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El 11 de junio de 1931, a poco de comenzar el nuevo régimen republicano en España, el periodista Francisco de Lucientes entrevista, para el periódico El Sol, al notario, político y líder del Movimiento Regionalista Andaluz Blas Infante.

Se trata de un texto de gran interés. Vale la pena que veamos qué opinaba el «padre de la patria andaluza» (así es reconocido por el Parlamento andaluz el 14 de abril de 1983) sobre puntos importantes que configuran su ideología.

Comencemos con la  controvertida cuestión agraria. Lucientes dice que Infante «no cree en las soluciones que traigan las Cortes Constituyentes». Hay que pasar a la acción directa; no queda otra salida que «un gran movimiento campesino en la línea revolucionaria de la C.N.T». Cito al entrevistado: «La expropiación del latifundio debe ser inmediata. Y en su mayoría sin indemnizaciones».  Es partidario de la acción directa; lo que él llama «un sistema de hechos». Si esperamos a que haya unas cortes que discutan las leyes, «las Constituyentes [que se reunieron un mes  después, el 14 de julio] se perderán en discusiones sobre distingos legalistas». Evidentemente, uno de los aspectos fundamentales del sistema democrático es gestionar estos «distingos  legalistas» de una forma rigurosa y según unas reglas previamente acordadas. Democracia y «acción directa» son términos antitéticos. Es, cuanto menos, curiosa esta postura tan poco jurídica  en alguien que  era un jurista por su profesión.

Pero hay más. El sueño último que persigue Infante, lo que llamaríamos su «Utopía», consiste en (lo cito) «unir en un latido común por Andalucía a 300 millones de seres a quienes destruyó la cultura, la tiranía eclesiástica». La «tiranía» a la que se refiere Infante debe de ser la de los cristianos que reconquistaron las tierras hispanas  luchando contra los islámicos. La gran comunidad humana, que abarca varios continentes, es al-Andalus, «con ella puede recorrer seguro todo Marruecos  hasta el Asia». Le pregunta el periodista si ve inmediata la formación de esa gran comunidad. Le contesta el notario sevillano: «Un crack de Europa, por ejemplo una nueva guerra, lo produciría automáticamente. Entonces el 1.200.000 andaluces que viven sus nostalgias de Tánger a Damasco, y los  300 millones de Afro-Asia, que sueñan por nuestra cultura, intervendrían para destruir de una vez la influencia del Norte». Es decir, Infante estaría encantado de que una nueva guerra (la Gran Guerra de 1914-1918 había sido devastora) o una gran crisis  conseguiera la anhelada utopía de destruir la cultura occidental e implantar (restaurar, según él) su gran Reino soñado.

Estas son las ideas de un hombre, que injustamente, como tantos, murió a manos de sus compatriotas españoles. A estas alturas de la historia, no sé si estas ideas nos producen risa o miedo (o ambas cosas). En el personaje se sustenta el mito fundacional del andalucismo. Quizá toda  creación política, desde Ilus y Eneas, requiere un mito en sus orígenes, y eso, en parte, puede justificar la figura pública de  Blas Infante.  La mayoría de las fuerzas políticas en Andalucía lo aceptan  en este papel. Sin embargo, no sé cuántos andaluces compartirían su sueño de ese reino andalusí, añorado y  restaurado siglos después de su derrota.

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Tomás Salas
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Cuando sorpresivamente la izquierda presentó a Blas Infante como Padre de la patria andaluza, allí nadie lo conocía ni sentía a Andalucía como una patria. Es más, Nunca antes había existido esa entidad política abarcando a ese extenso territorio (El Reino de Granada y el de Jaén eran distintos a Andalucía). Hoy, tras wikileaks y las redes sociales, muchos ya sabemos que ese islamizante padre de la patria andaluza fue una creación de los que estaban y están detrás de todo esto, dirigiendo la Historia desde la sombra usando a títeres y sicarios, cuyo nombre no puede dicirse por la censura que ya ha implantado la satánica secta secreta que manda en el mundo.

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