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Cuando el deterioro institucional de una Nación alcanza cotas de quiebra moral, la arquitectura del poder deja de sostenerse sobre la legitimidad democrática para depender, de manera casi exclusiva, del brazo ejecutor de la coacción estatal. En esa encrucijada donde la arbitrariedad de las decisiones políticas atenaza la libertad de millones de ciudadanos, el uniforme deja de ser una garantía de orden para convertirse en el epicentro de un grave debate ético. Es en este escenario de anestesia generalizada donde la voz de «Policías por la Libertad» emerge para señalar las vergüenzas de un sistema y apelar a la conciencia de quienes han quedado atrapados en la inercia del servilismo.
Esta plataforma no nació para rendir pleitesía al corporativismo ni para refugiarse en la comodidad del reglamento; surgió para denunciar una realidad incómoda y sacudir los cimientos de la Policía Nacional y la Guardia Civil. Durante demasiado tiempo, el paradigma de la «obediencia debida» se ha empleado como un anestésico de la responsabilidad individual, transformando a los agentes en los ejecutores necesarios de políticas que atropellan los derechos fundamentales y la soberanía del pueblo español. Sin la obediencia ciega del brazo armado del Estado, los abusos del poder político no pasarían de ser meras tentativas en el papel; es la aplicación irreflexiva e incontestada de las consignas la que materializa la arbitrariedad en la calle.
La interpelación de «Policías por la Libertad» alude directamente al corazón del compromiso constitucional: recordar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que el juramento prestado no constituye un pacto de vassalaje hacia el Gobierno de turno, sino un deber inquebrantable con la Nación, la legalidad y la protección del ciudadano frente a la arbitrariedad. El honor de un servidor público no se consolida acatando sin discernimiento las directrices de cúpulas instrumentalizadas por la política, sino preservando la integridad del uniforme y negándose a ser comparsa de la degradación del Estado de Derecho.
Afrontar esta fractura y señalar la inacción de quien prefiere el acomodo a la rectitud es el único camino para restituir la dignidad extraviada. Ignorar el malestar social y escudarse en el mero cumplimiento de órdenes sitúa a las fuerzas del orden en un plano de complicidad moral con la tragedia nacional que miles de familias padecen a diario. Pretender que la disciplina justifique el quebranto de las libertades cívicas o el abandono de la misión esencial de custodia del ciudadano supone una distorsión profunda de la naturaleza de los institutos armados.
La memoria colectiva y la historia no juzgarán las épocas de crisis por el celo burocrático de quienes obedecieron sin cuestionar el alcance de sus actos, sino por el valor de aquellos hombres y mujeres que, vistiendo el uniforme, tuvieron la valentía de apelar al honor, al principio de justicia y a la conciencia de sus compañeros para devolver a las fuerzas de seguridad su verdadero sentido de servicio a España.
Muestran una perversión intolerable al confundir la disciplina con la ceguera moral cuando la obediencia debida se degrada hasta el servilismo. No hay cobertura reglamentaria ni coartada institucional que legitime golpear a mujeres, ancianos y niños en las calles, ni que justifique la infamia de amenazar con multas a familias desesperadas que buscan los cuerpos de sus seres queridos tras la atroz e irresponsable apertura de las presas en Valencia o multar a quienes fueron a ver a sus Seres Queridos ejecutados durante la plandemia y en la chulería de superioridad sin atisbo de humildad, no disculparse por la atrocidad tras conocerse que los confinamientos eran ilegales.
Es la misma vergüenza de quienes sancionan a vecinos abatidos que arriesgan su vida para salvar sus hogares del fuego, o de quienes obedecen con una inacción cobarde las órdenes emanadas de la canalla política con la invasión insufrible de Ceuta. Quienes aparcan la conciencia, para actuar como autómatas ejecutadores de directrices criminales. no están cumpliendo con su deber: están prostituyendo el juramento que empeñaron y dinamitando el último puente de dignidad que debía unir al uniforme con el pueblo al que juraron defender.
No debe ser grato dormir con la conciencia de cada día, aletargada la exigencia personal y profesional en el verdadero cumplimiento de un deber relativizado al albur de los más injustos acontecimientos que pesarán como una losa cuando haya que dar cuentas sobre las siembras terrenas. A algunos se les exigirá todavía más porque la verdadera tragedia interior es la capitulación moral.
Ese adormecimiento de la conciencia no elimina la culpa; solo la aplaza. La pretensión de disculpar el atropello bajo la coartada de «cumplir órdenes» o «asegurar la nómina» funciona como un analgésico temporal, pero el poso de la cobardía termina por aflorar en el silencio de la noche. Cuando el uniforme se despoja al llegar a casa, quedan a solas el hombre, la mujer, y sus actos, sin escudos institucionales ni jerarquías que asuman la responsabilidad individual.
La losa del juicio histórico y moral, y para quien mantenga una visión trascendente, la del examen final sobre lo sembrado en la vida, es implacable. Y es verdad que la exigencia no será igual para todos: a quienes recibieron la confianza de la sociedad, la autoridad del Estado y las armas de la Nación para defender al débil, la omisión y la complicidad les serán reclamadas con una severidad infinitamente mayor.
Quien pudiendo ser escudo eligió ser martillo, o quien prefirió mirar hacia otro lado mientras el inocente sufría, descubrirá demasiado tarde que no hay justificación terrenal que borre el peso de una dignidad traicionada. Toda siembra se recoge, incluso cuando uno se cree a salvo de cumplir con obediencia al arbitrio de un dudoso señor. La obediencia debida puede ser el peor pretexto para no cumplir con un deber jurado que no admite el fracaso de la más sagrada y unívoca moral.
RES NON VERBA
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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