15/08/2026 05:26
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Durante décadas, cuando España aún pretendía sostener una dignidad institucional sin fisuras, la semántica del crimen tenía una función precisa: justificar el tiro en la nuca. La organización terrorista ETA no inventó la pólvora, pero perfeccionó el artefacto verbal. Todo aquel que se interponía en su delirio colectivista, jueces, concejales, policías, periodistas o ciudadanos de a pie, era inmediatamente catalogado bajo la etiqueta de «fascista» o «ultraderecha». El estigma precedía al apretón del gatillo. Necesitaban deshumanizar a la víctima para que el asesinato pareciera un acto de resistencia y la barbarie se disfrazara de causa noble.

Hoy, los herederos de aquella estrategia no necesitan la dinamita porque han conquistado la sintaxis del poder. El cinismo asesino no ha desaparecido; sencillamente se ha mimetizado. Ha mutado de la clandestinidad de las armas al moquetado de las instituciones y a la complicidad del relato oficial. La maniobra es exactamente la misma, perfeccionada por una izquierda radical que ha convertido la estigmatización en su principal herramienta de supervivencia política.

No es una coincidencia casual ni un simple contagio del lenguaje: la adopción de la semántica terrorista por parte de los ideólogos de la extrema izquierda podemista y la cúpula del Partido Socialista responde a la ejecución implacable de un guión pactado. Todo responde a esa sospechosa paradoja donde las exigencias, que nunca meras sugerencias, de ETA en las actas de negociación impulsadas por Rodríguez Zapatero, iniciadas incluso tres años antes de la trágica masacre del 11-M, terminaron convertidas en leyes del Estado bajo el eufemismo de «Memoria Histórica» y «Memoria Democrática». El ropaje legalista de hoy es el cobro diferido de las facturas de ayer: la imposición del relato del agresor, la deslegitimación del orden constitucional de 1978 y el estigma sistemático contra todo aquel que defienda la unidad de España. La extrema izquierda y el sanchismo no inventaron el método; se limitaron a dar cauce institucional y rango de ley a la hoja de ruta que la banda armada redactó para liquidar la soberanía de la Nación.

El añorado Antonio Escohotado lo diagnosticó con esa lucidez implacable que tanto incomoda a los mercaderes de la mentira: la «ultraderecha» no es más que un invento de naturaleza especular. Un reflejo proyectado, un fantasma prefabricado por la extrema izquierda para justificar su propia existencia. Incapaces de sostener un debate intelectual mínimo, desprovistos de autoridad moral para defender la quiebra de las arcas públicas, el asedio a las fronteras o la colonización del Estado, necesitan fabricar un enemigo asimétrico. Si el rival no existe, se le inventa; si el argumento del contrincante es incontestable, se le aplica el rodillo de la etiqueta ideológica.

Se trata de la estrategia sucia de la definición falseada, pensada minuciosamente para pescar en el río revuelto de la ignorancia y el chantaje emocional. Pretenden que la defensa de la soberanía nacional, la exigencia de transparencia, el respeto al marco constitucional, la propiedad privada o el simple sentido común sean percibidos como exabruptos extremistas. Es el truco de trilero de quien, sabiéndose acorralado por los hechos, intenta cambiar las reglas del lenguaje para no responder de sus actos. Un ejercicio de cinismo defensivo que busca anestesiar a la sociedad y forzar el silencio de quienes nos negamos a rendir la verdad.

Pero las palabras solo engañan a quien busca ser engañado o a quien ha atrofiado su conciencia a cambio de tranquilidad procesal. Las etiquetas ni borran la historia ni sustituyen a la realidad. No hay «mismidad» posible entre la defensa del orden social y la complicidad con el totalitarismo. Quienes utilizan el lenguaje heredado de la banda terrorista para señalar a los ciudadanos libres no hacen más que revelar su propia miseria moral y su pánico a la confrontación abierta con los hechos.

La verdad no se somete a sus espejos deformantes ni cotiza en el mercado de sus transacciones políticas. Al final de la partida, cuando el ruido propagandístico se disipe y la verdad macroeconómica e institucional muestre el verdadero rostro del naufragio, cada cual quedará retratado ante la historia. Sin testigos, sin altavoces y sin la coartada del falso consenso: solo frente al peso de sus propias mentiras o ante la dignidad de no haberse arrodillado.

RES NON VERBA

Autor

Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela
Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.

Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela

Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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