15/08/2026 03:59
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Con el advenimiento del verano el balón se erigió en el centro del universo. Se paralizó en seco el planeta para contemplar en éxtasis a las estrellas fugaces del bautizado como deporte rey. Deidades de oropel exhibidas en la pasarela de un firmamento galáctico falaz, diseñado a imagen y semejanza de la FIFA y vendido al mundo, a precio de oro, como holograma global.

Los astros del balón eclipsaron por momentos todo lo demás, incluso al mismo Dios. La angustia vital de un planeta, que se desangra en guerras y crisis intestinas, desapareció por hipnosis colectiva e higiene mental.

Se llenaron las plazas de devotos feligreses que incensaban a sus ídolos. La liturgia del balompié congregó a millones de hombres y mujeres con un mismo atuendo unisex. Los templos profanos de plástico y cemento acogieron a turbas sedientas de goles, hechizadas bajo el sortilegio del balón.

Antiguamente los reinos luchaban en buena lid por altos ideales, hoy las naciones por la posesión del balón. Y en eso hemos sido los mejores. España dominó el planeta fútbol y ese dominio mundial nos trajo saudades del Imperio, de la conquista del mundo para Cristo, rosario en mano, bajo el signo de la cruz.

No digo que no se pueda seguir el fútbol sanamente, con amigos o en familia, y alegrarse de los laureles patrios. Critico la masificación idolátrica del circo millonario y su poder borreguizante. Un mero entretenimiento no puede ser nunca el ideal más alto de nadie, ni inocularnos sutilmente el veneno de la mundanidad.

Muchos chavales tienen entronizados los posters de sus atléticos ídolos de pies de barro en la habitación, banderas, bufandas, tal vez una camiseta firmada. Pero en muchas de esas habitaciones posmodernas ha desaparecido el crucifijo, la imagen de la Virgen, la más mínima alusión a la fe. Una tertulia deportiva o unos vídeos sustituyen a las oraciones de la noche.

Todo pasa, el mundo y sus glorias. Y tras las pompas efímeras y una vez el balón ha permitido ver de nuevo el sol, no se habla más que de las olas de calor de la nueva religión, denominada cambio climático. Bien es cierto que hay que hidratarse y protegerse del sol, y más especialmente los mayores y enfermos, pero no hay que quejarse tanto de ello ni estar hablando a todas horas del calor. ¿Dónde quedó el espíritu de penitencia si no ofrecemos los rigores de cada estación? ¿Dónde quedó el pavor al fuego eterno?

Los incendios asolan España, que emula en aridez el país de nuestro vecino invasor. Yermas nuestras fronteras de protección, nuestros montes se desertizan como un erial, pero lo más grave es el desierto de Dios. En muchas familias ya no florece la fe. No se bendice la mesa, no está presente nunca Dios.

Los terremotos en Venezuela y Colombia han causado muerte, dolor y desolación. Pedimos oración y ayuda para nuestros hermanos hispanos. Muchos se han volcado en ayudar. Los sacerdotes han estado allí para administrar los sacramentos y consolar. Estos trágicos fenómenos naturales son los que deben importarnos realmente y verlos como signos de lo efímera y frágil que es la vida en este valle lacrimal y tal vez signos de los tiempos, de los últimos tiempos.

Y tras temblar la tierra de dolor, hoy se para el planeta de nuevo con el dichoso eclipse de sol. Las masas hipnotizadas por los medios acuden en legión para ver el prodigio como ovejas sin pastor. No se habla hoy de otra cosa. Han elevado a sacro evento algo banal.

No digo que no se pueda ver el eclipse, como algo curioso y como una muestra visible de la grandeza de Dios. Aquí la maldad anida en admirar la creación, pero eclipsando e ignorando al Creador. Gente que no tiene nunca tiempo para ir a Misa el domingo, hoy estarán varias horas antes, velando armas con el móvil en sus sillas plegables, para no perderse el rito del sol.

Si la definición de estulticia es mirar al dedo que señala la luna, aquí lo es quedarse embobados con el eclipse, ignorando al que creó los cielos y la tierra por amor y vivir como si no existiera.

La reciente historia nos recuerda el milagro del sol en Fátima. Allí acudieron también en masa, pero con una diferencia esencial: sedientos de Dios y henchidos de amor a María. Los periódicos de la época, aún los ateos, fueron testigos del gran milagro y de ello dieron fe como notarios de la actualidad.

Me despido con una reflexión: que los acontecimientos del mundo no nos aparten nunca del amor de Dios y su servicio. Vivamos santamente sin que las criaturas eclipsen un ápice al Creador, sino que sean un pálido reflejo de Él, una chispa de su inteligencia, belleza y bondad.

San Juan de la Cruz decía que si las criaturas no nos llevan al Creador suelen ser velo, cuando no mancha. Que Dios sea siempre el sol de Justicia al que mirar porque nuestro corazón, en palabras de San Agustín, estará siempre inquieto hasta que descanse en Dios.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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