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Páginas contrarrevolucionarias es una editorial católica de catálogo selecto. Publica libros claves para formar el criterio, conocer la historia de la Iglesia y profundizar en la vida espiritual.
En esta ocasión saca a la luz Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo, de Richard Wurmbrand. Es la investigación que puso sobre la mesa una tesis incómoda: que detrás del fundador del comunismo no hay solamente un materialista ateo, sino un adorador de Satanás.
Dialogamos, con el editor Marcos Vera, sobre algunos de los aspectos esenciales del libro.
¿Por qué han decidido reeditar el célebre libro de Richard Wurmbrand?
Porque llevaba años sin encontrarse en español y porque su diagnóstico no ha caducado, aunque muchos lo dieran por cerrado con la caída del Muro. El prólogo de esta edición lo dice sin rodeos: «el comunismo no ha muerto y su creciente influencia global amenaza y oprime hoy al pueblo de Dios». Y remata: «No hay posibilidad de coexistencia pacífica entre el marxismo y la fe cristiana».
Además, Richard Wurmbrand no es simplemente un teórico, sino un hombre que pasó catorce años en las cárceles comunistas de Rumanía por confesar a Cristo. Él mismo cuenta que esta obra nació como «un pequeño folleto que contenía solo indicios» y que la escribió «cauteloso, y hasta tímido», hasta que las pruebas se le fueron acumulando. La reacción de la prensa comunista de su época lo dice todo: Deutsche Lehrerzeitung de Berlín Oriental lo denunció bajo el título «El asesino de Marx», llamándolo «la obra más amplia, provocativa y atroz escrita contra Marx».
Una precisión necesaria: Wurmbrand era pastor protestante, un judío converso. Lo publicamos como lo que es, un testimonio y una investigación, no un tratado de teología católica. En el fondo del asunto coincide con Divini Redemptoris, donde Pío XI llama al comunismo «intrínsecamente perverso».
¿Por qué es importante hoy recalcar el origen preternatural de esta doctrina perversa que ha matado a millones de personas y ha pervertido a millones de almas?
Porque Occidente combatió al comunismo con sanciones y tratados, y Wurmbrand avisa de por qué no basta: «Los medios para combatir el comunismo son espirituales, no carnales. Por otro lado, mientras que una organización pantalla satanista, como el nazismo, es derrotada, otra se levantará a una mayor victoria».
Su tesis es que la magnitud del mal no se explica por la sola malicia humana: «Las grandes concentraciones del diseño del mal en tiempos pasados, así como en el comunismo moderno y el nazismo, habrían sido imposibles sin una fuerza que lo dirigiera: el mismo diablo». Y aplica una regla que desarma: «Existen grados de pecaminosidad y criminalidad. La magnitud del crimen es una medida de la intensidad de la influencia satánica sobre el fundador del comunismo moderno». Cien millones de muertos.
El libro recuerda que el metropolita greco-católico Andrés Sheptytsky pidió que Roma ordenara oraciones de exorcismo contra los comunistas, cuyo «régimen no puede ser explicado excepto por una posesión diabólica masiva». San Pablo ya nos dijo dónde está el frente: «no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades» (Ef 6,12).
¿Cómo se fue forjando en Marx desde su juventud la adhesión al satanismo y el odio a Dios?
Lo que sorprende es que Marx empezó siendo cristiano. Su primer escrito se titula La unión de los fieles con Cristo: «A través del amor a Cristo, volvemos nuestros corazones al mismo tiempo hacia nuestros hermanos… por quienes Él se entregó a sí mismo en sacrificio». Su certificado de bachillerato, bajo el epígrafe «Conocimiento religioso», dice que su conocimiento de la fe cristiana y la moral «son bastante claros y bien fundamentales».
Y entonces: «Poco después de que Marx recibiera este certificado, algo misterioso sucedió en su vida: se volvió profunda y apasionadamente antirreligioso». Sin causa humana que lo explique: «No había enfrentado hambre en su infancia… ¿Qué produjo un odio tan terrible hacia Dios? No se conoce ningún motivo personal».
En un trabajo académico de aquellos años escribió seis veces la palabra «destruir». Ninguno de sus compañeros la empleó ni una sola vez. De ahí le vino el apodo con el que acabaron llamándole: «Destruir». El 10 de noviembre de 1837 escribe a su padre: «Cayó la cortina. Mi santo de los santos se hizo pedazos y nuevos dioses tuvieron que ser instalados». El padre le había escrito meses antes: «si ningún demonio es capaz de alejar tu corazón de los mejores sentimientos, solo entonces seré feliz». Y el biógrafo marxista Franz Mehring lo constató sin querer: el padre «parece haber observado con secreta inquietud al demonio en su hijo favorito».
¿Cómo se empieza a manifestar públicamente su «radical rebeldía contra Dios» en sus poemas juveniles y demás escritos blasfemos?
Con una crudeza que el marxismo académico nunca cita. Y no son textos apócrifos: son sus obras juveniles publicadas.
Escribe: «Deseo vengarme de Aquel que gobierna allá arriba». En «Invocación de un desesperado», escrobe: «No me queda nada más que la venganza. Edificaré mi trono en lo alto, ¡frío!, ¡tremendo!, en la cumbre estará».
Y al lado, Isaías 14,13: «Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono». Es el pecado de Lucifer expresado por un muchacho de dieciocho años.
En «El violinista»: «¿Ves esta espada? Me la vendió el príncipe de las tinieblas». Y explica por qué eso no es una metáfora romántica: en los ritos de iniciación superior del culto satánico se vende al candidato una espada «encantada» que asegura el éxito, y él la paga «firmando un pacto, con la sangre extraída de sus muñecas»
Y está Oulanem, el drama que casi nadie ha leído. El título es el anagrama de Emmanuel, «Dios con nosotros», y la inversión de los nombres santos «es considerada efectiva en la magia negra». A la humanidad le dice: «Te hundirás y seguiré riendo, susurrando en tus oídos: «Desciende, ven conmigo, amigo»». En «La doncella pálida» ya sabe dónde acaba: «Por lo tanto, el cielo he perdido, lo sé muy bien. Mi alma, una vez fiel a Dios, es elegida para el infierno».
¿Por qué Marx no es una persona equilibrada sino alguien con una vida devastada?
Porque el libro establece un principio: «Todos los satanistas activos tienen vidas personales devastadas, y este fue también el caso de Marx».
Su casa fue una casa arrasada: dos hijas y un yerno suicidas, tres hijos muertos de desnutrición, un hijo ilegítimo con la criada que hizo pasar por hijo de Engels, «quien aceptó esta comedia». Vivió de la limosna de Engels —unos seis millones de francos, según el propio Instituto Marx— mientras codiciaba herencias: de un tío agonizante escribió «Si el perro muere, saldré de problemas», y Engels le felicitó «por la enfermedad del perro viejo que estorba para la herencia». De la muerte de su madre solo dijo: «Tengo que ir a Tréveris por su herencia». Al funeral de su mujer no fue.
Hay un dato que a los marxistas les resulta insoportable: una carta original hallada en un archivo austriaco probaba que Marx había sido «un informante pagado de la policía austriaca que espiaba a los revolucionarios» —veinticinco dólares por cada delación de sus propios camaradas exiliados.
Y el testimonio de quienes lo trataron. Mazzini: tenía «un espíritu destructivo. Su corazón está lleno de odio en lugar de amor hacia los hombres». Su verso favorito: «No hay nada más bello en el mundo que morder a nuestros enemigos». Su última carta a Engels: «Qué inútil y vacía es la vida, pero ¡qué deseable!». De ahí la conclusión: «el Marx amoroso es un mito construido apenas después de su muerte».
Desde una perspectiva metafísica, ¿por qué el materialismo que defiende no es solo una simple teoría económica sino ante todo una herramienta deliberada de disolución espiritual?
Porque no describe al hombre: lo rebaja. Y rebajar al hombre no es un error científico, es un acto teológico.
«Marx fue la herramienta elegida por Satanás para hacer que el hombre perdiera su autoestima, su convicción de que viene de lo alto y que está destinado a regresar allí. El marxismo es la primera filosofía sistemática y detallada que reduce drásticamente la noción del hombre». ¿A qué lo reduce? «Según Marx, el hombre es principalmente un vientre que tiene que ser llenado y rellenado constantemente». Todo lo demás —matrimonio, amor, arte, ciencia, religión— es superestructura «determinada en última instancia por el estado del vientre».
La conclusión de Wurmbrand es de una lógica perfecta: «Satanás no pudo destronar a Dios, por eso degradó al hombre».
Y de ahí se sigue todo: si el hombre es materia, no hay ley moral, porque no hay Legislador. Marx lo dijo: «Los comunistas no proclaman ninguna moral en lo absoluto». Aquí el libro da el golpe: «cuando alguien es iniciado en el séptimo grado del satanismo, jura que su principio será: «Nada es verdad, y todo está permitido»». Y en el cuestionario que rellenó para su hija, a la pregunta «¿cuál es tu principio favorito?», Marx respondió: «Dudar de todo».
Un detalle que desmonta la coartada materialista desde dentro: «La secta satanista no es materialista. Cree en la vida eterna». Marx no negaba lo eterno; lo quería envenenado. El materialismo no es la meta, es el anestésico.
¿De qué manera expone el libro la inversión de los símbolos y valores sagrados en la base ideológica del comunismo?
De forma tan sistemática que uno ya no vuelve a leer a Marx igual.
Parte del dato ritual: en la misa negra las oraciones se leen «del final al principio», los nombres santos «son leídos inversamente», el crucifijo se cuelga al revés. El gesto satánico no es inventar, es invertir. Y entonces: «Las inversiones permearon tanto la forma de pensar de Marx que las usaba en todo momento». A La filosofía de la miseria de Proudhon responde con La miseria de la filosofía; escribe «en lugar de usar el arma de la crítica, tenemos que usar la crítica de las armas». Wurmbrand lo llama «un típico estilo satanista». Y el título de aquel drama juvenil, Oulanem, es esa misma operación aplicada al nombre de Emmanuel.
Donde culmina es en el capítulo «El marxismo como iglesia»: El Capital es «la Biblia de la clase obrera», Marx se consideraba «el Papa del comunismo», el comunismo «se jacta de la infalibilidad», hay un «credo» y quienes se le oponen «son excomulgados» —el propio Marx escribió: «Bakunin debería tener cuidado. De lo contrario, le excomulgaremos»—, hay grados de iniciación (los Pequeños de Octubre, los Jóvenes Pioneros, el Komsomol, el Partido) y «la confesión es reemplazada por la autocrítica pública ante la asamblea».
Y está lo que vio en Pitesti, una de las cárceles por las que pasó Wurmbrand: sacerdotes obligados a celebrar misa con excremento y orina, presos «bautizados» en el barril de las inmundicias mientras los demás cantaban el rito. Su pregunta no tiene respuesta marxista posible: «¿Qué tienen que ver esas humillaciones con el socialismo y el bienestar del proletariado?».
¿Por qué el autor acierta en su diagnóstico de que el comunismo no es una mera ausencia de Dios (ateísmo), sino una rebelión activa (antiteísmo)?
Porque el ateo de verdad es indiferente, y estos no lo son. Nadie combate durante un siglo, con policía secreta y campos de trabajo, contra algo que cree inexistente.
La formulación es exacta: «mientras abiertamente denunciaban y menospreciaban a Dios, odiaban a un Dios en quien creían. No desafiaban Su existencia, sino Su supremacía».
Y las pruebas son suyas. El comunero Flourens, en 1871, afirma: «Nuestro enemigo es Dios. Odiar a Dios es el principio de la sabiduría». Marx: «La idea de Dios es la clave de una civilización pervertida. Esta debe ser destruida». Bakunin, cofundador con él de la Primera Internacional, nombra al patrón: «Satanás [es] el rebelde eterno, el primer librepensador y el emancipador de los mundos», y define el método: «En esta revolución despertaremos al diablo en las personas… La pasión de la destrucción es una pasión creativa».
Pero el testimonio decisivo es un desliz de la prensa soviética. Vetchernaia Moskva escribió: «No luchamos contra creyentes y ni siquiera contra clérigos. Luchamos contra Dios para arrebatarle los creyentes».
Y un argumento que no admite réplica: persiguieron el bautismo con saña —en Albania el sacerdote Stephen Kurti fue condenado a muerte por bautizar a un niño—, pero «si el bautismo no debería significar nada, bautizarse no beneficiaría ni perjudicaría. ¿Por qué entonces los comunistas luchan contra el bautismo?». Porque saben perfectamente lo que hace en el alma.
¿Por qué la ideología de Marx es una especie de iniciación con elementos sectarios?
Porque tiene grados, juramentos, secreto y un principio reservado a los iniciados que no coincide con lo que se predica fuera.
Wurmbrand es aquí escrupulosamente honrado: «No pretendo haber proporcionado pruebas indiscutibles de que Marx fue miembro de una secta de adoradores del diablo, pero creo que hay suficientes indicadores para suponerlo fuertemente… Yo he dado el impulso inicial». Quien busque un expediente cerrado no lo encontrará; quien busque un rastro, lo tiene entero.
Y el rastro es lo que más impresiona del libro. Su hijo Edgar le escribe en 1854 empezando así: «Mi querido diablo». Su mujer, en 1844, escribe: «Tu última carta pastoral, sumo sacerdote y obispo de almas, otra vez ha dado descanso apacible y paz a tus pobres ovejas». Wurmbrand pregunta lo obvio: «La única religión europea con sumos sacerdotes es la satanista. ¿Qué cartas pastorales escribió un hombre que se cree que fue ateo? ¿Dónde están?». Y la criada, Helen Demuth, contó que cuando estuvo muy enfermo «oraba a solas en su habitación ante una hilera de velas encendidas, atando una especie de cinta de medir alrededor de su frente».
Hay más sorpresas: los primeros seudónimos de Stalin fueron «Demonoshvili», «el demoníaco», y «Besoshvili», «el diabólico». El arquitecto del mausoleo de Lenin tomó como modelo el altar de Zeus de Pérgamo —la ciudad de la que Cristo dijo «conozco dónde moras, donde está el trono de Satanás» (Ap 2,13)—. Y en 1872 se formó en Rusia una sociedad revolucionaria, precursora del Partido Comunista, cuyo círculo secreto se llamaba «El Infierno». Wurmbrand pregunta: «¿Por qué no «La sociedad para el mejoramiento del pobre»? ¿Por qué el énfasis en el infierno?».
¿Por qué es perverso pretender que su doctrina materialista sea compatible con el cristianismo defendiendo el paraíso en la tierra?
Porque es exactamente la operación que la Escritura llama disfrazarse de ángel de luz, y el libro la localiza en el sitio donde ocurrió. Moses Hess, el hombre que convirtió a Marx y a Engels al socialismo, escribió en su Catecismo rojo: «La revolución socialista es mi religión», y en la segunda edición añadió capítulos con lenguaje cristiano «para acreditarse con los creyentes». El mensaje real era: «su infierno no debe estar en la tierra y su cielo más allá. La sociedad socialista será el verdadero cumplimiento del cristianismo. Así Satanás se disfraza de ángel de luz».
El resultado está documentado: «Marx propuso un paraíso humano y cuando los soviéticos intentaron implementarlo, el resultado fue un infierno».
Y la puerta se cierra sin componendas: «No se puede ser un cristiano marxista así como no se puede ser un adorador del diablo cristiano».
Y la Iglesia nos lleva alertando desde hace mucho. Pío IX lo llamó ya en 1846 «doctrina, totalmente contraria al derecho natural»; León XIII, «mortal enfermedad que se infiltra por las articulaciones más íntimas de la sociedad humana»; y Pío XI cerró la puerta sin dejar resquicio: «no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana». Un siglo de advertencias, y aun así ha habido católicos empeñados en buscarle un término medio.
Más allá de las devastadoras consecuencias geopolíticas del comunismo, ¿cuál es el verdadero daño que la doctrina marxista causó en el alma de Occidente?
Que nos quitó la idea de ser hijos de Dios y puso otra cosa en su lugar. Occidente no está vacío: está ocupado.
«El hombre debe tener y tendrá siempre algún tipo de religión, su naturaleza es adorar. Si no tiene una religión temerosa de Dios, tendrá la religión de Satanás y perseguirá a aquellos que no «lo adoren»». Y precisa: «Un hombre puede ser satanista sin ser consciente de que esa religión existe. Pero si odia la noción de Dios y el nombre de Cristo, si vive como si él fuera solo materia… en realidad es un satanista».
Ahí está el daño: millones de europeos que jamás han pisado una misa negra viven según el catecismo del séptimo grado. El libro señala el momento exacto: «Leí con horror el misterio del séptimo grado del satanismo inscrito en un cartel en la Universidad de París durante las protestas de 1968, el cual había sido simplificado a la fórmula: «prohibido prohibir», lo cual es la consecuencia natural de «nada es verdad, y todo está permitido»». Y añade: «Los jóvenes piensan que la permisividad significa libertad. Los marxistas lo saben mejor».
El otro daño es el destronamiento del hombre, rematado por Freud, que «completaría la obra de estos dos gigantes, reduciendo al hombre básicamente a una necesidad sexual».
Y una frase de 1986 que explica los últimos veinte años: «El bien de los trabajadores fue solo un pretexto. Donde los proletarios no luchen por los ideales socialistas, los marxistas explotarán las diferencias raciales o la llamada brecha generacional. Lo principal es que la religión debe ser destruida». Cambia el sujeto revolucionario; el objetivo real no cambia.
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No deje de adquirir un libro clave para comprender una de las ideologías más perversas de la Historia de la Humanidad:
Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo
Autor
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Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.
Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.
Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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