Desde Wimbledon 1877, siempre había habido al menos un semifinalista masculino con revés a una mano en algún Grand Slam de la temporada. La derrota de Stefanos Tsitsipas acaba con una tradición de casi 150 años.
Hay rachas que pertenecen a una época. Y hay otras que parecen formar parte de la propia historia de un deporte. El tenis acaba de perder una de ellas.
La derrota de Stefanos Tsitsipas ha provocado el final de una tradición que se mantenía viva desde la primera edición de Wimbledon, disputada en 1877: por primera vez desde entonces, una temporada de Grand Slam termina sin que ningún jugador con revés a una mano alcance las semifinales de uno de los cuatro grandes torneos.
El dato resulta tan extraordinario como sencillo de explicar. Durante casi 150 años siempre hubo, al menos, un semifinalista masculino que utilizara el revés a una mano en alguno de los Grand Slam de la temporada. Esa cadena acaba ahora.
Y lo hace en una época en la que ese golpe, antaño inseparable de la identidad del tenis, se encuentra en una situación muy distinta.
El revés a una mano fue durante décadas uno de los grandes recursos técnicos del circuito. Permitía golpear con una amplitud y una variedad difíciles de reproducir con otros mecanismos y fue parte esencial del juego de algunas de las mayores leyendas de la historia. Sin embargo, la evolución del tenis hacia intercambios cada vez más físicos, velocidades de bola más altas y una mayor exigencia desde el fondo de la pista ha favorecido progresivamente al revés a dos manos.
Tsitsipas era uno de los grandes supervivientes de aquella tradición.
El griego ha construido buena parte de su identidad tenística alrededor de un revés a una mano que se ha convertido también en uno de sus rasgos más reconocibles. Su presencia en la élite había permitido mantener abierta una puerta hacia una época que parecía cada vez más lejana.
Pero esa puerta acaba de cerrarse.
La consecuencia va mucho más allá de un resultado concreto. Durante generaciones, el tenis siempre encontró la manera de conservar al menos a un representante de este estilo entre los cuatro mejores de algún Grand Slam. Cambiaron las raquetas, las superficies, las velocidades, las generaciones y hasta la forma de entender el deporte. La tradición, sin embargo, resistió.
Hasta ahora.
La eliminación de Tsitsipas significa que el revés a una mano se queda, por primera vez, sin representación en las semifinales de los grandes torneos durante toda una temporada.
Una estadística puede parecer fría, pero esta cuenta una historia. La de cómo ha cambiado el tenis.
De Federer a Sampras, de Lendl a Edberg, de Kuerten a Henin —en el circuito femenino—, el revés a una mano ha acompañado durante décadas a algunos de los grandes protagonistas de este deporte. Hoy sobrevive en mucha menor medida entre los jugadores capaces de competir por los títulos más importantes.
Y 2026 ha dejado la fotografía definitiva de ese cambio.
No es el final del revés a una mano. Todavía quedan jugadores que lo utilizan y Tsitsipas continúa siendo uno de sus máximos exponentes. Pero sí es el final de una racha que parecía imposible de romper.
Desde Wimbledon 1877 siempre había habido uno.
Hasta hoy.
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