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José Manuel García sacerdote de la Diócesis de Getafe, licenciado en Derecho Canónico por la Universidad Eclesiástica San Dámaso. Ordenado en el año 2010. Vicario en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Chinchón.

¿Se puede considerar “Mi Cristo roto” uno de los grandes clásicos de espiritualidad?

Claro que sí Javier. Hace algún tiempo escuché en un documental la siguiente reflexión: “El arte responde a una necesidad; el resultado del arte bien hecho es una obra bella. Lo bello no es más que todo cuanto puede ser resucitado, arrebatado a lo eterno, salvado de lo eterno y traído hasta la hermosa fragilidad del presente. Eternidad aquí abajo”.

Mi Cristo roto” puede considerarse un clásico de la espiritualidad porque contiene esa belleza que merece ser resucitada y arrebatada a lo eterno. San Agustín nos habló de Cristo como la belleza siempre antigua y siempre nueva. Considero que los clásicos de la espiritualidad tienen que reunir esas características de antigüedad y de novedad. Eso es precisamente lo que convierte a los clásicos de la espiritualidad en atemporales y eso es lo que se puede ver en la representación de esta obra. Cuando uno la ve o, mejor dicho, la contempla, percibe que esta obra es totalmente actual. Yo me atrevería a decir que, incluso, necesaria.

¿Por qué ha sido tan positivo adaptar el libro al teatro?

Todos sabemos que, actualmente, se lee bastante poco en general. Vivimos en la era digital y nos impacta mucho más lo que vemos que lo que simplemente leemos. Adaptar el libro al teatro supone recibirlo de una manera mucho más profunda porque son más los sentidos que se ponen en juego. Si además contamos con la incorporación de las canciones y de la música se consigue potenciar todo mucho más.

Con seguridad, en esta obra, es más importante el “contenido” que el “continente” (sin desmerecer en nada la puesta en escena, que también está muy bien hecha) pero lo más importante que se quiere transmitir es el mensaje. Para ello, es necesario cuidar también el cómo se hace.

Ver la obra puede hacer que muchos se interesen por la lectura del libro, pues hay que decir que no todo el contenido del libro aparece en la representación.

¿Se podría decir que el libro es una llamada a la conversión?

Desde luego que sí. Yo recuerdo que era una meditación muy utilizada, sobre todo en el tiempo de cuaresma; a modo de anécdota, recuerdo que en la época del seminario, las cenas en cuaresma solían ser en silencio y durante la cena nos ponían alguna meditación o alguna vida de un santo como se suele hacer en ejercicios espirituales. La obra “Mi Cristo roto” siempre tuvo la intención de provocar la conversión en el lector y así lo entendieron, tanto directores espirituales y formadores de seminarios como predicadores durante mucho tiempo.

Conozco algún sacerdote que ha regalado muchísimos ejemplares de este texto a personas conversas sabiendo todo el bien que les hace.

Por otro lado, también me atrevería a decir que no solo es una llamada a la conversión, sino que también hay un componente de restauración. Frecuentemente, los que nos consideramos convertidos, necesitamos ser restaurados y en esta obra el tema de la restauración aparece de una manera primordial. En nuestra vida es necesaria la conversión, pero también la restauración constante de esa conversión. Conversión, restauración y configuración creo que son los tres elementos clave de la obra.

¿Por qué interpela especialmente a los sacerdotes a configurarse con el Cristo sufriente?

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En la obra, el actor principal es un sacerdote. Desde el inicio aparece como un cura normal que vive su sacerdocio con aparente tranquilidad. Esto hace que los sacerdotes nos identifiquemos con él desde el primer momento.

El cura de la obra tiene un entretenimiento que es la restauración de obras de arte, lo que nos hace pensar que, análogamente, cualquier sacerdote también está llamado a ser un restaurador de almas heridas que necesitan volver a brillar en todo su esplendor.

Los curas tenemos que pasar mucho tiempo con Cristo e insistirle en que nos enseñe a ser buenos restauradores de vidas porque, con frecuencia, queremos restaurar a nuestro modo y no al modo del Buen Pastor. Muchas veces, ya hemos pensado cómo tienen que ser las cosas sin haberlas pasado suficientemente por el Señor.

El cura de la obra vive en una supuesta comodidad porque piensa que lo tiene todo controlado, pero el encuentro y la conversación con el Cristo sufriente provocarán que todo lo que tenía por seguro se pondrá “patas arriba”.

También interpela a los sacerdotes porque, en algún momento determinado de la obra, el actor experimenta el cansancio y la fatiga del ministerio, e incluso los desprecios y la utilización que, a veces, algunos hacen de Cristo (viéndolo como un aguafiestas o dejándolo en reserva para el día en que lo necesitan)

Tengo que confesar que mi mayor deseo respecto de esta obra es que la pueda ver el mayor número de sacerdotes posible.

¿Cómo le ha ayudado este libro en su vida sacerdotal?

Recuerdo que la primera vez que leí el libro todavía no pensaba en ser sacerdote. Después lo volví a leer siendo seminarista y ahora, al ver esta adaptación teatral ya siendo sacerdote, considero que ha sido un texto que me ha ido acompañando durante todo este proceso de seguimiento. Justamente cuando estoy escribiendo estas líneas estoy cayendo en la cuenta de esto. Fue de los primeros libros que conocí recién convertido y mucho tiempo después ha vuelto a aparecer en mi vida.

Personalmente, me ha ayudado a repensar muchos aspectos de mi relación sacerdotal con Jesús. A entender y a saber integrar la parte del sufrimiento, tanto físico como espiritual que tenemos los sacerdotes. A darme cuenta de que cuando se nos habla de una configuración con Jesús, no se trata de un simple barniz que se queda en lo externo o que penetra un poco, sino que se trata de una total identificación con él. Este aspecto último es el que más me ha marcado y el que más me sigue impactando cada vez que veo la obra y es que al final de la representación la voz de Cristo termina siendo la voz del propio sacerdote. “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi”.

¿Cómo puede ayudar el libro y su representación teatral al hombre moderno, roto por muchas heridas (soledad, fracaso, falta de sentido…)?

Desde el inicio queda claro que Cristo no quita el dolor, sino que lo acompaña. Como siempre ocurre con estas frases hechas, son muy fáciles de decir, pero muy difíciles de vivir; sobre todo cuando uno está sumergido en la noche del dolor.

Si podemos decir que hay algo que nos une y que es común a todos los que pasamos por este mundo es el dolor. No hay persona que no experimente lo que es una soledad, un fracaso, una traición, una enfermedad, una falta de sentido… Todos, en mayor o menor medida experimentamos eso en algún momento de nuestra vida. Dolores y sufrimientos que, en ocasiones, son grandes y prolongados, cuando no, perpetuos.

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La obra nos enseña a que Cristo no ha querido ser ajeno a esa realidad del hombre caído tras el pecado y que ha abrazado desde dentro ese misterio del dolor. Esto es lo que significa que “al que no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros”.

Como respuesta a esta pregunta, recomiendo mucho la escena en la que el sacerdote en la obra pronuncia una homilía sobre la cruz de Cristo: “Yo tengo un Cristo sin cruz y tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Tú no resistes tu cruz porque te falta Cristo. ¿Por qué no le entregas tu cruz vacía al Cristo?” El dolor queda así iluminado y entendido desde la Cruz.

¿Por qué tras el éxito de su representación en Chinchón la obra debe difundirse en más sitios?

Desde un inicio, la obra se pensó para ser representada en el teatro de Chinchón cuatro tardes en dos fines de semana. Al mismo tiempo, todos los que pudimos ver la representación compartíamos la idea de que era algo tan bueno y necesario que era una pena que todo terminase de esa manera, pero tampoco se pensó en darle un mayor recorrido fuera de la población.

La verdad, hay que decir que ha sido providencial que haya habido personas que se hayan interesado por este proyecto con gran generosidad y entrega y que han decidido “ponerle alas” y echarlo a volar allí donde el Espíritu Santo quiera llevarlo. En cierto modo, nos sentimos como que estamos ante algo que nos supera de alguna forma y que Dios está detrás de todo confirmando el proyecto.

¿Por qué recomienda ir a verla?

Aquí voy a ser más breve que en las anteriores preguntas. Por un lado, observo que en el panorama nacional, actualmente, no existe una oferta teatral de tipo religioso-católico.

Por otro, te diré que hay que ir a verla por dos razones: la primera es porque el bien tiende a comunicarse y la segunda es porque el que ama quiere el bien para el amado y esta obra está preparada con mucho amor y, sobre todo, se muestra hasta qué punto nos ama Dios por medio de su Hijo.

Autor

Javier Navascués
Javier Navascués
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.

Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.

Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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