José Bergamín(1) (Madrid, 1895-Fuenterrabía, 1983) es uno de los iconos culturales de la izquierda española moderna y, junto a Alberti, el ejemplo de intelectual comprometido con la política. Ocupó relevantes cargos en la República y, durante la guerra, fue famosa y repetida su imagen con el mono (se supone que de combate, aunque él se cuidó de aparecer por lugares peligrosos) arengando a los milicianos. Fue fundamental su papel de inspirador del polémico Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura (Valencia, 1937), así como la dirección de la revista Cruz y Raya. Luego, comienza su etapa de exilio («la España peregrina», expresión suya) por diversos países. Vuelve a España en 1958. La abandona y vuelve de nuevo en 1970; ya se queda en España hasta su muerte. Se queja de que la gente no lo recuerda; de que ya ha dejado de ser una figura del mundo político-intelectual. «En España nadie se acuerda de mí. Ya no soy nada. Un fantasma: eso es lo que soy», dice. En su última etapa se acerca al mundo abertzale y publica en Egin. Los filoterroristas de HB y de Egin fueron los que lo enterraron con todos los honores, cubierto por la ikurriña. Ellos le hacían algún caso, cuando casi todo el mundo parecía haberlo olvidado. Y así, este españolazo castizo, taurino y católico, terminó paradójicamente sus días en un ambiente de antiespañolismo separatista. Eran otros tiempos, afortunadamente. La gente no quiere oír sobre guerracivilismo y trincheras; léase La gallina ciega de otro importante exiliado, Max Aub, y se comprenderá esto.
Pues bien. Me quiero centrar en el primer libro de Bergamín, El cohete y la estrella, publicado en 1923. Libro de aforismos, donde luce su retorcido y agudo ingenio, su cultura, su capacidad para el retruécano conceptista. Trata de los más diversos temas. Copio algunos de ellos, dedicados a la mujer:
El hombre procede de la naturaleza: la mujer es todavía naturaleza.
Se dice de un animal que es inteligente, y también se dice de una mujer; pero en ninguno de los dos casos suele ser apropiado decirlo. Claro está que por muy distinto motivo.
Cuando una mujer tiraniza es cuando muestra mejor que es la esclava.
La religiosidad de la mujer es superior, estéticamente, a la del hombre, porque no es más que un espectáculo.
La belleza de la piedad, en la mujer, nace de su inutilidad. Por eso es completamente desinteresada.
Una mujer que no se hace esclava de un hombre solamente, lo es de todos.
La agudeza, brillante pero ácida, es indudable. Es el modo que Bergamín maneja como nadie. Pero, ¿qué decir del contenido de estas sentencias? ¿Qué dirían de ellas las feministas e, incluso, cualquier persona que se considere progresista? Todos imaginamos la reacción que tendrían estas palabras hoy día, provenientes de alguien conservador.
Pero no entro en analizar su contenido. Sí que aprovecho estos textos para lanzar dos ideas.
Primera. El feminismo y la ideología de género no pertenecen al acervo de los valores tradicionales de la izquierda. Son relativamente recientes. Bastaría comprobar en los discursos y declaraciones de los líderes izquierdistas de la transición y de los primeros años de la democracia, cómo no han incorporado el «lenguaje inclusivo». El «todos y todas» no existía.
Segunda. Me pregunto si Bergamín, que fue toda su vida un intelectual inconformista y luchador por la libertad, hoy, si lo pensara, escribiría esto. Es decir, ¿tendría valor de enfrentarse a los suyos o se autocensuraría? Él, que tanto se enfrentó a la censura franquista, ¿se hubiera atrevido con la censura de lo políticamente correcto?
NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO
(1) «LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».




