió de ello, para llevarme a donde posteriormente yo haría mi conversión y futura sanación. Porque unos días más tarde, me preguntaron dónde quería celebrar el funeral y, obviamente, no quise hacerlo allí. Ya he comentado que estaba muy alejada del Señor, por lo que no tenía una parroquia de referencia donde acudir. Así que, pensé que lo mejor sería hacerla en donde había bautizado a mi niña, en Santa María de Caná de Pozuelo de Alarcón.

Precisamente fue allí donde me encontré con el sacerdote que me ayudaría a salvar mi vida, Don Jesús Higueras. Creo que Laura ya intercedía por mí y colaborando con el Señor, me iban inspirando y guiando el camino a seguir.

¿Cómo fue la acogida del párroco para vivir el duelo?

Nada más entrar, a pesar de ser una parroquia altamente concurrida a todas horas del día, fue la primera persona que me encontré. Fue una amiga la que le tuvo que indicar que quería encargar una Misa por Laura, porque mi boca todavía no podía pronunciar que ella se había muerto. Muerte, esa palabra maldita.

Enseguida me llevó a un despacho y concertamos una fecha. Hablamos sobre Laura, sobre mí, sobre mi familia. Me explicó que celebraría una Misa de Gloria por ser aún una niña y me habló de la esperanza y la eternidad. Me recomendó lecturas espirituales para poder ir colocando todo en el alma e iniciar un camino de fe. Y lo hizo siempre desde la libertad, dejando que yo fuese la que tomaba la decisión de seguir este camino.

Por primera vez en días, mi alma encontró un poquito de consuelo y, a pesar de seguir hundida, en ese momento me pude agarrar a un buen salvavidas, fuerte y seguro. Tal y como me decía una amiga, los médicos curan enfermedades físicas, los psicólogos curan las enfermedades de la mente, y los sacerdotes, son los que curan el alma.

Hasta ese día, los médicos me daban ansiolíticos para conseguir dormir, pero estos solo me atontaban. Sin embargo, de repente, yo había encontrado ese médico con el que el Señor iba a sanar todo mi ser. De la mano de D. Jesús, aprendí a entender la cercanía de lo sobrenatural. Ahora tengo la certeza de que Laura está bien. No tengo su cuerpo, pero he descubierto que el Amor no lo necesita. Nuestra sociedad nos enseña a pensar y sentir poniendo la razón por encima de todo. Tuve que buscar la trascendencia para llegar a sentir la presencia de alguien que ya se ha marchado. Hoy puedo confirmar que incluso la siento de una forma más intensa, que la de muchas personas que están aquí presentes a mi lado. Entendí que el Señor no me la quitó. Me la devolvió de otra forma, en espíritu. Y, sin la dirección espiritual de D. Jesús, jamás habría podido recorrer ese camino.

Creo que la sociedad tiene una deuda con los sacerdotes, porque todo esto que he recibido, ha sido de forma gratuita y sin ningún tipo de adoctrinamiento ni coacción. Me pregunto en donde se puede encontrar hoy en día el nivel de compromiso que tienen con sus feligreses, acompañado por una formación exquisita, y que a la vez se haga de forma generosa, sin recibir nada a cambio. No se me ocurre ninguna empresa, ni privada ni estatal, ni ONG, ni nada parecido.

¿Cómo a la vez esa vivencia del duelo le llevó a la fe?

Yo lo había perdido todo. Estaba en lo más profundo de un pozo. Creo que podría decirse que es como tocar un poco el infierno. En ese punto, tenía que tomar una decisión: o seguir muerta en vida con ese dolor insoportable, o cogerme de la mano que me ofrecía Jesús, y tratar de salvarme a mí, y a los que me rodeaban. También tengo otro hijo, que en ese momento tenía solo 11 años y no quería que, además de una hermana, perdiese a su madre.

Pero eso era solo una intuición, porque el dolor, como ya he dicho antes, era tan grande que te paraliza. Tu alma y tu cuerpo han quedado dinamitados y no sabes ni por dónde empezar a pegar los millones de trocitos en los que te has convertido.

Y ahí, es donde, con la aparición de la figura de D. Jesús Higueras, el párroco de Santa María de Caná, comencé mi camino hacia la conversión y posterior sanación. Iba a verle con frecuencia y él me iba formando con sus palabras y lecturas que, como ya he dicho, me iba recomendando. Recuerdo en especial “La Cabaña”, un libro sobre la muerte y cómo Dios te acompaña en el sufrimiento. Te explica muy bien la Trinidad, el perdón, la esperanza y en definitiva, los principios de la fe. Lo devoré en pocos días y me ayudó a despertar a todo lo que se relacionaba con el Señor.

Al poco tiempo, hice un retiro de Emaús, que supuso el empujón final a mi conversión. Fue como una inmersión en la fe, salí de allí con esperanza, consuelo y el corazón ardiente. Entendí poco a poco la dimensión sobrenatural, que ella no había desaparecido, sino que estaba en otro estado, de otra forma. La existencia de Laura no había terminado, la muerte no era el final. Con el tiempo, unos años más tarde, me deshice de mis resistencias y se la entregué al Señor. Desde entonces, siento paz en mi corazón y existe una alegría interior difícil de explicar con palabras.

Me remito otra vez a San Pablo, “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ningún corazón ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes le aman”. Pues bien, no hay palabras que puedan describir con exactitud qué es esa paz y alegría, cuando vienen del Señor.

¿Qué supuso frecuentar los sacramentos y la oración?

Ya he comentado que estaba alejada de la Iglesia y, por tanto, de los sacramentos.

En el retiro de Emaús hice una buena confesión y volví a comulgar. Por otro lado, D. Jesús me hacía ver la importancia de comulgar con frecuencia. Me enseñó a valorar que no solo era un símbolo, sino que en ese acto se recibe a Dios mismo y es el alimento del alma, que es, precisamente, lo que yo necesitaba.

También me enseñó a entender que la comunión era el punto de encuentro con mi hija. Él siempre nos insiste en que fue el mismo Jesús quien le pidió a su padre, que aquellos que eran sus amigos, estuviesen siempre con Él.

Juan 17, 24 dice: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también estén conmigo, para que vean mi gloria, la que me has dado”.

Pues bien, si Jesús hizo esa petición al Padre, tengo que entender que Laura también está con Él. Y si la forma que yo tengo de encontrarme con Jesús es la comunión, entonces, de algún modo, también ahí me encuentro con ella. En ese momento puedo encontrarme con ellos y siento que recibo un poquito de ese cielo en el que están.

En cuanto a la oración, supuso también una parte vital para mí. Al no poder tratar con mi hija desde el terreno físico, tuve que desarrollar la parte espiritual para comunicarme con ella y fue la oración la que me ayudó en esta tarea.

Recuerdo con mucha intensidad cómo, durante los primeros meses, las noches para mí eran de especial angustia. La oscuridad me desquiciaba. Me habían recetado alguna medicación para dormir, pero nada hacía efecto. Y en eso, me venían a la cabeza esas frases que he comentado antes de las personas que eran creyentes y me habían dicho en el tanatorio que rezaban por mí. Pues bien, gracias a ellas, empecé a rezar. Cuando me sentía angustiada por el miedo, me ponía a rezar muchas Ave Marías y, milagrosamente, me quedaba dormida. Cuando me despertaba, me llamaba la atención, no entendía cómo la oración me había conseguido apaciguar el miedo.

Y poco a poco, empecé a rezar Rosarios. Ahora, entiendo el poder del Rosario, porque cuando tengo épocas en las que por la pereza dejo de rezarlo, siento que estoy más irascible y me falta la paz.

Y así fue como descubrí todos estos tesoros, los cuales había tenido siempre a mi alcance y nunca había hecho caso. Sin embargo, ahora no podría vivir sin ellos.

¿Hasta qué punto fue providencial crear un grupo en la parroquia para ayudar a otros padres a vivir el duelo?

D. Jesús nos iba poniendo en contacto a unas madres con otras, todas marcadas por la pérdida de un hijo, para que pudiésemos ayudarnos. Él sabía la necesidad de hablar con personas que habían pasado por lo mismo, sobre todo en un principio en el que sientes que no vas a poder salir de eso.

Unos años más tarde, en unos ejercicios espirituales que imparte cada año a los feligreses de la parroquia, habíamos coincidido varias madres a las que él atendía por separado. Y fue ahí donde nos manifestó que él sentía que éramos muchas y la parroquia debía atender esa necesidad, por lo que nos propuso hacer un grupo, en el que poder formarnos y tratar la pérdida desde la fe. A nosotras nos encantó la idea y lo vivimos con mucha ilusión.

En un principio éramos solo madres y con los años se fueron incorporando también padres que han pasado por esta circunstancia.

¿Qué frutos ha visto en todos estos años y cómo se ha creado una comunidad?

La estructura del grupo consiste en una reunión al mes, en la que el párroco, con un tema que él elige o le proponemos nosotras, nos da formación para que tengamos herramientas para afrontar nuestra pérdida, desde la fe. Luego quedamos entre nosotras para meditar y asentar la enseñanza que nos haya impartido.

Yo siento que D. Jesús está muy ungido por el Espíritu Santo, porque sin ser padre, es capaz de expresar todos y cada uno de nuestros dolores y fusionarlos con las palabras de consuelo que vienen de Dios. Y todo ello, lo aterriza a un plano comprensible para todas, pero a la vez profundizando en la teología.

Con él hemos aprendido a darle un sentido al sufrimiento, a saber ofrecerlo, a entender qué es la comunión de los santos y vivir mirando al cielo, de la mano de la Virgen María.

Los frutos que ha dado este grupo son fácilmente visibles por cualquiera que se acerque a conocernos, la alegría de la que hablaba antes reina en cada una de nosotras.

¿Qué testimonio le ha impactado especialmente?

He presenciado milagros de madres, que como yo llegan completamente rotas, y con el tiempo encuentran la esperanza. Unas tardan más y otras menos, pero el punto en común es ese, la esperanza. Yo diría que todas somos un milagro.

Por citar algún testimonio en concreto, podría contar el de unas madres que han perdido a más de un hijo y todavía al pensar en ellas, me conmueve ver cómo lo afrontan con paz y una fortaleza que no viene de este mundo. Siento una profunda admiración y respeto por ellas.

Pero creo que todas somos un milagro y cada una de nosotras podemos dar testimonio de una superación vivida a través de la fe.

¿Cómo el Señor le fue sanando esa profunda herida con los años?

Es cierto que la muerte de mi hija fue un revolcón interior decisivo para que yo buscase con vehemencia la fe.

Pero el Señor es muy inteligente, sutil, y hace las cosas perfectas. Si Él me hubiese quitado el dolor por completo, jamás habría sanado plenamente. Porque una madre que ha perdido un hijo, no puede dejar de dolerle esa herida, y si lo hiciese, no sería natural. Por lo que entonces, tendría otro problema, sentirse culpable por no dolerle la muerte de alguien al que quieres desde tus entrañas.

Lo hizo suavemente, sin brusquedades, respetando mi duelo. Me fue dando las herramientas necesarias para seguir hacia adelante: fuerza, esperanza, perseverancia, pero sin engaños, ni magias. Desde el sufrimiento.

Y finalmente, se dio la convivencia del dolor con la paz y la alegría en el corazón. Existe esa convivencia perfecta, porque, aunque el dolor es agudo, también lo es la alegría. Tengo que ser sincera y decir que esta alegría no la había experimentado nunca antes y por ello, me siento una privilegiada y, especialmente mimada por el Señor.

Sé que esto puede sonar escandaloso, pero es lo que siente mi corazón y sería desleal al Señor si dijese lo contrario, cuando Él fue el que me salvó en el peor momento de mi vida.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
Suscríbete
Avisáme de
guest
0 comentarios
Anterior
Reciente Más votado
0
Deja tu comentariox
ÑTV España
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.