15/08/2026 04:05

Lo que se escapa a los analistas del fenómeno boomer es muy simple: no tienen en cuenta el fenómeno tecnológico radical, es decir, aquel proceso por el cual lo analógico se ve sustituido por los bits (o cúbits), organizando todo, lo macro y lo micro, en un nuevo orden donde nada ni nadie depende de las ideologías sino de las tecnologías de vanguardia. Ver La vida cañón de Alicia Plaza.

Desde la remota lucha de clases, donde se hace  ficción sobre aquellos que tenían todos los medios de producción y aquellos otros, los más, que no los tenían, hemos transitado hacia una lucha generacional donde los boomers tienen todo (lo importante, renta, patrimonio) que, por vía positiva, no disponen los mileuristas. Esta dicotomía generacional, como la de las clases, comparten la misma mitificación y adolece del mismo sentido perverso de una hipotética confrontación de estados (de todo o nada, de viejos y jóvenes) cuando lo realmente importante es la prodigiosa tendencia hacia la inutilidad de la población cuya cuantía absoluta, desde el siglo XIX, ha ido disminuyendo.

Una lectura con esos glosarios, términos y problemáticas nos conducen a que no veamos más que fotogramas dispersos de España como si estuvieran proporcionados por un adepto al LSD: una pseudo realidad distorsionada, psicótica. La cuestión central nunca ha sido lo material ya sea, en la lucha de clases, la posesión de los medios de producción, ya sea, en la lucha generacional, las ventajas y aspiraciones materiales de una parte de la demografía.

Lo trascendental ha sido y sigue siendo este: hasta dónde el factor humano resulta prescindible y cuándo será neutralizado definitivamente en la aspiración intransigente e irreversible de convertir a las poblaciones en recursos bióticos. Las formas variadas en que se articule (Estado industrial, Estado del bienestar, Estado de la ansiedad, Estado catatónico, etcétera) y que se adopten en el curso del tiempo, carece de la más completa trascendencia.

Nosotros, pues, no vamos a ser menos, proponemos otra dualidad: lo digital que crece al margen de lo analógico. Aquí, a diferencia de la lucha de clases o de la lucha generacional, no estamos ante una explosión de energías sino frente al agotamiento radical de toda energía del espacio analógico que, dejando un vórtice vacío, es ocupado por el nuevo orden digital.

Lo digital no entiende de clases ni de generaciones porque no es material ni transgénico, está más allá de cualquier biología productiva incluso de las demográficas. Lo digital es la información pura que elabora y diseña un orden nuevo de realidades, de complejidades y de existencia. Por eso lo digital es repelido por lo ideológico (que es pura evocación del sentido analógico).

Pero al orden digital también repele el trastorno artificial de las demografías. Se sostiene, un poco simplificadamente, que aquí (Occidente) donde ya no hay reproducción de los sexos se la ha de sustituir por la inmigración. Se cubre el déficit de la reproducción sexual por la inmigración. En esas zonas del mundo, estériles, se les deja abandonadas al sexo no reproductivo, con el que no saben ciertamente qué hacer, y se les satura de inmigración… y de sus mitologías salvíficas.

La mentalidad que opera es la misma que la de «la acumulación del capital»: crecimiento (artificial) de la población para ampliar la base de los trabajadores que las sociedades estériles son incapaces de reproducir, con la viva ilusión de sostener con su trabajo las contribuciones necesarias de las pensiones y de los impuestos para los gastos estatales. Es decir, que la inmigración representa, además de un mito, la hipotética solución a los problemas de la falta o déficit de financiación de los gastos públicos de pensiones y de recaudación de impuestos.

Todo ese modelo es falso porque parte de un prius que ha devenido en residual y conforme al cual el trabajo representa el centro vital de todo el sistema. Ya sea el trabajo de las poblaciones autóctonas ya sea el trabajo de las poblaciones añadidas del exterior, las inmigrantes. El modelo es el mismo de siempre (desde el siglo XIX al menos), lo único que ocurre es que cuando el trabajo autóctono disminuye (por el descenso de la población y, sobre todo, por el despliegue de las tecnologías de vanguardia) se reemplaza, automática y perfectamente, por el trabajo inmigrante.

Pero en cualquier caso, el modelo sigue poniendo su centro en el «trabajo» como categoría que estructura todo el sistema. Ahora es indiferente considerar si este último trabajo está cualificado o no o, más generalmente, si el trabajo lo es por cuenta propia o ajena o que tengamos que replantearnos el concepto marxista de trabajo que inspira toda esta academia ideológica.

¿Por qué el salario, en general y en términos relativos, es menor hoy (2026) que en 2000? Porque el capital fijo, el que incorpora la parte de la máquina, se convierte en el factor decisivo, predominante, y expulsa al capital variable que representa la aportación humana. No se trata de la sustitución de una clase de capital por otra, sea más o menos productiva. Es el conjunto del orden económico, en primer lugar, el que está infectado y regido por este principio radical: la tendencia imparable hacia la exclusión del factor trabajo en toda actividad humana productiva.

Estamos instalados, estrictamente hablando, en la subordinación del trabajo humano a la máquina y en condiciones para transitar, en poco tiempo, hacia el dominio absoluto de la máquina. Es precisamente esa situación generalizada, la que se propaga e infiltra en todos los intersticios de las actividades humanas, económicas o no, la que engendra esa desaparición de la aportación humana.

La población ociosa, la que ya no trabaja pero también la inútil, es decir la que no es necesaria para esa actividad económica, sin duda, tiende a aumentar siguiendo el ciclo paralelo de la pérdida del trabajo (por las nuevas tecnologías de vanguardia). En las sociedades occidentales constituye una constante el paradigma según el cual disminuye población en función directa a la implementación y al aumento y expansión de la tecnología de la información, lo que era el diseño de una sociedad futura donde, finalmente, habría menos población pero mucha más producción.

Pero la respuesta contradictoria del orden analógico ha sido otra muy distinta. El orden analógico ha potenciado las políticas woke mientras incorporaba, mediante la inmigración exterior, lo que se perdía por la no reproducción sexual. ¿Se trata de un error de perspectivas del análisis de las realidades complejas objeto de estudio? No procede entrar ahora en esas consideraciones.

Pero las realidades siguen uniformes el principio de expulsión o eliminación del trabajo y son las que persisten intangibles: el trabajo ya no sigue el principio de conservación de la energía, ni se crea ni se destruye, se transforma: no hay trabajo suficiente (cualitativo y cuantitativo) que permita ampliar la base de trabajadores para que contribuyan a mantener las pensiones y para que aporten ingresos suficientes vía impuestos. Lo que hace más débil al Estado del Bienestar que no puede subsistir sin esas fuentes de ingresos.

Se ha reordenado, mundialmente, el campo global donde operaban las grandes empresas y los Estados: los poderosos están y operan fuera del Estado-nación, un vetusto aparato fallido que sirve como intermediario para la extracción de recursos a la población convertida en recurso biológico.

Las consecuencias son las que podemos verificar: una economía de la parvedad para una porción que podemos estimar en un tercio de la población (entre ellos el océano inmenso de los mileuristas) que proporcionan en precario un Estado del Bienestar raquítico para el resto de las poblaciones holgazanas, que todos podemos imaginar ya cuales son.

Para esas laboriosas hormigas mileuristas y el resto de los trabajadores grises, su destino no es otro que alimentar con sus contribuciones e impuestos a las holgazanas cigarras (el resto de la población de un Estado del Bienestar fallido) sabiendo, o debiendo saber, que no gozarán en el futuro de las mismas prestaciones, es decir ni de pensiones ni dispondrán de las subvenciones y ayudas de que gozan actualmente el resto de los beneficiados del Estado del Bienestar. Sus vidas solo se alegrarán y aligerarán con el fallecimiento de sus progenitores (los boomers) que, mediante la herencia, permitirá mejorar notablemente sus condiciones económicas (mejor si es hijo único), su capacidad económica y de gasto conspicuo.

Por tanto, en esta situación novedosa, nos encontramos con que el orden tecnológico tiende hacia la disminución acelerada de las poblaciones occidentales, que las élites políticas pretenden revertir mediante inmigración masiva, lo que provocará el colapso del Estado del Bienestar. Son esos proyectos de sustitución y reemplazo, para la continuidad del modelo, transformados en nuevas creencias y mitologías sobre la migración redentora, los que deben ser cuestionados.

Y es la percepción de que esto no funciona, de que la desigualdad ya no es la de origen material sino la de oportunidades efectivas las que los más jóvenes no consienten y a las que se oponen. En efecto, ¿para qué, se plantean, trabajar tanto cuando ya no es preciso ni una décima parte? Pero también ¿para qué trabajar, en la mentalidad mileurista, transfiriendo renta hacia terceros cuyos beneficios actuales no recibirán en el futuro?

Tenemos, pues, dos grandes núcleos de problemas: la realidad de los comportamientos demográfico de las poblaciones y de las consecuencias que provoca en  la nueva realidad de los Estados del Bienestar junto con la tendencia imparable de la pérdida del trabajo. Lo que políticamente converge en una cuestión capital: seguimos con la prolongación artificial del modelo analógico perpetuando la agonía del trabajo como núcleo vital que estructura todos los resortes de la existencia (desde lo personal hasta el Estado) o nos lo replanteamos todo enarbolando el prius del fin del trabajo y asumimos todos sus efectos.

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Jose Sierra Pama
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Enzo Coll

Efectivamente, el debate entre perpetuar el modelo laboral tradicional o abrazar un paradigma de «fin del trabajo» ha alcanzado un punto crítico. Mientras que las estructuras estatales y empresariales continúan impulsando reformas para adaptar el empleo analógico a la era digital, la realidad tecnológica y social sugiere una transformación más profunda de la arquitectura laboral. Para 2026, se estima que la IA podría eliminar hasta la mitad de los empleos de «cuello blanco» de nivel inicial. ¿Resurgirán actividades como la artesanía, la agricultura a pequeña escala y el nomadismo digital como formas de imaginar prácticas laborales menos alienadas?

Alberto

Lamentablemente el autor tiene razón, pero casi nadie ni piensa sobre este tema, porque hoy en día no interesa que se entretenga a la gente con ello. El Estado o los Estados emiten medios de distracción para disuadir al personal. Ya sabemos que ocurre con el avance de la tecnología que al final disminuirá la población trabajadora y que será sustituida por máquinas o robots. Y la inmigracion no ayuda a solucionar el Estado del Bienestar.

Fernando guerrero

Bueno de entrada creyendo que los boomer la forrma que tenemos de ver y vivir la vida bastante mas real, que las nuevas generaciones millenials,Z ,X…
Teniamos en mente otros objetivos eso si teniendo los pies en el suelo, ahora si bien es cierto que las posibilidad de trabajo, sueldos, y el avance de la tecnologia, etcetera tambien es cierto que escudarse en eso y pensar en que toda oporunidad le vendra caida del cielo y se ven en un estado de bienestar supremo tampoco y ver en la inmigracion la solucion menos creo que todo esto deberia ser proporcional, trabajo, cualificacion,sueldos, tecnologia, inmigracion todo esto deberia ser en su justa proporcion para poder alcanzar ese estado de bienestar que se busca

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