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Cuando lo anormal pasa a tomar las riendas de la normalidad en un país, la tragedia deja de ser una fatalidad del destino para convertirse en una consecuencia matemática. Es la deriva inevitable de una nación donde la raíz institucional ha sido emponzoñada con cálculo y metódica persistencia. Sobre esa cepa podrida solo puede erigirse el tronco torcido de una fragilidad social al límite, sometida al vaivén del exabrupto diario y al sobresalto por decreto.
Asistimos al espectáculo grotesco de la anomalía elevada a categoría de gobierno. Se nos pretende acostumbrar a la corrupción procesal como si fuera mero ruido mediático, al expolio institucional como si fuera astucia parlamentaria y a la sumisión ante los enemigos de la soberanía como un ejercicio insuperable de concordia. Todo se retuerce, todo se manosea, todo se vende al mejor póstor en la subasta del poder mientras la ciudadanía contempla atónita el encadenamiento sistemático de aberraciones. El demonio muestra sus caras en la España sobre la que advirtió Benedicto XVI como objetivo del Mal.
La pregunta que flota en el aire no es si habrá una próxima barbaridad, sino cuál será el cercano zarpazo que perpetren Sánchez y sus feligreses mientras sigan disfrutando de manos libres para demoler el edificio constitucional. Cuando la impunidad se convierte en doctrina y la mentira en lenguaje oficial, el margen para el asombro se agota, pero el espacio para el agravio resulta insaciable.
El previsible y cercano exabrupto no llegará por la vía del consenso ni de la prudencia, virtudes desconocidas para quien ha hecho del servilismo su única tabla de salvación. Atacará, como de costumbre, la línea de flotación de lo que aún permanece en pie: la independencia judicial que estorba al blindaje de la trama, o la propia dignidad del Estado, dispuesta a ser descuartizada para pagar la factura del próximo alquiler en el Palacio de la Moncloa.
Nada de esto ocurre por casualidad ni por simple torpeza. La inepcia puede justificar un patinazo legislativo, pero no la demolición metódica de los contrapesos del Estado de Derecho. Hay una malignidad calculada en mantener a la sociedad en un estado de sedación e incertidumbre permanente, donde la indigencia moral del gobernante busca contagiar la anestesia al gobernado.
Pero la fragilidad de un país no es infinita y los castillos levantados sobre el cinismo carroñero terminan crujiendo por su propia miseria. Pretender que la degradación institucional no tendrá costes es el delirio propio de quienes confunden el poder temporal con la impunidad eterna. Quien empeña la soberanía nacional para salvar su pellejo terminará descubriendo que la verdad, aunque resulte incómoda a la frivolidad oficial, es la única que resiste el embate de la historia.
Aquí no hay espacio para la rendición ni para la complicidad del silencio. Mientras la conciencia no se transforme en acción firme y la exigencia moral recupere su sitio frente al abuso, España seguirá deslizándose por la pendiente del despropósito. Restablecer el orden y la dignidad no es una opción partidista: es el deber innegociable de quienes nos negamos a aceptar la ignominia como patria.
El criminal Pedro Sánchez, número 1 de la organización criminal que secuestra España, debe ser detenido.
RES NON VERBA.
Ignacio Fernández Candela
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional Muck Rack, autor de 17 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en muchos medios de prensa escrita y digital como El Imparcial, Rambla Libre, Diario 16, Levante y ÑTV España entre otros, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
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Perfil de autor, obra literaria y trayectoria indexada en Google con Google Knowledge Panel.
Propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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