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El teniente coronel retirado Francisco Bendala Ayuso es el director de El Español Digital.
Estudió a la Academia General Militar, de la que salió como Alférez, eligiendo Infantería y saliendo como Teniente en Toledo. Hizo un curso de paracaidista y luego, de helicópteros, uniéndose al Pavía XIX. Luego estuvo en Colmenar Viejo (Madrid), en el BHELA, la unidad de helicópteros ataque y en el CEFAMET, la Escuela de Helicóptero. Destinado durante dos años y medio en la Guardia Real y luego en el CESID (hoy CNI) durante doce años, en concreto, en cuestiones de contraterrorismo árabe e islámico, actuando en Líbano. En la entonces vigente “Línea Verde” en Beirut, recabando información sobre posibles atentados contra España, y como agregado cultural en la embajada española en Bucarest (Rumanía), asistiendo como testigo directo de la caída del régimen comunista de Ceaucescu.
En esta entrevista analiza desde su experiencia qué pasaría si España tuviese que afrontar hoy una guerra.
¿Estaríamos los españoles preparados para afrontar una guerra?
No, en absoluto. No hay, a día de hoy, dato alguno que respalde lo contrario, mientras que todos los que puedan considerarse apuntan a ese no radical. La sociedad española en su conjunto, pero más aún si cabe su juventud, esa que por edad es la que tendría mayoritariamente que dar la vida en una guerra, vive sumida en una decadencia espiritual, moral y material que la priva de las características necesarias para soportar los sufrimientos de todo tipo que conlleva un conflicto armado.
Junto a lo anterior, la guerra moderna, aún la convencional, requiere de una fortaleza que España no posee pues bien que se han encargado todos los gobiernos que hemos tenido desde hace cinco décadas de privarnos de ella, pues la aversión de nuestros dirigentes de todo color ideológico hacia lo militar es endémica, siempre temerosos de unas FFAA fuertes y conscientes de sus más sagradas misiones que en un momento dado y ante sus desmanes de todo tipo pudieran ponerles freno, de ahí la labor de castración en todos los órdenes, espiritual, moral y material a la que las han sometido; bien que, hay que reconocer que con los militares dejándose hacer al priorizar, sobre los intereses de España, los suyos personales; su «profesionalización», además de no garantizar la defensa de España, las ha separado del pueblo aislándolas de éste, haciendo creer a los españoles que la defensa de España es sólo cosa suya y no de ellos, con la consiguiente desaparición del patriotismo, a lo que incide aún más la creación en las FFAA de la UME convirtiéndolas en mera extensión de la protección civil, todo ello diametralmente contrario a sus más fundamentales esencias así, esa castración ha sido posible, no cabe duda, por una confluencia entre ambos que sólo puede ser calificada de traidora por parte de los dos: unos por acción y otros por omisión cómplice.
¿Por qué el espíritu irenista que impera en estos tiempos ha hecho que muy pocos estuviesen preparados?
Ese espíritu, por demás falso y engañoso, pues el mundo y el ser humano siguen siendo lo que son desde aquel primer pecado, ha conseguido desarbolar por completo a los españoles de esta etapa de nuestra historia que ya dura algo más de medio siglo. Ese espíritu ha corrompido el alma de los españoles de hoy, los ha entontecido, aniquilado y abducido, inyectando en ellos un falso y torticero concepto de lo que es el ser humano, nuestra civilización, y sobre todo España y los españoles.
La vida es lucha, y los momentos de sosiego, de bonanza, son siempre circunstanciales. Aún en la bonanza, aún en las etapas de paz y prosperidad, hay que luchar por conservarlos, defenderlos y acrecentarlos, cuanto más en la de adversidad para superarla. El ser humano, herido desde su nacimiento por el pecado original, está siempre sometido a fuerzas internas y externas que buscan hacerle desbarrar y perder el norte, por lo que debe armarse constantemente para combatirlas. Ese espíritu irenista que cita, ese digamos “buenismo”, impide defenderse de esas fuerzas –que unas veces son propias y otras externas–, no sólo como individuos, que también, sino asimismo como colectivo, como pueblo, como nación. Así, si el individuo, el español, sucumbe, como ha sucumbido, a ese maléfico espíritu, también lo han hecho los españoles como pueblo y nación.
Muchos jóvenes han crecido con todo tipo de facilidades y comodidades sin hacer grandes esfuerzos y sacrificios…
La generación de nuestros abuelos y padres se topó con un momento histórico tremendo en el que esas fuerzas malignas campaban por sus fueros con una potencia pocas veces antes conocida de la mano de ideologías perversas que a punto estuvieron de acabar con ellos. Les salvó haber mantenido intactas sus defensas espirituales y morales, sus principios y valores inmutables hasta el punto de estar dispuestos, sin titubear, a dar la vida por ellos conscientes de que no había, ni hay, otro camino si se quiere preservar la dignidad, el honor, la verdad, la razón y la libertad, y por ende España, la patria.
Por desgracia, hoy no ocurre así. Nuestra generación ya en buena medida, pero sobre todo la que nos sigue y me temo que aún peor la siguiente, lo ha tenido todo y además sin esfuerzo alguno, pues se lo ha encontrado hecho, regalado, y está demostrado que lo que se consigue sin esfuerzo no se valora, actitud que predispone a no defenderlo en caso de que se nos quiera arrebatar. Ahí está parte de la clave de por qué los españoles de hoy no están ni mínimamente preparados para afrontar una guerra, porque no valoran lo que poseen, la herencia que han recibido de sus mayores, entre otras cosas porque no valoran lo que a ellos les costó construirla y traspasárnosla.
Por eso se habla de generación de cristal, blandengue, a años luz de la reciedumbre de antaño…
Así es. Se ha inoculado en nuestra sociedad desde hace ya cincuenta años una sobredosis de hedonismo, de indolencia, de que todo da igual, de que todo vale lo mismo, sin darnos cuenta de que entonces, nada vale nada. Vivimos en una sociedad de vida muelle, de consenso, de evitación del enfrentamiento, en definitiva, en decadencia y además galopante, lo que conlleva la indefensión por preferir siempre la negociación al enfrentamiento, a decir basta; y negociación hasta el punto de estar dispuestos a, cediendo poco a poco, y con tal simplemente de sobrevivir, cederlo todo, o lo que es lo mismo a perderlo, lo que nos deja a los pies de los que, aún más atrasados que nosotros, conservan una vitalidad que les hace ser superiores en caso, como además ocurre, de choque de culturas, de civilizaciones.
No es la primera vez que un proceso como el citado ocurre. El 711 para España no fue una casualidad ni producto sólo de una traición individual, que también, sino consecuencia de que aquella España visigoda sufría ya los mismos males que la nuestra de hoy; lo mismo le ocurrió antes al imperio romano, y antes a la civilización egipcia, y después a nuestro imperio durante el siglo XIX, ese que quisiéramos borrar de nuestra historia por ser causa de nuestro declive y fundamento, todavía hoy, de los males que nos aquejan.
Por ello muchos hombres han perdido la virilidad, la hombría, el valor, el sentido del honor…
Absolutamente. El hombre, pero también la mujer, que conste, hoy no lo parecen. Más aquél que ésta, porque su papel en los aspectos que estamos tratando es mayor por su propia condición de varón. Ese “hombre blandengue” –que por cierto tanto exasperaba al difunto Fari– es el que hoy impera, y a todos los niveles y en todos los sectores, ese hombre no lo es, sino figura de hombre, dibujo mal trazado, totalmente incapaz incluso de defenderse y defender lo propio.
Pero lo más importante y raíz de todo esto es la falta de sentido sobrenatural, que haría a muchos incapaces de dar la vida por Cristo o en defensa de la cristiandad…
Efectivamente. España hoy sí que ha dejado de ser católica, comenzando por la propia iglesia española. La pérdida absoluta de la conciencia de lo sobrenatural, de la existencia de Dios, de la trascendencia del hombre en cuanto a dotado de alma inmortal, de que tras esta vida hay otra y además eterna, de que en ella hay un cielo y un infierno, de que al final nos sentamos en el banquillo de los acusados donde seremos juzgados por Quien todo lo sabe de nosotros, hasta lo más íntimo y secreto, por Quien tiene contado hasta el número de nuestros cabellos, es la raíz de nuestra penosa situación como seres humanos, como españoles y como nación.
Nuestra sociedad ha caído en el materialismo más profundo producto de la confluencia de dos extremos ideológicos igualmente perversos y destructores como son el capitalismo y el marxismo, sea este socialista o comunista increíblemente hoy vivos en España donde fueron, precisamente, causa de aquella guerra fratricida que asoló nuestra patria durante tres años con los sufrimientos y perjuicios de todo tipo que conllevó, etapa de la que parece que no hemos aprendido, e incluso da la impresión de que estamos dispuestos a repetir.
El problema es que España lleva medio siglo ya sometida a un plan de destrucción de sus esencias más básicas tanto por parte de potencias y fuerzas externas como por otras internas vendidas y sometidas a ellas. Los españoles, huérfanos desde hace décadas de líderes, de dirigentes de verdad, de españoles de pro, se han dejado arrastrar por lo peor de lo más bajo de nuestra sociedad, por el lumpen, sean de uno u otro color ideológico, pero todos ellos caracterizados, con unas formas u otras, por la misma degeneración espiritual, moral y material, los cuales, mirando sólo por sus intereses espurios, nos han dividido y nos enfrentan a unos contra otros de forma que en ese río revuelto ellos son los ganadores.
¿Por qué es espíritu de conservación hace que contemplemos la guerra como una posibilidad muy remota y pensar que nunca nos va a pasar a nosotros?
Porque la verdad es siempre, normalmente, amarga y el hedonismo de nuestra sociedad actual huye de todo lo que suponga potencial sufrimiento, espíritu de sacrificio, perseverancia, trabajo, lucha o esfuerzo, y una guerra es todo eso y mucho peor aún. De ahí, que con tal de no contemplar su posibilidad aunque sea remota, con tal de no considerar que pueda llegar, más aún, que pueda ser inevitable e incluso necesaria y obligada, se prefiere mirar para otro lado más amable como es el buenismo, el consenso, la negociación, el no darle importancia a nada, el ceder y ceder, tolerar y tolerar, hasta incluso someterse, hasta incluso perder la libertad, la dignidad y el honor, hasta incluso reducirse a la triste condición de esclavo de otros con tal de poder… vivir un día más.
Sin embargo, la situación geopolítica mundial es muy inquietante…
El mundo ha entrado por múltiples razones en un nuevo período de extrema convulsión, de lucha por el poder global de potencias visibles, pero también invisibles, que consideran que ha llegado su momento y que ven la oportunidad de hacerse con todo después de décadas de ir socavando nuestros principios, valores y voluntades, y creen que la fruta, que somos nosotros, está madura. Lo dicho se beneficia esta vez de los increíbles avances tecnológicos que observamos, y de los que ya se están vislumbrando, que dota a esos poderes de una capacidad de acción como nunca antes en la historia de la Humanidad.
Cómo militar, ¿qué consejos daría a la gente para estar preparado?
El primero y más importante es restablecer individualmente los valores espirituales, base y fundamento de los morrales y materiales. Sin ese volver a cultivar, consolidar y fortalecer el espíritu, es decir, la Fe, nada se puede, ni podrá. El ser humano en general, y España en particular, depende de la Fe, de volver a Dios, de reconocer a Jesucristo, el Mesías, de fortalecer nuestros espíritus, de recuperar el favor de Nuestro Señor.
Con ello, lo demás, créame, se nos dará por añadidura y en proporción generosa en extremo. Ejemplos a cientos hay en nuestra historia patria que avala lo que digo. La Fe mueve montañas, la Fe nos dará la victoria, por la Fe venceremos, siendo fieles a Cristo nada tenemos que temer. Con Él con nosotros, pero de verdad, no hay rival, por Goliat que parezca, que se nos pueda resistir. Pero sin lo dicho nada podremos, porque sin Él nada, ni respirar podemos.
Por lo anterior, desarrollaremos una voluntad de vencer que es la clave de toda victoria mucho más que dotarnos de materiales de cualquier clase. La voluntad de vencer junto con la perseverancia, la tenacidad, son imbatibles, aún si contáramos con pocos medios materiales.
Por supuesto, debemos ser muy radicales en todo, máxime a la hora de elegir a nuestros dirigentes de cualquier tipo, condición y nivel. Y a la hora de exigirles. No podemos conformarnos con la mediocridad, la falta de dignidad, escrúpulos y la amoralidad de la que hacen gala todos desde hace décadas. Ellos están a nuestro servicio, no nosotros al de ellos; y todos al de España, la herencia que vamos a dejar a nuestros descendientes.
Y luchar, luchar constantemente, sin desmayo, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella, haciendo cada cual lo poco que pueda, pero sin dejar de hacerlo, con mejor o peor éxito o incluso sin ninguno, pero conscientes de que estamos cumpliendo con nuestro deber y sembrando para que otros recojan; que no se trata de anotarse tantos, ni de satisfacer un espurio afán de protagonismo, sino de recuperar España para que los que nos han de seguir puedan engrandecerla aún más.
Y lo más importante, como católico ¿cuál debe ser la actitud?
Fe, fe y fe. Fe por encima de todo. Fe siempre. Y oración. Fieles a Cristo sea cual sea la situación en que nos encontremos. Dispuestos siempre a dar la vida por Él y por Él por España, pues España o es católica o, como vemos, no lo es. Y fieles a Él por María, nuestra madre, a cuyo inmaculado corazón todo se le concede y nada se le niega.
Autor
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Subdirector de Ñ TV España. Presentador de radio y TV, speaker y guionista.
Ha sido redactor deportivo de El Periódico de Aragón y Canal 44. Ha colaborado en medios como EWTN, Radio María, NSE, y Canal Sant Josep y Agnus Dei Prod. Actor en el documental del Cura de Ars y en otro trabajo contra el marxismo cultural, John Navasco. Tiene vídeos virales como El Master Plan o El Valle no se toca.
Tiene un blog en InfoCatólica y participa en medios como Somatemps, Tradición Viva, Ahora Información, Gloria TV, Español Digital y Radio Reconquista en Dallas, Texas. Colaboró con Javier Cárdenas en su podcast de OKDIARIO.
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Ni la juventud española actual, ni la mora tendrían valía para una guerra. Están muertos espiritual y moralmente. En lo respectivo a lo material da igual, por muy materialistas que sean. Más cobardes son aún. Pero, repito, los moros, son aún mucho más cobardes y mucho más muertos espiritualmente.
España no posee fortaleza desde la invasión napoleónica y la peste jacobina, liberal y masona que aquí sembraron sus partidarios. Por desgracia se perdió el arsenal del Cristianismo con las provincias americanas de España. Desde entonces, España no ha hecho más que apostatar y empobrecerse, sobre todo, espiritualmente. Sólo hubo un paréntesis, pero también de impotencia, el Régimen Católico y Patriota del Generalísimo Francisco Franco. Digo impotente porque no pudo sumarse al esfuerzo de aniquilar a los enemigos de Dios y de España tras nuestra Cruzada (por enemigos digo Rusia, Inglaterra, Francia y Estados Unidos), y tuvo que soportar su criminal chantaje, boicot, bloqueo e imposiciones tras la victoria del mal en la tierra en 1945. Recuérdese que Franco perdió Guinea Ecuatorial, el Rif, Sidi Ifni y Cabo Juby por imposición de nuestros enemigos norteamericanos en 1956. No se olvide esto jamás.
España perdió su potencia militar y económica con su arsenal americano. Lo perdió tras siglos de defensa de Cristo y su Iglesia por los cinco continentes. Y ahora no puede cambiar una situación que dura ya dos siglos y que va a peor, salvo que el Señor se acuerde de nosotros para aplastar definitivamente a nuestros enemigos. Y Marruecos, con todo, es un enemigo menor. Detrás de él hay enemigos al norte, al sur, al este y al oeste. España es el último, y bien diríamos único, bastión de la Cristiandad en el mundo.
La castración contemporánea del Ejército español (Tierra, Mar y Aire), comenzó ante la claudicación acaecida tras la muerte del Generalísimo Franco debido a presiones internacionales (asesinato de Carrero Blanco includa), presiones internas económicas (de empresarios y sindicatos, fundamentalmente) y presiones políticas internas de los malcriados del Régimen, los anticristos de la democracia de todos los partidos, algunos de los cuales ya han tenido que comparecer ante el Tribunal eterno del Señor, otros aún siguen haciendo el mal sin pudor alguno.
La situación actual del Ejército en España es de total postración a la OTAN (con la humillación perenne de Gibraltar y sin valentía y hombría para recuperarla poniendo un muro de cerco hasta que lo abandone el último de sus monos y lo devuelvan, con la humillación de no recuperar el Rif y el Sahara mediante referendum en ellos de anexión y con la postración a sus intereses geoestratégicos, muriendo en Ucrania para gloria de Estados Unidos aliado de Marruecos). Además, el Ejército español actual parece, además de un ejército cipayo, como dice Pio Moa, un ejército ajeno al dolor de los militares asesinados por ETA, un ejército de funcionarios y, siento mucho decirlo, un ejército de traidores a España, indignos de llevar la bandera del Reino de España en sus uniformes. Hace falta otro ejército, otro ejército que ame a España de verdad, un Ejército católico cruzado que haga valer en España, pese a quien pese dentro y fuera, la Santísima Voluntad de Dios y que defienda a España y los españoles y no a sus enemigos mortales y sus intereses económicos y políticos. Un Ejército como el de Franco y no un ejército democrático al servicio de la célebre Babilonia actual.
El problema NO reside en defender patrimonios, bonanzas, dinero y empresas. Lo que hay que defender es el Reino de España como Reino católico. No se puede servir a dos señores. Si se pretende que el ejército sea un ejército conservador de los patrimonios de los ricos y poderosos, si lo que se pretende es que vuelva a suceder lo que ocurrió en España a partir de 1939, nadie debe servir en ese «ejército» mercenario de intereses. En 1939 volvieron al poder, de la mano de Franco y su victorioso ejército, no los que derramaron sangre, lágrimas, dolor y vidas, sino los que precisamente ni una sola gota de sangre y lágrimas derramó, los que no tuvieron que lamentar la pérdida de hijo o padre alguno, los ricos y poderosos. Franco lo consintió por su profesionalidad y prestigio, necesarios para la reconstrucción, pero claro, terminó dando la impresión de que los pobres católicos y humildes se habían matado, aparte de para salvar la Iglesia en España, aparte de para lograr una España unida y católica, para defender los patrimonios de los que nada hicieron por la victoria. Y esto no se puede volver a consentir. No se puede exigir la sangre al pobre para conservar el patrimonio del rico. Eso es satánico. España tiene que ser para los pobres de Cristo en exclusiva. Los demás, los que la han vendido por su interés económico, deben ser expulsados, por muy españoles que sean. España será de Cristo y los suyos, aunque tenga que pasar por la santa pobreza y ruina generalizadas. Si hay que reconstruir España de cero de nuevo, se hará, pero sobran todos los ateos, todos los herejes y todos los falsos creyentes. España ha de ser íntegramente católica, ha de ser de los mansos, que han de heredar la totalidad de España (incluida la España allende los mares). España nunca jamás debe ser patrimonio de caciques que nunca han derramado su sangre por ella, ni la de sus hijos. España para los que son de Cristo de verdad, para los pobres del Señor.
El teniente coronel Bendala dice que los jóvenes no valoran hoy la herencia que han recibido de nuestros antepasados. Sin duda olvida que esos jóvenes son hoy mayoritariamente extranjeros, por mucho que hayan nacido aquí (de padres o abuelos extranjeros) y tengan nacionalidad española. Los españoles de verdad, de familia ancestral española, comienzan a bajar del 60% de la población total, así de triste. El hombre y la mujer españoles están en vías de extinción.
Un hijo de inmigrantes chinos, moros, argelinos, tunecinos, rumanos, búlgaros, hispanoamericanos, ingleses, italianos, etc., ¿qué patriotismo se espera que puedan tener?¿qué amor por España pueden tener o pueden sentir en sus almas? NInguno. Su único «patriotismo» es el del judío errante, el del gitano, el del «por el interés te quiero Andrés», el de las treinta monedas de plata, el del plato de judías de Essau… Por dinero vinieron sus padres, abuelos o tíos o amigos, por interés valoran España, como por interés se invade Ceuta, Melilla, Canarias y las costas de la Península, por puro y duro interés. Su «fe» es tan falsa como el beso de Judas. Y si no, plantéese esta reflexión: ¿cómo es posible que los musulmanes voten en masa, una vez obtenida la nacionalidad española, al PSOE, Podemos, Bildu, ERC, etc., si todos estos partidos son ateos cerriles, abortistas, pro lgtbi+, pro divorcio, enemigos de Dios y blasfemos sin tasa, degeneradores de la población hasta en las aulas, ahora con muchos niños musulmanes, etc.?¿Esa es su «fe»? Lo dicho, los fieles al falso profeta Mahoma no son sino siervos de la mentira, vendidos como hijos de Babilonia, sedientos de dinero y placeres, falsos creyentes, ajenos totalmente a Dios. Y a España la desconocen o la odian directamente, aunque vivan en ella y ni por asomo quieran irse a vivir a Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, EAU, Bahreim, y todos esos multimillonarios países de su «culto» islámico.
Y no se olvide que la inmensa mayoría de la población, españoles incluidos, odian a Jesucristo Nuestro Señor (Jn 15, 18ss), lo odian en su conducta diaria, lo odian en sus actitudes, palabras, gestos, motivaciones. No hace falta más que pasar cinco minutos con una persona para ver claramente que no es de Dios. Y odian su Iglesia Católica, y odian todo lo que el Reino más católico de la historia representa y ha propagado por mandato del Señor mismo (Mc 16, 15), la labor evangelizadora más basta y grande de la historia de la humanidad. Odian a España, la nación Apóstol por excelencia, la que más santos, santas, mártires, misioneros y almas ha dado a Cristo. España que ha dejado lo mejor de su historia, su sangre, sus vidas y sus almas por hacer oír la Voz del Señor en todos los continentes. Odian a los santos y a todos los fieles de la Iglesia, sus sacerdotes, obispos, misioneros y voluntarios, lo quieran reconocer o no (son muy cobardes, por cierto). Y como odian a Dios y a su Iglesia, es imposible que no avancen hacia su autodestrucción, elegida por ellos y ellas mismas (nadie condena al infierno, salvo el propio condenado, que lo elige libremente). Y lo mejor sería que la lograran lo antes posible, que Dios nos libre de ellos lo antes posible, para heredar una España plenamente católica que de cumplimiento a la Palabra dada por el Señor «reinaré en España» (y para los que no quieran que Cristo reine en España, la sentencia de la parábola de las minas de Lc). Los que no aman a Dios, los que no aman a Nuestro Señor, de ninguna manera aman a España ni aman a nadie salvo a sus ídolos (sea su patrimonio, su dinero, sus prebendas, sus placeres, sus títulos, su prestigio profesional, etc.). Sólo escucharán las mentiras de los que ultrajan y difaman nuestra historia y a nuestros antepasados, nunca escuchan la Verdad (Jn 14, 6). Para ellos, ni sus propios muertos podrían convencerles de lo contrario (como a los hermanos de Epulón, que pedía al patriarca Abraham mandar a Lázaro a sus hermanos para que evitasen así el infierno eterno en el que él se hallaba). Para el que no cree ni quiere creer en Dios, con todo lo que ello conlleva y acarrea, de cruz, dolor, sufrimiento y gloria eterna, para el que no acepta arrepentimiento y penitencia, para el que no es de Dios, España no puede ser jamás, ni lo va a ser, que pierdan toda esperanza en ganarla. España sólo para los católicos y para nadie más. Todo no católico verdadero (no los que honran al Señor sólo de palabra) debe ser expulsado del Reino de España, sea español o extranjero, pero para siempre. Dios nos libre de todo infiel. La herencia de España debe ser en exclusiva para los fieles a Cristo, para los que hacen su Voluntad.
Y lo de la virilidad, la hombría, etc., no es la cuestión (véase todas ellas en las hinchadas de equipos de fútbol. Cuando de defender al ídolo se trata, entonces surge el hombre y la virilidad, pero no para defender al Señor, que es lo que debería mover a la juventud). La cuestión es que se ha perdido el amor a Dios debido, la fe, la esperanza, se ha perdido la imprescindible caridad. Y sin Dios no podemos hacer nada. No vale apelar a «salvar España» si no se cuenta con el Único que puede lograrlo, con el Capitán que ha de conducir a la victoria definitiva, con el Rey de reyes y Señor de señores. No puede haber solución atea y materialista. De hecho, es mejor la ruina generalizada del mundo entero, la pobreza aguda de toda la humanidad, un auténtico diluvio universal de humildad con ruina generalizada económica, para que así surja una reconstrucción como Dios manda, no como mandan mercaderes, políticos o iluminados, todos siervos del demonio y de su egolatría y vanidad.
Es necesaria la destrucción total de la ciudad de perdición, de la gran Ramera de Babilonia, para después pasar a destruir a la Bestia con la ayuda del Señor. Sólo entonces podrá resurgir España, una España de Cristo de verdad. Pero es necesario un diluvio universal de humildad con ruina generalizada para arrastrarnos por el barro y resurgir desde ahí. La soberbia y la exclusión del Señor sólo aumentan las desgracias.