19/08/2026 12:33

Hoy día las ciencias adelantan que es una barbaridad, hasta el punto de pueden inyectarnos con una jeringa nanopartículas doscientas veces más pequeñas que el grosor de un cabello humano, o enviarnos un chorreo 5G desde satélites para moverlas dentro de nuestro cuerpo, incluso hasta modificarte el ADN como quien hace zapping con tus aminoácidos… es hasta posible llevar a multitudes borreguiles hasta mataderos haciendo la ola de puro frenesí…

La genética es la ciencia que más bárbaramente adelanta, sin duda, hasta el punto de que se ha descubierto la causa genética de casi todos los comportamientos humanos, que parecen tener su asiento en determinadas zonas del cerebro, las cuales reciben el nombre de zonas «Boardman». Por ejemplo,  el borreguismo parece estar ubicado en la zona 17 del cerebro, y hay quien dice que hacia allá se dirigen los nanoides insertados con hisopos y vakunas… ¡Quién sabe!

Sinceramente, yo no tengo esa zona 17 nada desarrollada, y lo digo como quien se pone una medalla. Más bien, tengo hiperdesarrollado el gen de la disidencia, que cada vez más gente dice que existe, y es el que crea personajes contestatarios, subversivos, insurrectos, protestones, rebeldes… Personajes incapaces de plegarse a las mentiras, de someterse a las normas del rebaño, incapaces de balar, pero propensos a gruñir, a rugir… lobos esteparios, guerrilleros empecinados, quijotes diamantinos, rebeldes con causa…

A mí esto de la disidencia me viene desde la cuna,  porque mi continua pregunta de «¿Por qué esto?» «¿Por qué lo otro?» acababa por desquiciar a mi sufrida progenitora.  Así surgió mi espíritu rebelde, pues preguntar el porqué de las cosas es la primera causa de la disidencia, ya que lleva a la investigación, a la crítica, al análisis, a no caer en lavaderos de cerebro, en garras de pastores mentirosos. La segunda causa que me lleva a echarme al monte es bien sencilla: no soporto que pretendan tomarme el pelo.

Recuerdo con especial fruición las historias que mi madre me contaba sobre antepasados míos en los que ya refulgían actitudes insurrectas, personajes cultos, de exquisita educación, que arremetían contra las injusticias, con poesía y todo, usando la literatura como arma cargada de protesta. Mi madre solía decir que yo había salido a fulanito de tal, o a menganito de cual, lo cual, traducido al lenguaje posmoderno, quiere decir que llevaba en mis venas su sangre, los genes de la protesta.

Entre esas historias, entre esas batallitas que mi madre me contaba a la luz de la chimenea, recuerdo con especial admiración la historia de un antepasado mío, un cultivado viajero amante de la escritura, que cierto día llegó a un pueblo de la sierra de Aracena, al norte de Huelva. Encontrándose de repente con una urgente necesidad evacuatoria, buscó por el villorrio un lugar discreto donde hacerlo, pero, ante la premura, lo hizo en un paraje que no gozaba de tanta discreción. Alguien le vio, y le denunció al Ayuntamiento, que no tardó en castigarle con una multa. Como se ve, siempre ha habido execrables chivatos, ¿o es que creíamos que los balconetti de la plandemia han sido los primeros?

Ante esto, mi antepasado escribió un poema irónico donde venía a quejarse de que las ordenanzas municipales no le permitían evacuar en ningún lugar, porque siempre había algún inconveniente. Recuerdo unos versos que decían: «Si lo hago en el muladar, es alevosía; si en un pajar, es descortesía…»,  y seguía así, hasta que, en un final verdaderamente apoteósico, remataba diciendo: «Así que no tendremos más remedio, que cagarnos en usía»: genial.

¡Claro! La disidencia ha empleado a lo largo de la historia muchas armas, algunas pacíficas, y otras no tanto. Pero de entre esta amplia panoplia de estrategias disidentes, no hay ninguna mejor que la más elemental, la más primaria: cagarse en los usías, es decir, defecar en aquellos personajes imbuidos de alguna autoridad responsables de ordenanzas, de leyes, de disposiciones, de normas, carentes de racionalidad, empapadas de despotismo, de abusos, de totalitarismo, de gilipollez, de progresía…

En efecto, cagarse en alguien es la más cruda señal de desprecio, de desafío, de desobediencia, de burla, de agravio. Puede hacerse de varias formas: por ejemplo, lanzando excrementos al paso del corrupto politicastro, defecando sin medida en la puerta del edificio gubernamental desde donde se cometen las injusticias, amontonando paletadas de estiércol ante la puerta del tiranuelo…incluso existe la versión más edulcorada que consiste, simple y llanamente, en enseñarles el culo ―pero recuerde, «no-se-mea-en-la-escalera-del-convento»…

Mi antepasado inventó la modalidad quizá más genial: cagarse en verso, lo cual es doblemente ofensivo, pues la burla se multiplica al hacer poesía de la vil materia defecatoria.

Estamos ya en una sociedad plenamente orwelliana, donde no se pueden proclamar ―evacuar― ideas contrarias al sistema sin que te cierren el Twitter, te bloqueen el Facebook, te denuncien por incitación al odio, te cierren una web sin mandato judicial, te anuncien en las redes sociales que te van a matar, te pongan una multa… Eso equivale a no dejarte cagar en ningún sitio, a cerrar la puerta de los retretes y tirar la llave al mar, a intentar taparte la boca…

Por el contrario, ellos pueden evacuar en nuestra bandera, orinar en un templo, sonarse los mocos donde les plazca, escupir a las tumbas de nuestros héroes, defecar en la Hispanidad.

Ante la dantesca dictacracia que sufrimos, como protesta ante el horror apocalíptico del infecto muladar en el que las multitudes lobotomizadas caen como moscas, levanto una vez más mi voz de protesta, el trompeterío de mi rebeldía, los gallardetes de mi disidencia y, emulando a aquel antepasado mío, azuzando mi vena literaria, dedico a los impresentables usías que quieren llevar a España al más infecto vertedero estas líneas, bajo el título de «Evacuación o victoria», con el que parafraseo la película «Evasión o victoria», dirigida por John Huston en 1981:

Si disiento es un delito,

si conspiro es osadía

si desobedezco es un crimen,

si voy en coche es alevosía,

si no me vakuno soy irresponsable,

si respiro es anarquía,

si como carne es un pecado,

si no voto es descortesía,

así que no tengo más remedio

que cagarme en los usías

 

Canal de Telegram: https://t.me/laureanobenitez

Sitio Web: https://losultimostiempos.es/

Autor

Laureano Benitez Grande-Caballero
Laureano Benitez Grande-Caballero
LAUREANO BENÍTEZ GRANDE-CABALLERO es licenciado en Historia Contemporánea/ Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid.
Profesor de Historia jubilado, en el transcurso de su vida docente se especializó en la defensa de los derechos humanos y los valores cristianos. Su vocación como escritor es la defensa de la VERDAD frente a las mentiras de la ingeniería social del Nuevo Orden Mundial.
Es autor de 38 libros, muchos de temática católica.  Sus obras más recientes tratan sobre la historia de España y la Agenda 2030: EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA, LA DICTADURA EN TIEMPOS DEL VIRUS: ACABA LA VIDA Y EMPIEZA LA SUPERVIVENCIA, CLIMODEMIA: EL HIMALAYA DE MENTIRAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO, y BABILONIA 2.O: EL MUNDO DE LA BESTIA
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