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Supongo nos ocurre a todos –a ustedes y a mí– que, de repente, algo nos invita a profundizar en un tema por el que, habitualmente, pasamos tan de largo que podríamos decir que no existe cuando, si pensamos un poco vemos que no es asunto baladí. Más bien, de importancia suma y consecuencias trascendentales. Así, en esta Semana Santa, cuando por razones varias, entre otras mi dificultad para asistir en persona a los oficios de la parroquia –especialmente lentitud al andar– y habida cuenta del ofrecimiento del párroco para confesarme en casa, traerme la comunión, con lo que completar la asistencia a las celebraciones a través de la televisión, he valorado dos cosas: Una, el exceso de trabajo de los pocos sacerdotes actuales — insuficientes para el número de iglesias– y otra, la miserable retribución que tienen.
Podría añadir una tercera: el desconocimiento de los españoles sobre el robo de los bienes de la Iglesia hace dos siglos, cometido cuando los masones de los gobiernos hijos de la revolución francesa, la expoliaron mediante el “inmenso latrocinio”– como llamó Franco a la “Desamortización de Mendizábal” cuando ordenó al ministro Eduardo Aunó hallar la forma de reparar aquel atraco. Aprovecho para recordar la mentira utilizada en estos casos: oficialmente siempre se hace para “beneficio de la nación” y la realidad es muy otra, pues lo expoliado va directo al bolsillo del ordenante y a los de su pandilla de sinvergüenzas de alto copete, –todos ellos, hijos de Satanás–.
Cuando los Gobiernos expolian, el destino de lo robado no falla jamás: nunca es el Tesoro de la nación, siempre van a la faltriquera de los gobernantes y amigos. Pero lo peor del caso no es el latrocinio sino la nula reacción del Pueblo y, luego, su carencia de memoria gracias a lo cual garantizas a los chorizos cleptómanos la inmunidad. Más aun, pronto se los considera gente lista y son admitidos entre la nobleza del país, –cuando sus apellidos deberían ser la deshonra de quienes los heredan–. Si tuvieran un poco de dignidad sus hijos cambiarían el apellido para que nadie les recordase el origen de sus riquezas.
¡Cuántos comentarios necios evitaría un poco de cultura histórica! Es el caso de atribuir vida de ricos a los sacerdotes, que reciben una retribución miserable, que no llega ni siquiera al sueldo base del resto de los españoles, y que deja en mal lugar la cultura de quien lo hace cuando, en realidad, viven desbordados de trabajo, supliendo con horas extras la escasez de sacerdotes. Los párrocos españoles,– especialmente los de los pueblos–, no solo atienden su parroquia sino también se cuidan de las vecinas. Es normal verles con cinco o seis pueblos a su cargo, –y también más…–.
No hay dudas sobre quiénes son los trabajadores españoles peor pagados y me indigno cuando veo considerar a los sacerdotes una especie de seres privilegiados que viven bien sin hacer nada. Los españoles que piensan y hablan así, demuestran poseer un conocimiento de la realidad a la altura del betún. ¡Penoso!, se lo mire por donde sea.
Quienes con nuestros artículos influimos de algún modo en la opinión pública debemos contribuir a elevar la cultura del pueblo destruyendo sus falsas imágenes sobre la realidad, contrapesando así la obra destructiva de los “media” al servicio de los enemigos de la Verdad.
El daño sufrido por el pueblo como consecuencia de la falsa imagen del “clero vago y vividor” –que la Sinagoga de Satanás ha logrado introducir en nuestra sociedad– es incalculable pues ha conseguido alejarle sicológicamente –y también en el trato– de sus mayores benefactores, despojándoles del cariño afectuoso que deberían profesar a los sacerdotes, como ocurría en las generaciones pasadas. Por algo, los llamaban “padre”. El sacerdote en otros tiempos que yo viví, –muy de cerca, por cierto, pues uno de ellos, de padre y de madre para mí, al quedar huérfano—era visto por el pueblo, como algo próximo al que se recurría con respeto y afecto. Era realmente, el padre de todos y así era tratado, con frecuencia y proximidad. Todo ha cambiado desde hace ochenta años más o menos.
Cuando los pueblos se vaciaron y la gente de campo se transformó en “urbanita”, ¡en gente de ciudad!… La vida, ahí ha transformado al hombre en un ser más individualista; lo que complica aún más el problema. En las viviendas viven vecinos que ni se conocen. En los pueblos las casas estaban a la sombra de sus parroquias; en las ciudades se ha roto esa protección.
¿Recuerdan cómo nacían en las Indias las ciudades fundadas por los conquistadores?… Partían siempre de “una plaza mayor”, dos de cuyos lados eran el Concejo y la iglesia. Con Franco, en los nuevos barrios, no faltaba el templo, ahora a ninguna inmobiliaria se le ocurre construir ese complemento tan necesario para sus habitantes. Pura lógica: La religión ya no es factor a tener en cuenta, el hombre es simplemente un animal –oficialmente racional, pero sin alma ni conciencia—y el Gobierno y las inmobiliarias, no tienen por qué preocuparse de actuaciones propias del Medioevo, heredadas y carentes de sentido pragmático.
No profundizo más pues no tendría espació ni siquiera para enumerar las consecuencias de la nueva postura ante el “nuevo sentido de la vida humana”. Espero que lo comentado ayude al lector a valorar la misión de esos admirables hombres que necesitamos para vivir la fe católica, herencia de una España que no merece estar en manos de mentes vacías y desequilibradas y al servicio de poderes enemigos de lo que somos y creemos.
Autor

- GIL DE LA PISA ANTOLÍN. Se trasladó a Cuba con 17 años (set. 1945), en el primer viaje trasatlántico comercial tras la 2ª Guerra mundial. Allí vivió 14 años, bajo Grau, Prío, Batista y Fidel. Se doctoró en Filosofía y Letras, Universidad Villanueva, Primer Expediente. En 1959 regresó a España, para evitar la cárcel de Fidel. Durante 35 años fue: Ejecutivo, Director Gerente y empresario. Jubilado en 1992. Escritor. Conferenciante. Tres libros editados. Centenares de artículos publicados. Propagandista católico, Colaboró con el P. Piulachs en la O.E. P. Impulsor de los Ejercicios Espirituales ignacianos. Durante los primeros años de la Transición estuvo con Blas Piñar y F. N., desde la primera hora. Primer Secretario Nacional.
Supongo que nos ocurre a todos.