29/09/2026 15:13

Seguramente, todavía habrá quien se pregunte por qué ningún medio de comunicación pone el grito en el cielo ante las infinitas patochadas que se perpetran y exponen a diario como “arte de vanguardia”; y cuál es la razón por la que ningún periodista se atreve a criticar ni por asomo los museos, teatros o centros culturales que las albergan y exhiben; toda vez que, además, la presunta originalidad y el espíritu transgresor que las “justifican” –siempre el mismo cuento– no son más que la patética repetición de una impostura. Porque, aunque las nuevas y desmemoriadas generaciones adictas al móvil lo desconozcan, conviene recordar que un sinnúmero de las “creaciones” que hoy pueblan nuestro panorama “artístico” no son sino burdas copias de la basura generada por las vanguardias hace un siglo. De hecho, basta echar una ojeada a la oferta cultural de cualquier ciudad europea para comprobar que en todas ellas se sigue rindiendo homenaje a los mismos botarates y desgarramantas glorificados tras la II Guerra Mundial… sin que nadie se atreva a señalar y decir en voz alta que el rey va desnudo.

Y esta es la cuestión: ¿por qué “todo el mundo” calla? ¿Por qué los medios de comunicación asumen, blanquean y sancionan como “cultura” un negocio puramente especulativo destinado a destruir, precisamente, el concepto de Cultura y a poner en solfa el de Civilización? ¿Por qué ningún periodista parece capaz de atisbar el papel del “arte” como una herramienta de adoctrinamiento y propaganda, inserto en un programa más amplio destinado al debilitamiento de la sociedad mediante la inoculación masiva de relativismo? La respuesta es obvia: porque los medios de comunicación y las autoridades académicas son cómplices de “educar” en el relativismo intelectual y moral igualando la verdad, la bondad y la belleza con la mentira, la maldad y lo horrendo.

Pero… ¿acaso todos los periodistas y la llamada “intelectualidad” son cómplices?, se preguntará el lector. ¿No queda nadie, ningún profesor, académico o escritor que se atreva a denunciar el disparate de situar en el mismo plano una escultura de Bernini y una lata de judías? ¿Por qué no parece haber voces discordantes?

La respuesta es sencilla: por miedo. Miedo a ser etiquetado de retrógrado, insensible o inculto. Miedo a quedar aislado socialmente, miedo a no poder acceder a un puesto en la Administración o a prosperar en ella. Miedo impuesto y perpetuado desde el Poder por las instituciones educativas y culturales, con la complicidad de los medios de comunicación y entretenimiento. Que en eso, en definitiva, se mide el Poder: en la capacidad para dominar y someter. Y no hay mayor prueba de dominio que obligar a un ser humano a humillarse ante un manchurrón en la pared; que se sienta coaccionado para decir lo contrario de lo que piensa; o violentar su razón y conciencia hasta el punto de que sienta, piense y diga lo que desde el Poder se le “sugiere” que sienta, piense y diga… y, más aún, que lo transmita a sus hijos, enseñándoles a adoptar la pose “correcta”, repetir monsergas y fingir admiración por aberraciones sin sentido.

Algo que pude presenciar hace apenas unos días, con motivo del lamentable esperpento “AEOLIA”, organizado por la Dirección de Cultura del Instituto Cervantes. Es decir, por Luis García Montero; la secretaria general Carmen Noguero Galilea; la directora de Cultura, Bibliotecas y Cultura Digital, Raquel Caleya Caña; la jefe del Departamento de Actividades Culturales, Yolanda Hernández Pin; la jefe del departamento de Bibliotecas y Documentación, Ana Cristina Gonzalo Iglesia; y el jefe del Departamento de Cultura Digital, Miguel Marañón Ripoll. Ya que todos ellos figuran en el folleto de la muestra, en la sede central del Instituto Cervantes en Madrid.

Ante mis ojos, unos adultos se sometieron a sí mismos y a sus vástagos a la visita guiada, escuchando complacidos las absurdas “explicaciones” del pájaro encargado de tal propósito.

¿Y de qué trata la muestra?, se preguntará el lector. Pues consiste, ni más ni menos, en que un tipo llamado Solimán López se desplaza a Campo de Criptana (Ciudad Real), recoge en un compresor el aire del lugar donde se desarrolla el capítulo octavo de la primera parte de El Quijote y, supuestamente, reutiliza ese aire para, con la ayuda de inteligencia artificial, reescribir el texto de Cervantes. Según la página web del Instituto Cervantes: “Esta instalación transforma la energía del viento en lenguaje, invitando al público a participar activamente en el proceso de generación de texto. La IA, entrenada con el texto original, traducciones y bibliografía sobre la obra cervantina, produce variaciones del clásico desde perspectivas ecológicas, de género o filosóficas”[1].

Aunque, en realidad, el público no pueda participar de ninguna forma en la generación de absolutamente nada y su papel quede restringido a sufrir los textos diseminados por todo el vestíbulo del Instituto Cervantes (en la esquina de la calle de Alcalá con la del Barquillo) alrededor de un armatoste grotesco que parece sacado de una película de ciencia ficción mala de los años cincuenta.

En letras blancas sobre paneles negros, leemos cosas como: “1 m³, 1 suspiro, 1 palabra, 1 aliento, 1 ráfaga, 1 Aeolium”; “Conversión a valor simbólico-poético-económico”; “Suspiro counter”; “Campo vectorial Aeólico”; “Alucinación sintética 8”; “Hálito inverso”, “Filogenia bursátil del soplo”; “1kWh = 3.6e6 J → kWh = 3.5e-9 → Valor ≈ 0.0000000045 moneda/suspiro”…

Mientras se proyecta en bucle un vídeo en el que el “artista” Solimán nos explica que en su obra “estamos respirando ADN ambiental” y una voz en off nos invita a profundas reflexiones: “El siglo XXI no tendrá genios sino curadores del caos algorítmico”; “Aeolaxis es una forma de ver el mundo desde la escucha y no desde el consumo”; “¿Qué pierde el viento cuando lo convertimos en número?”, entre otra serie de ocurrencias similares.

Por si fuera poco, una “autoridad de talla mundial” como el catedrático de Sociología Francisco Parra Luna nos cuenta que “los gigantes eran injustos con la sociedad” (sic), y la comisaria Roberta Bosco subraya los nexos entre Solimán y Cervantes: “Como Cervantes, Solimán siembra una semilla de desconfianza saludable”.

Por desgracia, no podemos dejar de advertir en los subtítulos algunos errores de bulto difíciles de justificar, como “enjendra” (sic) ¡con jota!; “lengua” donde debería decir “legua”, o la ausencia de tilde sobre la “i” en un nuevo concepto “dataismo (sic) del viento”, que suponemos fusiona la toma de datos eólicos con la pretendidamente ingeniosa alusión al viejo dadaísmo.

Una circunstancia, la de las faltas de ortografía, especialmente relevante en este caso, tanto por el lugar en que se produce como por la institución que la ampara; y más aún si, como se nos amenaza, “AEOLIA es la primera entrega de ‘Paisajes intangibles’, un ciclo de proyectos concebidos y producidos por el instituto Cervantes”.

Dicho esto, aunque a estas alturas algo así ya no sorprenda a casi nadie, indigne a pocos o incluso nos parezca hilarante, lo cierto es que la normalización de lo feo y absurdo en nuestro entorno no es casual ni baladí, y sí la prueba del éxito de un largo proceso de ingeniería social. Porque, si se puede hacer que una sociedad entera asuma que cualquier aberración “artística” pase por “respetable” y que nadie se atreva a denunciar la farsa y a los farsantes, esa sociedad tragará lo que sea.

Algo que constatamos una vez más al pedir en Recepción el libro de reclamaciones y observar el miedo de la funcionaria que nos atiende. Y es que en voz muy baja y con una inflexión apenas perceptible que deja traslucir fugazmente su esperanza y simpatía, pregunta: “¿Es por lo de ahí dentro…?”. La mujer mira detrás para comprobar que la puerta está cerrada y susurra: “Que no me oiga nadie, que me echan”. Vuelve a girarse como si pudiera ser descubierta en falta y añade mientras escribe en un papel: “No hay ningún formulario; tienen que dirigirse a la siguiente web: cervantes.sede.gob.es… aunque me parece que no van a obtener respuesta. Eso de la transparencia es un cuento. Pero hacen bien en quejarse. El problema es que nadie se queja… Esto no tiene nombre”.

No creo que se me olvide la cara y la expresión de aquella mujer, su ligerísima y doliente mueca, levantando muy poco su comisura izquierda, fruto de muchos años ocultando sus pensamientos y emociones, soportando la intolerancia sectaria de sus compañeros de trabajo afiliados al Partido.

A sabiendas de que no obtendremos contestación, nuestra misiva al Instituto Cervantes solicita respuesta a varias cuestiones:

  1. a) ¿Cuánto ha costado la instalación de este tinglado, incluida la habilitación, iluminación y climatización del vestíbulo, pagar a los guías y a los guardias de seguridad? ¿A cuánto ascienden los emolumentos del artista y la comisaria?
  2. b) ¿Quién paga la fiesta? ¿Cuánto se sufraga con dinero público?
  3. c) Si hay financiación privada, ¿qué beneficios obtienen las empresas implicadas?
  4. d) ¿Recibe comisiones el director del Instituto Cervantes?
  5. e) ¿Qué presupuesto anual se destina a las actividades culturales del Instituto Cervantes?
  6. f) ¿Qué objetivo de los oficiallmente reconocidos para el Instituto Cervantes cumple AEOLIA, cuando éstos son, a saber, «promover universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español, fomentar su calidad y difusión, y contribuir a la difusión de las culturas hispánicas en el exterior, organizando cursos, certificaciones (DELE, SIELE, CCSE), formando profesores, apoyando a hispanistas y gestionando bibliotecas y recursos digitales, todo ello en coordinación con la administración española»?
  7. g) ¿Por qué mienten? Lo que se anuncia en la web acerca de la presunta “participación activa” del público no es verdad.

Por otra parte, a cien metros, en la plaza de Cibeles, un cartel en la fachada del Palacio de Correos anuncia la exposición “Estratos: la inmortalidad de lo efímero”, de la artista Miluca Sanz, en el centro de exposiciones CentroCentro. ¡Oooh! ¡Pero qué título tan paradójico e ingenioso!, ¿verdad? En fin…

Muy cerca, el Museo Thyssen-Bornemysza acoge en su primera planta una exposición de dos Pablos: Picasso y Klee; mostrando juntos los desatinos de ambos para gozo y disfrute de una riada de visitantes atraída por la fama de sus firmas… Y, si no fuera suficiente, en la planta baja del mismo museo, una muestra de Warhol y Pollock. ¡Qué decir de estas vacas sagradas de la Historia del Arte! Precioso el lienzo gigante de 15 metros cuadrados a base de orines… ¡Pero qué amarillos! ¿Se han fijado en los matices? Es tan auténtico…

Por cierto y por último, antes de que se me olvide: el pasado 10 de diciembre, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acogió una “performance” titulada: “O.R.G.I.A. Ways of seeing (Coñovisión)”; explicada así en la página web del museo: “Ways of seeing (Coñovisión) radica en la producción de una alquimia feminista que reflexiona de manera crítica en torno a los conceptos de visión, representación, cuerpo y ocularcentrismo (sic). Se trata de una acción multimedia compleja realizada ex profeso para el museo que además hace referencia a una selección de desnudos femeninos de su colección, donde se despliegan recursos y estrategias de la videocreación, del lenguaje escultórico, de la conferencia-performance y del arte de acción”[2].

¿Qué mayor prueba de una sociedad sometida y enferma? ¿Cómo no va a haber millones de fanáticos ecoangustiados con la farsa climática si hay millones convencidos de que una basura con la “intención” correcta es tan “Arte” como la Capilla Sixtina?

 

 

 

 

 

 

Autor

Santiago Prieto
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Carlos Rubio Terrés

Excelente articulo, que pone de manifiesto la basura infecta que intentan inocularnos a diario.

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