Si tuviera que sondear en mi memoria y acudir a los retazos que me embargan sobre el 23 de febrero de 1981, tendría que evocar recuerdos robustos y contundentes que contradicen las múltiples patochadas de los que se pavonean en la prensa escrita digital. Todo se expone como un maravilloso despliegue minucioso y como programado de acontecimientos que permitieron al Borbón «salvar la democracia». La normativa de la Memoria Histórica y Democrática, claro, sigue operando para velar la inexistencia de democracia. Nunca la hubo en realidad. Todo fue una representación política y aún seguimos instalados en ella.
Tanto antes como después del 23 F se consolidó el pacto entre los sectores más avanzados del anterior régimen político de Franco y los más conspicuos representantes de los partidos políticos autoritarios de la República del terror. Ese pacto político tuvo como expresión máxima la Constitución de 1978. Ese hecho fue el relevante.
Tengo viva aún la estupefacción vívida cuando los dirigentes de la organización juvenil a la que pertenecía nos reunieron a los militantes ansiosos, la inmensidad de ellos menores de edad (a la sazón 21 años), en el salón de un piso clandestino y de una ciudad gris y turbada. Nos trataron de convencer de que con la aprobación de la Ley de Reforma Política ya estábamos en la «democracia política». Todos nos miramos, unos a otros, incrédulos. «¿Esto que viene es la democracia?» Sí, esto es, nos respondieron. Los popes trataron de convencernos con argumentos de todo tipo pero era imposible asimilarlos para unas mentalidades insufladas por la «revolución». Nuestras aspiraciones apuntaban al cielo: liberar a la humanidad de los capitalistas.
Esa fue la mentalidad y el choque subsiguiente. Entonces supe, como si se tratara de un golpe perturbador, qué era la «plusvalía política» de los militantes y quien era el subordinado para prestarla en la nueva estrategia democrática del partido. El político dirigente lo tenía claro: ya que no podía controlar a las «masas» al menos sí podría controlar a sus acólitos y adeptos, a esos militantes enfebrecidos que aspiraban a alcanzar el cielo.
Mucho más tarde, cuando ya no aspiraba a la consumación de ninguna revolución decimonónica, alcancé la convicción profunda de que todo aquello fue, en el sentido pleno del término, una ficción política impostada, pura política. O sea una sutil trampa de engaños donde prevaleció el más sinvergüenza de los políticos avispados y su grupo de interesados para aprovechar las oportunidades que venían de vivir del cuento y que proporcionaría la «nueva democracia» en curso. Esa era la impresión de la época: la política y la democracia como medio de vida de unos cuantos privilegiados.
Una idea obsesiva se muestra persistente en todo este retroceso de la memoria hacia los tiempos de 1981: desde la muerte de Franco, en Noviembre de 1975, todo se decidió desde arriba, mediante intrigas infames habidas entre los mejores y más avanzadas cohortes de los últimos de Franco y los avezados políticos «profesionales» de los partidos políticos autoritarios de la república. Hubo un dato cierto en todo esto: la población fue indiferente, la población en general no estaba por la labor ni de sostener la continuidad del anterior régimen ni de apuntalar el nuevo régimen democrático. La verdad fue que todo era simple indiferencia. Pura pasividad, sin energía, una población neutra y a la expectativa de los acontecimientos. La política fue espectáculo, sin duda.
En el lenguaje político de aquellos tiempos todo eso se traducía como la indisposición de las masas para hacer la revolución política derivada de un proyecto de ruptura, aspirando, por ejemplo, los de mi grupúsculo a un modelo leninista de enfrentamiento para alumbrar un régimen político totalitario. Como decíamos entonces, la correlación de fuerzas, es decir la indiferencia de las poblaciones impulsadas por proyectos políticos, no era suficiente ni gozaba de potencia propia para incoar una revolución y, sin duda, nada ni nadie quería aventuras convulsas para modificar lo que fueron, entonces, los anteriores 40 años. La población, salvo excepciones insignificantes y poco relevantes, fue un cadáver muerto que flotaba sobre un río cuyas corrientes políticas lo condujeron hacia la democracia del voto y la ilusión de la elección de los dirigentes.
Fue esa languidez en la fuerza de las «masas», incapaz para vertebrar una revuelta insurreccional (ni siquiera en las Vascongadas se alcanzó jamás un grado crítico), la que tuvo como consecuencia la definitiva consolidación de un pacto de élites entre los distintos políticos en activo conviniendo la reforma política.
Nada de ruptura, nada de continuidad. El nuevo negocio de la política, con sus juegos ideológicos y en la perspectiva del reparto de enormes presupuestos del Estado entre los contratantes, estaba a la espera de entrar en escena con impaciencia. Nunca lo tuvieron tan fácil los nuevos políticos democráticos que surgieron por doquier, sujetos híbridos entre el pasado franquista y más allá del pasado (la de los republicanos autoritarios). La evocación del pueblo, de los ciudadanos, de los españoles… todos y cada uno de los nuevos políticos apelaban a su nueva servidumbre potencial para alcanzar, en comandita, las mismas entrañas de la administración pública para fragmentarla, repartirla, hincharla y expoliarla.
El 23 F de 1981 sirvió para poner de relieve, pues, dos datos:
–La cobardía de la mayoría de los nuevos políticos híbridos surgidos del pacto de la reforma política entre traidores que renunciaron a sus convicciones (franquistas y republicanos) quienes, al tronar las armas de los militares en el simulacro fracasado de golpe, huyeron como conejos despavoridos para no ser localizables durante días.
-Y la profunda indiferencia, absoluta, de una población inerte que acompañaba forzada este viaje político de sustitución de un régimen político desde su ignorancia y embargada por una esperanza que era más mediática que efectiva. Habla pueblo, habla…
La modelación de la España posterior a la Constitución de 1978, se produjo no tanto como consecuencia de la aplicación de «principios democráticos», que siempre han operado como una excusa, sino mediante la apropiación por los nuevos políticos (el sistema de partidos políticos) de todos los presupuestos de las distintas administraciones públicas y el expolio depredador de los nuevos amos del negociado político democrático. Una parte sustancial de riqueza y patrimonio, mucho mayor que durante el régimen de Franco, transitó desde la población hacia las élites políticas y sus empresarios que viven, también ahora, del expolio obtenido de la ejecución de los presupuestos de gasto de las administraciones públicas.
El modelo democrático de la reforma, eso que algunos denominaron la transición democrática, no ha servido más que para alumbrar un nuevo régimen político autoritario de las novísimas y occidentalizadas élites políticas y empresariales depredadoras que se sostienen, nos da la impresión, por y para el robo sistemático, ya normalizado, de rentas y patrimonio de sus pobladores.
Pero ya estamos en 2026 y aquello que se intentó en el 23 F de 1981 fue tal vez un intento, el último, de abortar todo este desgraciado final que ya conocemos. El fracaso era entonces mucho más posible que probable su éxito. Después de 3 años de recorrido de democracia, ya en 1981, pudo comprobarse que el nuevo régimen político disponía de una capacidad ilimitada para satisfacer las pretensiones de los nuevos vividores de lo político y de la política y éstos no estaban dispuestos a cambiar hacia las incertidumbres de un nuevo césar.
El fracaso del 23 F se produjo, sobre todo, por falta de asistencia de los propios militares. Soledad total, abandono sin paliativos. Todo quedó como un espectáculo mediático. El Rey no hizo nada especial salvo salir por televisión cuando ya estaba todo finiquitado. Ningún protagonismo hubo, nada de heroicidad en ese abominable conjunto de políticos cobardes (tal vez Gutiérrez Mellado y el propio Adolfo Suarez y un Carrillo que quedó petrificado en su asiento del Congreso… muerto de miedo).
Ahora, en 2026, tenemos que reflexionar sobre algo que no podemos ocultar por más tiempo: que este régimen político de 1978, ahora vetusto, NO está corrompido y podrido hasta el tuétano, porque esa es y siempre ha sido su esencia y su definición auténtica. No, este régimen, con sus élites políticas, sus empresarios, sus poblaciones adeptas, sus vividores, cierto, está más fuerte que nunca y no va a extinguirse por una patología mortal interna o externa. El régimen del 78 es, exactamente, el resultado de un pacto cobarde de los nuevos políticos surgidos después de la muerte de Franco. Nada más.
Estamos ante el retorno de las nuevas «transiciones políticas» que ya ni respetan ni aceptan los mismos principios de una Constitución degenerada que ha sido superada y que solo sirve de cobertura para los nuevos y viejos propósitos:
-La democracia política solo tiene significado en tanto que nuevo sistema de regulación del Estado como competencia en la gestión por parte del sistema de partidos políticos. Esto es la expresión de un autoritarismo político invisible pero brutal que se parapeta detrás de los «derechos humanos» y su pomposa parafernalia.
-La población que gestiona el Estado del nuevo régimen político, tanto ahora como en su alumbramiento, se ha convertido en una población inane y con capacidad únicamente de servir a las nuevas élites, nacionales y transnacionales. La población no es más que la infraestructura demográfica que facilita el expolio y la depredación ejercida por las élites políticas y no solo de riqueza material también de los modos de vida.
Todo esto es irreversible: autoritarismo y población desestructurada. No caben nuevas revoluciones ni regeneración de ninguna clase. Solo cabe esperar el pasmo virulento e impredecible de las poblaciones hastiadas y que, desde dentro, ya que resulta imposible desde fuera, se genere una implosión que hunda el conjunto de un orden occidental, al que pertenecemos.
Pero eso, como puede comprobar el amable lector que ha osado llegar hasta aquí, es un desiderátum. Y no nos engañemos porque lo que pueda interesarnos a nosotros, a ti, a mí, a este y aquel, no tiene porqué coincidir con las supuestas «aspiraciones» de esa masa amorfa de la población a la que toda propuesta de regeneración le refracta. Tal vez tendríamos que saber que la población, ciertamente, no tiene existencia propia y que es una ficción política. Así podríamos comprender mejor el fenómeno de la política autoritaria que representa la democracia política.
¿Tal vez estamos ante la imperiosa necesidad de aspirar a un nuevo 23 F… pero en 2026? Soñar es libre.
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El golpe fue, en parte, consecuencia de la debilidad y las divisiones internas de la clase política de la Transición. La dimisión de Adolfo Suárez y el deterioro de la UCD crearon un vacío de poder que los sectores más «astutos» intentaron aprovechar.
La causa raíz residía en la persistencia de elementos «tibiamente democráticos dentro de las estructuras del Estado que se quisieron volver al ciclo biparttidista alfonsino aprovechando el nuevo sistema democrático y el proceso de descentralización.
Hubo una voluntad política de limitar las condenas solo a las figuras más visibles (como Tejero, Milans del Bosch o Armada) para «exonerar al resto» y proteger la estabilidad de la Corona y el «nuevo» sistema. .
Por lo tanto, no fue una asonada militar aislada, sino una maniobra más compleja (a veces referida como «operación especial») destinada a reconducir o «reparar» la dirección que estaba tomando la democracia española
Prácticamente coincido en su totalidad con el relato expuesto del famoso 23F, cuyo golpe de estado no salió bien por falta de apoyos de colaboradores que no cumplieron sus pactos previos.
Y efectivamente la población no tiene existencia propia.
Siempre se nos presentó ese suceso como bastante fatídico, una ruptura hacia el camino de la libertad. Y ahora nos reímos de la libertad que tenemos. Hemos pasado de Guatemala a Guatepeor, nunca se ha visto un panorama político cómo el actual: demagogia, autoritarismo y falta de respeto y libertad ..
Creo que ese 23 F nos lo intentaron hacer creer que !0h no otra vez una dictadura militar! con lo que nos ha costado cerrar la anterior 40 años , despues de haberse puesto de acuerdo todos los partidos crear una constitu ion los famosos padre de la democracia, ….
No podria triunfar …fue quizas un golpe en la mesa para que estos partidos padres de la democracia no la cagaran.
Uff un golpe ahora en la actualidad 2026, la verdad con todo lo que estan haciendo catgandose las instituciones, la separacion de poderes, llevandose a manos abiertas la pasta, anulando la clase media trabajadora y riendose en la cara de la gente etc…a huevo
Pero en fin no lo veo