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La ciudad de Leeds, situada en el centro de Inglaterra, alcanzó su estatus como ciudad muy tarde, en 1893. Contaba entonces con 400.000 habitantes y era una urbe pujante donde se fabricaban locomotoras de vapor, maquinaria pesada y herramientas, tenía una potente industria textil, producía carbón y, gracias a su excelente comunicación fluvial por el río Aire, podía importar y exportar productos fácilmente. Todo este desarrollo coincidió con el reinado de la reina Victoria (1819-1901) y a esta época pertenecen sus edificios más importantes y bellos, como el imponente Ayuntamiento (1853-58); el emblemático Leeds Corn Exchange[1] (1863-64); el antiguo Instituto de Mecánica (1865-68) –hoy Museo de la Ciudad– [2]; el Gran Teatro[3] (1878); el Kirkgate Market[4] (1904); el Victoria Quarter, concebido por el arquitecto Frank Matcham[5] (1854-1920) a imagen de la Galleria Vittorio Emmanuele II de Milán[6]; o el antiguo Edificio de Correos[7], situado en la emblemática City Square. Una plaza, esta última, muy próxima a la estación de tren, donde el paseante puede disfrutar de un notable conjunto de estatuas de bronce al aire libre, ejecutadas por algunos de los mejores escultores ingleses de todos los tiempos.

En el centro y sobre un sólido pedestal de piedra, destaca la imponente figura de Eduardo de Woodstock (1330-1376), el llamado «Príncipe Negro»[8], armado y a caballo. Una pieza colosal modelada por el gran Thomas Brock (1847-1922) entre 1901 y 1902[9].

Así mismo, alineadas delante de la entrada al antiguo edificio de Correos, cuatro estatuas conmemoran a personajes especialmente relevantes para Leeds: el científico Joseph Priestley[10], escrutando con una lupa el contenido de un mortero que porta en la mano, obra de Alfred Drury (1856-1944); el teólogo y predicador Walter Farquhar Hook (1798-1875), erguido en solemne ademán, por Frederick William Pomeroy[11] (1856-1924); el comerciante John Harrison[12] (1579–1656), cubierto con una pesada y rica vestimenta talar, portando un libro en la mano izquierda; y el ingeniero James Watts[13] (1736–1819), con un pergamino semienrollado en una mano y lo que parece un compás en la otra; estas dos últimas, realizadas por Henry Charles Fehr[14] (1867-1940). Todas estas piezas fueron ejecutadas entre 1898 y 1902, pero no fueron instaladas hasta que la plaza estuvo terminada en 1903.

Alrededor y conformando un amplio círculo, ocho mujeres de bronce de excelente factura, que representan alternativamente la «Mañana» y la «Tarde», añaden a su belleza la utilidad de servir como luminarias. «La Mañana», con flores en la mano izquierda y una lámpara que remeda una antorcha en la derecha, y «la Tarde», con la mano derecha sobre la cabeza y alzando una lámpara en la izquierda. Damas cuya hermosura y sensualidad se ven subrayadas por el ligero paño que cubre y acaricia con delicadeza su dulce fisonomía[15]; concebidas por un artista, Alfred Drury, que a lo largo de su carrera manifestó ser extremadamente hábil en el modelado de la figura femenina, como acreditan otras piezas suyas: Circe[16](1895), Griselda (1896) o Lilith (1916).

Dicho esto, la City Square de Leeds nos ofrece una excelente fotografía de la que fue edad dorada de la ciudad e, inevitablemente, nos invita a reflexionar sobre tres cuestiones principales al parecer olvidadas: 1. El papel de la arquitectura como factor civilizador;  2. La importancia de la escala y la proporción en la configuración de un espacio armónico y habitable; y 3. El valor de la escultura en la educación estética y moral.

Tres factores sepultados por la insensata concepción de la arquitectura como un medio de «expresión» y un campo de experimentación en el que el espacio público es sólo un marco para el «juego» de los volúmenes y donde los ciudadanos son vistos como simples hormigas circulantes que canalizar; por supuesto, sin contar con su opinión. Porque sólo así se explican las aberraciones posmodernas de cristal y hormigón que hoy afean, invaden y contaminan visualmente el entorno de la City Square; véase el nuevo edificio de la Norwich Union (1996) o el Park Plaza Hotel (1965). Monstruos fríos y absolutamente fuera de escala[17], que desvirtúan y violentan lo que hasta su construcción era un entorno amable, coherente y equilibrado. O dicho de otra manera, civilizado. Algo que suponemos incómodo y hasta desasosegante para los propios habitantes de Leeds, pero que resulta especialmente perturbador y odioso para los visitantes que llegan en tren a la ciudad.

Por fortuna y pese a todo, todavía quedan en pie suficientes testimonios de la grandeza y la belleza de aquella ciudad que fue la antigua y próspera Leeds, para que sean estas imágenes las que pervivan en nuestro recuerdo. Quedémonos con eso.

 

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

[1] Mercado del grano o lonja de cereales. Inspirado en la Halle aux blés (Lonja de Trigos o Bolsa de Granos) de París, diseñada por los arquitectos neoclásicos François-Joseph Bélanger y François Brunet de Baines y terminada en 1811. A pesar del paralelismo evidente entre ambos edificios tanto en lo que respecta a la función como en lo que se refiere a la forma, la planta del mercado de Leeds es ovalada, mientras que el diseño francés presenta una planta circular, y, derivada de esta notable diferencia, la cubierta de Leeds, similar a la quilla invertida de un barco, nos remite inevitablemente a otros modelos o referentes, como la Basílica Palladiana en Vicenza o la cubierta de la Sala del Gran Consejo del Palacio Ducal de Venecia.

Actualmente, el Leeds Corn Exchange alberga locales comerciales.

[2] Diseñados los tres por el arquitecto Cuthbert Brodrick (1821-1905).

[3] Obra del arquitecto George Corson (1829-1910).

[4] Proyectado por los arquitectos John (1849-1931) y Joseph (1850-1929) Leeming.

[5] Especializado en el diseño de teatros y salas para conciertos y espectáculos, construyó casi setenta y reformó más de cincuenta entre 1879 y 1910. Sólo en Londres cabe citar, por ejemplo, el Hippodrome, el Colliseum, el Palladium o el Victoria Palace Theatre,

[6] Proyectada por Giuseppe Mengoni (1829-1877), fue construida entre 1865 y 67.

[7] Construido por Henry Tanner en 1896, ampliado por Walter Pott en 1912 y reformado por Henry Rees en 1925, en la actualidad alberga un hotel y varios restaurantes.

[8] Denominado así por el color de su armadura pavonada. Primogénito del rey Eduardo III de Inglaterra y Felipa de Henao, venció a los franceses en Crécy (1346) y Poitiers (1356) en el marco de la Guerra de los Cien Años (1337-1453). Estas victorias se conmemoran en dos relieves de bronce en los laterales del pedestal.

[9] Debido a sus dimensiones, la pieza fue enviada a Bélgica para su fundición, realizada por la Compagnie des Bronzes de Bruselas en 1903. Brock es el autor, entre otras muchas obras, de algunas muy conocidas, como el monumento a la reina Victoria frente al Palacio de Buckingham; el sepulcro de Frederic Leighton en la Catedral de San Pablo; la estatua a John Everett Millais frente a la Tate Britain; o la que conmemora a William Ewart Gladstone en la Abadía de Westminster.

[10] Priestley vivió en Leeds entre 1767 y 1773. Durante este período desarrolló un sistema para inyectar dióxido de carbono en el agua, inventando la soda o “agua carbonatada”, origen de la industria moderna de los refrescos. El tratado Directions for Impregnating Water with Fixed Air (1772) da cuenta de sus investigaciones.

[11] Responsable de las alegorías de la Agricultura, la Arquitectura, la Ingeniería y la Cerámica en el puente de Vauxhall, en Londres. Representante destacado de la llamada “Nueva Escultura” británica, movimiento naturalista inaugurado por Frederick Leighton con la pieza titulada “Atleta luchando con una pitón” (1877), expuesta en la Tate Britain.

[12] Comerciante de telas de lana, impulsó notables mejoras para la ciudad: fundó un hospital en Mill Hill, creó un hogar para indigentes y construyó una nueva sede para la Escuela de Gramática de Leeds.

[13] Por razones obvias, el inventor de la máquina de vapor fue fundamental para el crecimiento de Leeds.

[14] Autor, entre otras muchas piezas, de El rescate de Andrómeda (1893), en la Tate Britain. Famoso por sus incontables piezas para la ornamentación de edificios.

[15] Todo un arte, el de la sugerencia, que siempre ha inspirado a los artistas –recordemos que la famosa Afrodita de Cnido de Praxíteles o “Venus púdica” data del siglo IV a.C.–, y que podemos rastrear en todas las ramas del arte. Así, por ejemplo, en el cine, como nos señalaba no hace mucho don Luis Ruiz de Asúa a propósito de la sutileza con que Jean Luc Godard empleaba los filtros para mostrar a Brigitte Bardot desnuda en la penumbra en el inicio de El desprecio (1963).

[16] Con esta estatua Drury obtuvo la medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1900. La pieza en bronce puede verse también en Leeds, en Park Square;  y existe otra copia en el Museo de la Ciudad.

[17] Como sucede, sin ir más lejos, con el gigantesco “adorno” refulgente de J. Plensa en la Plaza de Colón de Madrid, sobre el precioso edificio de la Biblioteca Nacional. ¿Pero quién va a pararse a apreciar la arquitectura de la Biblioteca, o el espectacular frontón que adorna su entrada, o las magníficas figuras sobre su escalera de piedra, si, justo al lado, una pieza de un tamaño diez mil veces superior atrae toda la atención?

Autor

Santiago Prieto
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