Sí, en ellas encontramos el verdadero origen de la apestosa, enmascarada y debilitada democracia que desde el año 2004 venimos soportando los españoles(1).
Vivimos en un carnaval orgiástico de desmesuras sicalípticas, de latrocinios económicos, de despilfarro de nuestros impuestos subvencionando multitud de chiringuitos afines al gobierno, de traiciones cobardes o rigurosamente planificadas, de ausencia de valores y principios morales, de egoísmos radicalizados, de inseguridad jurídica y ciudadana, de invasiones recurrentes y casi diarias de inmigrantes ilegales, unos entran a formar parte de la lista de delincuentes, otros no tienen ningún afán de integrarse en la sociedad que los acoge, los demás, que no cotizan, suponen un gasto social que no es soportable para las arcas públicas, lo cual afecta y va en detrimento de los servicios públicos que el Estado debe proporcionar a la ciudadanía.
Todo lo anterior sazonado con un Himalaya de mentiras y embustes disparados con el ánimo de dañar y confundir, que una vez, convertidos en proyectiles de insidiosa y pérfida carga ideológica, nos obligan a ponernos a buen recaudo, y a estar bien protegidos para no quedar malheridos o infectados por los revolucionarios efectos que provocan.
Sí, desde que el «execrable» Zapatero —actualmente, el «coleccionista de joyas», orlado con ese vil y astuto mesianismo, complementado con el adanismo del que impugna todo lo que no surge de su pensamiento o alimenta su interés, que rechaza febrilmente lo que le impide obtener sus deseos o alcanzar sus objetivos— provisto de máscara e inundado con ese sentimiento de coprofilia, (subyugado por la atracción de la ingente cantidad de excrementos que iba a excretar sobre España y la convivencia social), tuvo el placer orgásmico de sentarse en el trono monclovita para arremeter contra la Transición, en ese preciso instante, la paz social se dio por finalizada.
Interiorizando el interés personal y la supuesta y cacareada superioridad ideológica del socialismo, y convencido del aciago desposeimiento e inutilidad de alcanzar su objetivo por los medios de la alternancia democrática y civilizada, llegó a concluir que era imperioso y necesario romper con los consensos de la Transición desde la presidencia del gobierno.
Así que, decidió instilar su veneno en vena de la sociedad, derramar su semilla revolucionaria para conseguir la revisión del sistema del 78, y para que pareciese un proceso de regeneración, cuestionó y deslegitimó a uno de sus principales actores, la derecha.
Cabe observar que, en los preliminares de la Transición, el socialismo se mostró con su verdadera cara, y se negó a apoyar la Ley de Reforma Política, síntoma evidente de que ellos propugnaban la ruptura antes que la reconciliación.
La semilla de la discordia y el enfrentamiento estaba preparada para su esparcimiento y divulgación.
Para ello, el espurio y apócrifo profeta del socialismo, ejemplo de virtudes y dechado de moralidad (actualmente convertido en «coleccionista de joyas»), puso en marcha una de sus primeras iniciativas, promulgando la Ley de Memoria Histórica.
Esta ley utilizada como excusa argumental le sirvió como motor que impulsaba y mantenía con vida el llamado «conflicto histórico», que de ninguna manera había que dejar decaer si quería cumplir con el principal objetivo que se había marcado, se trataba de arrinconar al PP y trastocar las bases políticas de la Transición.
En definitiva, revisar, reescribir la historia, cambiar el relato; tema recurrente y contumaz desde que el Frente Popular fue derrotado en una guerra civil que ellos mismos provocaron.
La ley en su espíritu subterráneo contenía una trampa sibilina que ocultaba sus verdaderas intenciones, muy acorde con las pautas de comportamiento de los socialistas, pretendía que el PP votara en contra, y ya tendría la coartada perfecta para calificarlo de franquista.
En la porfía incesante de trastornar a España, haciendo gala de la falta de escrúpulos y pudor democrático, Zapatero (prohombre socialista que tiene poco y está dispuesto a dar mucho) obtuvo la oportunidad de presentarse como víctima ante la sociedad que le reía las gracias y lo observaba sin atisbo de peligrosidad; había hecho buena y rentable la frase «divide y vencerás».
Recordemos el delirante e ignominioso momento, preñado de una sevicia exasperante, en que el «execrable» espetó a la madre de Irene Villa, víctimas del terrorismo etarra, «te comprendo bien por que a mí también me fusilaron al abuelo»; el alipori que me invade al describir esta lamentable situación, donde el coleccionista de joyas trata de compararse y decir que él también era víctima, me seguirá atormentando durante 48 horas.
Con este personaje comenzó a deslizarse lentamente España hacia las zahúrdas infernales del socialismo.
La ley jamás quiso restañar heridas y hacer justicia, al contrario, condujo a España a la mesa de operaciones, y abrió las heridas cicatrizadas. Su fundamento y esencia era conformar una falsa memoria con carácter oficial y marchamo revanchista; una «nueva» historia de España que le proporcionara la posibilidad de alcanzar el objetivo guerracivilista para volver a confrontar a los españoles.
La memoria individual tendría que ajustarse a lo expuesto en la ley; paradigma de los procedimientos irresistiblemente democráticos construidos sobre los cimientos de libertad.
Y, si los españoles no quedamos satisfechos con una taza, el relevo nos hizo degustar a la fuerza, taza y media.
Moloc arribó y tomó el testigo, con la programada misión de terminar sacrificando a España y descomponer el Estado de Derecho, así como, abolir la monarquía, y enterrar el régimen constitucional.
Político de extracción dudosa y antecedentes sospechosos, que encomendándose al diablo nos trajo la Ley de Memoria Democrática, para que saliera adelante fue decisiva la participación de BILDU; los herederos de la banda terrorista ETA que asesinó a más de 800 españoles, condicionaron su voto a la inclusión de 5 enmiendas.
Con ello se cercenó la oportunidad de que la democracia transitara por la senda que le correspondía para terminar de consolidarse.
Una vez más, se hizo patente la frase: «la sangre es más dulce que la miel».
Lección a aprender para las próximas elecciones: «se excluyó a la derecha democrática y se incluyó a los asesinos de la democracia».
Los efectos de estas leyes saltan a la vista de cualquier observador decente y preocupado por el aquelarre en el que han convertido la política los integrantes del Frente Popular del siglo XXI.
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
(1) «LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».
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