¿No a la guerra?
No, no, mejor: “No al feminismo”.
Digan lo que digan, el feminismo no ha dejado nunca de ser una ideología de la peor condición, nada lúcida, plagio estricto del modelo de la lucha de clase y, en síntesis, muy violenta en la práctica. Solo le ha preocupado un constructo abstracto (la Mujer feminista y militante) que exhibe como el modelo imperativo al que debe ajustarse toda mujer. Busca y anima a combatir a su otro espectro opositor (el Hombre en la versión feminista, algo inexistente), anhela a propósito la desigualdad, aspira a la ventaja (discriminación positiva) y aviva el enfrentamiento contra el Hombre, «su» Hombre.
Todo el cuerpo de categorías paralogizadas y polarizadas de las que se sirve el feminismo, así el rosario infinito de los géneros, nada significan… nada serio. Como toda ideología, el feminismo militante se dirige y proyecta solo hacia los instintos (sexuales) y se expande por todos los recovecos de su turbulenta acción transformadora contra los Hombres. Toda ideología que propende a «trasformar» la sociedad, según sus axiomas (los objetivos estratégicos), y que se empecina en vencer la resistencia de los que se la oponen y ejerce sobre ellos la violencia infinita. Todo medio vale. Toda ideología, en lo esencial, constituye un buen conductor de la violencia organizada hacia un fin.
Muchos sostendrán que son minoría pero es precisamente esa circunstancia, la de ser minoría significativa, la que pone en riesgo a la sociedad entera: ninguna revolución triunfante se ha producido, jamás, sin el alzamiento violento de una minoría organizada. Las masas, el pueblo, la turba, las féminas o lo que sea, vienen después como mero adorno, excusa o acompañamiento. Pero, la verdad, el feminismo carece de capacidad para producir transformaciones tectónicas porque únicamente subsiste adherido al amparo de la subvención pública que representa su única condición de existencia.
El feminismo no pretende ni aspira a ninguna revolución sexual, ni vaginal ni fálica, libre de enfermedades venéreas. Lo que el feminismo trata de imponer constituye algo estrictamente sensorial: la exhibición lúdica y el pavoneo estético de los cuerpos neutros, nada de rozarse solo contemplarse a distancia en una vorágine de indiferencia recíproca y de narcisismo especular y espectacular, es decir la tendencia hacia el monacato del uni-sexo primordial. Es el horror vacui: nos hemos quedado —dicen— solos con el sexo sin reproducción y ¿qué hacemos con él? Pues feminismo.
Cualquier ideología surge siempre como acto de endiosamiento para apropiarse y, sin duda, para elevar a la categoría sacramental una dualidad ficticia en la que uno de los términos está subordinado y debe liberarse. ¿Tan necesitada se encuentra una parte de la población que precisa de un psicoanálisis gratuito en forma de liberación de la sexualidad reprimida?
El «ello» freudiano parece operar aquí como autenticidad profunda del conflicto y de la lucha de fuerzas antagónicas que, según Freud, así lo asume el feminismo transmoderno, rigen nuestra forma de pensar y de actuar. El feminismo se arroga el derecho para gestionar el «ello» (no el elle) y pretende apropiarse del principio del placer inmediato pero transmutándolo en displacer y en renuncia reactiva de todas las determinaciones de las estructuras profundas del sexo. El sexo no condiciona nada. Por fin se ha descubierto el enorme vacío que afluye en estas ideologías confusas: la pasión sacrificial por la anhedonia. En efecto, el sexo es un estorbo… el Hombre también.
El itinerario de la dominación del feminismo se proyecta como objetivo final y si hay oposición se lamina mediante la violencia, tanto material, física, como discursiva… incluso si ésta procede de la legítima resistencia a una ideología cancerosa. La intensidad de la violencia depende de la resistencia. Y no puede observarse mayor escena de resistencia que este falso espectáculo de dualidades artificiales que funda el feminismo.
Para nuestro feminismo, no es posible manumitir a la Mujer sin anular al Hombre. Así nos lo plantea el conjunto de sus axiomas. Ahora bien, si eliminamos uno de los términos en liza ¿qué queda? Nada. No queda definido sustantivamente el Hombre pero tampoco el término Mujer (que únicamente puede constituirse y significar dentro de esa estructura dual). Buscar en las zonas intermedias, grises, eso sería la vorágine a la que invita el género que se pierde en el infinito de las conjugaciones de los nombres, forma ridícula de perder el tiempo.
¿Qué ideología puede apreciarse sin esa disposición intransigente para alcanzar su finalidad última y, evidentemente, sin esa predisposición a matar por sus principios?
Siempre estamos frente al mismo modelo de nacimiento de una ideología. Al principio la posibilidad de una dualidad que pretende superarse. Después la construcción de una matriz discursiva. La dotación de medios materiales (para algunas ideologías es el único objetivo) y la conversión de los creyentes en radicales sectarios de «la gran idea» por la que morir no es, en la mayoría de los casos, ninguna retórica hueca. Todo sucede siempre del mismo modo: la ideología convertida en un medio de «transformación de la sociedad» que se inocula por todos los poros y contamina todos los ámbitos de la existencia.
Podrían entenderse e incluso compartirse alguno de los aspectos negativos de eso que el feminismo militante denomina «patriarcado» que conceptualmente nada tiene que ver con el discurso etnográfico. Lo que exigiría concretar y detallar qué habría de censurar o modificar del «patriarcado». Pero, del mismo modo, resulta complicado comprender y compartir a priori las bondades de la propuesta del «matriarcado» en su concepción mágica, la de una sociedad ideal y utópica que se propone como alternativa al ámbito de convivencia actual y que sería constitutivo del programa edénico del feminismo.
Con respecto de esa sociedad edénica, libre de conflictos y de tensiones humanas, completamente neutra, nada se dice y nada se concreta y especifica, nada se desarrolla. Se tiene, seguramente, in mente el proyecto de la nueva sociedad feminista alternativa pero poco o nada se sabe sobre su detalle: ¿cómo se estructurará y qué tensiones la regirá?
¿Qué clase de sociedad propone? Nada nos comenta el feminismo. Se nos hurta todo conocimiento preciso de la futura sociedad feminista, blindada por una ignorancia ciega, un misterio insondable, que advendría por el parto de la revolución feminista. Pero, ¿por qué no se hace el desvelamiento y penetramos en el armazón de esa futura sociedad feminista?
Mientras tanto el feminismo vive de una táctica actualizada de agresión contra todo Hombre que se le oponga incluso contra quienes lo critican. No puede negarse la existencia de múltiples formas en la que el feminismo incurre en violencia contra el sistema que aspira revolucionar y contra el Hombre («su concepto» de hombre). La peor forma de violencia la constituye aquella que oculta todos los comportamientos «negativos» de la condición de ser mujer, en la perspectiva feminista. Pero tenemos un rosario enorme de agresiones:
-No hay mayor violencia que privar a cualquier persona de sus hijos y de su patrimonio por razón de una serie de presunciones cuestionables.
-Los asesinatos de personas (niños, mujeres y hombres) constituye un fenómeno indiviso y no hay exclusividad de ninguno de los sexos. Nadie queda exento de la certeza de la agresividad y de sus consecuencias.
-El aborto, esa forma de eliminación del nasciturus, resulta fomentada y practicada de forma desafiante y generalizada por el feminismo, en todas sus versiones, pretendiendo alcanzar actualmente la negra condición de derecho constitucional (¿?).
-¿Cómo castrar a un Hombre de sus aspiraciones profesionales y de su prestigio y, claro, de su patrimonio? Animando a las mujeres a presentar contra el Hombre denuncias por acoso, malos tratos o cualquier otra… siendo indiferente las falsas de las que no lo son porque, a nivel judicial, son indiferenciables al prevalecer el protocolo al que están obligados a aplicar legalmente jueces y policías.
-El feminismo, por su propia naturaleza, promueve campañas ordenadas a la eliminación de los Hombres del escenario vital, público o privado, ejercitando la violencia abierta (escraches, acosos en redes sociales, etcétera) contra los hombres in genere partiendo del presupuesto de que todos son violadores y asesinos de mujeres.
-Las campañas del «Me too» constituyen paradigma a nivel general. En ocasiones llega al ridículo como en el caso de la denuncia contra Adolfo Suarez, el sufriente investigado por una denuncia fatal cuando se haya muerto hace mucho tiempo (¿no es posible aplicar la prescripción a estas astracanadas o, si me apuran, el sentido común?).
-El feminismo ha alcanzado el objetivo, no completado, de convertir en leyes del parlamento, en procedimientos procesales ad hoc, en normas penales para la protección de sus principios más grotescos y sus concepciones sobre lo que debe ser una conducta compatible con la perspectiva feminista o de género (¿?), ordenamiento legal e instituciones judiciales dispuestas al unísono contra todos aquellos que cuestionan, discrepan o rechazan la falsedad de las ideologías del género, la permisividad del aborto o los dogmas de un feminismo irredento. En España hasta ha alcanzado la cota más alta al disponer una ideología extremista de un Ministerio, el de la Igualdad, para ella solo, con el claro y proclamado propósito de gestionar el dinero público a favor de los colectivos oportunistas infinitos que se arremolinan a su alrededor.
¿Qué problema hay en regresar a la simplicidad de la presunción de inocencia y castigar con vehemencia las denuncias falsas, infundadas o simplemente instrumentales? El caso de Dani Alvés es antológico.
El espacio de la seducción ha sido tomado por el feminismo mediante la propuesta de un cuerpo de mujer rebosante de signos confusos y de derechos exclusivos y excluyentes donde refracta toda pasión. El feminismo no puede concebirse sin ese desvío de los privilegios, del incentivo de la aristocracia de los cuerpos y de la instrumentalización de un pasado histórico y antropológico de vejaciones y de humillaciones contra la mujer.
—¿Pero no hay ni ha habido —me espetarán— mujeres violentadas?
Claro, sin duda y en abundancia. Pero no debemos obviar que las «historias» son infinitas como lo son también las interpretaciones que reordenan el sentido de los hechos.
El feminismo no tiene espacio en el orden digital. ¿Por qué? Porque no hay sexualidad y carece de virtualidad procreativa y propende a reordenar las coordenadas donde los sexos biológicos se diluyen. Es decir, las categorías Hombre/Mujer del feminismo solo podrían existir como negación de los modelos preexistentes y permite jugar con ellos hasta el infinito y ab libitum.
La tensión de las diferencias forman parte del orden analógico donde el sexo, la reproducción y la familia siguen operando con finalidad estructurante. Todos esos efectos se difuminan en lo digital donde las normas y modelos de configuración se erigen en patrones que pueden adoptarse por sus protagonistas, funciones de los sintagmas de las diferencias físicas en su expresión externa. El feminismo juega con todos los signos de las diferencias para neutralizar sus efectos y exorcizarlos.
Todo es reproducible en el orden digital y no solo los comportamientos y los signos de las diferencias. Podemos eliminar la intervención del hombre en la reproducción pero también a la mujer. La tecnología de la fertilidad y de las placentas artificiales tienen su propio recorrido sin necesidad de asistencia biológica y operan al margen de los portadores seminales. Allí donde el feminismo ve un problema, la diferenciación y funcionalidad de los sexos, el universo digital lo diluye en la operativa tecnológica.
La cuestión ahora pudiera ser quien tiene derecho a procrear (mujeres sanas y genéticamente contrastadas); pero en un futuro inminente, que será el siguiente escalón del avance tecnológico, nadie tendrá posibilidad efectiva de procrear porque dejará de constituir un derecho subjetivo y no formará parte de la soberanía de los cuerpos para formar familias, sino de los poderes políticos y digitales (¿?) que reproducirán artificialmente en función de los criterios estrictos del algoritmo.
Hay que ser indiferentes a los obstáculos que procedan de la culpa y de la vergüenza por ser hombre (y mujer) en minúscula, de un tiempo y de una historia en la que no hemos participado, con la que no nos identificamos y que nos resulta completamente extraña y ajena a la mayor parte de los occidentales. No negamos el oprobio ejercido por algunos hombres, con nombre y apellidos, contra algunas mujeres y viceversa. Pero debe resplandecer la verdad, frente a los dogmas feministas, puesto que la inmensa mayoría de hombres y de mujeres no tienen nada que ver con las patologías ideológicas del feminismo militante.
Debemos huir del miedo. La tendencia futura consiste, en efecto, en abrogar a la Mujer feminista, esa que se arroga en exclusiva la decisión de procrear o no, con soberbia, algo que nunca le ha pertenecido, obtener una prebenda a cambio del sexo o levantar diferencias artificiales… Intuye lo que adviene: el torcimiento impuesto por un universo artificial en el punto exacto posterior en el que las técnicas de reproducción asistida prescinden de ambos sexos.
Lo mejor para acompañar ese tiempo o para quedar protegido sería identificarse como mujer, disfrazarse de mujer, usar pseudónimos de mujer, ¿auto percibirse mujer?… ¿no es eso a lo que invita la ley trans o, mejor dicho, el extravío radical de las versiones del feminismo transmoderno? El mundo está mucho más revuelto, en su desorden, de lo que imaginaba.
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Comparto la crítica al feminismo entendido como dogma ideológico cuando sustituye la igualdad real por confrontación, privilegios legales o presunciones colectivas.
La defensa de la mujer no puede hacerse a costa de erosionar la presunción de inocencia, la igualdad ante la ley ni la libertad de discrepancia.
Toda causa legítima se degrada cuando se convierte en aparato de poder, subvención, censura o señalamiento moral del discrepante.
Lo razonable es volver a un principio simple: proteger a toda víctima, castigar todo abuso probado y rechazar cualquier ideología que enfrente artificialmente a hombres y mujeres.
«Efectivamente, lo que describes es el fin de la biología como espacio de resistencia. Al desplazar la procreación de la soberanía del cuerpo al cálculo algorítmico, no solo se pierde un derecho, sino que se clausura la posibilidad del error humano, que es, paradójicamente, donde reside nuestra libertad.Podríamos añadir que este ‘escalón tecnológico’ transformará la familia en un diseño de interfaz: el parentesco ya no será un vínculo de sangre o voluntad, sino una asignación de variables optimizadas para la estabilidad del sistema social. En este escenario, el Estado o las corporaciones no solo gobernarán nuestras vidas, sino que pre-programarán nuestra identidad antes de nacer, convirtiendo la existencia en un ‘simulacro’ biológico donde el destino ya no es algo que se construye, sino algo que viene instalado de serie por el poder político-digital
La izquierda, a través de un feminismo que califico como «mal llamado» o instrumentalizado, no busca genuinamente la igualdad, sino apoderarse de la identidad de las mujeres para crear un «patriarcado político» invertido. Este nuevo poder no lo ejercerían los hombres, sino una élite política (la izquierda) que usa a las mujeres como rebaño electoral, perpetuándose en el poder mediante la gestión de sus votos, emociones y cuerpos como una mercancía identitaria
Ese supuesto «patriarcado» que el feminismo dice combatir es, en realidad, la coartada perfecta para erigir uno nuevo.
El yugo: El «yugo» no es la opresión masculina, sino la dependencia política. Las mujeres son empoderadas discursivamente, pero desempoderadas institucionalmente: se les dice qué sentir, qué denunciar, cómo votar y a quién odiar. Cualquier mujer que discrepe es tachada de «traidora a su género» o de «falsa conciencia».
La «Mujer» como recurso extractivo: Así como el capitalismo extrae recursos naturales, la izquierda feminista extrae votos y legitimidad moral de la identidad femenina. No les importa la mujer concreta, con sus contradicciones, su libertad de elegir ser ama de casa o su derecho a discrepar del aborto. Les importa «la Mujer» como categoría política maleable.
Toda identidad colectiva que se convierte en mercancía política deja de ser herramienta de liberación y se convierte en un látigo nuevo, con otro nombre. El «patriarcado político» que denuncio es el nombre de ese látigo.
Las ideologías de género nos encasillan en roles obsoletos que conllevan desigualdades entre mujer/hombre
El ciberactivismo será/ es la principal amenaza al que la sociedad digital tendrá que hacer frente, un desafío al campo de batalla de agitación del feminismo politizado.
No puedo estar más de acuerdo con el contenido del artículo.
Desde que entró en marcha la actual ideología del feminismo, no ha podido haber más discordia y problemas consecuencia de esa manera de querer estar sin aportar nada. Y cómo mujer decir que, no me representa, ni a mí ni a la gran mayoría de las españolas…está ideología se gestionó al margen de los problemas reales de una sociedad que luchaba y reivindicaba derechos que nada tienen que ver con lo que hoy conocemos por la política feminista impuesta sin permiso.
El feminismo existe en minoría pero juega con los débiles. En qué consiste el feminismo….. en atacar al hombre….en ser víctimas del machismo….en el abuso continuado a toda la sociedad, no solo a los hombres.
Qué perspectiva tiene el feminismo? Donde quieren llegar, como cita el autor, creo que se queda corto en sus explicaciones ya que el fondo de la cuestión es aún más duro y que no tiene un final “feliz”. La mujer “mujer” siempre ha sido valorada y respetada, no ha tenido que escudarse tras el feminismo.
El feminismo solo lo pueden solucionar las mujeres que en su gran mayoria no entienden ese término ni su condición.
Hola, la mujer no es feminista es mujer o feminina. Las ideologías son siempre nefastas y las políticas peligrosas porque causan muchos muertos, conflictos y rupturas. Hay que olvidar al feminismo desde la f hasta a o.