26/08/2026 12:10

El 19 de julio el diario El Mundo nos regalaba un artículo de una tal Marta González-Hontoria, encantada, al parecer, con la profanación del Convento de San Marcos, en Florencia, con el «diálogo genial» entre Fra Angelico y Mark Rothko. Una expresión aparentemente inocua por repetida, pero que encierra, en sí misma, las claves de la debilidad mental de buena parte de la sociedad occidental actual, incluida la clase con estudios o empezando por ella(1).

En primer lugar, el uso reiterado de una misma fórmula denota pereza, pues ese comodín del «diálogo» lleva décadas justificando cualquier cosa en el terreno de las artes por la mera proximidad de dos objetos. Ponga usted una lata de tomate junto a un mapache de plástico y no necesitará más; bajo la coartada de la  «intención», tal «acción» siempre podrá explicarse como un «diálogo» y le granjeará el aplauso de la «intelectualidad».

En segundo término, igualar a Fra Angelico y Rothko con un mismo término, «artista», es una majadería sin sentido que sólo se explica por dos factores: presión ambiental y estupidez. De hecho, si ese «diálogo» no hubiera sido propalado sin descanso ni oposición durante décadas por unas instituciones académicas sometidas, degeneradas y corruptas, no se entendería que tantos hayan asumido su aplicación indiscriminada como un signo de «apertura de mente». Cuando es una muestra  palmaria de la vigencia del llamado «experimento Asch»[1]. Recordemos: una inmensa mayoría de personas prefieren abrazar una mentira flagrante a sentirse rechazados por el grupo. Ya lo escribió George Orwell en su novela Mil novecientos ochenta y cuatro (1949): «La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro». Y Arthur Andersen en su cuento El traje del emperador (1837). Y Cervantes en El retablo de las maravillas (1615). Y Don Juan Manuel en el ejemplo XXXII de El Conde Lucanor (1335).

Y es que, para cualquiera que no haya interiorizado acríticamente las sandeces de la posmodernidad, resulta evidente que el virtuosismo y la belleza no son iguales que sus contrarios. Si llamamos artista a Fra Angelico, para Rothko habrá que buscar otra palabra. Si uno es una cosa, el otro no lo será y viceversa. Porque ni por biografía ni por formación, ni por vocación ni por mentalidad, y, desde luego, ni mucho menos, por obra, Fra Angelico tiene nada que ver con Rothko. No creo que sea necesario explicar la distancia infinita entre el Arte del Renacimiento y el llamado «expresionismo abstracto», esos manchurrones sin pies ni cabeza, no ya porque resulte imposible advertir si están al derecho o del revés, sino porque, en cualquier caso, resulta irrelevante.

Pero, claro, la artífice del artículo es un producto del Sistema, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, que se ha zampado por completo toda la basura relativista y disolvente que en ella se imparte y que ahora replica como un loro amaestrado. ¿Dónde? Naturalmente, en un órgano de propaganda del Sistema, globalista a fuer de liberal.

Por otra parte, llama la atención que la escribiente diga huir del «turismo masivo» y, simultáneamente, exalte lo que llama «la gran exposición del verano», esto es, un reclamo para las masas. Y que atribuya la tranquilidad de su visita y la falta de público a su diligencia madrugadora. ¿No será, más bien, porque a la gente normal le repugnan estas iniciativas? ¿Se ha preguntado la periodista por qué el Palazzo Strozzi, sede de las exposiciones de arte moderno en Florencia, está tan despejado? ¿No tendrá algo que ver el que este precioso palacio se vea profanado y afeado por los ridículos cachivaches del grupo «superflex»[2]?

Dos datos a modo de conclusión: En el «experimento Asch» todos los participantes excepto el evaluado eran cómplices del investigador y tenían la orden de dar una respuesta falsa. El resultado de dicho experimento arrojó el elocuente e inquietante dato de que cerca del 75% de los evaluados se sumaba a la respuesta errónea del grupo. Pero si tan solo un miembro del grupo contradecía a la mayoría dando la respuesta correcta, el participante evaluado se animaba a decir la verdad. Exactamente igual que en el Ejemplo XXXII de El Conde Lucanor, titulado «Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño»: «Pero un negro, palafrenero del rey, que no tenía honra que perder, se acercó al rey y le dijo: «Señor, a mí me da lo mismo que me tengáis por hijo de mi padre o de otro cualquiera, y por eso os digo que o yo soy ciego, o vais desnudo».

El rey comenzó a insultarlo, diciendo que, como él no era hijo de su padre, no podía ver la tela.

Al decir esto el negro, otro que lo oyó dijo lo mismo, y así lo fueron diciendo hasta que el rey y todos los demás perdieron el miedo a reconocer que era la verdad».

Ni que decir tiene que no nos callaremos.

 

NOTAS AL PIE DEL DOCUMENTO

[1]«LAS OPINIONES VERTIDAS EN LA SECCIÓN DE OPINIÓN CORRESPONDEN EXCLUSIVAMENTE A SUS AUTORES Y NO REFLEJAN NECESARIAMENTE LA LÍNEA EDITORIAL DEL MEDIO».

[2]Desarrollado entre 1951 y 1955 por Solomon Asch en el Swarthmore College, Pensilvania.

[3]Léase la justificación en la propia web del Palazzo Strozzi: “instalación específica para el patio del Palazzo Strozzi, creada por SUPERFLEX, el colectivo danés de renombre internacional conocido por sus obras y proyectos a largo plazo que replantean el papel del arte en relación con la dinámica social, económica y ambiental de nuestro tiempo”. Enlace a la web: https://www.palazzostrozzi.org/en/installation/superflex/

Autor

Filipides
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