|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Entrevistamos a Fray Marcos Julio García Sánchez, sacerdote dominico, que nos cuenta el apasionante testimonio su polifacética vida, bien enfocada en lo esencial, como buen dominico contemplar a Dios en la oración, profundizar en su estudio y predicarlo.
¿Por qué siendo locutor, cantante, deportista… sintió el llamado a consagrar su vida al Señor como religioso?
La verdad es que no lo sé. Es decir, la vocación es un misterio muy grande. El Señor llama y lo hace sin importar lo que seas y lo que hagas. En mi caso, la llamada fue muy insistente, creo que hubo más perseverancia de su parte en llamarme que de la mía en responder, lo hacía a lo mejor a través de todo eso de lo que haces mención en la pregunta. Desde pequeño estudié en un colegio de las Hermanas Dominicas de Santa Rosa de Lima en mi pueblo, situando al sur del lago de Maracaibo entre los estados Zulia y Mérida en Venezuela. Veía a las hermanas y sentía que yo quería ser así. Me gustaba su alegría, su trabajo, su entrega, la fraternidad, ver que vivía juntas y unidas; muchas cosas de las cuales el Señor (seguro estoy) se vaía y me mostraba su rostro. Sentía su voz mediante las hermanas diciendo: “ven y sígueme”. Desde niño al verlas le decía a mis compañeritos “quiero vivir así, pero de varones, así como ellas que viven varias”, no le sabía poner nombre, es decir, no sabía que esto es comunidad y que en la orden Dominicana, es uno de los pilares fundamentales. No distinguía por aquel entonces, entre la vida consagrada de comunidad y la vida diocesana. Es más, no quería ser sacerdote, quería “ser como ellas”, con guitarra en mano, trabajando en un colegio con aquel hábito religioso, siendo alegre, ayudando, predicando, orando; lo que hacen ellas. Las diferencias entre ser sacerdote del clero diocesano y la vida religiosa en la Orden de Predicadores, vendría después. Al entrar a la orden permanecí cuatro años y luego, salí a estudiar periodismo. Estuve varios años fuera trabajando y ejerciendo mi carrera profesional de comunicador en los medios, así como de locutor, haciendo deporte, cantando. Me enamoré del mundo de la comunicación. Pero la llamada estaba latente. Era y sigue siendo muy fuerte; espero que así sea hasta la eternidad, porque el Señor llama todos los días.
Creo que Dios no me llamó a pesar de todo aquello que yo hacía era, sino precisamente a través de ello. Antes de descubrir la vocación religiosa tenía inquietudes, proyectos, ilusiones y también muchos dones que disfrutaba: la comunicación, la música, el deporte, el contacto con la gente. Las hermanas se encargaron de afilar estos talentos dados desde mi infancia, en cualquier acto cultural religioso que había en el colegio, ellas me lanzaban al escenario a decir poesías, a cantar, a ser animador, a rezar. Cuando crecía y luego de entrar a la Orden, estar varios años como mencioné anteriormente, pensaba que entregar mi vida a Dios, significaba renunciar a todo eso. Luego paso a paso, descubrí algo muy bonito y es que Dios no destruye nuestra personalidad cuando nos llama, al contrario; la purifica, la ordena y la pone al servicio de algo mucho más grande.
Mi vocación no fue simplemente un día en el que escuché una voz que me dijo: “Hazte fraile”, fue y sigue siendo un proceso en el que el Señor va poniendo personas, acontecimientos y preguntas en mi camino hasta hacerme comprender que mi vida podía ser mucho más fecunda, si se la entregaba completamente a Él. Y quizá eso es lo más bonito de una vocación, descubrir que uno puede tener muchos planes para su vida, pero que Dios tiene un sueño todavía más grande, que se vale precisamente de todos los dones para a través de ellos, llamar a otros a descubrirlo, conocerle, amarle y seguirle.
Con el tiempo he entendido que el locutor, el cantante, el deportista y todas esas dimensiones de mi vida no desaparecieron al entrar en la vida religiosa sino que se han convertido en importantes instrumentos para anunciar el Evangelio, me encanta predicar y me considero un privilegiado de Dios por todo lo que me ha dado para hacerlo.
Considero que al final la vocación consiste en algo muy sencillo y muy exigente y es decirle al Señor “todo lo que soy es tuyo, ahora ve enseñándome para qué y para quiénes quieres usarlos” y cada día soy un convencido de que lo hace posible, es palpable siempre, me lo hace ver y sentir en todo momento.
¿Cuándo el Señor llama es fácil renunciar a los proyectos que uno tiene a nivel humano?
Bueno, creo que aquí la respuesta de sí es fácil o no, dependerá de quién es llamado, es decir, atraviesa la situación personal de cada uno. Para algunos imagino que será más fácil, para otros no tanto, sin embargo siento que a la gran mayoría no porque somos y seguiremos siendo humanos. Personas que tenemos proyectos, deseos, planes ambiciosos. Todos (casi en general) poseemos sueños personales como: estudiar una buena carrera, tener dinero, ser lo que el mundo llama exitoso, a lo mejor formar una familia, hijos, viajar mucho, etc. Y eso enamora, ilusiona, llama la atención, y no tiene nada de malo como proyecto humano en la vida. Pero ante una llamada tan constante, la voz del Señor termina ganando.
Me gusta pensar siempre en la Santísima Virgen y San José. Ella estaba comprometida con él, se habían desposado hasta que llega aquel mensajero. El ángel enviado por Dios les anunciaba a cada uno en su momento, que no; que los planes de él para con los dos eran distintos ¿hubo turbación? Sí ¿Hubo deseo de dejarlo? Creo que sí. Revisemos las escrituras. ¿Temor? ¿Confusión? A lo mejor. Pero las respuestas de ambos, colaboraron con el plan salvífico. Hermoso pensar y saber que fueron capaces de dejar sus proyectos a un lado, no porque fuesen malos, sino porque sabían que al cumplir con la voluntad de Dios y al decir “sí” el bien es mayor. Suelo decir que: “A una llamada fuerte, tiene que haber una respuesta fuerte” Y si hay miedo, aún con miedo y temblando responder: “aquí estoy Señor”. También considero importante afirmar que la llamada y la respuesta se deben ir dando sin idealizarlas tanto, sino siendo conscientes de que es un proceso que se va dando paso a paso.
Cuando uno descubre que Dios lo llama a este estilo de vida, no deja de manera automática o instantánea de tener deseos, proyectos, afectos o sueños humanos; y es que la vocación no consiste en dejar de ser humano, sino todo lo contrario, consiste en aprender a poner toda nuestra humanidad en manos de Dios. Yo tenía mis proyectos y muchos de ellos eran buenos para mí y para mi familia, pero una de las cosas que he aprendido es que, no siempre tenemos que preguntarnos ¿Qué quiero hacer con mi vida? Sino que en estos casos también es válido dar una respuesta a quien llama preguntando ¿Señor, qué quieres hacer tú con mi vida, con mis dones y hasta con mis proyectos?
Renunciar en muchas ocasiones, duele. Pero ¡qué bendición que duela! nos aferramos a tantas cosas, personas, situaciones, sueños que no nos convienen; podría repetirlo: ¡esto puede doler! pero uno tiene que soltar el control en el caso de sentir una llamada fuerte a seguir a Cristo en la vida consagrada, sacerdotal y religiosa. Me encanta sentir que renunciar no significa que aquello que soñabas para tu futuro de vida fuera algo malo, sino que al dejarlo en manos de quien llama, te va mostrando que existe algo mejor, que además, te hace sentir pleno.
La vocación tiene mucho de dejar espacio, es como abrir la mano, mientras mantienes el puño cerrado, solo puedes agarrar lo que tú has decidido. Cuando abres la mano, permites que Dios ponga en ella algo que tú nunca habías imaginado. Y puedo decir, después de los años, que muchas cosas a las que tuve que renunciar, no las echo de menos. Dios no me empobreció, me regaló una vida que yo no habría sabido diseñar por mí mismo.
¿En qué medida como religioso se subliman todos los dones que uno tiene para un fin mayor?
Creo que esta es una de las cosas más hermosas de la vida consagrada. Cuando uno entra en la vida religiosa no deja sus talentos en la puerta del convento, lleva consigo su personalidad, su historia de vida, su sentido del humor, sus heridas, sus capacidades, sus limitaciones, sus experiencias; todo entra en la mochila que empacas para ingresar a una comunidad religiosa, como en mi caso. La cuestión es para quién utilizas todo eso, porque un don puede utilizarse para que los demás hablen de ti o puede convertirse en una herramienta para que los demás descubran al Dios que te dio ese talento.
En lo personal, los regalos de la comunicación, la música, la cocina, los medios de comunicación, las redes sociales y todo aquello que forma parte de mi historia, ha ido encontrando un sentido nuevo: la evangelización. Por esto, nació PREDICOCINANDO. Cocinar no es solamente cocinar. Una receta puede convertirse en una parábola, un ingrediente puede abrir una conversación sobre Dios, una mesa puede convertirse en un lugar de encuentro; y es que para mí el cocinar, es uno de los regalos que estoy seguro me vienen de Dios. La cocina es un don, es mística; en ella entregas lo que eres. Cuando cocinas, también hablas de espiritualidad, es decirle al otro: ¡me importas, te quiero!
Creo que eso es sublimar un don, no dejar de hacer aquello que sabes hacer, sino descubrir que puede servir para algo mucho más grande que uno mismo. San Pablo dice que hay diversidad de dones (1 Corintios 12:4) pero un mismo Espíritu. Eso me parece precioso. Dios no quiere que todos seamos iguales, al contrario, nos ha hecho distintos y quiere que pongamos lo que somos al servicio del mismo Evangelio.
¿Por qué dominico y qué aporta un dominico a la sociedad actual?
Desde que cumplí 4 años de edad, conocí a la Orden a través de las Hermanas Dominicas Venezolanas de Santa Rosa de Lima cuando mi mamá me metió junto a mis hermanos a estudiar en uno de los colegios que regentan estas religiosas. Por eso soy ahora fraile Dominico.
Considero que la Orden de Predicadores conocida como los Dominicos, o actualmente llamada “Gran Familia Dominicana” que comprenden: frailes, monjas contemplativas, hermanas dominicas de vida apostólica, laicos, MJD- movimiento juvenil dominicano, fraternidades sacerdotales, no es que ahora aporta, sino que ha aportado siempre desde su fundación en 1216. Basta con darse un paseo por sus más de 8 siglos de existencia. Mirar a Santo Domingo, conocer su historia como varón de Dios, saber de su familia, de su entrega, de su preparación y predicación es adentrarse a conocer el extenso abanico de hombres y mujeres santos de la orden en esta familia religiosa.
Creo que fui descubriendo que mi manera de ser y de entender la fe encajaba profundamente con el carisma de Santo Domingo: contemplar, estudiar, buscar la verdad y después comunicarla.
La tradición dominicana tiene una frase preciosa: “Contemplari et contemplata aliis tradere”, es decir, contemplar y entregar a los demás lo contemplado; esto me parece especialmente necesario hoy. Vivimos tan apurados, tan atropellados, tan afanados por hacer y hacer, que nos olvidamos de lo que realmente debe importarnos a los ojos de Dios: “el ser”. El ser que pasa por saber para qué fuimos creados y sobre todo, por darnos a los demás, con un poco más de detenimiento. Es en el otro donde podemos contemplar la belleza de la creación. No contemplamos porque el activismo puro y duro, nos absorbe, nos atrapa, nos deja paralizados ante los demás para ayudar.
Vivimos en una sociedad llena de información, pero no necesariamente llena de verdad. Tenemos muchísimas opiniones, pero a veces poca capacidad para distinguir qué es verdadero y qué simplemente es popular. Tenemos muchas voces, pero necesitamos personas que sepan escuchar. Y es justo por ello que creo que el dominico tiene hoy una misión muy actual: buscar la verdad, contemplarla, estudiarla y después anunciarla de una manera que el hombre de hoy pueda comprender la absoluta verdad que es Dios.
Santo Domingo entendió que para predicar había que conocer la realidad de las personas. No bastaba con repetir palabras. Había que encontrarse con la gente, conocer sus preguntas, sus heridas y sus búsquedas. Esto sigue siendo tremendamente actual. Por eso un dominico puede estar en una universidad, en una parroquia, en un monasterio, en una cocina, delante de una cámara o en las redes sociales. Cambian los medios, pero no cambia la misión: anunciar a Cristo.
En estos tiempos necesitamos especialmente una predicación que no tenga miedo de la verdad, pero que tampoco tenga miedo de la cercanía. Una verdad que se pueda estudiar y defender, pero que también se pueda tocar con la vida.
¿Por qué es importante la doctrina tomista, la filosofía realista en un mundo lleno de relativismo y subjetivismo?
Porque cuando todo se convierte en “mi verdad”, dejamos de preguntarnos por la verdad real, absoluta. Dejamos por preguntarnos por Dios y todo entra, todo se vale, todo se puede convertir en un pequeño dios.
Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la realidad existe independientemente de lo que yo piense de ella “toda verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo”. Y es que no soy yo quien crea la verdad simplemente porque tenga una opinión. Ya la verdad estuvo primero que yo. Esto es muy importante en nuestro tiempo. Podemos tener distintas opiniones sobre muchas cosas, pero no podemos confundir una opinión con la verdad.
La filosofía realista nos ayuda a recuperar algo fundamental: la realidad no depende de mis sentimientos, hoy esto es sumamente importante, justo y necesario entenderlo y tenerlo presente. Ojo, no quiere decir que esto signifique despreciar los sentimientos, más bien significa que cada cosa debe estar en su lugar. Lo que siento es real y merece ser escuchado, pero lo que siento no necesariamente determina lo que es verdadero.
Santo Tomás tuvo la gran capacidad para unir fe y razón. No nos pide apagar la inteligencia para creer; nos invita a utilizarla. La fe no supone quedarse estático, ella nos debe invitar a buscar llenos de esperanza en encontrar siempre la verdad. Porque la fe no destruye la mente del hombre.
En un mundo donde muchas veces se nos dice “tú tienes tu verdad y yo tengo la mía”, el cristianismo responde que la verdad no es una propiedad privada. La verdad se busca, se contempla y, cuando la encontramos, nos conduce hacia Dios y por ende, la comunicamos, la predicamos, la cuidamos.
¿Cómo compagina sus labores de prior, vicario parroquial y formador de jóvenes?
Primero que todo contando con la gracia de Dios. Cuando asumí como prior del convento hace casi un año, pensé en mi oración “Señor quiero seguir sirviendo, que nada ni nadie me quite la paz, y sobre todo, ayúdame a estar y ser en la medida que se pueda, alegre, con el gozo que solo tú puedes darnos. Ayúdame a descansar en ti. No te pido paciencia, pido confianza en ti, sentirte en cada paso que doy”. Siempre procuro decirle esto al Señor y recordármelo a mí mismo de vez en cuando en oración. Luego de creer y creerle al Señor, entonces organizo fechas, horarios, días, actividades. Pero primero Dios, porque si dependiera solamente de mis fuerzas, probablemente no llegaría a todo o a nada.
Cada una de esas responsabilidades tiene una exigencia diferente. Como prior tienes que cuidar de una comunidad; como sacerdote en la responsabilidad de ser el vicario parroquial, tienes que acompañar a las personas; y con los jóvenes tienes que aprender constantemente a hablar un lenguaje que pueda llegar a su corazón sin rebajar el Evangelio. Además está el trabajo de la promoción vocacional, la búsqueda en cada encuentro, viaje, charla, etc; de chicos que puedan sentir la llamada del Señor, y en estos días, este es un trabajo cuesta arriba, pero igual confianza en aquel que llama.
Una cosa que he descubierto es que no son tareas aisladas. Cuando acompaño a un joven, estoy haciendo pastoral. Cuando escucho a un fraile de la comunidad, también estoy haciendo pastoral. Cuando celebro la Eucaristía, estoy cuidando de la comunidad. Cada cosa en su momento y cada una de ellas, forma parte de una misma misión. Creo que son los chicos ahora los que me han enseñado algo fundamental: no podemos evangelizar desde la distancia, hay que estar con ellos, escucharlos, conocer sus preguntas y, sobre todo, quererlos. Al final, más que intentar hacerlo todo perfectamente, procuro estar donde Dios me pone y hacerlo con todo el corazón.
¿Por qué ya siendo religioso decidió seguir evangelizando en los medios?
Creo que más bien me dije, ahora es cuando hay que estar en los medios, soy religioso, pero antes de esto, soy humano y cristiano. Soy iglesia y la Iglesia no puede quedarse encerrada dentro de las paredes de un templo o de uno de nuestros conventos. Nosotros como consagrados, tenemos que estar en este nuevo terreno a evangelizar. Las personas ahora se mueven en un alto porcentaje en este mundo de redes sociales. Si escuchan podcasts, hay que aprender a evangelizar en un podcast. Si consumen vídeos cortos, también podemos utilizar ese lenguaje para anunciar el Evangelio, es decir, también ahí están las voces que claman por la presencia de pastores y profetas que anuncien y denuncien. Los medios no son buenos ni malos en sí mismos, son herramientas. La pregunta es qué hacemos con ellas.
Para mí, evangelizar en medios significa intentar llevar el Evangelio allí donde está la gente, pero sin convertir el Evangelio en un espectáculo. Sin pretender conquistar a la fuerza, sin hacer algo que no hacemos en lo cotidiano o en nuestro diario vivir como consagrados, sin romper nuestra norma de vida que nos lleva a identificarnos con Cristo hasta que sea él quien poco a poco, vaya viviendo en nuestro ser, porque al final, como dice la palabra, llamó a sus discípulos a estar con él (Marcos 3,14)
Una cámara puede ayudarte a llegar a miles de personas, pero detrás de cada pantalla hay una persona concreta que quizá está sola, que tiene una pregunta, que está sufriendo o que simplemente necesita escuchar a alguien que le brinde una palabra llena de esperanza. Por eso sigo haciéndolo. No porque quiera estar delante de una cámara, sino porque quiero que Cristo pueda estar delante de una persona que a lo mejor, nunca entraría en una iglesia.
¿Qué supone para usted formar parte del equipo de Se Buscan Rebeldes?
Oh, aquí debo mencionar uno de los buenos y grandes regalos que Dios me ha dado en estos últimos años, me refiero a la amistad con el padre Ignacio Amorós. Es un hombre apasionado por y con lo que hace, le encanta predicar, no piensa dos veces cuando se trata de hablar de Cristo, de defender a la iglesia, de poner como ejemplos a los santos que Dios ha querido regalarnos para tener como referentes a hombres y mujeres que nos ayuden a decir “también yo quiero ir, también quiero ser santo ¿y por qué no? Si ellos pudieron, con la gracia del Señor, también yo puedo”. El padre Ignacio me invitó como su primer entrevistado junto al padre Pablo con quien comenzó a hacer “Se Buscan Rebeldes podcast” y un día llegó a mi convento a comentar que al padre Pablo se el estaba haciendo difícil estar presente los días de grabación por sus múltiples ocupaciones, por tanto si yo aceptaba ser su compañero como presentador de este podcast. Para mí significó mucho en todo aspecto. Es una gran responsabilidad, pero debo ser sincero, me encantó la idea, no desaproveché tal oferta, en ella venía la voz del Señor una vez más proponiéndome poner mi talento y preparación como periodista, al servicio de la iglesia para seguir llevando al mundo la Buena Nueva de salvación.
Para mí ha sido una oportunidad preciosa de descubrir que evangelizar también significa entrar en conversaciones que muchas veces están fuera de los ambientes estrictamente religiosos. “Se buscan Rebeldes podcast” tiene algo que me gusta mucho, la palabra rebeldía; y es que el cristiano está llamado a ser rebelde frente a todo aquello que deshumaniza al hombre. Ser rebelde contra la indiferencia, contra la mentira, contra la cultura del descarte, contra pensar que la vida consiste simplemente en consumir, producir y entretenerse. Pero también ser rebelde hoy, es atreverse a vivir de otra manera: con fe, con esperanza, con compromiso y con una vida entregada a los demás.
Es un regalo la verdad, porque me permitió formar parte de ese gran equipo que me sigue ayudando a crecer, a conversar, a escucha y también aportar desde mi propia experiencia como sacerdote y religioso. Creo que hoy hace falta recuperar una rebeldía sana, la rebeldía de quien no se conforma con vivir en la superficie.
¿Qué supuso su paso por MasterChef?
Siempre que me hacen esa pregunta retrocedo a cómo comenzó aquello y me saca una sonrisa. Fue una experiencia muy curiosa porque, aparentemente, podía parecer que un fraile en un programa como MasterChef estaba completamente fuera de lugar. Cuando me dijeron de parte dele quipo de producción que tenía que grabar un video diciendo porqué quería participar en dicho programa, cogí mi móvil y sin pensarlo mucho dije que podría ser una gran oportunidad para llegar a tantas almas que habían quedado desesperanzadas, tristes, solas después de pasar una tragedia mundial como fue el covid19. Ahí me solté ya a evangelizar desde el primer momento. Me reté a mí mismo y pude sentir que la fuerza del Espíritu de Dios me acompañaba cumpliendo su promesa de ser él quien habla por nosotros. Descubrí que el Evangelio puede entrar por caminos que nosotros no habíamos previsto.
La cocina es profundamente humana, alrededor de una mesa se celebran cumpleaños, bodas, encuentros familiares, reconciliaciones, se llora la tristeza, se cuenta un éxito. La comida tiene una capacidad enorme para reunir a las personas; y además, para un cristiano, la mesa tiene una resonancia todavía más profunda; pensamos inmediatamente en la Eucaristía, en aquella despedida que hace Cristo en la última cena cuando le dice a sus discípulos “haced esto en memoria mía” (Lucas 22,19).
Mi paso por MasterChef me ayudó a descubrir que aquello que podía parecer simplemente una afición o una habilidad, podía convertirse también en un lenguaje evangelizador. Cada plato que preparé, siempre llevó un nombre y ese nombre hacía referencia a algún pasaje bíblico, a alguna palabra dicha por Cristo. Quizá por eso, después, la cocina terminó uniéndose de una manera tan natural con la predicación.
¿Podría hablarnos del libro que está escribiendo buscando la relación entre la cocina y la Sagrada Escritura?
El libro que estoy escribiendo se titula “Predicocinando: recetas al corazón, para la sazón del alma”. Antes de mi paso por las cocinas de Máster Chef ya había pensado el nombre, tenía la idea de un canal de youtube o de alguna plataforma que le interesara. Luego la idea se fortaleció a través de esta experiencia. Descubrir que la cocina puede ser una maravillosa puerta de entrada al Evangelio, me hizo tan feliz y aún me sigue llamando a sentirme pleno en el Señor, poder llegar a tantos creyentes, practicantes o no, es realmente un soplo del Santo Espíritu.
En las sagradas Escrituras hay muchísimo texto que hace referencia a lo que es el alimento: pan, vino, aceite, sal, pescado, trigo, uvas, miel; pero no quiero hacer simplemente un recetario con citas bíblicas, mi anhelo es buscar y encontrar algo más profundo. Deseo descubrir cómo una receta puede ayudarnos a comprender una verdad de nuestra fe. Por ejemplo, cuando hacemos una receta, cada ingrediente tiene su función y si llega a faltar uno, quizá cambia el resultado final. Algo parecido ocurre con nuestra vida espiritual, necesitamos oración, comunidad, sacramentos, servicio, Palabra de Dios, iglesia, camino, testimonios, santidad, gracia.
Además está el proceso, hay cosas que necesitan tiempo, hay que amasar, hay un tiempo de espera, cocinar, dejar reposar, servir, probar, gustar al paladar, discernir. La vida espiritual también tiene sus tiempos y no podemos pretender que Dios haga en cinco minutos lo que necesita años de maduración, no porque él no pueda, sino porque es necesario que nosotros vayamos mejorando esa receta día a día.
Por eso Predicocinando es una forma de hacer lo que hizo Jesús tantas veces, hablar de Dios desde las cosas sencillas de la vida cotidiana. Cristo es realmente un maestro de la cocina de nuestra vida, si así se quiere ver desde este contexto del que hablo. Nos da recetas a diario con sus parábolas, nos brinda secretos que otros culinarios no se atreven, su despensa está abierta para tomar de allí lo que necesitamos para mejorar la calidad de los alimentos que vayamos a consumir.
Me encanta cuando tomo la palabra y leo que Jesús habló de semillas, de pan, de vino, de redes, de viñas, de banquetes. Yo simplemente intento seguir esa intuición con los medios y el lenguaje que tengo. Al final, el libro busca que después de leer una receta, uno no solamente tenga ganas de cocinar, sino también de acercarse un poquito más al fuego inapagable de Dios, a sentir ese ardor que quema y no lastima sino que enciende para iluminar y seguramente poder compartir esa luz con aquellos que se acercan queriendo probar de la receta que nos da el Señor. Muchos se acercarán a ti con sus almas frías a causa de la indiferencia y poca solidaridad que muchas veces oferta el mundo. Ahí tenemos un reto, ser lo que el Señor nos manda ser “Vosotros sois la sal y la luz” (Mateo 5, 13-16)
Tremenda responsabilidad entonces la que tenemos quienes nos decimos ser seguidores de Cristo. Los cristianos estamos llamados a eso, a dar sabor, sabor de humanidad, de sensibilidad, de solidaridad, de bondad. Todo eso siempre enmarcado en el amor del Señor, porque no es lo mismo que digan “fray Marcos si es bueno” a que digan “fray Marcos tiene sabor de bondad de Cristo”. Cristo es el maestro Chef. Es el Señor quien nos convoca a ser sal en un mundo desabrido. No soy ni fui yo el de la iniciativa, la iniciativa siempre viene dada del Señor, antes de que lo imaginemos, él ya tiene listo todos los ingredientes sobre la mesa. La misenplas, que significa en francés “todo en su lagar” ya está lista, nosotros solo tomamos de allí lo necesario y ¡a cocinar!
“La vida es una receta”. Esto suelo decirlo siempre en charlas, además luego advierto “cuidado con los ingredientes que ponemos en ella”. Y es que el mundo también te ofertará otros ingredientes, y aunque de momento resulten ser los más fabulosos que hayamos probado, luego puede venirnos una gran indigestión, hay ejemplos de sobra. El corazón necesita una receta, y quizá el alma, de vez en cuando, necesita que alguien le ponga un poco de sazón.
Autor
-
Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.
Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.
Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
Últimas entradas
Actualidad25/08/2026De MasterChef a Se Buscan Rebeldes: el imparable éxito mediático de Fray Marcos. Por Javier Navascués
Actualidad24/08/2026Entrevista a la Madre Olga María del Redentor, Carmelita Samaritana del Corazón de Jesús. Por Javier Navascués
Actualidad23/08/2026La última misa tridentina del padre Jaime Herrera González en Valparaíso, Chile. Por Alejandro López
Actualidad22/08/2026Hoy en el centro de Barcelona se rezará el Santo Rosario por Colombia y las víctimas el terremoto. Por Javier Navascués

