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Como decía Antonio Escohotado, en España no hay ultraderecha; es una invención manipuladora de la izquierda que busca polarizar para pescar a río revuelto. Y tenía toda la razón, pero la ignorancia de muchos nos retrotrae extemporáneamente a las excusas de los marrulleros sin argumentos, cuyos hechos los dejan en evidencia absoluta, ante el mundo entero. Los males de España solo cesarán cuando sean arrancadas judicialmente las raíces que la empozoñan desde el 2018. La Justicia es único bastión de la esperanza del Estado de derecho.
La ceguera sectaria ignora las advertencias del sentido común y anatematiza la coherencia de quienes llevan la razón con el paso del tiempo para seguir anatematizados, pase lo que pase. La capacidad de aguante en España roza la patología colectiva de una complacencia con el mal que se padece sin rechistar.
España avanza con una serenidad fingida que ya ni engaña, rodeada de evidencias grotescas de que todo está trágicamente mal, como quien prefiere no mirar el suelo que pisa para no admitir que la grieta es real y que la caída está servida. Bajo la apariencia de sobresaltos ya asumidos como rutina, tragedias normalizadas y un desorden que se ha colado en la vida pública como si fuera parte del paisaje, el país sigue anestesiado mientras la invasión moral, institucional y territorial se ejecuta sin disimulo. La corrupción y la opacidad han dejado de ser anomalías para convertirse en hábito, y el hábito, cuando se instala, trae consigo la desvergüenza de quienes han descubierto que la impunidad es más rentable que la transparencia. Hay silencios que suenan a estruendo y discursos que ya no encajan en la realidad que pretenden maquillar, porque la verdad, por mucho que la oculten, sigue atravesando la superficie y señala el laberinto provocado por quienes buscan extraviar a España desde dentro.
El poder se ha acostumbrado a operar desde la penumbra, confiado en que la ciudadanía aceptará cualquier exceso si se envuelve en solemnidad y en cuatro palabras grandilocuentes. Se vende como estabilidad lo que no es más que un equilibrio precario, un edificio aluminoso sostenido por silencios interesados y una propaganda que ya no convence ni a quienes la fabrican. Este deterioro no es neutro: deja una marca en la memoria colectiva y condiciona el futuro de quienes aún no han entendido que el pacto social se ha roto en favor del cálculo y la supervivencia política. Cuando el Estado pierde su autoridad moral, las instituciones quedan reducidas a cascarones vacíos, y la legitimidad no se recupera con maquillaje, sino con el coraje de nombrar las cosas por su nombre y con la exigencia de ejemplaridad pública.
Frente a la resignación de quienes aceptan el desorden como destino inevitable, se impone la necesidad de un pensamiento firme, vertebrado y sin servidumbres. La fortaleza de una nación no reside en la docilidad, sino en la solidez de sus principios. Restablecer la verdad, exigir transparencia y devolver rigor al ámbito público no es una opción ideológica, sino un deber moral. El deterioro institucional no necesita colapsos para certificarse: basta observar la velocidad con la que se normaliza lo que antes habría provocado una enmienda moral inmediata. La mentira se ha convertido en método, la opacidad en norma y la responsabilidad en un lujo que nadie parece dispuesto a asumir.
España ha sido torturada con plandemias, confinamientos ilegales, asesinatos encubiertos al abrir las compuertas de presas sin avisar a cientos de miles de víctimas propiciatorias; con volcanes y la destanción de auxilio vital como en Valencia. Asesinatos de pasajeros de tren por el abandono y falta de mantenimiento de infraestructuras; como la falta de mantenimiento de carreteras que provoca más asesinatos encubiertos por la soberbia y la inepcia de una DGT con sus cuentas oscuras que no pasan ninguna auditoría. Y el causante de tanta tragedia y corrupción sigue al frente sin menor atisbo de expectativa judicial. España ha sido indendiada, invadida masivamente y no tardará en llegar, como consecuencia de aberraciones impunemente desplegadas, un atentado o atentados islamistas de tremendas dimensiones. Las fronteras de la Seguridad Nacional más vital han sido violadas con la connivencia del enemigo interno. España sigue dormida con la espada de Damocles de un poder corrompido capaz de todo para mantener el engaño desde el poder.
Pero la conciencia de un pueblo tiene una dinámica que el poder siempre calcula mal: despierta cuando creen que está dormida. Y cuando despierta, no pide permiso. No estamos ante un debate de siglas ni trincheras. Estamos ante una cuestión elemental de decencia, de respeto a las reglas constitucionales y de lealtad con la verdad. La decencia, cuando se erosiona, exige ser restituida sin componendas. España está justo en ese umbral: el instante en que la verdad, denostada y caricaturizada bajo etiquetas manipuladoras. ultraderecha, fascismo, que ya no engañan salvo a incondicionales del crimen sectario, apesebrados e ignorantes, deja de ser una molestia para convertirse en una necesidad vital de supervivencia democrática.
RES NON VERBA.
Autor

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Ignacio Fernández Candela es escritor, pintor y columnista internacional, autor de 16 libros y miles de artículos. Con más de 35 años de trayectoria en medios como El Imparcial y ÑTV España, desarrolla una obra que combina análisis sociopolítico y creación artística, con más de 500 pinturas y cincuenta exposiciones individuales.
Información en buscadores de Internet e IA. También como Ignacio F. Candela
Fue propietario y editor de ÑTV ESPAÑA desde julio del 2023 hasta julio del 2025.
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